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Silvia Hidalgo: "Las mujeres nos juzgamos muy duramente, pero nos estamos escuchando, aprendiendo las unas de las otras"

Ganadora del Premio Tusquets Editores de Novela 2023, Silvia Hidalgo -ingeniera informática- pone de manera cruda la condición femenina sobre el tapete en su libro Nada que Decir

Silvia Hidalgo es ingeniera informática, pero siempre tuvo inclinación por la escritura.

Un buen día, superó las inhibiciones y los complejos para abocarse a la literatura con rigor profesional, aunque sin abandonar su trabajo de auditora de ciberseguridad en empresas y en la Administración Pública.

Una feliz decisión que la llevó a obtener nada menos que el Premio Tusquets Editores de Novela 2023 con su tercer libro, Nada que decir.

Su historia pone de manera cruda la condición femenina sobre el tapete. A través de su protagonista excluyente, que sale de un matrimonio anodino para embarcarse en una relación tóxica, adictiva, deja en evidencia el camino laberíntico que debe recorrer la mujer contemporánea, pero sin evadir las cargas transmitidas por la generación anterior, la de sus madres sometidas a un destino de vulgaridad hogareña.

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La tapa de Nada que Decir.

La tapa de Nada que Decir.

Desde Sevilla, España, donde sigue viviendo y donde desarrolla sus oficios, Silvia dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-En tu novela, Silvia, queda la condición femenina muy al descubierto, con temas fuertes. ¿Qué te dicen las mujeres que te leen?

-Encuentro, sobre todo, mucha comprensión y mucha identificación. A veces eso me da un poco de apuro, porque, digo, ¡qué pena!, ¡qué mal!

-Se entiende, porque la situación de tu protagonista no es nada fácil.

-Claro, te da pena que hayan estado en situaciones de depresión, el haberse encontrado con este tipo de relaciones tóxicas y desafectivas, en las que no hay afecto.

-Pero se ve que la lectura de tu libro las ayuda.

-Se sienten bien porque se sienten acompañadas, se sienten menos imbéciles, ¿no?, porque tendemos a juzgarnos muy duramente. Nos juzgamos muy duro las mujeres que ya tenemos conciencia de que nos han educado en una cosa, pero que hemos ido aprendiendo otra.

-El tomar conciencia de eso ya es un gran paso.

-Nos estamos escuchando mucho y estamos aprendiendo mucho las una de las otras. Pero cuando caemos en este tipo de cosas nos sentimos como defraudadas con nosotras mismas.

-¿Qué se dicen, en ese caso?

-¿Cómo he podido caer en lo más antiguo del mundo? Y nos juzgamos mucho, por lo que sentirse acompañadas yo creo que es bonito, al final.

-Y es lo que justifica este tipo de tareas.

-Por eso escribimos o hacemos cualquier tipo de comunicación, para conectarnos unos con otros, unas con otras y sentirnos escuchados y más comprendidos.

-Hay un lugar común, desde siempre, que dice que cuando uno se enamora, en ese flash tipo adolescente, uno se vuelve muy tonto, hombres o mujeres por igual. Pero en la historia de tu protagonista con el llamado hombre tumor no hay amor sino como una compulsión, una adicción. ¿También en este tipo de relaciones uno se pone estúpido?

-Por supuesto. Más que estúpidos, somos más manipulables de lo que pensamos. En la adultez pensamos eso, que ya hemos pasado por el dejarnos llevar por nuestros instintos; el volvernos un poco locos y locas por el deseo o por estas obsesiones que podemos llegar a convertir.

-O sea que no estamos a salvo de volver a caer.

-Somos más manipulables de lo que creemos. Basta con que una persona toque tu punto débil.

-¿Y por qué sucede esto en tu novela?

-En el caso de la protagonista, ella viene de una infancia también con desafecto. Bueno, eran otros tiempos y otro el modo de crianza.

-¿Algo superado más recientemente?

-Ahora sí estamos teniendo más en cuenta todo lo emocional. Pero aquellos eran otros tiempos más de supervivencia. Entonces ella viene con ese tipo de relación en el que sí, parece que le importas, pero no te lo demuestran. Y caes como en una búsqueda continua de algo imposible.

-Como un vacío siempre a llenar…

-Por eso ahí se crea este tipo de relaciones que has dichos muy bien: son adictivas. Y como cualquier adición, sabes que por ensoñarte en que te va a proporcionar cinco minutos de bienestar, eres capaz de que toda tu vida gire en torno a eso. Debilidades.

-Es llamativo, en todo esto, que esa adicción no genere un momento jubiloso. Es una pasión triste y ella insiste en esa tristeza, la quiere. O sea, hay como una compulsión por seguir hundida.

-Exacto. Ni siquiera suele estar buscando como esos diez minutos de alegría o de plenitud. Lo que pasa es que, a veces, tu lugar de confort no es un lugar superfeliz o divertido o de satisfacción. Al revés. Muchas veces, tu lugar común, con el que conectas, es un lugar más apagado en el que sentirte, por lo menos, tú misma.

-¿Y lo logra en ese otro lugar incómodo?

-Se siente ella misma en ese aspecto. De hecho, lo dice: imagina qué bonito sería estando felices juntos.

-Pero es una felicidad distinta a la que primeramente había aspirado.

-Porque también tenemos una idea de la felicidad que hemos comprado y que a veces no tiene mucho que ver con nosotros mismos, de dónde venimos.

-Una ficción que es casi puro artificio.

-Porque hemos comprado una idea global de felicidad que viene desde la ficción; además, normalmente, de la ficción norteamericana, que no tiene nada que ver ni con nuestro pasado ni con nuestras tradiciones ni con lo que hemos vivido ni con nuestro entorno.

-¿A qué precio, entonces?

-Que siempre estamos insatisfechos. Estamos como destinados a la insatisfacción.

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"Hemos comprado una idea global de felicidad que viene desde la ficción", afirma Silvia.

-¿Cuánto de esto que le pasa a tu protagonista te ha pasado vos, en lo personal?

-Como ocurre con todo oficio de escritor, no son las anécdotas, en sí; no son reales, no es un libro biográfico. Pero sí el sentimiento, sí las emociones que le pongo a esta protagonista y por las que pasa.

-La pregunta se sustenta, un poco, en una de las dedicatorias que hacés al final del libro. Allí le agradecés a la editorial, a Tusquets, por “galardonar un manuscrito nacido del desarraigo y darle un hogar”.

-En cuanto a mi pasado, se trata, como te comentaba, de una época que nos tocó vivir aquí en España, con unos padres después de una guerra civil que tienen otro tipo de ideas. Les bastaba simplemente con sobrevivir. Entonces, existe esa falta de crianza en el afecto, simplemente importa la supervivencia.

-¿Cómo era la cosa, pues?

-En cambio, ya teníamos acceso a una ficción que nos llegaba a través de la televisión donde, sobre todo, veíamos otro tipo de familia, otros modelos, como te decía, que no tenían nada que ver con el nuestro ni con el de nuestras vecinas.

-¿Y cómo asimilaban eso?

-Ya teníamos ahí una diferencia enorme, una distancia enorme que cubrir entre lo que estábamos viviendo, entre el modelo familiar que vivíamos y de relaciones, y el modelo que veíamos, que sí podía existir y al que aspirábamos.

-Les pegó fuerte, entonces, ese desajuste.

-Eso, al final, te crea un complejo de desarraigada, de fuera de lugar, en el que incluso imitábamos ese tipo de relación. Y yo me he visto ahí proyectando mi futuro a través de una ficción que es totalmente falsa. Incluso mi tipo de relación ideal, el romanticismo, el dónde vivir.

-Sí, todo un modelo a imitar.

-Hasta copiamos esas urbanizaciones ideales, de casitas que veíamos en las películas, lo cual no tiene nada que ver, a lo mejor, con nuestra forma de relacionarnos más natural por nuestra cultura.

-Varias escritoras que hemos entrevistado anteriormente dicen algo parecido a lo tuyo: cuánto daño les ha hecho a las relaciones y, sobre todo, a las mujeres, el amor romántico, idealizado. Pero acá, en tu novela, no hay amor romántico en ningún momento. Tu protagonista no suspira de amor ni de ilusión.

-En principio, ella se casa y tiene su matrimonio porque sí cree que con esa persona puede construir ese mundo y esa relación ideales. De hecho, no tiene una mala relación con su marido. Es buena. Pero, claro, ella identifica más el romanticismo con la pasión. Y, desde luego, lo que le despierta la pasión no es nada cómodo.

-Ahí se empieza a poner complicada la cosa.

-No es una relación cómoda o romantizada, desde el punto de vista del que hablamos. Pero sí, en realidad, es una relación romántica lo que tiene con este hombre tumor porque lo que hace es idealizarlo.

-¿Por qué sucede eso?

-A raíz de conocerlo muy poco, de soslayo. Es lo que nos pasa, es la base del romanticismo y del enamoramiento: conoces a alguien, del que te gusta algo, algún rasgo y te imaginas el resto acorde a tus necesidades. Empiezas a proyectar y a imaginar lo ideal que sería esto. Más hoy en día, en que, a veces, esto ocurre y después la relación se limita a un chat.

-Lo efímero de las actuales comunicaciones.

-En el chat de alguna aplicación, cualquier palabra tú la vas a traducir con el tono que quieras, del modo en el que te venga mejor y empiezas a crear algún castillo, que es muy fácil que se derrumbe y que te cause bastante frustración.

-Está claro que cada uno de nosotros persigue un matrimonio o relación ideal, donde todo funcione. Y ella, según contás, “se había convertido en una esposa eficaz y cómoda”, o sea, era “una nueva especie hecha de una aleación flexible, dura y ligera. Una mujer diez”. Pero todo eso la plancha, la deprime.

-Pero porque, al final, no tiene nada que ver con ella. O sea, todo eso que ha creado, en lo que se ha esforzado tanto, igual que laboralmente; todo ese futuro de éxito era un camino que no ha sido dibujado, en realidad, por ella.

-Un éxito postizo, entonces.

-Es un camino de éxito que está dibujado casi a través de guionistas, de especialistas en guion que nos dicen cuál es el tipo de relación ideal. Es eso mismo: cómoda o tranquila.

-Y no funciona, finalmente.

-Es que depende. Cada persona tiene sus necesidades. Y ella tiene las propias.

-¿Cuál sería la dominante?

-Está al final de la novela. Es un intento de tomar el control de su vida, de tomar sus propias decisiones, aunque sean equivocadas, aunque no la lleven a un lugar cómodo o a un lugar estable. Es que a lo mejor ella se siente más cómoda en la inestabilidad. Nos pasa a muchas personas que nos dedicamos a esto de la cultura y tal.

-¿Por qué eso, según vos?

-En el fondo algo te mueve ahí, ¿no? Es donde te sientes a lo mejor más cómodo y con tu propia naturaleza. Pero nos han vendido que el éxito es una cosa y, si no la tienes, es un fracaso.

-¿De dónde nos viene?

-La cultura del éxito y el fracaso está dibujada, por los casos que conocemos, a través de personas que vienen de una clase social más cómoda; normalmente hombres, porque disponían de más libertad para tomar sus propias decisiones.

-¿Y adónde nos lleva?

-Es un camino del éxito que no podemos recorrer todos del mismo modo ni significa lo mismo.

-Hay algo muy loco aquí. A María Oruña le preguntamos, hace poco, cómo hizo para transformarse, de repente, de abogada exitosa en escritora. Tu caso es similar. Sos ingeniera informática, especialista en ciberseguridad de empresas. ¿Cómo saltaste a la literatura?

-Yo siempre he escrito. Desde pequeña.

-¿De qué manera?

-Escribía obras de teatro en el colegio. Pero, por mi entorno, no conocía a ningún escritor o escritora. Yo pensaba que eso era como lo de la gente que se dedica, por ejemplo, al cine. No era algo accesible para mí.

-Claro, estabas en otra cosa.

-Yo tenía que coger mis capacidades, intentar rentabilizarlas lo mejor posible si se me daba algo que pudiera hacer ahí. Y, la ingeniería, dentro de lo que cabe decir, es algo que también tiene mucho que ver con la creatividad.

-¿Cómo fue evolucionando la cosa?

-Me derivé por ahí hasta que fui más adulta y me tomé más en serio a mí misma y a las cosas que escribía.

-Con mucha ambición, se ve.

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Silvia Hidalgo con el Premio Tusquets.

Silvia Hidalgo con el Premio Tusquets.

-En un arranque, dije, ¡venga!, voy a presentarme al premio Tusquets. ¿Por qué no? ¿Qué iba va a perder?

-Notable y valiente apuesta.

-No ha sido, entonces, una conversión en sí sino más bien un atrevimiento, el ir quitándote complejos tipo “yo no, esto no le va a interesar a nadie”, etcétera. En fin, quitarse complejos, que para eso la edad es buenísima.

-Lo que sorprende no es que una ingeniera informática se transforme en escritora, porque todos podemos escribir, sino que lo hagas tan bien como para ganar nada menos que el Premio Tusquets. Pareciera que te hubieras dedicado a la literatura toda tu vida.

-Gracias. Como escritora, lo que me interesa mucho, aparte de la historia, porque, como decimos siempre, al final, las historias, de una manera o de otra, están ya todas contadas; lo que a mí me interesa, decía, es la mirada en particular; y cuanto más honesta, pues mejor.

-¿Por qué?

-Porque ese escritor o esa escritora te va a ofrecer algo realmente único; una experiencia íntima y única que solo te puede dar esa persona. Estén escritas toda la historia que se escriban, solo tú puedes escribir como lo haces.

-Escribir como uno escribe. Ahí radica la marca de originalidad. Bien. ¿Cómo es en tu caso?

-Intentar acercar la voz con tu forma de expresión. Lo más cercano. El cuidar. El hacer un viaje emocional, también, como siempre digo. Cuido mucho la prosa porque, al final, es nuestra herramienta como escritores. Los músicos tienen la suya y los escritores tenemos la palabra, el ritmo, la estructura.

-¿Todo esto para qué, en el caso de la presente novela?

-Para hacer un viaje emocional con esta protagonista. Para que en el momento en el que ella está más desquiciada, más angustiada, el lector pueda acompañarla a través de eso, de la prosa. Y cuando esté más enamorada o más encandilada, más suave, pues que la prosa haga ese viaje emocional también.

-Algo que transmite mucha angustia es la relación con la madre, “un personaje atascado en una misma viñeta”. Hay momentos en que la odia. Y deja una pintura tremenda de ella: “Su madre no tenía amigas, nunca escribió un poema o pintó un dibujo, no había aprendido a cocinar bien. Su madre jamás había creado nada”.

-Sí. Después hay también un viaje de entendimiento, de perdón. Pero eso nos ha pasado a muchas mujeres de mi generación.

-¿En qué sentido?

-En que nuestros referentes de éxito, como te comentaba, siempre eran masculinos. No veíamos, aquí en España, a mujeres en la televisión, en las mesas de debate, en la política, tomando grandes decisiones.

-¿Dónde las veían?

-Pues encerradas en esas viñetas, en la cocina. No habían tenido, dependiendo de la clase social, la oportunidad de estudiar y, por lo tanto, no tenían la oportunidad de trabajar fuera de casa. Entonces se limitaban a los cuidados. A cuidarnos. A cuidar de la casa, del hogar.

-¿Y cómo remontar la cosa?

-Nosotras empezamos a tener otra conciencia, la de querer ser más dueñas de nuestra vida, de tener más independencia; de también estar tomando decisiones sociales, políticas; de estar ahí, de ser parte activa de la sociedad.

-Una rebelión contra lo establecido.

-Odiábamos ese referente. Nos queríamos alejar. ¿Cómo lo hacíamos? Odiando, rechazando. Lo que ocurre, claro, en este aspecto, con el entorno de la protagonista es superinjusto porque aquellas mujeres hicieron lo que les tocaba. No podían hacer otra cosa.

-Ahí se entiende bien de dónde brota ese odio.

-Más que un rechazo y un odio, es un miedo. Un miedo atroz que se tiene cuando eres más pequeña a llevar esa vida. Y ese miedo lo que hace es que te alejes.

-Hay otro renglón que termina de transmitir la angustia que nos has contado: “La única emoción que había visto dibujada en el rostro de su madre era la de la tristeza”.

-Claro, porque para la mayoría de estas mujeres, por supuesto, no era un camino elegido libremente. Era lo que les tocaba. Aunque pudieran disfrutar algo, era muy frustrante y, al final, pesaba por ser una vida con pocas satisfacciones. Con pocas satisfacciones personales y de realización. Es una realización a través de los otros.

-El éxito siempre estaba fuera de ellas…

-Todas estas generaciones de mujeres hablaban de los éxitos de sus hijos. Felices por ellos, por supuesto, pero, claro, no podían hablar de los propios. Qué generación perdida, ¿no? Y, seguro, de tanto talento perdido. Pues, bueno, yo siempre he notado esa tristeza.

-¿Cómo se manifiesta esa tristeza?

-En algo apagado. En una falta de entusiasmo porque, cuando día tras día, te espera la misma tarea, es igual que lo de un operario en una fábrica. Al final la vitalidad, que es ese brillo en la mirada, se te apaga. Solo le conocía muchas maneras de estar triste distintas.

-A los hombres, por otra parte, nos ponés en la vidriera. Esto a raíz de que tu chica de cuarenta años, para evadirse del hombre de tumor, encadena una serie de relaciones poco relevantes. Describís esta colección así: “Aparecen desnudos y orgullosos, paseando por sus casas, de la cama al baño, por el salón y hasta la cocina, sin correr, sin apagar la luz; exhibiendo sus culos aplastados, sus tetas flácidas, sus pectorales esculpidos, sus abdominales, sus barrigas fofas y sus pollas; pollas ocultas entre el vello, pollas torcidas, pollas delgadas y pollas enormes”. Etcétera. ¡Todo un crudo muestrario!

-(Ríe) Bueno, sí. Ella se ha sentido muy manipulada por el hombre tumor porque, al final, es una mujer bastante inocente en cuestión de sentimientos. No ha tenido educación emocional y, por lo tanto, se ha casado, un poco, en ese mundo precioso, sin mucha profundidad.

-Algo así como un paraíso artificial, según decíamos.

-Es un mundo bastante superficial el que tenía con su marido y se adentra en esta relación muy inocentemente. Entonces se siente manipulada por el hombre de tumor. Sabe que es un juego que no sabe hacer.

-¿Y qué hace, pues?

-Voy a aprender a jugar, dice. ¿Cómo nos estamos relacionando hoy en día? Entonces colecciona citas. Por lo tanto, ese capítulo final de la primera parte es lo que has dicho: el resultado de ese juego que ha hecho.

-¿Cómo sería eso de quedar con alguien y hacer lo que hay que hacer?

-Hablando entre mis amigas, esto del poco pudor masculino es también educativo.

-¿Por qué?

-Porque el cuerpo del hombre, si bien ahora hay más cuidado, no se tiene tan en la picota, no se tiene bajo la lupa, no se dice “¡oh, la celulitis, el vello!” y tal. Por eso, cuando se encuentran en una relación sexual o afectiva, se sienten más seguros, más orgullosos. Entonces se pasean por la casa y esas cosas. En cambio, es muy raro que una chica haga eso normalmente.

-¿Qué hace una chica en esas circunstancias?

-Una chica sale corriendo, intenta coger la camiseta, agarrar algo para taparse.

-¿Y por qué?

-Porque nos autocuestionamos mucho, por esa cuestión externa. Por lo tanto, deberíamos pensar, vosotros y también nosotras, que tenemos que quitarnos un poco todos estos pudores.

-¿De ahí sale la colección de hombres que exhibiste?

-Se nota que son relaciones de un día, de encuentros muy fortuitos en los que ella se queda como con flechazos, con imágenes muy concretas. Da igual el cuerpo que tengan.

-Relaciones bastante mecánicas, entonces.

-Además, en estas primeras y únicas citas que se tienen a través de aplicaciones, hay discursos muy aprendidos, unas conversaciones muy repetitivas, que terminan siendo muy aburridas.

-Entre los agradecimientos que están al final del libro, figuran tus amigas. ¿Qué dicen tus amigas del mundo real? Porque en tu historia no las tratás muy bien. Se mantiene la relación con ellas casi por compromiso, por mera costumbre.

-Lo primero es que ellas me conocen y por lo tanto no hay una identificación con la protagonista. Y es verdad que me gusta escribir desde el conflicto porque creo que es lo interesante. Entonces quería una persona bastante más aislada.

-¿Entonces ratificamos lo que dicen los agradecimientos: “Gracias a mis Amigas, sin su amor, todo es precipicio”?

-Para mí es primordial. Mis amigas son las que siempre me salvan la vida, el día a día. Son mi soporte emocional, maravilloso. Estamos construyendo, yo creo, algo súper bonito las mujeres ahora, con mi hija y mis amigas.

-¿Quedará eso plasmado en el papel?

-Como siempre digo, a la hora de narrar, el día que escriba una novela con mis amigas, será algo muy luminoso y muy bonito. Hablo de la amistad femenina.

-Para cerrar el asunto, entonces, lo que ocurre en la novela va por otro lado.

-En este caso, quería poner en un rincón más oscuro a la protagonista, en el que está más aislada. Como se juzga tanto, no se siente cómoda con sus amigas. No se siente cómoda ni con ella misma ni con su vida ni con nada.

-Ya que la nombraste, ¿cuánto tiene la hija de tu protagonista de tu hija Valeria?

-(Sonríe) Nada. Muy poco. Mi hija ya es una adolescente maravillosa. No he podido tener más suerte y una experiencia materna mejor. Hubiera tenido cinco más.

-¿Y qué buscaste, entonces, por otros caminos, con la hija de tu personaje principal?

-Es una niña muy pequeña. Me quería retratar también y quitarle un poquito de tabúes a todo el tema de la maternidad, que tampoco es nada de ensueño. Es algo natural y tienes días mejores y días peores.

-Lo cual impacta en el estado de ánimo.

-Tampoco nos podemos estar juzgando todo el día por eso. Muchas veces los sentimientos que tienes pues no son los más los más maravillosos o no estás pendiente, no es tu prioridad absoluta todo el tiempo, veinticuatro horas. Y no tiene porqué serlo.

-No es común sincerarse en este aspecto.

-Está bien, también, que nuestros hijos sepan que no son nuestra prioridad, absolutamente, veinticuatro por siete. Estamos creando también una generación de emperadores. ¡No! ¿Por qué?

-¿Qué se les dice?

-Eres muy importante y siempre voy a estar aquí. Pero yo también soy importante. Mi vida y mis cosas también son importantes y no las voy a dejar atrás; voy a darles su hueco.

-¿Tenés perra, como la chica del libro?

-No. Tengo una gatita, desde hace muy poquito. Una gatita rescatada. No soy muy perruna.

-¿Cómo se llama la gata?

-Como dice Rita Indiana, una escritora dominica maravillosa, a la que idolatro, los gatos no tienen nombre. Se los ponemos, pero es una cosa absurda, porque todo el el mundo sabe que un gato no tiene nombre.

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