Como el buen intelectual curioso que es, Pablo Maurette aprovecha todas las herramientas a su disposición para sazonar La Niña de Oro, una novela policial que honra la tradición del género, pero también el escenario donde transcurre.
La matriz original es, en efecto, el clásico policial anglosajón, pero filtrado a través del particularísimo tamiz argentino. Esto implica que el peso de la investigación del crimen o crímenes en curso, pasa del detective prototípico al sistema judicial, como ocurre en nuestro país.
A partir de la muerte de un oscuro profesor empeñado en exóticas elucubraciones sobre las personas albinas, Maurette saca a relucir sus variados recursos.
Como guionista, disfruta hilvanando diálogos ágiles y elocuentes. Como porteño que germinó en los noventa, recrea en detalle el Buenos Aires que mejor conoció. Como profesor universitario, hilvana distintas teorías científicas que, junto a la intromisión de la magia negra, colman de pimienta la trama.
Como escritor, se regodea con sus personajes, poniendo a la secretaria Silvia Rey, una mujer común y silvestre, pero empeñosa, en plano preferencial.
Una manera de entender el mundo. En clave “negra” argentina.
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Desde Florida, Estados Unidos, donde trabaja de profesor de literatura inglesa y comparada en la Universidad Estatal, dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Aprovechamos, Pablo, que sos también guionista para hablar de la dificultad que implica trasladar libros muy buenos o prestigiosos a la pantalla, porque la vara queda muy alta. Hoy está el caso, por ejemplo, de la serie El problema de los 3 cuerpos.
-No la vi todavía, pero la quiero ver. Y sí, es muy complicado. Creo que lo más importante, cuando uno está adaptando un libro, es pensar en la película más que en ese libro y lo que va a funcionar más.
-¿Con qué tipo de rigor o prurito?
-Hay que ser infiel al libro, así como cuando uno traduce. Es otro artefacto, es otra obra de arte. Y el libro, simplemente un disparador.
-Está bien que lo digás vos, porque vos jugás en los dos lados de la cancha. Ahora bien, supongamos que adaptan al cine tu novela La Niña de Oro, ¿cómo hacés, en tanto escritor, para morderte la lengua y no participar del proceso?
-Eso se arregla por contrato antes. Y si uno, lo que arregla es que no va a tener ninguna participación en el guion, tiene que vender el libro y olvidarse por completo, como si nunca hubiera pasado; porque si empieza a pensar y empieza a querer involucrarse, se va a volver loco.
-¿Por qué ambientaste tu libro en la Argentina de los noventa, llegando al año 2000?
-Porque es la Argentina en la que vivía. Yo me fui en el 2004. Esa era mi Buenos Aires, mi Argentina. Y, bueno, mi imaginación literaria fue directamente ahí. Ahí me sentí más cómodo. Es mi hábitat natural.
-¿Lo sigue siendo?
-A partir de entonces vuelvo mucho, vuelvotodos los años, pero siempre es un lugar un poco más ajeno, un poco más extranjero.
-Te salió como un impulso básico el volver ahí, entonces.
-No fue una decisión que tomé antes de empezar. Fue orgánico, natural y espontáneo.
-Te mencionaba la época porque los noventa se han puesto de moda, sobre todo ahora que ha salido la serie Coppola, el representante. Vos mencionás como telón de fondo, por ejemplo, al Gordo Valor. Pero es también la Argentina de Coppola, Maradona y compañía.
-Más o menos. Está todo el famoso asunto del jarrón, ¿no? Sí, creo que es así, en la segunda mitad de los noventa, seguro.
-Además de los personajes famosos involucrados, ese período tiene el encanto de lo vintage, de una cosa lejana, pero cercana a la vez. Eso garpa muchísimo a la hora de adaptar historias, ¿no?
-Sí, sí. La idea, un poco, del libro era centrarse en un personaje al que estamos acostumbrados por el policial anglosajón; por las series, por las grandes novelas policiales que nos dejaron los anglosajones. Como cinéfilo y lector, aporta nombres, títulos y conexiones que dan rienda suelta a la imaginación.
-¿Con qué tipo de atractivos, según vos?
-Son novelas y son series en general protagonizadas por un detective, que puede ser policía, puede ser investigador privado. Pero en Argentina funciona distinto el sistema judicial. Es decir, el que lleva a cabo la investigación es el juez o el fiscal.
-Claro, cambia el ángulo para abordar el tema.
-Por eso me interesaba explorar ese mundo, el mundo de la fiscalía, con sus empleados, con sus jerarquías, con sus dinámicas siempre muy complicadas con la policía, pues tienen que trabajar con ella.
-El ida y vuelta es distinto.
-La policía trabaja para la fiscalía, entonces se genera todo tipo de conflictos, de choques; también de amistades y de complicidades. Todo un mundo que, para mí al menos como lector de policiales, era bastante ajeno porque, como te decía, uno está más acostumbrado a otra tradición en el policial.
-El buen policial, como cualquier buen libro, se abre más allá del género. Ofrece una pintura social, también una crítica política, una semblanza psicológica de los personajes y hasta se permite algunas disquisiciones filosóficas, como en tu caso. ¿Qué devolución te han hecho tus lectores?
-Por ahora ha tenido muy buenas lecturas, muy buen recibimiento. La novela a la gente la entretiene, algo que para mí es lo más importante: que un libro te absorba, que te metas en ese mundo, que te entretengas.
-Es crucial este punto, a la hora de hablar de libros, ¿no?
-Pero no estoy hablando de pasatismo, porque esa, también, fue siempre una de las grandes acusaciones contra el género policial: que es pasatista, que es morboso. Yo no creo que exista la literatura pasatista. Uno está siempre leyendo desde su vida y desde el mundo; y conectando el mundo de la ficción con su mundo real. Es imposible no hacerlo.
-Todo tiene que ver con todo…
-Toda literatura tiene que ver con nuestra vida, la buena, la mala, la aburrida y la divertida. Pero lo que más me importaba cuando escribía era eso, que avanzara la acción y mantenerme entretenido yo porque, si el escritor la está pasando la bien, es muy probable que encuentre electores que la pasen bien también. Si el escritor se aburre, escribiéndolo, no hay duda de que el lector se va a aburrir cuando lo lea.
-A propósito de esto ¿qué es lo que te resultó más divertido de las 260 páginas que componen La Niña de Oro?
-Lo que más me divirtió fue escribir los diálogos.
-¿Gajes del oficio?
-Tiene un poco que ver ahí mi experiencia, que no es mucha, pero muy intensa, como guionista. Pero, más allá de eso, los diálogos me divirtieron mucho, la pasé muy bien. Les presté mucha atención. Quería que sonaran naturales y a la vez que colorearan bien a los personajes y a la vida de ese momento.
-¿Con qué tipo de salvedades, teniendo en cuenta tu retroceso en el tiempo?
-No me preocupé mucho porque fuese riguroso en cuanto a la época histórica del año 99. Por ahí, de pronto, los personajes hablan de una manera que, no sé, a lo mejor no era propio de ese momento. Quizá no se hablaba así. Pero tampoco quería recrear tipo arqueólogo ese tiempo histórico, sino más bien un ambiente general y un tono en general.
-Los diálogos están buenos porque muestran una dinámica cinematográfica. Además de hablar de la investigación, obviamente, suelen tener un remate como final de escena, como cierre de un sketch. Por ejemplo, la fiscal cierra una discusión con la secretaria diciéndole: “¡Y no me rompas más las pelotas!”.
-Sí. Me imaginé un poco cómo era la dinámica de trabajo en una oficina. Y, de pronto, la gente se insulta, se manda la mierda y a los quince minutos ya está trabajando junta de nuevo. Porque es así. No te vas a ofender y a irte a tu casa.
-El ambiente suena muy cercano, es verdad.
-Hay explosiones, hay insultos, hay risas, hay intercambio de anécdotas y hay trabajo. Todos coexisten en el mismo espacio que es la fiscalía.
-Dentro de los subgéneros en que se divide el policial, uno de los más prestigiosos es el género negro, ese que apunta a destapar los entramados sospechosos del poder, la corrupción, etcétera. Tu novela lo supera. Más que negra, es negrísima. El final te deja con una gran bronca, con ganas de salir a buscar a los tipos de mala entraña.
-Sí, sí… Es que en el policial anglosajón, siempre poniéndolo como contrapartida porque nos dio un modelo muy bueno y muy rico, yo diría que el noventa y nueve, coma nueve, por ciento de los casos tiene resolución. A veces el culpable muere, a veces el culpable va preso, pero hay justicia; ya sea divina o humana, pero hay justicia.
-¿Y en este caso?
-Me parecía que en un policial argentino eso no tenía porqué ser así, porque a veces no hay justicia.
-¡Ni que lo digas!
-No es, obviamente, que en el mundo anglosajón siempre haya justicia. Estoy hablando del género literario. Y me parecía que estaría bueno que hubiese resolución para el lector, o sea, que el lector pudiese hacerse una idea de lo que pasó, pero que no necesariamente hubiese justicia.
-Eso es precisamente lo que te deja volando de bronca.
-Sobre todo porque la sombra de la impunidad es una sombra muy monstruosa y muy presente en el imaginario argentino. Está lleno de gente que cometió crímenes espantosos, le jodió la vida a los demás y nunca las paga; tiene una gran vida y se muere contenta. No pasa nada, no hay consecuencias. Así que me pareció que hubiese esa dimensión en la novela.
-El sabor amargo de la impunidad es parecido, por ejemplo, a lo que dejaron los atentados a la AMIA y a la Embajada de Israel, entre tantos otros. Como que los afectados se quedan dando vueltas y preguntándose qué pasó, a fin de cuentas.
-Sí, tal cual. Los familiares de las víctimas van a quedar siempre tocados por esto y nunca se van a olvidar, pero todo el resto de la de la sociedad sí se va a olvidar porque siguen nuevas tragedias, nuevas injusticias. Y va quedando atrás una especie de reguero de casos sin resolver o mal resueltos, de perejiles que cayeron para encubrir crímenes mayores, etcétera.
-Además, vos abrís la novela con un personaje muy potente, un matón, el hombre de la nariz respingada. Después no lo ves más hasta las páginas finales, acompañado del cabrón mayor, el comisario inspector Pedro Gómez Letón. ¡A esos te dan ganas de salir a buscar!
-Esos tipos sí son parte fundamental de la trama y están ahí, en las sombras, de manera fantasmal. Hay mucho de esto en la novela, personajes que son cruciales para la trama, pero que no aparecen mucho.
-¿Por qué le llamaste a la novela La Niña de Oro? Se trata de un café donde la protagonista central, Silvia Rey, se reúne habitualmente con su padre.
-Así es. La Niña de Oro era un café que existió, durante décadas, en la esquina de la Avenida Santa Fe y Oro, en Buenos Aires. Está en la zona de Pacífico. Se trata del típico café de la ciudad, bastante, feo, pero todoterreno.
-O sea, para todo tipo de gente.
-En una época estaba abierto las veinticuatro horas. Uno podía ir a desayunar, a tomar el té, a tomarse un whisky, a comerse una milanesa a las cuatro de la mañana.
-¿Qué te dio para transformarlo en protagonista?
-Yo crecí no muy lejos de ahí y por distintas razones siempre ocupó un lugar importante en mi vida ese bar. Me gustó mucho el nombre, así que en un momento… no sé, se dio. Y sí, tiene muchos roles en la novela este título La Niña de Oro.
-Ese es el bar donde se juntan padre e hija quienes, por otra parte, cierran el libro, por lo cual este termina siendo, entonces, la historia de ellos dos, de Silvia y Francisco.
-También. En la historia es muy importante la relación que tiene Silvia Rey con su papá. Es también un remanso. Hay tanta oscuridad y tanto tumulto en la novela, que la relación de ella con el padre va marcando como momentos de descanso, de distensión, de ternura.
-Funciona como un eje sobre el que se apoya el relato.
-Es que se quieren mucho, son muy compañeros, charlan de sus cosas. Se pelean, también, obviamente. Pero tienen una relación muy entrañable que contrasta, como te decía, con la oscuridad de lo que pasa en la novela.
-Ahora, una pregunta, no al escritor, sino al ciudadano Pablo Maurette. De todos los personajes que pueblan La Niña de Oro, ¿cuál es el que más bien te cae? ¿Con cuál vos te sentís mejor?
-Con Silvia Rey. Me encariñé mucho como personaje. Me sentí siempre muy identificado y muy cerca de ella.
-¿Qué rasgo en particular destacarías?
-Que el heroísmo de Silvia Rey radica en que quiere hacer bien su trabajo. Nada más. No es nada sobrenatural. No es un superhéroe. Es simplemente una persona que tiene un compromiso fuerte con lo que hace y que no quiere hacer las cosas así nomás.
-Sí, muy empeñosa.
-Quiere llegar al fondo de las cuestiones y quiere que se haga justicia. Y sabe lo difícil que es, la lucha que es. Pero lo quiere hacer bien en un mundo de desidia, en un mundo de gente que trabaja mal, que hace las cosas a medias, que está desanimada, que no le importa nada.
-Una pintura conocida.
-En fin… es un poco, para mí, uno de los grandes problemas de nuestro país. O sea, no es tanto la corrupción en las altas esferas, sino una especie de desidia generalizada que permea todo. Y ahí están estos personajes que realmente quieren hacer las cosas bien. Esto es Silvia Rey.
-Ese es un retrato exacto. Para decirlo como en una charla de café, el personaje de Silvia Rey engancha porque es una mina común y silvestre, con una naturalidad que es difícil de lograr en la ficción. Remite a los personajes que hoy está desarrollando magistralmente Kate Winslet en el streaming.
-Ah, vos decís la serie policial que hizo hace poco tiempo, ¿no?
-Sí, Mare of Easttown, por ejemplo. Sin demasiado maquillaje ni filtros.
-Tal cual. Sí, sería bárbara Kate Winslet, ahora que lo decís, sí, sí. Y es eso, una mina a la que le gusta leer, pero no es una intelectual, no es una erudita. Le gusta pensar. Es una persona sensible, una persona intuitiva, inteligente, pero no es extraordinaria en ningún sentido más que en esa dirección: quiere hacer su trabajo bien y tiene este compromiso ético muy fuerte con su propia profesión.
-Así como Silvia y su papá juegan a encontrar coincidencias, ya sea entre dos o tres elementos, a las que llaman “duquesa” o “tricota”, nosotros podíamos mencionar una con tu libro porque lo rescatás a Luis Ángel Firpo citado en la novela El cartero llama dos veces y en la película Manhattan Melodrama, igual que Juan Sasturain, a quien entrevistamos y que pone al boxeador en contacto nada menos que con Dashiell Hammett.
-Sí. El juego de la tricota lo tienen Silvia Rey y su papá desde que ella era chiquita y consiste en estar atento a coincidencia. Para poner tu ejemplo, estás leyendo un libro y aparece Firpo mencionado. Al día siguiente, vas a ver una película y aparece Firpo de nuevo. Ahí ya tenés una duquesa.
-Pero hay una condición…
-Claro. Lo importante es que no estén conectadas de ninguna manera más que por la casualidad. Es decir, uno no puede salir a buscar una referencia, tiene que pasar espontáneamente. Y el ejemplo de Firpo es lindo porque, también, es muy argentino. Es un momento de gran gloria cuando tira del ring a Dempsey.
-Algo convertido en leyenda del deporte.
-Pero dentro de una derrota, porque en realidad Firpo perdió esa pelea. O sea, no fue un triunfo. Fue un gran momento en lo que terminó siendo una gran derrota también. Y, bueno, esto da un poco la nota de la novela, que tiene sus momentos de pequeñas victorias, pero en el contexto de una gran derrota.
-Hay un capítulo sumamente atractivo en tu novela, el 15, donde Silvia Rey se encuentra con el viejo librero que le desarrolla toda la teoría de los albinos, que se terminan convirtiendo en el móvil de una serie de asesinatos, con magia negra incluida. Es compleja y te lleva desde La Rioja a Malaui, en el África. ¿De dónde la sacaste?
-Es una teoría obsoleta sobre los albinos, del siglo XVIII, con la idea de que ellos son descendientes de un homo sapiens distinto, de un homo sapiens nocturno. Nosotros seríamos el homo sapiens diurno.
-¿Qué grado de penetración tuvo?
-La teoría existió y fue obviamente desbancada muy rápido. Nunca nadie se la tomó muy en serio. Pero cuando la descubrí leyendo un libro sobre albinismo por intereses personales, pues me interesan muchas cosas, me pareció muy linda, muy interesante. Me dije: en algún momento quiero usar esto.
-¿Qué filón viste ahí?
-Investigando el tema de los albinos descubrí que en algunos países de África central sucede efectivamente que los albinos son perseguidos para ser mutilados cuando mueren y se los entierra.
-¿Para qué? ¿A qué obedece la persecución?
-A veces profanan las tumbas y se roban los restos de los albinos para usarlos en la magia negra. Esto es cien por ciento real. Es un drama tremendo el que sufren los albinos en ciertos países de África. Esa fue la punta de conexión con el personaje central de esta novela, que es un albino que se llama Copito.
-Claro, en torno a él se van enredando y desenredando distintas hipótesis.
-Copito tiene estas distintas aristas que llevan a distintos espacios, a distintos vestigios del tema del albinismo.
-Lo que pasa es, cuando llevás la historia al África, la cosa toma otro cariz, porque allá los albinos son considerados como fantasmas, como seres que no son humanos.
-Exacto. Los deshumanizan. Siempre es más fácil, para tratar a una persona como objeto, deshumanizarla antes. Entonces los consideran como seres sobrenaturales que no sufren, que no sienten dolor y así se justifica este horror que les hacen, pobre gente.
-¿Tenés algún otro proyecto en marcha? Como escritor, digamos.
-Sí, estoy escribiendo otra novela. Nada que ver con Silvia Rey. Es sobre Buenos Aires en el siglo XVII. Un poco me fui para atrás en el tiempo para ver los orígenes de la ciudad donde nací.
-O sea que nos va a quedar la sangre en el ojo por todos los hilos sueltos que dejaste en La Niña de Oro.
-Pero va a volver Silvia Rey.
-¿Cuándo?
-Cuando termine este proyecto, seguramente vuelva a aparecer Silvia Rey.
-¿Con el hombre de la nariz respingada y todos los maleantes que lo rodean?
-Todos esos malevos y ese mundo del hampa porteña. Sí.
-Para terminar, una pregunta fuera de la literatura, aprovechando que te movés por Estados Unidos. ¿Cómo está el duelo entre Trump y Biden? ¿Cómo lo ves?
-Yo creo que va a ganar Biden, porque la economía acá está muy fuerte. Está en un buen momento el país, con poco desempleo, con baja inflación, con un PBI per cápita muy alto.
-Este factor suele ser determinante.
-Está muy fuerte económicamente, en general. Y cuando el país está fuerte económicamente, el presidente es reelegido. Yo no creo que a Trump le dé el cuero para revertir eso, para entusiasmar a tanta gente de que salga a votar en contra.
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