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Agustina Bazterrica, la garra oscura de las letras: "Tengo un radar para captar el pulso negativo del mundo"

Reconocida y elogiada escritora argentina, Agustina Bazterrica se define ella misma como autora de "literatura oscura". Su obra más reciente es Las Indignas, relacionada con un grupo de monjas novicias

Las preferencias de Agustina Bazterrica están a la vista. Ama leer, los chocolates, los animales, especialmente los gatos.

Es una escritora de alto impacto.

Desde que Cadáver Exquisito obtuviera el Premio Clarín 2017 con su tremenda alegoría sobre el consumo de carne humana, no ha dejado de estremecer al universo lector hasta hoy.

Le siguió Doce garras y un pájaro oscuro, una colección de cuentos más livianos, pero atravesados, todos, por la violencia y la muerte. De uno de ellos se desprenderá su próximo libro sobre brujería y el poder ancestral de las mujeres.

Con su título más reciente, Las indignas, un grupo de monjas novicias, bajo el yugo de un dios cruel, en un tenebroso convento al borde del fin del mundo, la conduce a escudriñar los bajos fondos del devenir existencial.

Le molesta ser encasillada. Ni horror ni distopía terminan de catalogarla como autora. Ella misma encuentra la fórmula más simple: “Literatura oscura”. Así define su arte. Textualmente. Punto.

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Agustina Bazterrica y su última obra, Las Indignas.

Agustina Bazterrica y su última obra, Las Indignas.

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En la siguiente entrevista con el programa La Conversación de Radio Nihuil está toda Bazaterrica, su integral alma de hechicera y las claves íntimas de su oficio, desde los borradores del taller en adelante.

-Hola, Agustina. Entre tus amores confesos están los gatos, los chocolates ¿y qué más?

-Bueno… mi familia, mi marido, la literatura; los libros, en general. O sea, no puedo estar sin leer.

-Muchos de ustedes, los escritores, dan talleres de escritura. ¿Qué tipo de gente concurre habitualmente, cuál es el perfil más común?

- Nadie nace escribiendo. La gente adquiere herramientas en los talleres. Y ahí tenés de todo. Yo he ido como asistente, muchos años, a los talleres de Liliana Díaz Mindurry. De hecho, ahora, hace cinco minutos acaba de terminar el curso sobre Borges que estamos haciendo.

-¿Por dónde rondó la clase de hoy, si se puede saber?

-Estuvimos hablando del cuento “El milagro secreto”. A Lili la conozco hace más de treinta años y a sus talleres iba de todo; digamos, gente mayor. Me acuerdo de una poeta, por ejemplo, que escribía muy bien y era una señora grande. Teníamos gente joven. De todo.

-Es decir, que no hay una edad dominante en este quehacer.

-Lo bueno es que, en la literatura, a diferencia de otras artes, como el ballet, no hay edad. Mirá el caso de Aurora Venturini, que escribió desde siempre, pero se hizo conocida, famosa, recién a los ochenta años. Tenés otra, como Toni Morrison, que fue la primera autora afroamericana que ganó un Nobel. Creo que su primera novela la publicó a los cuarenta. O sea, no importa la edad.

-¿Qué importa?

-Lo que importa es la actitud a la hora de escribir. Y la constancia, obviamente.

-Y de estas prácticas salen también cosas importantes. Hace poco hablamos aquí con Dolores Reyes, que hizo su taller con Selva Almada.

-Claro. Sí, sí. Como siempre digo, para mí esto es lo mismo que con los psicólogos. Tenés que encontrar al tallerista que te cierre. Hay gente a la que le sirve hacer muchos talleres e ir picoteando y sacando herramientas distintas.

-¿Y en tu caso cómo fue?

-A mí me sirvió ir a un taller muchos años, que es el de Lili, porque ella tiene una cabeza que es impresionante. Es una gran escritora. Y es muy generosa porque, para mí, es importante que el tallerista te respete o que te ayude a encontrar tu mirada, tu visión, y no que todos los asistentes terminen escribiendo como el tallerista, algo que a veces pasa.

-De hecho, en los agradecimientos finales de tu libro nombrás expresamente a Lili, a quien calificás de maestra y amiga.

-Está en todos mis libros.

-¿Por qué tanto?

-Porque, francamente, la conozco desde que tengo diecinueve años. Es amiga. Es la persona que lee mis textos cuando los estoy escribiendo; la primera persona que los lee y la única.

-¿Y después?

-Después, cuando los cierro con el primer borrador, ahí sí se los doy a otras personas, a las que les pago por hacer ese trabajo. Con el caso de Cadáver exquisito y Las indignas, una de esas personas fue Félix Bruzzone.

-Quien, justamente, pasó por este programa en setiembre del año pasado con su libro 307 consejos para escribir una novela.

-Félix me parece un gran lector, superlúcido, generoso con sus comentarios. Sarah Moses, que es mi traductora de los libros al inglés, también leyó el borrador de Las indignas y me dio su devolución. Ahora estoy trabajando con Magalí Etchebarne, en Alfaguara.

-Con ella también trabajaste Las indignas, ¿no?

-Sí. Maga, mi editora en la editorial, es una gran escritora que acaba de ganar un premio superimportante en España, el Ribera del Duero de Páginas de Espuma, con un libro de cuentos.

-En suma, todo un trabajo muy sólido, el tuyo, hasta llegar a la publicación.

-Yo intento tener la flexibilidad de recibir otras miradas porque, por más que uno corrige una obra, siempre va a haber un punto ciego en el cual no ves tus propios errores.

-¿Y sentís que los editores, los correctores, te han mejorado efectivamente los textos o te has enzarzado en alguna discusión con ellos? Pregunto porque, según dice la leyenda, a Raymond Carver le perfeccionaron mucho los cuentos en el proceso de edición.

-No sé en el caso de Carver. Habría que ver los originales. Pero, en mi caso, absolutamente sí. Sobre todo, con Magalí porque, como Cadáver exquisito ganó el Premio Clarín, no hubo tanto tiempo para hacer una corrección. Si bien trabajamos el texto y todo, era como una instancia en la que había una fecha de entrega muy concreta.

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Agustina tiene predilección por los gatos.

Agustina tiene predilección por los gatos.

-A vos no te gusta que te encasillen, pero, después de Cadáver exquisito y Las indignas, es difícil sacarte del género distópico. Pero, más allá de eso, está claro que te movés muy cómodamente en la oscuridad. Y no es fácil perdurar y permanecer en esa zona tenebrosa, como han hecho, por ejemplo, un Lovecraft o un Stephen King.

-(Ríe) Claramente, no creo que nunca me dedique a escribir novelas románticas.

-No quedan dudas al respecto.

-No es un tema que me interese mucho. O las llevaría para el lado de la tragedia tremenda. Pero no me gusta que me encasillen porque para mí todo es literatura. Y, de hecho, a la hora de escribir, no leo solo distopías.

-¿Qué leés, mientras tanto?

-Leo mucha poesía, mucho ensayo. Leo de todo.

-¿Y en cuanto a tu producción?

-La novela que estoy pensando ahora y para la cual estoy investigando, no va a ser una distopía, por ejemplo. Y eso, creo, se ve en mis cuentos. Tenés algunos que están atravesados por la ironía, por el humor. Otros tienen un registro poético.

-Es cierto, como decís, pero solo a partir de tus relatos cortos.

-Como no tengo todavía muchas novelas escritas, esas diferencias de los distintos registros y de las distintas atmósferas, por ahí no se ven tanto.

-Lo que pasa es que tus novelas han causado un fuerte impacto.

-Porque, bueno, ahora hay para comparar Cadáver exquisito y Las indignas, porque mi primera novela no la vamos a tener en cuenta.

-¿Por qué? ¿Qué pasa con Matar a la niña?

-Porque no la voy a reeditar nunca. Pero esa novela, por ejemplo, está atravesada por el humor. Yo quise hacer un libro gracioso, por más que hoy, si lo releo, me parece malísimo y no me causa gracia (risas).

-Ahora bien, el puente que hay entre Cadáver exquisito y Las indignas es cierto que se trata de un libro de cuentos, pero cuyo título es igual de tenebroso: Diecinueve garras y un pájaro oscuro. Esto lo dice todo

-Sí, claro, claro. O sea, todos los cuentos, por más que haya algunos que sean más livianos en algún sentido, están atravesados por la muerte y por la violencia, sin duda.

-Por eso mismo.

-Bueno… no sé si me atrae esto mismo u otra cosa. Tengo como un radar para captar el pulso negativo del del mundo.

-Verdaderamente, como decís, tenés olfato para sacar conclusiones de la parte tenebrosa del espíritu humano, pero, además, tenés un manejo muy fino y muy impactante de la crueldad. Tus relatos bien podrían llamarse “Cuentos crueles”.

-Sí. Está bueno el título. Me hubiese venido bárbaro hablar con vos antes de publicar el libro porque, para Diecinueve garras y un pájaro oscuro, le mandé como veinte títulos a mi editora y ninguno le cerraba.

-¿Y qué pasó, finalmente?

-Por ese título final luché a capa y espada, aunque es largo y la gente se confunde, ¡incluyendo a mi propia madre! Pero no me importa que esté la confusión porque con el título yo estoy tratando de dar claves de lectura.

-¿Cómo ha vivido tu madre la crueldad que vos ponés en las historias? A mucha gente se le estruja el estómago leyendo Cadáver exquisito y en Las indignas también hay pasajes bravos.

-Mi madre es una lectora superlúcida. También es una de las grandes, grandes lectoras que conozco. Pero yo no le doy a ella mis borradores porque siempre me dice que le parecen muy truculentos.

-¿Viste?

-Sin embargo, con Cadáver exquisito y Las indignas ella valoró la escritura. Me decía que, con Las indignas, ya con la primera escena de las cucarachas la pasó muy mal porque les tiene mucha fobia. Pero después sintió muchas sensaciones.

-¿De qué manera te lo dijo?

-Dijo: “Todavía tengo imágenes que me resuenan y me pareció bellamente escrito. Me pareció también un libro que requiere que el lector sea muy activo porque tenés información muy fragmentada y es el lector el que la tiene que empezar a unir”. Y agregó que es un libro que requiere de una relectura.

-Las chicas que están encerradas en esa especie de convento medieval reciben todo tipo de agresiones, verbales o no. Como cuando el mandamás del lugar les espeta en la cara: “Ustedes son las lobas que engendran ponzoña, un batallón fecundado por la perdición y la atrocidad, un costal de podredumbre hedionda, un semillero de elucubradoras de infamias. Indignas. Homicidas”. Hay que bancarse eso, ¿no?

-(Ríe) ¿Qué te puedo decir? Es acertado. Yo fui a un colegio de monjas alemanas y ya me decían esas palabras. Todo el tiempo te hacían sentir que eras una indigna. Todo el tiempo estabas sospechada de ser una zorra, una puta.

-¿Te sentías una loba que engendra ponzoña?

-¡Claro! Todo el tiempo, en cambio de que te enseñaran a cuidarte y a relacionarte con el sexo opuesto de la manera más sana posible, te enseñaban a temerle y a juzgar a las otras que, por ahí, tenían un novio, tenían un amigo.

-Por lo tanto, te sentías siempre en falta.

-Era tremendo porque lo que lograban era el efecto contrario. Muchas de las que salieron, las que se recibieron, hicieron desastres después, porque no teníamos herramientas.

-Entonces, en ese ida y vuelta que tenés con tu vieja, ¿no le preguntaste por qué te había mandado allí, con las monjas alemanas?

-¡Mil veces! Medio millón de veces se lo dije.

-¿Y?

-En su momento era por una cuestión económica y porque ella, además, había ido a un colegio de monjas jesuitas y la había pasado muy bien. Por otro lado, yo pienso: ya está. Uno tiene que aprender de las experiencias de la vida y dejar de echarles la culpa a los padres de las cosas. Ella hizo lo que pudo y a mí me sirvió para ser la escritora que soy hoy, también.

-De todos modos, te quedó un resabio muy fuerte.

-Yo era muy sobreadaptada. Tendría que haber dicho: no creo en Dios. Y me hubiesen echado. Pero no me animé a tanto.

-En la abadía siniestra de tu relato rige un dios indefinido, mientras se la pasan despotricando contra el Dios “erróneo” junto a su hijo falso y a su madre negativa. Es decir, sin nombrarlos expresamente, están apuntando contra Dios Padre, Jesucristo y la Virgen María, ¿no?

-Sí. Es el Dios del catolicismo, del cristianismo. Pero no es la única religión del mundo.

-Claro, pero acá pega distinto eso. Nosotros, de alguna manera, somos los hijos del papa Francisco.

-Bueno… ¿Quiénes?

-El país. Los argentinos.

-No sé… Algunos del país. No todos.

-¿Cuál es tu posición al respecto?

-Yo creo en que hay una energía creadora. Lo podés llamar fuente, misterio, todo lo que vos quieras; el nombre que quieras: diosa. Pero no creo en la religión católica ni en la Iglesia Católica, para nada.

-Te repito una pregunta que ya te han hecho: ¿en qué crees?

-En esto. En que somos todos, todas, todes, desprendimientos de esa energía y ahí está la famosa llama de vida que hay en la iconografía de Jesús, con el corazón con fuego. Somos desprendimientos de esa energía. Entonces, es ahí cuando vos te conectás con otra persona, con un animal o con la naturaleza, que es algo que trabajo en Las indignas.

-Sí, todo el tiempo está presente este aspecto.

-No voy a decir mucho más, pero por algo ella, la narradora, al final, deja de tachar la palabra bosque porque hay una comunión sagrada con ese lugar, hay una comunión sagrada con otras y hay una comunión sagrada con un animal que no voy a decir quién es. Ahí hay una conexión con Dios, llamémoslo.

-Ese punto queda expresamente claro en el relato.

-Yo no necesito una iglesia que me esté diciendo cómo conectarme con ese dios. Jesús, si vamos a hablar de él y no de otros líderes o lideresas espirituales en el mundo, habla del amor. Y el amor como energía no implica reprimir a las personas, no implica matarlas en nombre de Dios. Eso no es amor. Eso es violencia. Para mí.

-En tu novela hay varios personajes aledaños y distintos animales, a los cuales les agregaría el bosque como una presencia permanente. En las últimas páginas lo llamás “catedral viva”. Y agregás: “Soy parte de este templo pagano, de este santuario ancestral”. ¿Cómo sentís vos el bosque, en lo personal?

-El bosque, en la literatura, siempre se relaciona con el lugar mágico, el lugar de lo siniestro, el inconsciente.

-Adonde va Caperucita, digamos.

-Claro, claro. Es el lugar también de transformación. La gente que entra en el bosque por ahí sale transformada.

-Les pasa, entre otros, a Hansel y Gretel.

-Tal cual. Aparte, está todo el tema con la brujería y las mujeres. Tiene toda esa simbología. Además, como te decía antes, es un lugar al que ella le teme al principio de la novela, no lo termina de entender, lo rechaza, lo tacha. Y al final, esto, justamente, está hablando, para mí, según mi lectura, de la comunión sagrada que teníamos con la naturaleza antes del capitalismo, del respeto.

-Es una de las metáforas, ciertamente.

-Eso se perdió. Algunas personas, poco a poco, lo están volviendo a ver. Pero la realidad es que, lo que hacemos hoy con la naturaleza, es depredarla y destruirla. Y ahí también está Dios, si querés.

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Bazterrica estudió en un colegio de monjas alemanas.

Bazterrica estudió en un colegio de monjas alemanas.

-Volviendo a tu experiencia en el colegio de monjas alemanas, este libro salió después de que conociste un monasterio de Santa Catalina, en Cuzco. ¿Qué es lo que lleva a que haya un conjunto de mujeres que deciden ser monjas y quedarse en un lugar, encerradas?

-La religión católica es la que yo más conozco, porque fui parte de un grupo, si bien es muy variada según cada país. Y lo que me pasa a mí, primero, es que no estoy de acuerdo porque es completamente patriarcal y machista. Una mujer nunca va a llegar a ser Papa. Estas monjas siempre están supeditadas a la autoridad masculina del sacerdote, del Papa, etcétera, etcétera.

-¿Entonces por qué perduran en eso?

-Me parece que muchas de ellas genuinamente tienen una búsqueda espiritual, que me parece válida por completo. Yo no me voy a meter con eso. Y muchas otras también lo hacen por necesidad, porque es un lugar que las cobija, etcétera.

-Sí, distintas motivaciones.

-Hay un libro de Sonia Budassi, una autora argentina y periodista, que hizo toda una investigación sobre las monjas. Mujeres de Dios, se llama. Es muy bueno, lo recomiendo. Ahí ve todas las complejidades de la que realmente cree, de la que no, etcétera.

-En buena parte de tu historia se cuenta la destrucción del mundo, pero no se sabe bien porqué. Podría ser en cualquier época. Hasta que entra a tallar la peligrosa confianza de la humanidad en Internet y esto deriva en el gran apagón. Se apaga todo para que no nos domine la inteligencia artificial. Esto nos mete de lleno en un entorno de ciencia ficción.

-Sí, porque de lo que hablo también en la novela es del tiempo y la eternidad. Justamente, mencionábamos al principio a Borges. Para Borges, uno de sus temas es el tiempo.

-¿Cómo enfocás vos este asunto?

-Yo no creo en la eternidad material. Creo que todo lo que estamos viendo ahora puede desaparecer. La especie humana puede desaparecer. Nos creemos inmortales, pero podemos desaparecer. El virus del covid nos dio una muestra sobre eso. Nuestro planeta puede desaparecer.

-¿Y entonces?

-Lo que sí creo que es inmortal es el espíritu. Uno se lleva impregnado todo eso. Pero me interesa trabajar sobre este hecho, sobre el tema de que todo lo que tenemos ahora, las comodidades, la electricidad, Internet y bla-bla-bla-bla, un día puede desaparecer. Podemos volver a una suerte de medioevo.

-Y caer en la desconexión.

-Sí, total, porque, aparte, si te metés en Internet y creés en ello, hay bastantes artículos que hablan de un posible apagón eventual. Hay, de hecho, series, podcasts, que hablan sobre apagones y todo lo complejo que sería que se produzca eso.

-Por eso mismo, tus novelas podrían figurar dentro del catálogo del horror. Con esto último, ya entrarían en la ciencia ficción. A Cadáver exquisito, como contás, en algunos colegios le dan una lectura sociológica. Es cierto que a vos te gusta decir que sos híbridas. ¿Pero cuál sería el género que más define hoy tu estilo?

-¡Ah… es que no sé! El otro día tuve una entrevista con una estudiante de Estados Unidos y me ubicó a Cadáver exquisito como sinónimo de realismo mágico. “¿Qué!!”, le dije (risas). ¡Quería meter a Borges dentro del realismo mágico! ¡Por favor! Tuve que explicarle lo que era.

-No todo es fácil de encuadrar, convengamos.

-Creo que lo alucinante de nuestro país es eso: que los escritores y escritoras de los cuales aprendimos, Borges, Cortázar, Juan José Saer, Silvina Ocampo, Sara Gallardo y un montón más, no se encasillaron en un solo género. Fueron por todas partes, porque hay cuentos de Borges que los podés leer como literatura de terror, lo mismo “Casa tomada”, de Cortázar.

-¿Y ese no encasillamiento qué significa, para vos?

-Eso permite una flexibilidad enorme. Si yo me tuviera que poner en una caja, sería literatura oscura. Qué sé yo. Punto.

-¿Tu principal maestro es Saer?

-Primero, como dije, Liliana Díaz Mindurry. Grosa, grosa.

-¿Y después, entre los grandes referentes?

-Después, de los que estudio, sí, Juan José Saer. Lo amo. Hago cursos. Eventualmente trataré de leer toda su obra, porque lo voy haciendo muy despacio. También Borges, Cortázar, Flannery O’Connor, Virginia Woolf, Shirley Jackson, Kafka, Flaubert, James Joyce… Sacando Finnegans Wake, leí toda su obra en español y en inglés. En fin, te dije un montón.

-Siendo más específicos, ¿cuál es tu escritor de horror preferido?

-Shirley Jackson me parece una gran escritora de horror. Creo que su cuento “La lotería” es una obra maestra, lo mismo que Siempre hemos vivido en el castillo, su novela. Charlotte Perkins Gilman es otra maestra del horror, que no sé si es tan conocida. Tiene un cuento que recomiendo mucho, “El empapelado amarillo o “El papel de tapiz amarillo”, considerado el primer cuento feminista y también de horror.

-Distopías hay muchas. ¿Cuál es la tuya?

-Una de mis preferidas es Frío, de Rafael Pinedo. Fue un escritor argentino que murió muy joven y dejó dos libros nada más, Plop, que es una distopía y Frío y Subte, dos nouvelles que, en general, están publicadas juntas. Frío me parece una de las mejores nouvelles jamás escritas.

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Sonríe Agustina. Está rodeada de libros.

Sonríe Agustina. Está rodeada de libros.

-¿Te vas a dedicar ahora a escribir sobre las brujas?

-Sí. Estoy investigando sobre brujas, sobre magia negra. También releyendo La Divina Comedia porque quiero que toda la historia que voy a contar suceda en el Barolo. O en un Barolo ficcional, porque la gente no vive ahí. Pero yo quiero que vivan.

-¿De dónde sale el impulso inicial?

-Voy a retomar el cuento que está publicado en Diecinueve garras y un pájaro oscuro, que se llama “Un sonido liviano, rápido, monstruoso”. Yo lo había empezado como una novela, lo pasé a cuento y ahora quiero que vuelva como novela.

-Llama la atención la vigencia de este tema. Por ejemplo, entrevistamos en noviembre al colombiano Mario Mendoza cuya novela Akelarre le da gran protagonismo a las brujas. También Dolores Reyes, quien en Miseria hace entrar la magia negra con la bruja correspondiente.

-Eso lo trabaja muy bien Silvia Federici en el ensayo Caliban y la bruja donde ella analiza porqué a lo largo de los siglos quemaron mujeres acusándolas de brujas.

-Mendoza va más o menos por esa línea en su novela.

-Lo que ella dice es que una de las condiciones para que surja el capitalismo es la mano de obra barata. Entonces relegaron a las mujeres en las casas para que tuviesen hijos, hijos, hijos. Mano de obra barata. Por eso se les sacó a las mujeres un conocimiento ancestral, que poco a poco está volviendo, de plantas medicinales, de contacto con la naturaleza. Muchas de ellas eran parteras. Y, bueno, ese trabajo se lo quedaron los hombres.

-¿Cómo lo vas a enfocar?

-Me parece muy interesante trabajar sobre todo eso, sobre ese poder que tiene las mujeres que lo quemaron en las hogueras. O intentaron quemarlo y no lo lograron.

-¿Van a ser brujas antiguas o brujas contemporáneas?

-Contemporáneas.

-Por último, de todas las mujeres que pueblan Las indignas, ¿cuál es la que más se parece Agustina Bazterrica? ¿Con cuál te sentís más identificada?

-¡Ah…! Te voy a decir con Circe, que no es un humano.

-(Risas) ¿Por qué nunca la nombrás como tal y hay que deducir su condición?

-Porque, justamente, es lo que trabajo con Cadáver exquisito también: ¿dónde está el límite entre el humano y lo animal? Porque somos animales. Y cuando vos querés a un ser, independientemente de si es humano, un animal o qué, no interesa. Es el ser que amás.

-O sea que sos Circe. Sos la hechicera.

-Ojalá. Ojalá algún día me convierta en la hechicera.

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