En el centro de Mendoza todo parece ir rápido: trámites, colectivos, compras, relojes que apuran. Pero en una confitería de calle Rivadavia, entre San Martín y 9 de Julio, hay mesas donde el tiempo se mueve distinto. Allí no mandan los celulares ni las pantallas. Mandan las torres, los alfiles y los peones: el ajedrez.
Hace siete meses, el ajedrecista Pedro Venturini se acercó a la dueña del local Malcriado con una idea simple: llevar tableros de ajedrez y permitir que cualquier cliente pudiera jugar por un precio accesible. No se trataba de un torneo formal ni de un club cerrado. La propuesta era otra: sentarse, pedir un café y, por mil pesos, usar el tablero todo el tiempo que se quisiera. Sin límite de horario. También existe la opción mensual, 12.800 pesos, que habilita el uso libre durante todo el mes, siempre acompañado de una consumición.
“Estamos desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la tarde”, cuenta Venturini. Sobre las mesas hay seis o siete tableros que esperan manos dispuestas a mover piezas. “Hablé con la dueña, me dijo que lo iba a pensar y después llegamos a un acuerdo. La idea es buenísima porque entretiene a la gente y es algo constructivo”, resume.
El ajedrez, una herramienta para la vida
Pedro es mendocino, nacido en Rodeo de la Cruz. Habla del ajedrez como quien habla de una herramienta para la vida. “Nos da posibilidades de analizar, proyectar, pensar. Nos obliga a hacer una pausa, a concentrarnos, a ser estratégicos”, explica. En una ciudad acelerada, la pausa se volvió un lujo.
Uno de los habitués es Adolfo. Tiene 82 años, vive en Guaymallén y juega desde los 10. Cuando supo de la iniciativa, empezó a venir todos los días. La escena se repite: entra, saluda, pide algo para tomar y busca rival.
Este jueves por la tarde su contrincante fue Monsang, un ajedrecista venezolano que andaba por el centro con la idea de ir a una óptica, vio el movimiento y se sentó a jugar. Se sentaron frente a frente, acomodaron las piezas y el murmullo del local se volvió fondo lejano. Entre movimientos y silencios, el tablero se transformó en puente.
“Uno toma un cafecito, un refresco y se entretiene por mil pesos. No hay límites de horarios”, dice Adolfo. Para él no es solo un juego. Es rutina, encuentro y desafío. “También podemos pagar por mes y venimos cuando queremos, siempre hay alguien para jugar”, agrega.
El grupo crece. Pedro armó un chat de WhatsApp donde avisa quién está disponible, a qué hora y cuántos tableros hay libres. Así fue como ese mismo jueves se sumó Jorge Vilches, integrante de un club de ajedrez. Le tocó jugar con Karim Jara, un estudiante de 16 años de la escuela de comercio Martín Zapata, a quien no conocía.
Karim se inclina sobre el tablero, concentrado. Piensa antes de mover. Cuando levanta la vista, sonríe: “Me encanta, es uno de mis juegos preferidos. Me defiendo bastante”, dice con seguridad juvenil. Frente a él, Jorge analiza cada jugada. No importa la edad ni la experiencia: en el ajedrez las piezas valen lo mismo para todos.
Un tablero de ajedrez, una confitería céntrica y una partida inolvidable
La postal se repite a lo largo del día. Jubilados que encuentran compañía. Jóvenes que prueban su estrategia. Trabajadores que, entre trámite y trámite, se permiten una partida rápida. Migrantes que hallan en el tablero un idioma común.
No hay árbitros ni trofeos. No hay premios más allá del aprendizaje y el placer de pensar. Lo que empezó como una inquietud personal de Venturini se convirtió en un pequeño punto de encuentro en el corazón de la ciudad.
“El ajedrez es muy lindo en muchísimos aspectos”, insiste Pedro. Y enumera: concentración, análisis, paciencia. Pero en el centro mendocino, además, es excusa para mirarse a los ojos en tiempos donde casi todo pasa por una pantalla.
Las piezas se guardan al final del día. Las mesas vuelven a su rutina de café y charla. Pero cada mañana regresan los tableros y, con ellos, la posibilidad de que dos desconocidos se sienten frente a frente y compartan algo más que una partida.
Por mil pesos, el centro tiene ahora un espacio donde la estrategia, el silencio y la concentración mandan.
El contacto de Pedro Venturini para quienes deseen consultar es 261-5090215.







