Es curioso, casi contradictorio, pero Mendoza, que se enorgullece tanto de ser cuna de la campaña libertadora del general San Martín, no rescata y casi ignora forzadamente a su caudillo principal: el fraile José Félix Aldao. No hay monumento, plaza ni calle que lo recuerde. No está su cuadro como gobernador de la provincia en la Legislatura. No hay fecha en el calendario que lo tenga en cuenta.

Quizás sea por haber sido un religioso que tomó las armas o que tuvo tres esposas (en distintos momentos) e hijos. Quizás porque haya sido federal, una de sus figuras principales.

A 175 años de su muerte, alguien está intentando cambiar esto.

Emilio Caram tiene 42 años. Es casado, tiene dos hijos y es abogado. Fue director de Apoyo a la Comunidad y subsecretario de Seguridad entre 2010 y 2013 y concejal de Godoy Cruz.  Actualmente ejerce su profesión y siempre ha sido un apasionado de la historia. “Comencé a leer historia antes que el Billiken”, dice.

En estos días está completando la edición de su segundo libro, el que repasa la vida del fraile dominico, bravo integrante del Ejército Libertador, caudillo federal y gobernador de Mendoza. Quiere que ese libro sea de distribución masiva y gratuita, que el 11 de octubre, día del nacimiento de Aldao, haya fiesta en toda la provincia y que su cuadro, aquel que ordenó pintar Juan Manuel de Rosas, sea devuelto a Mendoza para ser colgado en el Salón de los Pasos Perdidos de la Legislatura.

Caram cuenta cómo empezó todo. “Hace un año y medio falleció mi hermana en un accidente de tránsito. Era dirigente cultural, militante del PJ, y eso me produjo un shock emocional. Intenté sobrecargarme de trabajo, trabajé mucho en la campaña y traté de superarlo así, pero hay que hacer los duelos y, por no hacerlo, prácticamente perdí la voz”, dice, con una disfonía que conserva aún.

Dice que “esta cuarentena me hizo bajar un cambio y decidí volver a escribir” Ya había publicado “El Ser Nacional, historia política argentina”, siguiendo la línea revisionista histórica jauretcheana, “desde la vereda del frente de la pluma sarmientina, versión de la historia que está contada en forma totalmente subjetiva, por Sarmiento y Mitre”, cuenta.

Sostiene que “los mendocinos fuimos tan generosos, que pusimos en el pedestal nacional al general San Martín y su ejército libertador, formado por cuyanos y compartimos con el país la gesta libertadora” pero sostiene que “a Félix Aldao lo desaparecieron, lo escondieron” y le atribuye a Sarmiento haber “demonizado a los caudillos, entre ellos al fraile”.

Caram dice que el libro de Aldao “quiero que sea de distribución masiva y gratuita, no quiero sacar un peso. Quiero citar a todas las fuentes, los que colaboran en esto. Quiero que llegue a cada rincón de Mendoza. Y buscaré que el día 11 de octubre, la fecha de su natalicio, con la organización de una fundación que estamos armando y que se llamará José Félix Aldao, tal como los salteños recuerdan a Güemes y los riojanos al Chacho Peñaloza, las peñas gauchas, los centros culturales, las bibliotecas, hagan una gran  conmemoración y festival, que atraviese lo político y lo religioso”.

Apuntes sobre el fraile

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Hay un olvido intencional en Mendoza y en el Salón de los Gobernadores de la Legislatura. Este olvido se hace muy evidente. Mirando los retratos de quienes dirigieron los destinos de la provincia, desde el general José de San Martín en adelante, pareciera que entre 1841 y 1845 Mendoza hubiera estado acéfala, anárquica, que esos 4 años hubieran sido un agujero negro. Pero no fue así. Entre 1841 y 1845 el gobernador fue José Félix Aldao, que, según cómo se lo trata, pareciera que su figura está maldita.

Entre Gregorio Aráoz de Lamadrid, gobernador por pocos y violentos meses de 1841 (antes estuvo Pedro Molina), y Pedro Pascual Segura, que gobernó entre febrero de 1845 -luego de un interinato de 20 días de Celedonio de la Cuesta- hasta abril de 1847 no hay nada. Allí debería estar Aldao.

Ese olvido intentó ser remediado por varios, radicales y peronistas, en diferentes momentos. Roberto Iglesias y Víctor Fayad, siendo diputados nacionales, fueron los primeros que lo intentaron. El diputado provincial Ricardo Puga presentó un proyecto similar en 2009 y Julio Cobos, en su período como vicepresidente de la Nación, también lo intentó. Después también quiso remediar esa ausencia Francisco Pérez.

Mientras tanto el cuadro de Aldao se encuentra en el Museo Nacional de Historia en Buenos Aires y no puede ser cedido por cuestiones legales.

Aldao no “existe” para Mendoza a pesar de ser uno de los mendocinos con mayor protagonismo en la historia nacional y que, entre algunas acciones durante su gobierno, sentó las bases para lo que sería después la trascendente Ley de Aguas.

Fraile dominico, soldado del Ejército de los Andes, caudillo federal y gobernador de Mendoza, José Félix Aldao tiene una de las vidas más ricas de la historia mendocina y de la Nación. El haber sido borrado de esta historia "es un interrogante que hay que analizar desde el punto de vista histórico, político y desde el punto de vista de la venganza ideológica", dijo en su momento el doctor en Historia y rector de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, Adolfo Omar Cueto.

Hay muchos libros sobre él, desde Sarmiento en adelante, aunque aun ahora sigue siendo una personalidad de la historia analizada por literatos, pero no por historiadores.

Desde la literatura se lo califica como un personaje endiablado, mistificado, se le acreditan situaciones que rayan lo maléfico. Se llega a decir que salían de sus ojos como rayos. Calificado de sanguinario, no hizo nada muy distinto a lo que hicieron otros, por ejemplo su antecesor en la gobernación Lamadrid, que sí tienen sus retratos colgados en las paredes.

Si Sarmiento, en “Facundo”, fue salvaje con el Tigre de los Llanos, fue mucho más despiadado con el caudillo mendocino en Vida del general fray Félix Aldao. Su mirada sobre Aldao condiciona a los que escribieron después. Sin embargo en su obra Sarmiento termina reconociendo que "en medio de tantas cualidades malas, este hombre tenía algunas virtudes recomendables. Ha tenido amigos que lo han estimado entrañablemente y cuyo afecto lo ha sobrevivido a la distancia y a la muerte y es imposible que inspirase afecciones tan durables y desinteresadas un hombre que no poseyese algunas buenas prendas que disminuyesen el horror de las malas. Sabía hacerse amar de sus soldados, de los que hay muchos que le han acompañado durante muchos años. Solía distribuir granos en gran cantidad entre los pobres del sur de Mendoza, y muchos infelices le deben su subsistencia. Cuando sabía que se acercaban familias chilenas de las que frecuentemente emigran para Mendoza, las mandaba encontrar con víveres, y proveía a su subsistencia y establecimiento por algún tiempo. Últimamente, personas que lo han tratado de cerca, aseguran que tenía un amor entrañable a sus hijos...Toda Mendoza acompañó su cadáver a la iglesia...".

Félix Aldao nació en Mendoza el 11 de octubre de 1785. Hijo del comandante Francisco Esquivel Aldao y doña María del Carmen Anzorena, tuvo dos hermanos menores, José y Francisco. Él mismo hizo agregarse José como primer nombre años después. En 1802 tomó el hábito de la Orden de Predicadores de Santo Domingo en el convento de Mendoza, donde cursó filosofía, y hacia 1809 se ordenó de sacerdote en Santiago de Chile.

Cuando San Martín formó el Ejército de los Andes, fray Félix Aldao fue nombrado capellán del Batallón N°11, con el que concurrió a la campaña de los Andes. Pero en plena campaña Aldao pidió tomar las armas y, autorizado por el general Las Heras, se distinguió por su bravura en el combate de Guardia Vieja, y obtuvo el grado de teniente de Granaderos a Caballo. Desde entonces dejó de vestir el hábito de los dominicos, pero nunca los dejaría totalmente ya que al momento de su muerte fue enterrado vestido con el uniforme militar por abajo y el hábito dominico sobre este.

En el Ejército de los Andes demostró enorme valentía en las batallas de Chacabuco y en Maipo, en Curapaligüe y Gavilán, en Arauco y en Talcahuano, pero especialmente en la derrota de Cancha Rayada, donde con enorme coraje se batió a sable con los realistas hasta último momento, para salvar a varios compañeros heridos y desarmados.

Después integró la campaña libertadora del Perú y él mismo reclutó y formó un grupo de 5.000 hombres para combatir a los realistas. Hizo con el general Arenales la primera campaña de la Sierra, en 1820, y ascendió a mayor. Su actuación fue premiada y sus proezas en el Perú son páginas de historia.

En 1824 volvió a Mendoza y se instaló, con su primera mujer (la bella peruana Manuela Zárate), en una hacienda de Guaymallén, donde se consagró a la industria y al trabajo. Pero en julio de 1825, al estallar en San Juan una revuelta que derrocó al gobernador Salvador María del Carril, fue enviado por el gobierno mendocino, con una fuerza que comandaba su hermano José Aldao, para reponer a las autoridades sanjuaninas depuestas. Logrado este objetivo, las fuerzas mendocinas regresaron a su provincia.

Producida la revuelta de Lavalle contra Dorrego, en diciembre de 1828, la guerra civil que se encendió arrastró a Aldao, quien se embarcó abiertamente en el bando federal. Con el regimiento de Auxiliares de los Andes se incorporó al ejército de Quiroga y con él hizo la campaña contra Paz.

En La Tablada resultó herido de bala en el pecho, y en Laguna Larga u Oncativo quedó prisionero de Paz. Su cautiverio en las filas unitarias duró hasta la batalla de La Ciudadela (noviembre de 1831), ya que al pisar los vencidos el territorio de Bolivia el coronel Aldao quedó en libertad.

En 1832 alcanzó el generalato y fue nombrado comandante general de Armas de Mendoza. Al año siguiente, al organizarse la campaña del desierto comandó la División de la Derecha y logró victorias sobre Yanquetruz y Berbón. La legislatura lo premió.

En 1840, al formalizarse la liga unitaria del norte contra Rosas, Aldao fue jefe del Ejército Combinado de Cuyo, que incluía a las fuerzas sanjuaninas. Participó en esta guerra civil hasta la derrota unitaria de Rodeo del Medio (setiembre de 1841). Un año antes, en noviembre de 1840, había sido designado gobernador propietario de Mendoza. Pero no ejerció el poder hasta el 16 de mayo de 1842.

El 16 de noviembre de 1841 llegó a Buenos Aires y fue recibido por Rosas con todos los honores debidos a su rango. Quedó en esa ciudad hasta el 5 de enero de 1842, fecha en que volvió a su provincia para tomar posesión de su cargo de gobernador propietario, con mandato hasta 1844.

Su gestión de gobierno impulsó el desarrollo de la provincia, en particular en el Sur, donde favoreció obras de riego y el establecimiento de poblaciones en el desierto.

Sufrió una atroz agonía durante su último año y medio de vida: en la frente, sobre uno de sus ojos, apareció un pequeño bulto, al cual inicialmente se le aplicaron remedios caseros que resultaron ineficaces. Cuando el tumor tenía ya casi dos centímetros y medio de diámetro, su médico personal, creyendo que se trataba de un quiste, le practicó una punción. No obstante, su mal se agravó y por ello mandó llamar a la ciudad de Buenos Aires a quien era considerado el mejor médico de la Confederación Argentina en esos días: Miguel Rivera.

Aldao murió el 19 de enero de 1845. Fue enterrado con el hábito de Santo Domingo y el uniforme militar.

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