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Brenda Becette: "No tiene que ser todo una gran historia de amor para poder disfrutar del sexo, de la carne"

Cuentista de las buenas y cerca de su debut como novelista, Brenda Becette publicó Llamarada, con historias singulares al servicio de personajes singulares. Su papá es mendocino

Llamarada implicó la continuidad de Brenda Becette con el cuento, un género muy fértil para ella que le había valido el premio José Emilio Pacheco, en México, siete años atrás.

En aquella ocasión, su colección de relatos, La parte oscura, rondaba temáticas distópicas, expresando la oscuridad “del ser humano, en contraste con el equilibrio armónico de la naturaleza”.

Ahora, sus llamaradas eligen caminos sorpresivos, ya sea en la montaña como en el río, en el interior o en el exterior de sus personajes, en el extravío psíquico, en lo mágico o en el frío cálculo racional, para iluminar los distintos rincones de la vida misma.

Son historias singulares al servicio de protagonistas singulares. Con variedad, sobre todo, de mujeres inquietantes, aventureras. Y de individuos equívocos, que terminan siendo una cosa distinta a la que muestran al principio.

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Brenda Becette y su LLamarada.

Brenda Becette y su LLamarada.

Muy buena cuentista, en suma, a punto de debutar como novelista, nacida en Campana, pero con padre mendocino y que, en el día de su cumpleaños, dialoga, desde Buenos Aires, donde vive ahora, con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-¿Sos de festejar mucho, Brenda, o preferís la sobriedad en esto de los cumpleaños?

-No. Sobria.

-Si tuviéramos que obsequiarte algo, ¿cuál sería hoy el mejor regalo de la vida que podría hacerte alguien?

-En general, siempre libros.

-Nos resulta fácil, a nosotros, que hacemos un programa sobre libros.

-La verdad que estaría buenísimo porque, además, con los regalos, uno expande la mirada, las lecturas.

-¿Qué autor te está llamando la atención en estos momentos, que morirías por leer y no tenés en tu mesa de luz?

-Tengo bastantes. De más. Hay una pila de pendientes que es tremenda. Pero hay un poco de todo. Por ejemplo, tengo pendientes muchas lecturas de autores clásicos.

-¿Por qué tu interés particular en los clásicos?

-Justo estoy haciendo una maestría en escritura creativa en la UNTREF (Universidad Nacional de Tres de Febrero) y como yo estudié cosas más de diseño y arte, y no tanto de literatura clásica, son mis asignaturas pendientes.

-¿Qué tipo de lecturas son?

-Tengo para leer más que nada estudios sobre la literatura y sobre la comunicación como, por ejemplo, muchos libros de Barthes.

-Hablando de diseño y arte, ¿vos tuviste participación en la tapa de tu libro?

-Fue mi pedido; un pedido que no sabía si iba a poder ser.

-¿Por qué? ¿De dónde te salió el impulso?

-Yo seguía a esta pintora, Ornella Pocetti, que es muy joven. Sus pinturas me encantaban, especialmente toda la última serie que se llama Las Furias, que justo ahora está con una muestra en Madrid.

-¿Qué le viste?

-Ella dibuja estas mujeres raras, que son un poco demoníacas y que, a la vez, tienen algo medio animal. Están siempre en un entorno verde, cerca de ríos. Tiene también una imagen muy surrealista, cosas muy interesantes.

-Ahí te inspiraste para ilustrar tus relatos.

-Siempre que miraba sus obras me decía que me encantaría tener algo así para la tapa de un libro mío. Y en la editorial lo tomaron y estuvo buenísimo, porque también tiene que darse eso: que en la editorial lo puedan poner, que la pintora también quiera participar de esto. Es toda una conjunción de cosas.

-Te terminó saliendo redonda la cosa, afortunadamente.

-La verdad es que salió y estoy muy contenta porque tiene mucho que ver con el ambiente y con los temas de los cuentos del libro; con algo, más bien, del espíritu.

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La tapa de LLamarada.

La tapa de LLamarada.

-Este asunto nos remite a Gabriela Larralde quien, en enero, nos contó algo parecido. Se había motivado mucho con otra artista plástica, Flor Marrapodi, que terminó ilustrando la tapa de su novela La pez. Tienen un notable parentesco los dos libros, el tuyo y el de Gabriela, ambos con portadas sumamente atractivas.

-Sí, es muy buena la tapa de La pez. Lo tengo pendiente también para leer.

-En alguna reseña anunciando la salida de tu libro se mencionaba como si tuviera una línea distópica. Una gran sorpresa porque, al leerlo finalmente, de distopía no hay nada en tus cuentos.

-No. Lo que pasa, en verdad, es que, cuando un libro es nuevo y poca gente lo ha leído, a veces te ponen la reseña del libro anterior.

-Típico equívoco del gacetillero.

-En la contratapa está la reseña de Esther Cross sobre este libro y después abajo están las reseñas del libro anterior, que fue publicado en México y ese sí es, más que nada, desde de distopías.

-Estamos hablando de La parte profunda, que es el que te dio el Premio José Emilio Pacheco.

-Sí, sí, claro.

-Esther Cross, digamos, es una de las escritoras preferidas de nuestro espacio en la radio.

-Es una escritora excelente, tiene muchísimos libros y una mirada muy sutil e incisiva.

-¿Vos vivís en Buenos Aires?

-Vivo en Buenos Aires, sí.

-¿Y salís mucho al campo, al terreno? ¿Sos muy outdoor a la hora de moverte?

-¿Vos decís al terreno de otro lado?

-De cualquier lado, porque tu libro tiene mucho paisaje, mucho aire libre.

-Sí. Yo creo que el tema del aire libre es una especie de nostalgia, porque yo soy de Campana y era un pueblo en esa época. Era una ciudad chica y ahora es bastante más populosa. Pero, bueno, sigue siendo, igual, una ciudad no tan grande y está rodeado de mucho campo.

-¿Con qué tipo de referentes en derredor?

-Está sobre el río Paraná. Eso es algo de lo que yo no me puedo despegar, ese amor al espacio abierto. Y después de tantos años de vivir en la Capital, es como que lo extraño.

-¿Cuándo te pegó especialmente esa sensación?

-Especialmente me pasó después, en la pandemia. Como a todos. Sentí mucho eso, la necesidad del aire libre, del verde, de mirar lejos, como dice una amiga mía.

-¿Cómo se tradujo todo eso en el papel?

-En este libro, en Llamarada, me di el gusto de poner todas las historias que se me ocurrieron imaginando o recordando lugares en los que estuve en viajes; diferentes lugares.

-Pero no es un libro de viajes.

-En este libro, que empezó en pandemia, las primeras historias, la mayoría, tienen el punto de inicio en imágenes de viajes y de lugares en contacto con la naturaleza, con el agua, con las montañas. El viaje, ¿no?

-En ese merodeo, tenés dos historias intensas en la montaña que son bastante alucinógenas y zarpadas. ¿En qué te inspiraste?

-Es mi deseo de trascender. Tuve una época de lectura furiosa de Castaneda, que se pegó con algunos viajes. La literatura te da el poder de tener muchas vidas. Entonces, en todos los cuentos tengo vidas, con cosas recordadas o con cosas inventadas, y la mezcla de las dos. Y, bueno, me doy ese gusto de decir: ¿qué pasaría si yo fuera?... ¿si yo estuviera en?...

-Las vidas posibles. Perfecto. Ahora bien, en las historias de montaña incluís a dos mujeres muy potentes y extrañas. ¿Qué buscaste con esas dos chamanas?

-A mí me gusta la aventura. O sea, yo crecí leyendo historias de aventuras donde la mayoría de los aventureros eran hombres. Entonces pienso, ¿por qué no puede haber una mujer aventurera? Por supuesto que siempre está especialmente pensado en un mundo que es el de hoy; mezclado, también, con ese mundo que es actual y a la vez no; que es meterse en esos rincones, ocultos o escondidos.

-Pero con una fuerte impronta personal.

-También pienso que siempre está ese peligro del cuerpo, el de los lugares y el de los cuerpos. Y en el caso de ser una mujer sola en viaje, nunca se puede evitar esa pregunta: ¿qué pasa con esto? Pero, bueno… ¡ellas se animan igual! (ríe).

-Hace poco, le preguntábamos a Agustina Bazterrica cómo hacía para mantener la tensión oscura de sus historias. El caso tuyo no es la oscuridad sino otra cosa. Tus personajes son complejos, difíciles, empiezan por un lado y terminan por otro. El camino se desvía permanentemente en tus cuentos.

-Sí. No es buscado. Es el camino que encuentro yo. Pueden tener otros finales, pero me interesa también a veces dejar una especie de puerta, como un pedacito de aire donde el lector puede completarlo. No todo, pero un pedacito. Uno puede hacerlo suyo.

-Eso hace muy atractivos los relatos porque está bueno que la literatura, entre otras cosas, te sorprenda también. Se ve muy puntualmente lo que estamos diciendo en “Llamarada”, el cuento que le da título al libro.

-Sí. Por eso está más o menos en el medio, como si fuera una especie de declaración de tono del libro en general. Más allá de que también hay cuentos en que los protagonistas son niños, en casas.

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-Una cotidianidad, sí, pero con particularidades bastante marcadas.

-Pero las familias y las casas también son como ambientes que, vistos desde determinada óptica, pueden ser extrañados, digamos, mirados como un entorno amenazante. Estos chicos también ven amenazas. Tal vez son amenazas imaginadas, pero las ven y tienen que actuar para defenderse.

-Lo que pasa es que algunos de esos chicos también toman decisiones bravas. Sobre todo, una niña que, en el cuento “Original, original”, finalmente decide con una frialdad tremenda.

-No hace mucho, tampoco, ¿eh? No es tan terrible (ríe). Toma decisiones como diciendo “qué podemos hacer con esto”.

-Hay otra historia, quizá la más fuerte del libro, que no vamos a spoilear, pero que involucra también a un chico con un telón de fondo emparentado con la película La sociedad de la nieve.

-Justo me pasó que estaba por salir el libro y apareció la película. Me dije que el tema retomaba algo similar, pero yo quise salirme de ahí. Me interesaba más la historia del chico, de cómo lo veían los demás; la situación familiar. Aunque esa idea lo rodea.

-Está claro que el contexto de la historia es totalmente otro.

-Lo peor es lo que pasa, más que nada, dentro de su familia. El resto es anecdótico.

-Claro, la familia es tan importante como el pibe, en el relato.

-Esa familia que, además, tiene varias cosas un poquito disfuncionales. Y hay tensiones en las que, justamente, tal vez los chicos no son lo central.

-Entre esas tensiones vos exponés algo muy actual, que es el bullying, tanto en el colegio como en el entorno familiar. Y hablando de tensiones, hay un momento bastante crítico de la madre, bastante jodida ella, con su hija en el comedor. Te pone muy nervioso.

-(Ríe) Sí. Pero, bueno. Los monstruos también están adentro. Adentro de la casa.

-¿Vos has tenido una madre jodida, en ese sentido?

-¡No! ¡Para nada! No se parece para nada a mi mamá, por suerte. Viste que los personajes son retazos de cosas que uno conoció, de personas que uno conoció, de personajes que uno leyó. Es una construcción total. Y eso es lo divertido de escribir. En mi caso.

-¿Cómo es tu caso?

-Yo soy más de la ficción que de la no ficción. O sea, me gusta tomar hilos sueltos de la realidad para armarme un tejido nuevo y algo mío.

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo, me llama la atención una noticia sobre unos camarones que encontraron en las costas de Inglaterra que cambiaban de sexo.

-¿Cómo es eso?

-En una hora eran del sexo masculino y unas horas después eran del sexo femenino. Ahí hubo toda una investigación. Entonces digo: ah, mirá qué bueno esto, qué loco todo lo que es el mundo marino, que tiene leyes totalmente diferentes a las de los animales, ya sean mamíferos, insectos, etcétera.

-Sí. Es la línea que desarrollaste en tu último cuento, “Evolución”.

-Bueno, me gustó la idea para partir de ahí e imaginarme algo que tenga que ver con lo humano.

-Es entonces cuando uno termina de caer en la cuenta de que casi todos tus personajes son equívocos. Uno empieza imaginándose una persona que termina siendo otra cosa, algo que vas desvelando poco a poco.

-Sí. Eso me divierte, también, porque, como ya sabemos, la gente que uno conoce tiene sus contradicciones. Un personaje sin contradicciones es un personaje aburrido.

-Totalmente. Otro logro de tus relatos.

-Ese cuento está escrito un poco diferente que el resto, por eso está al final. Y no sé por qué yo lo veía como si fuera una película. Me imaginaba escenas y contadas desde diferentes ángulos. Por eso está dividida la mirada del narrador.

-El personaje que empuja la acción en ese relato es un médico, un cirujano plástico. ¿Cómo te llevás vos con la cirugía plástica?

-(Ríe) Mmm… Por ahora no tengo muchas opiniones. Hay de todo. O sea, uno mira y dice: qué bien quedó esta persona o este actor; y en otros es un horror. Creo que es una cuestión de suerte. No sabés qué te va a tocar.

-Tu primer relato, “En la mina”, toca un tema sensible para nosotros. ¿Es un cuento antiminero, el tuyo?

-No sé si antiminero, porque conocí varias miradas sobre eso, en contra y a favor. En realidad, el cuento es el cuento. No es una apología de nada ni un reclamo. Pero si yo tengo que ponerme en un lugar, preferiría que el cobre, el oro, etcétera, no se los lleven, que queden acá en el país.

-¿De dónde sacaste el cuento alucinógeno del kusiquy, “Oro blanco”?

-Es un invento. No existe la planta.

-Bien. Nos quedamos más tranquilos, porque no teníamos ni idea de qué se trataba el kusiquy.

-Me la inventé porque necesitaba determinadas características suyas y no había algo así en esa zona.

-Te inventaste, justamente, entre los cerros, el estimulante ideal, que produzca efectos bonitos, pero sin sufrimiento ni perjuicios para la salud.

-Claro. Pero por ahora no existe, creo. O tal vez sí y yo no me enteré (risas).

-Estás un poco aquí en el ámbito estricto de Carlos Castaneda, a quien citás, de paso, como epígrafe, al comienzo del libro.

-Sí, porque varias ideas salieron de cosas que se me cruzaron al leer sus libros. Los había leído hace bastante, ya, pero siempre me quedó esa especie de atmósfera, más que nada, de lo posible, de lo imposible, de lo que puede ser mágico y, a la vez, en realidad, puede ser una alucinación o una ilusión cuando uno está solo en las montañas.

-Un ámbito ideal para esas transformaciones.

-Es esta especie de ambigüedad de lo mágico que, tal vez, como decía, es una alucinación. Pero hay algo de magia, la magia que también uno le pone.

-Hay un cuento que es muy de chicas, muy femenino, “Biología”. Se trata de una mujer que está pensando en la playa, junto a su hija, mientras su marido anda por otro lado. Y en un momento, dice: “Todos los hombres son de carne, de hueso y de grasa, algunos con más pelos que otros. Jóvenes o viejos, gordos o flacos, no son tan diferentes”. Y remata con un “voto por la democracia de la carne”. ¡Palos y a la bolsa! Quedamos tipo ganado.

-(Ríe) Pongo eso porque, en este caso, la narradora es mujer. Podría ser al revés. Algo que ya pasó. Ya hubo mucho de eso (risas). Más que de chicas, creo que es una especie de proclama feminista.

-Por eso mismo.

-También tiene que ver con desromantizar. ¿Viste que hay toda una historia de la literatura femenina -femenina entre comillas- de que tiene que ser todo por amor y esas cosas?

-Totalmente. Cuenta con una larga tradición esa mirada romántica.

-Bueno, entonces es como la mirada de una mujer que se siente, podría decir, asfixiada, ahogada en su rutina, como los peces que van por el canal cavado en la punta de ese lugar.

-¿Cuál es la reacción liberadora, entonces, según vos?

-Es al revés. Como si ella dijera “voto por la democracia de la carne”. O sea, no tiene que ser todo una gran historia de amor para poder disfrutar del sexo, de la carne. Al revés: es la mirada de la mujer hacia el sexo un poco desapegada. Es también sentirse más libre.

-¿En qué sentido necesita sentirse más libre?

-Es como que está atrapada en algo que ella misma se creó, una trampa de la vida burguesa. Qué sé yo, es un poco una progresista burguesa que tal vez antes no se preguntó esas cosas y ahora quisiera vivir una vida algo más libre.

-¿Es más una reacción emotiva o algo reflexivo?

-También es difícil teorizar sobre lo que uno escribió, porque yo no lo hago desde una teoría; lo hago desde una especie de idea, de una imagen y tal vez la teoría surge después. Digamos, esto no es un tratado ni un ensayo, es un cuento de un personaje.

-Sin duda, por eso mismo cabía preguntarse hasta dónde te identificabas con el personaje.

-Esto también surge de algo que era un chiste con mis amigas, cuando yo era joven, que decía “un beso no se le niega a nadie”. La narradora remata con un “¿Y por qué no también el resto?”.

-Democracia de la carne...

-Una especie de idea feminista al decir: bueno, liberemos un poco. Tiene que ver con que, tal vez, en una época, en los setenta o, mejor, en los sesenta, el sexo era más libre.

-¿Y hoy qué?

-Hoy en día tiene tantos requisitos o está tan ajustado a llenar un formulario donde se va marcando lo que hace falta, que se trata de recuperar algo más salvaje, de recuperar un poco la animalidad de los cuerpos.

-Fijate vos lo que estamos diciendo, porque teóricamente deberíamos haber evolucionado como sociedad y, en cambio, estamos todos más pacatos, sujetos a más reglas.

-Sí. Lo que le pasa a la narradora es esa especie de necesidad de la liberación. Pero liberación del cuerpo y de la mente, salir un poco de toda esta atadura urbana y de las reglas.

-¿Qué tipo de reglas?

-Reglas que parece que son de la libertad y, en realidad, son reglas que se van cada vez ajustando más alrededor de uno. Por supuesto que estamos hablando de romper reglas sin perjudicar. Pero la protagonista está hablando de esa necesidad de lo salvaje, de lo libre, del espacio abierto, como decíamos antes.

-La llamarada, digamos.

-La llamarada de uno mismo. Quemarse uno mismo. También hay algo un poco filosófico. Yo tampoco puedo teorizar, pero una amiga, que había estado leyendo el libro, me dice que había visto eso en el cuento “Llamarada” cuando la mujer está pensando en el fin del mundo mientras mira un ave en el lecho del río seco.

-Sí, es un momento de introspección especial.

-Empieza como a pensar en eso: ¿qué va a quedar? ¿Qué pasa después? Es como ponerse a analizar, también, lo que fue la vida de uno, ¿no? Ahí las cosas cambian de perspectiva y por eso es la búsqueda de la libertad, pero como de algo más.

-En un momento, la protagonista va por un pueblito donde no hay nadie y de repente se le acerca un pibe en una moto que medio le quiere hacer el filo. Entonces ella se dice: “Detesté otra vez este cuerpo de mujer que, sin importar cómo estuviera vestida, parecía cederse como un paisaje natural a la mirada de los otros”. ¿Les pesa a ustedes, las mujeres, a veces el cuerpo, en ese sentido? ¿Sentirse miradas, hostigadas, buscadas o no sé qué?

-Yo creo que, en general, sí. Igual, hay mujeres a las que conocí que son muy felices con sus cuerpos. Pero hay algo, siempre, como esto que decimos de la apropiación del paisaje natural y todo eso. Hay algo también que tiene que ver con el patriarcado.

-¿De qué manera?

-Como que las mujeres son para eso, como si fuera algo natural; algo que se puede mirar, recontra mirar, opinar. El tema de la opinión, por lejos, en todos lados. Siempre se opina más sobre los cuerpos de las mujeres que sobre el cuerpo de un hombre. El valor está puesto ahí.

-Depende. Suele suceder que quienes más opinan más sobre el cuerpo de las mujeres y sobre cómo están vestidas, son las propias mujeres.

-Sí, pero una cosa es la ropa y otra es el cuerpo. Por ejemplo, estoy leyendo el libro La llamada, de Leila Guerrero. Y en una parte habla con una persona que había sido pareja de ella y que hacía mucho que no se veía con Silvia Labayru, que es la protagonista del libro.

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-¿Y qué pasa ahí?

-Esta persona le pregunta a Leila, que la está entrevistando: ¿y cómo envejeció? ¿Envejeció bien? O sea, cómo está físicamente, le quiso decir.

-Cómo le cayeron los años.

-Claro, porque como todavía no la había visto, le pregunta a la periodista cómo está ella. Fijate que es muy importante el tema ese. Es como un peso, también. Es como si tuviera más importancia eso que otros tipos de cosas de la vida de esa mujer.

-¿Por qué te jode puntualmente este asunto?

-No sé. A mí me encanta la belleza. Yo soy diseñadora. La belleza, la ropa, todo lo que sea el arte. Englobemos todo eso. Pero por suerte mi papá me crió diciendo: esto no es lo más importante.

-¿Qué sería lo importante, según tu padre?

-Lo que sea mujer, igual que belleza, igual que casarse, igual que toda esa especie de cadena de la de la feminidad, no es lo más importante, sino otra cosa. Mi papá era mendocino.

-¡Mirá vos! ¿Qué hacía tu papá?

-Fue uno de los primeros desarrolladores de programas de software desde los años setenta, ochenta.

-Qué bueno saberlo. Mirando hacia adelante, Brenda, desde que ganaste el premio José Emilio Pacheco, en México, pasaron varios años hasta este, tu nuevo libro. ¿Te vas a tomar un tiempo similar para el próximo?

-No, no. Ya estoy más o menos por un poco más de la mitad de una novela.

-O sea, que entrás a la novela.

-Sí, entro a la novela.

-¿Y qué onda?

-Es un mundo que tiene que ver con el río Paraná y sus islas. Un par de muertes. Estamos ahí.

-¿Por qué ahí?

-Más que nada porque es el mundo que conozco, natural, donde crecí, que quiero recuperar. Siempre me pareció un lugar con misterio. Uno sale al río y es una especie de cosa infinita, color bronce. El sol cae y en las islas, cuando las ves, hay una sombra negra. ¿Qué pasa ahí? ¿Qué puede pasar ahí?

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