Un segundo de inconsciencia. Una noche cualquiera entre risas, alcohol y esa falsa sensación de inmortalidad que suele acompañar a los diecinueve años. Eso bastó para que la vida de Sam Ballard, una joven promesa del rugby australiano, se transformara en un calvario por comer una babosa.
El caso, que se convirtió en una historia de referencia global, expone con crudeza cómo una decisión impulsiva puede romper un futuro en mil pedazos y en apenas un puñado de horas.
Se comió una babosa en una apuesta, quedó paralizado y murió
Lo que comenzó como un chiste de jardín en una juntada con amigos terminó configurando una de las tragedias médicas más impactantes.
Todo ocurrió en Sídney. Sam disfrutaba de una velada distendida en el patio de una casa. Entre charlas y copas de vino, el grupo divisó un pequeño molusco que se arrastraba por el suelo. Era una pequeña babosa que se arrastraba lentamente.
Sam, queriendo demostrar que nada lo asustaba, se tragó el animal vivo ante la mirada de sus compañeros, quienes lo incitaron a modo de apuesta. Lo que nadie imaginó es lo que ocurriría después.
A los pocos días del hecho, el joven empezó a sufrir pinchazos insoportables en las piernas, mareos y vómitos que no cedían. Ante el deterioro evidente, su madre lo trasladó de urgencia a un hospital.
Luego de varios estudios, los especialistas se dieron cuenta que la promesa del rugby estaba atravesando un grave cuadro de angiostrongiliasis, una infección causada por el parásito del pulmón de la rata.
La medicina explica que este nematodo habita en los roedores y que los moluscos se contagian al alimentarse de sus heces. Cuando un hombre o una mujer ingiere estos organismos sin cocinar, el parásito ingresa al sistema y se abre paso hacia el cerebro y la médula espinal.
Cambio drástico y el final de la batalla
La infección le provocó una inflamación cerebral severa que lo indujo a un coma profundo durante 420 días. Cuando el adolescente abrió los ojos, el daño neurológico era total y había quedado cuadripléjico.
Sam pasó de las canchas de rugby a depender de asistencia médica las 24 horas del día, postrado en una silla de ruedas motorizada, sufriendo convulsiones y alimentándose a través de una sonda.
Tras ocho años de una resistencia sobrehumana contra las secuelas de la enfermedad, Sam falleció en noviembre de 2018, cuando tenía apenas 27 años.





