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Virginia Gamba, emisaria de la paz: "Las armas de destrucción masiva son lo más perverso que existe en el mundo"

Autora de "En la cuerda floja", una autobiografía que es una crónica de lucha, Virginia Gamba, es protagonista de una vida asombrosa

La asombrosa vida y obra de Virginia Gamba (Ciudad de San Martín, 1954). Así de sencillo debería titularse una biografía que pusiera en valor su firme paso por esta vida.

Es algo que la propia Virginia ha acometido en su libro En la cuerda floja, una autobiografía entendida como "crónica de una lucha por la paz y el desarme".

Pero su parquedad, su rigor documental, su carencia de adjetivos laudatorios, no alcanzan para dimensionar la enorme magnitud de su tarea. Y disfrutarla como una apasionante aventura.

La misión central que se impuso desde temprano fue bregar por la paz en el mundo, por el desarme, por la destrucción de armas químicas. Todo lo cual le valió integrar diversos organismos internacionales y participar de dos equipos que ganaron el Premio Nobel de la Paz en 1995 y 2013.

Su nombre sonó, hasta hace poco, entre los favoritos para presidir la Secretaría General de Naciones Unidas.

Y en su última etapa, previa a su jubilación, como representante especial del Secretario General de la ONU para Niños y Conflictos Armados, alcanzó un máximo grado de sensibilidad.

El testimonio que deja, en el tramo final de esta entrevista, causó profunda emoción entre todos los que la escucharon. Muchos, con lágrimas en los ojos.

Pero hay más. Tuvo, nada menos, que a Robert Graves como su increíble padrino de juventud, elige a Mandela como el líder más sabio que ha conocido, se enamoró de la África unida, advierte que el mundo va perdiendo el contacto con la divinidad.

Y terminó redondeando una lección de empatía y amor por la humanidad, desde Bahía Blanca, en el programa La Conversación de Radio Nihuil.

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Virginia Gamba fue entrevistada en Radio Nihuil.

Virginia Gamba fue entrevistada en Radio Nihuil.

-Virginia, hoy te encontramos en Argentina, pero, desde que tus padres te empezaron a llevar a países vecinos, has transitado el mundo de arriba abajo, pasando por rincones inimaginables. ¿Qué ha significado para vos?

-Es sencillo. Una, de chiquito, no controla nada. Así que yo, a los dos años, terminé en Bolivia con mi papá y mi mamá. Mi hermano se quedó haciendo la primaria en Buenos Aires, solo, con la abuela. Después de ahí pasamos a Perú.

-En otro contexto.

-En Perú, sí, ya estábamos los cuatro. Ahí hice toda la primaria y la secundaria. El primer grado inferior lo hice solamente en Córdoba, entre los dos países. Y bueno, después de Perú ya me tocó la universidad.

-¿Cómo era ese transitar?

-Como todo en la vida. La Argentina siempre fue un país muy difícil, que no tenía ningún tipo de contratos ni arreglos con otros países, para que, por ejemplo, los chicos que se graduaron de la escuela secundaria en otro lugar, se les aceptaran las equivalencias acá para la universidad.

-¿Entonces?

-Así que al final terminé haciendo la universidad en Inglaterra y en España. Después volví al Perú, donde seguía residiendo la familia. Ese fue el comienzo un poco de todo.

-Pero no fue un comienzo vulgar y silvestre, porque terminaste en Inglaterra por una cuestión muy sugerente.

-Bueno, sí, sí. Está bien. Si quieren que les cuente, como digo en el libro, lo cuento.

-¡Absolutamente! Esa anécdota no se puede quedar en el tintero.

-Es que a veces yo tengo un poco de pudor.

-La historia de tu mamá con Robert Graves es digna de una novela de primer nivel.

-Sí, pero hay que entender. Yo siempre digo: hay que entender. Yo me siento totalmente normal. Me siento totalmente una parte de la gente. No me siento ni mejor ni peor.

-Sin embargo, te pasaron cosas...

-Sí tengo que reconocer que mi madre, que fue la persona más inteligente que conocí en mi vida, era sumamente excéntrica y muy valiente. Aparte de nunca haber terminado la escuela secundaria, ella autoaprendió idiomas. Leía en francés, en inglés, sin la escuela. Y sin tener ningún tipo de miedo, pensaba que todo el mundo era bueno y recto.

-Enhorabuena para ella.

-Entonces, cuando había un escritor que tenía una influencia en la vida mía o en la vida de mi hermano, ella lo notaba y les escribía.

-¿Cómo lo armaba?

-Decía, por ejemplo: a Virginia le toca Robert Graves, porque yo era una loca de los mitos griegos, de todo lo griego y romano, desde chiquitita.

-¿Hasta qué punto estabas metidaen eso?

-Mi madre se dio cuenta de que yo me había leído todos los libros de Robert Graves en inglés, antes de los 14 años. Entonces se desesperó y le mandó una carta.

-¿Y qué pasó?

-Él tuvo la gentileza de contestar. Vivía en Mallorca. Y de ahí surgió una cantidad de cartas, de él a mi mamá y de él a mí, donde me daba consejos.

-¿Por qué te daba consejos?

-Porque mi mamá lo responsabilizó por mi carácter. Le dijo que era su culpa (risas). Así que tenía que ocuparse. Y entonces él se ocupó.

-¿De qué manera?

-Me dio muchos consejos, como dije, uno de los cuales era, obviamente, terminar en Inglaterra. Él no creía que yo tenía que estudiar arqueología, que era un poco lo que a mí me gustaba.

-¿Hacia dónde te dirigió?

-Él pensaba que yo tenía que dedicarme a estudiar al ser humano y que, por lo tanto, antropología le parecía mejor; y, dentro de eso, como yo era de América Latina, que empezara por estudios hispano-latinoamericanos. Cosa que hice, porque mi mamá, a rajatabla, y yo también, hacíamos lo que él decía.

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Robert Graves, el consejero de Virginia Gamba.

Robert Graves, el consejero de Virginia Gamba.

-¡Cómo le ibas a decir que no a Robert Graves!

-Así terminé haciendo la licenciatura en estudios hispánicos y latinoamericanos en Inglaterra.

-En conclusión, tuviste como padrino, en tu juventud, a un intelectual de talla mundial como Robert Graves y vos lo comentás con naturalidad, como al pasar. ¡Para cualquiera de nosotros hubiera sido un cuento de hadas!

-Lo que pasa es que yo lo quería mucho. Tanto lo quería y tanto lo respetaba, que él me invitó muchas veces a pasar el fin de semana a su casa en Mallorca mientras yo estuve en Inglaterra. Hasta me trataba de hacer gancho con su hijo menor, Tomás, que más o menos era de mi edad.

-Increíble. ¿Y funcionó la cosa?

-Yo tenía miedo de conocerlo, porque él era mi ídolo. Y no lo puedo explicar. Digamos, no quería romper esa magia, una cosa así.

-Claro, querías guardar la experiencia en una cajita de cristal.

-Tenía mucho pudor de ir. Así que fui, pero una vez que él falleciera. Ahí sí pude hablar con la viuda. Me invitó a su casa.

-¿Por qué esa familiaridad?

-Ella me conocía porque él le había hablado mucho de mí. Charlamos un montón. Me llevó al cementerio donde estaba él. Para mí fue uno de los momentos determinantes de mi vida, poder visitarlo, ya en su tumba. Conocí a sus hijos y a sus nietos, y nos hicimos amigos. O sea que fue una linda amistad.

-Una linda amistad y algo más.

-Creo que lo único que para mí es muy importante, y de alguna manera lo quiero decir ahora, es que él me salvó.

-¿Por qué?

-Me salvó siendo una mina de quince años, en ese momento, muy confundida con el mundo de hoy; muy, muy tímida, como lo era; y muy heroica.

-Muy heroica, ¿en qué sentido?

-Porque, claro, yo crecí con todos los héroes de la mitología griega. Ahí fue cuando él me dijo esto: que yo no tenía que ser como Sor Juana Inés de la Cruz, que no tenía que desesperarme, que no tenía que estar en rebeldía; que tenía que ser paciente porque, me dijo, la era de las mujeres está volviendo. Ese valor que tenían las mujeres hace más de cinco mil años, está volviendo. Entonces, vos tenés que ser paciente. Esperar. Y me dio el consejo de cómo esperar.

-Qué bueno, el consejo de cómo esperar. ¿De qué se trata?

-Me dijo que tenía que tener sentido del humor. Me dijo que tenía que guardar mi corazón. Y que tenía que tener esperanza. Y eso es lo que hice.

-Aparte, como vos dejás claro en tu libro, Robert Graves ya era un gran feminista, mucho antes de la ola actual.

-Sí, mucho antes.

-Tu pasión por el mundo griego no se ha atenuado. De hecho, en este libro tuyo, cada relato sobre una nueva empresa que vas acometiendo está precedida por una anécdota de los héroes clásicos, desde Ulises en adelante, que les da sentido a los capítulos.

-Es porque el hombre no cambia. Y es lo que creo que la gente no entiende. Por eso es que yo creo mucho que los chicos de hoy tienen que leer a los clásicos.

-¿Cuál es la razón?

-Porque los clásicos, si son clásicos, no son de grandes eventos. No son de grandes momentos en el tiempo. Son de disyuntivas en las decisiones que toman los hombres. Y los hombres no cambian.

-Subrayemos que vos has sido parte sustancial de equipos que ganaron el Premio Nobel de la Paz.

-Dos veces.

-Nada menos. Contale a la audiencia de qué se trata.

-Pero primero tenemos que pasar por todo lo demás. Porque, ¿cómo corcho llegué de ser una aspirante a antropóloga, haciendo estudios latinoamericanos en Inglaterra, a ser una especialista con magister en estrategia, que luego se dedica el resto de su vida a escribir y a actuar en temas de paz y seguridad?

-La gran pregunta que le da razón a tu libro.

-Así que pasé por toda esa parte en el medio. Y después, gracias a esa pasión que encontré por la búsqueda de la paz, llegué a la conclusión de que las armas de destrucción masiva eran lo más perverso e inmoral que existe en el mundo; es lo que más puede llevar a la humanidad a la destrucción total.

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Apasionante es la vida de Virginia Gamba.

Apasionante es la vida de Virginia Gamba.

-¿Adónde te llevó esa conclusión?

-Me aboqué muchísimos años a ser parte de un movimiento de científicos de todos los países del mundo, incluyendo la Unión Soviética, China, India y Estados Unidos, que se llamó el movimiento Pugwash.

-De una trayectoria muy bien valorada desde su nacimiento, ¿no?

-Ese movimiento hoy es una organización. Y en cuanto fue una organización, yo me retiré. Pues bien, ese movimiento hizo mucho trabajo para parar la guerra nuclear y todo lo que eran los experimentos nucleares en el mar. Por eso nos dieron el Premio Nobel de la Paz en 1995, que fue dividido entre el presidente de Pugwash, el profesor Joseph Rothblatt, y el propio movimiento.

-¿En qué consistía tu participación allí adentro?

-Como yo trabajaba en la junta directiva de ese movimiento desde hacía diez años, obviamente estuvimos todos en Oslo. Compartimos el premio. Esta fue una muy linda experiencia. Lástima que alguna de la gente que quería mucho del comité directivo, que era bastante mayor que yo, había fallecido para ese momento.

-¿Y la historia del otro Nobel cómo fue?

-Cuando trabajaba en Naciones Unidas, en el año 2013, tuve mucho que ver con una investigación muy peligrosa que se hizo sobre un ataque con armas químicas en un barrio de las afueras de Damasco que se llamaba Ghouta.

-Zona peligrosa. ¿Cómo lo encararon?

-Esa investigación fue liderada por mi oficina, la Oficina de Desarme de Naciones Unidas. Nosotros pedimos asistencia técnica a la OPAQ (Organización de Prohibición de Armas Químicas), en La Haya, que es una agencia técnica dedicada a armas químicas. Pero en ese momento ellos no tenían un contrato para servir en Siria y nosotros sí.

-¿Cómo quedó la cosa?

-Que dos terceras partes del equipo fuera de Naciones Unidas y una tercera parte de la OPAQ. Obtuvimos el resultado esperado de poder identificar y confirmar que se había usado un arma química contra esa gente. También obligamos al gobierno de Siria a declarar y destruir la totalidad de todo su arsenal químico por primera vez en la historia.

-¿Por qué ese logro?

-Porque lo forzamos a firmar el convenio para pertenecer a la OPAQ. Lo curioso es que todo esto pasó en julio y agosto del 2013. Y en octubre del mismo año se concede el premio Nobel de la Paz a la OPAQ y no a Naciones Unidas.

-De algún modo los dejaron afuera.

-Por eso en el libro digo que me pasé todo el día en que se anunció el Nobel consolando al equipo mío de trece personas que había hecho el trabajo.

-Hablando de estos organismos, vos has sido recientemente una firme candidata a presidir las Naciones Unidas. Eso habla de cómo valoran tu currículum y tu trayectoria, Virginia, ¿no?

-Y bueno... una sabe más por vieja que por diablo (risas).

-Desde pequeña, empezaste a peregrinar por Bolivia, Perú, Londres, y terminaste recorriendo buena parte del mundo. Pero de tantos sitios en donde has estado, te queda una pasión muy grande, muy inspiradora, por África. ¿A qué se debe?

-Creo que tiene que ver con lo inesperado. Nunca en mi vida me había llamado la atención África. No tenía ni siquiera intención de ir de turismo a África.

-¿Cómo la veías?

-Para mí era como un lago en el mar. No existía. Y yo estaba trabajando en el Instituto de Desarme de Ginebra, de Naciones Unidas, en un proyecto especial que fue único en el mundo en ese momento.

-¿Qué hacían?

-Estudiábamos si es que, en las operaciones de paz, se había llevado a cabo el desarme y destrucción de armas capturadas en el momento en que se conseguía la paz. Estuve unos dieciséis meses haciendo esta investigación con once libros, un equipo multinacional de trece personas y pudimos demostrar, con hechos, de que jamás se había hecho desarme ni recolección de armas después de una guerra.

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Virginia Gamba en una de sus tantas esxposiciones por el mundo.

Virginia Gamba en una de sus tantas esxposiciones por el mundo.

-¿Nunca? Qué notable.

-Entonces tuve la visita del embajador de Sudáfrica en Ginebra, que acababa de llegar, porque era el año después de que Nelson Mandela ocupara la presidencia del país. El señor fue muy escueto. Me dijo: mire, el presidente quiere que usted venga a Sudáfrica porque sabemos que lo que usted dice es cierto y los demás países no quieren creerlo.

-¿Qué quería, puntualmente?

-Me dijo: queremos que usted demuestre el impacto que tienen esas armas, que no son destruidas ni recolectadas, en la inseguridad de los países vecinos al conflicto y en las comunidades.

-¿Y qué le dijiste?

-Me invitó a ir. Y me fui. Y cuando llegué era algo totalmente inesperado. Me encontré con un continente, no con un país.

-¿Qué tipo de continente? Porque vos lo tenías totalmente fuera de registro.

-Con un continente de gente maravillosa, tan interesante, tan diverso. Cada nacionalidad, cada etnia, cada lenguaje, cada música, era una cosa alucinante para mí.

-Un momento de iluminación, tan simple como eso.

-Así que, por una parte, fue lo extraño y lo importante del llamado. Y, por otra parte, fue porque yo, en el fondo de mí, siempre aspiré a ayudar a América Latina. Siempre dije que América Latina el problema más grande que tiene es que no piensa como región, sino que cada país es muy individual respecto el uno del otro.

-¿En qué etapa estaban ellos en ese momento?

-Cuando llegué a África era justo, entre 1995 y 1996, el auge del nacimiento de la Unión Africana.

-¿Cómo era ese proceso?

-Con la paz en Sudáfrica, había una ilusión, una esperanza, una pujanza por la libertad, la independencia, el pensar como región y el ir todos juntos al mundo a mostrar lo que África era. A mí me enamoró eso. Yo dije: si ellos pueden hacer esto, entonces, ¿por qué no nosotros?

-Ahí te cerró esa magnífica idea.

-Me quedé con ese envío de esperanza. ¡Todo África era una esperanza! No había nada imposible. Así que por eso creo que me quedé tantos años.

-No solo te enamoraste de África. ¡Terminaste casada con un sudafricano!

-Sí, sí, sí. Mi segundo marido, ¿eh? (Jan Wilhelmus Potgieter). Porque primero me casé con un inglés.

-Claro. Pero de esa manera terminaste de sellar el pacto con el continente.

-Sí. Mi hija (Josephine) tiene doble nacionalidad. Nació en Sudáfrica.

-En un momento de tu relato mencionás la alegría de que Argentina tuviera un papa. Tanto Francisco, en su momento, como ahora León XIV, han sido firmes pregoneros de la paz. ¿En qué colaboran los mensajes de los pontífices? ¿El mundo los escucha? ¿O son simplemente buenas intenciones que hay que transmitir?

-No sé. No te puedo contestar por sí o por no. Lo que sí te puedo decir es que yo ando mucho por el mundo, por muchos lugares, porque fui universitaria, trabajé en organismos no gubernamentales, trabajé en organismos internacionales gubernamentales, en fundaciones y mucho con comunidades en todos lados, más que nada en África, en Europa y en Estados Unidos; algo del Medio Oriente; algo de América Latina.

-¡Qué bagaje! ¿Y?

-Y he notado, de forma progresiva, en los últimos veinte años, una gran falencia de fe.

-¿En qué se traduce esa falencia de fe?

-Es como que en los lugares donde iba cada vez se escuchaba menos hablar de Dios. La gente va cada vez menos a sus iglesias. La idea de lo divino ha decaído. Entonces, la idea de la religión se ha convertido en algo mucho más político que en lo que tendría que ser: una guía moral para cada pueblo, en su cultura, dentro de su religión, para determinar lo que está bien y lo que está mal.

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"La gente va cada vez menos a sus iglesias", reflexiona Virgina Gamba.

"La gente va cada vez menos a sus iglesias", reflexiona Virgina Gamba.

-Un problema...

-Así que, aunque los papas sean muy buenos, dicen que no hay peor sordo que el que no quiere escuchar. Y eso es lo que pasa, que la gente no valora los valores como antes.

-Hablando del sordo que no quiere escuchar, dejás en claro en tu libro que "las guerras están prohibidas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y una intervención militar de un país contra el otro es una guerra". Pasaron los años, pero hoy se meten todos contra todos, como Rusia en Ucrania o Trump en Venezuela. ¿Qué pasa? ¿Esto es una evolución o una involución?

-¡Es tan difícil de explicar! Una, de alguna manera, tiene que entender que el conflicto y las guerras nacen con el hombre desde el comienzo de la historia. Así que siempre va a haber guerras, siempre va a haber conflictos. Es parte del ser humano. Ahora, la manera en que se desarrollan esos conflictos y esas guerras está cambiando con el tiempo.

-¿Hacia dónde?

-Por mucho tiempo eran totalmente salvajes y brutales, terminando en la Primera Guerra Mundial y después en la Segunda Guerra Mundial. Y quizás el límite de las atrocidades se llega, justamente, en la Segunda Guerra Mundial.

-¿Qué implicó tomar conciencia de esto?

-Hay una decisión de tratar de tener lo que se llaman líneas rojas, o sea, cuál es la conducta correcta y la conducta incorrecta en la manera en que uno va a estar entrando en un conflicto. Así que no se trata tanto de la previsión de la guerra, sino de la previsión de la manera en que se hace, se empieza, se termina y cómo impacta en la sociedad civil.

-Teniendo esta premisa, ¿qué pasó a continuación?

-Por mucho tiempo eso se sostuvo en los países más desarrollados. Pero vos andá a decirle eso a pueblos que están peleando por la independencia, a países que están colonizados y están luchando por su libertad. Y es de otro tipo esa lucha intestina, como las guerras civiles o la guerra independentista.

-Claro, otro escenario.

-Eso no fue calculado cuando se hablaba de la prohibición. Y hoy, sí, tenés razón. Hay más guerras violentas que hace diez años. Pero hay que preguntarse: ¿hay más guerras o hay menos voluntad de paz?

-Otro punto. Vos, a través de los años y de todo tu extenso recorrido, has conocido presidentes, jefes de estado, ministros, líderes guerrilleros de diversa laya, etcétera. De todas esas grandes personalidades, ¿cuál es la que más te impresionó? ¿A quién pondrías en un cuadrito?

-A Nelson Mandela. Desde ya.

-Era de esperar. ¿Por qué?

-Porque era un señor que quería a su pueblo. ¡A todo su pueblo! Él nunca hizo divisiones. Nunca explotó su pasado. Nunca buscó dividir para atrás. Él, cuando me hablaba, me decía: Virginia, el pasado divide; lo que une a la gente es un futuro común; yo les voy a dar un futuro común donde todos tienen un lugar igual.

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Virginia Gamba en una de sus tantas recorridas por África.

Virginia Gamba en una de sus tantas recorridas por África.

-Cuán necesario es transmitir esto.

-La verdad es que eso es ser sabio. Entonces vos me decís ¿a quién puedo yo admirar? Había muchos que tenían personalidades excéntricas, bombásticas. Había gente muy noble. De todo hay en la viña del señor. ¡Pero hay muy poco sabio! Y la sabiduría es la mezcla de la información, de la experiencia y del buen criterio. Si vos no tenés las tres cosas, no sos sabio. Y él era sabio.

-Nos escucha desde Oakland, California, Guillermo Toraño, que, en 1997, haciendo su maestría en Vermont, conoció a Jody Williams, quien había ido dar una charla sobre erradicación de minas terrestres y derechos humanos. Fue ganador del premio Nobel de la Paz en ese año. De este tema también te ocupás mucho en tu libro.

-Por supuesto. Fue un tema central para mí. Yo estuve dedicada al desminado de todo Mozambique y de todo Angola. Y te puedo decir ya que, cuando termine la guerra en Ucrania, como no empiecen a desminar ahora, va a ser el país más minado de la historia.

-Es impresionante, entre otras cosas, lo que contás sobre Ypres, en Bélgica, en la frontera con Francia, por la cantidad de bombas que tiraron ahí durante la Primera Guerra Mundial. Uno no puede creer que el ser humano llegue a tanto.

-Claro que sí. Un millón por metro cuadrado en un espacio que es un pueblo. Y siguen saliendo todos los años. Se llama “la cosecha de la muerte”. Y la gente no tiene la más pálida idea de que el lugar donde hay más cantidad de armas químicas, desde hace más de cien años y que todavía está ahí, es en Europa, entre Francia y Bélgica.

-Después de todo lo vivido, ¿cómo es tu relación con la religión? ¿Sos una persona de fe? ¿Cuáles son las convicciones que te sostienen?

-Soy pragmática. Soy realista. Nunca fui mucho de ir a la iglesia, así que no soy practicante. Pero la vida te enseña. Y a mí me pasaron demasiadas cosas que solamente pueden llamarse milagros. Solamente un estúpido decide decir: no, fue una coincidencia.

-¿Cómo lo entendés, entonces?

-Yo me fui acercando a Dios hasta el momento de hoy, donde tengo una fe ciega de que él está al control y de que lo único que tenemos que hacer es aprender a servir al bien común. Y si vos estás en este espacio, entonces no tenés desilusiones y siempre hay para dar batallas de mañana.

-Una base sólida para seguir, la tuya.

-Ahora, si me decís, ¿cómo tengo el hígado para ver atrocidades cometidas contra niños?

-¿Cómo? Es una encrucijada límite.

-Por mucho tiempo no lo tuve. Y me engañaba a mí misma. Yo soy experta en desarme y control de armas porque no me había especializado en el impacto de la violencia en la gente. Y cuando a mí me viene esta última oportunidad, con el secretario general (António) Guterres, que me saca del tema de armas químicas y me pone al cuidado de niños, yo no quería saber nada.

-¿Por qué? ¿Cuál era tu reticencia?

-Le decía: yo no soy abogada, no soy experta en niños. Yo soy experta en guerras. Y él me decía: tiene que hacerlo, porque si entiende la dinámica de la guerra, va a poder identificar las oportunidades de rescatar chicos.

-Una lógica impecable.

-Y yo le creí. Y después hay que tener aguante.

-¿Cómo fue eso?

-Cuando una va y encuentra a los chicos, ¡las cosas que yo he visto no se las deseo a nadie! Pero, en cambio de destruirme, nunca vi a los chicos como víctimas.

-¿Cómo lo has afrontado?

-Yo, cuando entro en un espacio lleno de chicos que han sido afectados por el conflicto; y afectados, para mí, significa que han sido heridos, mutilados, violados, a veces por todo un grupo de personas; son chicos que han sido secuestrados, que han sido vendidos, que han sido torturados; son chicos a los que se les prohíbe aprender a leer y escribir, con castigos severos si tienen educación; son chicos a los que se les niega la comida y el agua en un campo de refugiados… por ser chicos…

-¿Y cómo se maneja todo eso?

-Son atrocidades enormes, pero, cuando yo entro en esos espacios, siempre echo a todos los humanitarios y a toda la gente que está en contacto con los chicos. Cierro la puerta y me quedo con ellos. Y hablo con los chicos.

-¿Qué pasa ahí?

-Y cuando los chicos te hablan, yo te aseguro, ¡vos salís con una polenta! Yo nunca vi a chicos más resilientes, con más ganas de salir adelante, con más ganas de defender a los otros chicos. ¡Son un ejemplo moral para el mundo!

-Notable. Emocionante.

-Entonces, a vos te da una fuerza porque, por cada chico que rescatás, estás rescatando a un líder. Así que yo me quedo muy contenta con mi cargo.