Cuentos de terror

Testimonios del más allá: "El diablo y la niña"

Mónica, oyente de Radio Nihuil, recordó la leyenda del fantasma de una pequeña que se aparecía en un boliche de Las Heras y su muerte trágica. Tras esos muros hubo un hombre que habría hecho un pacto con el demonio

Su sombra y su leyenda son más fuertes que su difusa existencia. Los rumores, la historia que cambia en detalles, el temor en los relatos, le han otorgado una vida más allá de su espíritu atormentado. Es una niña eternizada en una muerte trágica.

Su hogar es una mansión ubicada en El Algarrobal, que fue la suntuosa residencia de descanso de una familia rica. Su dueño, Angelino Arenas, cuando el siglo XIX agonizaba amasó una fortuna incalculable con el transporte de cargas y animales a ambos lados de la cordillera.

Su nombre quedó apresado en otra casona, ubicada en Boulogne Sur Mer y Emilio Civit, para convertirlo en el protagonista de un pacto con el que habría logrado sus riquezas a cambio de venderle el alma al diablo. Es curioso cómo el demonio suele esconderse en los más banales sentimientos, como la envidia.

La casona de El Algarrobal, donde el lujo no era extraño, también era de su propiedad. Un pacto, dos mansiones y en ellas las almas de algunos condenados, que no pudieron abrazar la muerte en un natural desenlace.

La pequeña perdida

En el centro de la noche, la casona de paredes claras emergía en El Algarrobal como una afrenta a la oscuridad. Convertida en un popular boliche que funcionó durante décadas, la música y las luces que escapaban por las ventanas le daban una vibrante vitalidad a ese lugar que se apagaba de día. Era una criatura nocturna que sólo podía respirar en su elemento.

Para los protagonistas, era el momento de verse y si la suerte era favorable, de encontrarse. Ellas y ellos mezclaban los colores de sus ropas, el escándalo de sus voces y las fragancias de sus perfumes en la entrada del boliche, en el ritual cambiante y constante de la seducción.

Por eso ella no pasaba desapercibida. Era una niña anclada en la marea de jóvenes, una alteración del escenario que se esperaba en ese lugar y a esas horas.

Podía ser un guardia de seguridad o un joven que, movidos por la curiosidad o la empatía, le preguntaban a la pequeña si necesitaba algo o con quién había llegado al lugar. La respuesta era siempre la misma: “Estoy buscando a mis padres”.

Peor suerte corrían las parejas que en busca de un poco de intimidad, se aventuraban a las dependencias de los pisos superiores del boliche. No hay que olvidar que fue una espaciosa residencia, con lo cual los que conocían este detalle buscaban el refugio de las habitaciones para evitar las miradas indiscretas. Allí, sin palabras, con su sola presencia, la niña era una anomalía más evidente, renacida desde la oscuridad, con la inocencia de la infancia intacta y la palidez como marca identitaria del más allá.

Entre su figura y el terror que imprimía en quienes la encontraban, estaba el agua, vehículo de la fatalidad. Decían que la pequeña se había ahogado en el tanque que estaba en el predio, para anclar el espanto en la realidad.

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Su visión era horrorosa y contradictoria. Era alguien perdido en los años inmortales de la infancia, cuando abandonar la vida es absurdo. Pero había muerto y su resistencia era seguir buscando a alguien, entre los vivos.

El caballero solitario

Después de haber encadenado por siglos el declive de los hombres, el diablo conoce su oficio y sabe sondear las almas de sus víctimas, a las que lee con la avidez de un lector insaciable.

El desierto fue el escenario de la tentación de Cristo. Las arenas ardientes comparten con la cordillera el hecho de ser geografías de la soledad, ámbitos convenientes para que el Maligno despliegue sus artes oscuras, mientras Dios intenta evitarlo.

El hambre, el frío, el miedo a sus helados relieves, hacen de los Andes un paraíso -vaya paradoja- para las humanas tentaciones. Trasponer los límites físicos o espirituales podrían llevar al solitario viajero a plantearse qué estaría dispuesto a negociar con tal de que ese hielo no le gane los huesos, con tal que el temor de no llegar a destino se instale como un parásito insatisfecho en el débil espíritu.

Algunos escucharán sus susurros y los confundirán con vientos blancos que los están acorralando. Pero lo que trae el aire a veces son las respuestas a sus paganas plegarias.

Angelino Arenas padecía la crueldad de los Andes en sus viajes. Las carretas que crujían en los terrenos desparejos, los animales que compartían con él las molestias de lo inhóspito, el cansancio que sumaba años a su cuerpo, más no una justa recompensa a sus desvelos.

Mientras transportaba animales o bienes, maldecía su suerte de tener que fatigar los caminos y su existencia para ganar unos pocos pesos y un rencor hacia la vida y sus reglas le oscurecía los pensamientos. No es extraño entonces que en esa oscuridad lo encontrase.

Vestido con un impecable traje oscuro, su cuerpo esbelto estaba detenido en el medio del camino, como una estaca de noble madera. No había un carruaje, ni un caballo que explicasen el modo en que tan correcto caballero hubiese llegado a ese lugar.

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Angelino se acercó con la prudencia de la desconfianza y el aguijón de la curiosidad, bajándose de la carreta para encontrarse cara a cara con él. Tenía un rostro armonioso y un decir extraño, aunque no podía descifrar de qué país podría ser su exótico acento. Le extendió la mano a modo de saludo, pero el caballero de oscuros ropajes se abalanzó sobre él y lo abrazó, con la fuerza de mil hombres mientras un susurro, cargado de viento y tentaciones precisas, reptaban por sus oídos hasta envenenarle el corazón.

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El angelical rostro del mal

Los nombres, los cuerpos, los objetos y lugares que supo ganarse, son suyos para siempre. No importa que ya sean propias las almas empeñadas, lo que ganó, se lo queda y no duda en hacer saber a todos cuáles y qué extensión tienen sus dominios.

Encontró a Angelino en la cordillera, uno de sus sitios favoritos. Allí también se ganó el alma de Luis Stoppel y llenó las casas de ambos -esas que la gente tilda de “embrujadas”- con su sombra, sólo para recordarle al mundo que son de su propiedad.

En la casa de El Algarrobal se aparece detrás de la impostura de una niña. Sabe que mueve a la compasión y que es más fuerte el horror cuando piensan que es el ánima de una inocente, negada a morir.

Se mezcla entre los jóvenes, con el odio hacia la pulsión vital que explota bajo sus pieles deseables, exquisitas, tan humanamente animales.

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Se sumerge en algunos que no reconocen ser dueños de una imaginación prodigiosa y les dicta en vigilia o en sueños la historia de la niña ahogada, la que transita la vida con su traje de muerte buscando a sus padres. Ellos la repetirán despiertos, multiplicando su infinito poder.

Se ha escrito mucho sobre esa pequeña y eso reafirma la inmortalidad de su reino. Sólo basta con leer su historia para que él refuerce su potestad en nuestras sobornables voluntades. Hablar de él y sus servidores es su forma de vencernos y si has leído hasta esta última línea, no has tenido escapatoria ni forma de evitarlo.

Si querés aportar a los Cuentos de Terror de Marcela Furlano y contarnos una historia que te haya sucedido, esperamos tu mensaje de texto o audio, los lunes en el programa "Días Distintos", de Radio Nihuil, los lunes de 13 a 15, al 261-6177997.

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