Marcelo López (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 1962) tuvo, en su infancia, una vida que podría considerarse de ensueño.
"Perfidia", de Marcelo López, una alegoría de la decadencia de la clase media argentina desde la época de Los Panchos hasta hoy
Periodista, consultor e hincha de San Lorenzo. Marcelo López es el autor de Perfidia, una novela de prosa elocuente y precisa ligada a la noche porteña

Marcelo López, escritor porteño.
Foto: Facebook Marcelo LópezGracias a su padre, un productor de espectáculos exitoso en los sesenta, solía pernoctar y recorrer los pasillos del City Hotel, uno de los más lujosos del Buenos Aires de entonces.
Allí conoció de cerca a artistas de fama internacional, como el trío Los Panchos y hasta se cruzó con figuras de otro rubro, como el campeón de Fórmula 1 Emerson Fittipaldi.
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Pero esa historia de película ligada a la noche porteña, que desgrana con una prosa elocuente y precisa en su novela Perfidia, no iba a durar demasiado. Cuando Luis Cajide, el nombre ficticio que López atribuye a su propio padre, decide independizarse en su tarea, comienza un paulatino descenso que llevará a su familia al borde de la pobreza más agobiante.
Puede tomarse, ese destino personal, como una parábola, también, del derrumbe de esa Argentina que alguna ve se ufanó de contar con una clase media extendida y dinámica.
Periodista, consultor, hincha de San Lorenzo, Marcelo revive y analiza esta colorida trayectoria en el programa La Conversación de Radio Nihuil, una emisora, la nuestra, que le ha dejado el mejor de los recuerdos, como se verá en esta entrevista.
-Hola, Marcelo.
-¿Cómo te va? ¡Qué placer enorme estar en Radio Nihuil, estar con los mendocinos! Te agradezco muchísimo este llamado.
-Por favor. Fue muy agradable leer tu novela porque, más allá de la trama, permite revivir un montón de cosas, algunas de las cuales estaban borrosas en el recuerdo, como el dúo Juan y Juan, por ejemplo.
-(Ríe) ¡Ah!, ¿viste? ¿Y Fedra y Maximiliano? ¿Cuántos oyentes de la radio los conocen?
-Claro, porque los otros que nombrás, como María Martha Serra Lima, el trío Los Panchos o Los Iracundos, te resuenan en el oído. Pero no Juan y Juan, de quienes rescatás una melodía que se transformó en uno de los himnos tribuneros en las canchas argentinas: "Borombombón, borombombón, ¡hay que alegrar el corazón!".
-Exacto, sí. Lo mismo que Francis Smith, ¿te acordás? Mucho de lo que se escucha ahora en la cancha está inspirado en esos temas musicales que nos marcaron a fines de los sesenta y principios de los setenta. Han quedado instalados en la cultura popular después.
-Junto a todo lo que vino a continuación.
-El rock nacional fue sumando otros cánticos a las tribunas. Pero lo esencial, el "olé" y todo eso que cantamos están muy inspirados en aquellos temas musicales.
-Vos vas tirando muchos nombres significativos a lo largo de Perfidia, ¿por qué entonces esa foto en blanco y negro de la tapa? ¿Qué te llevó a elegirla por encima de otros protagonistas?
-En verdad, había elegido otra. Siempre nos pasa. Vos sabés que, en esta materia, un libro no termina de desarrollarse hasta que llega a la mano del lector. Pero hay un intermedio que tiene que ver con la propia creación del autor y la intervención de la editorial, en este caso, de Factotum.
-Y no siempre coinciden el autor y el editor.
-Suele pasar que el editor te sugiere algún cambio en el título de la novela y, también, de alguna foto que vos le ofrecés como alternativa elige alguna en particular que le parece que va a impactar de mejor manera.
-¿Cómo fue en este caso?
-Poner en la tapa el trío de Los Panchos era como demasiado directo, digamos.
-Muy obvio.
-¡Claro! Porque "Perfidia" es un tema que ha popularizado enormemente el trío de Los Panchos, por más que tenga casi ochenta años. Sin embargo, Néstor Fabián -José Cotelo, en verdad- era muy amigo de mi padre y la novela está muy inspirada en su vida y en el discurrir, a lo largo de varias décadas, de su vínculo con los artistas de este país y del exterior.
-Tal cual. Esa relación está expresada claramente.
-Porque Néstor Fabián ocupaba un lugar muy preponderante en los vínculos que mi padre tenía. El Sexteto Mayor, que está atrás, parado, en la foto, no tanto. Pero sí Violeta Rivas.
-Otra figura muy popular de la época.
-De hecho, yo, siendo muy chiquitito, estuve en el casamiento de ellos, que fue el primer casamiento televisado en la Argentina.
-Sí, señor. Un hito a recordar.
-Mucha gente cree que fue el de Palito Ortega. Y, en realidad, el primero que fue transmitido por Canal 13 fue el de Néstor Fabián y Violeta Rivas. Después, la fiesta se hizo en el City Hotel, que hoy se llama NH. Está a cincuenta metros de la Plaza de Mayo.
-Muy nombrado a lo largo de todo tu libro.
-Mi padre me llevaba cuando era muy chiquitito y por ahí me quedaba una semana; después pasaban dos meses y me quedaba otra semana más. Siempre suelo decir que el City Hotel de la Ciudad de Buenos Aires, en mi infancia, era mi patio de juegos.
-Un patio de juegos muy particular, convengamos.
-No tenía otro patio de juegos más que la cocina, el hall y la recepción de ese hotel.
-Tu novela pasea, de la mano de tu papá, por varios lugares. Pero el más emblemático de ellos es el City Hotel porque era donde él paraba en su momento de mayor éxito y trataba a los artistas; incluso, una de las escenas más fuertes, por un problema de salud de Chucho, uno de Los Panchos, ocurre en una de sus habitaciones. Es un poco el centro climático de la novela, ¿no?
-Es el centro climático de la novela y, de alguna manera, porque queda claro que hay mucho de autoficción, es uno de los centros emblemáticos de mi propia vida. Me marcó en muchas circunstancias.
-Se entiende así porqué tiene tanta presencia en Perfidia, sobre todo al principio.
-De hecho, es tan emblemático, en términos generales, no sólo para toda esa generación del sesenta y del setenta, sino que, en los ochenta, en el primer disco que saca Soda Stereo, hay una foto en la que ellos están parados adelante, con un edificio de fondo, que es el City Hotel.
-¡Qué buena relación! Es difícil retener ese detalle.
-Recordá que en esos años no estaba construido el Sheraton. Había dos hoteles cinco estrellas y el City, que era un cinco estrellas un poco de inferior calidad en relación a los otros dos. Entonces, en sus pasillos no sólo yo me cruzaba con artistas como el trío Los Panchos y convivía con ellos, o con Iva Zanicchi, por ejemplo, sino que, cuando en la Argentina todavía se corría la Fórmula 1, el hotel de los corredores era el City Hotel.
-Otro buen recuerdo.
-Me tocó estar en vínculo, por ejemplo, con Emerson Fittipaldi que estaba ahí, en el hotel, haciendo líos y a los gritos.
-¡Qué experiencia para vos! En ese momento tu viejo tenía la cotización en alza y la pasaba bomba. Lo que cuesta entender, leyendo tu libro, es cómo pudo pasar de ese destino soñado para cualquiera a un proceso de larga decadencia. Es muy agrio y hasta difícil de creer.
-Pero es nuestro propio país, también, en algún punto. También hemos tenido sucesivas derrotas en términos culturales, en términos económicos, en términos políticos. Hemos atravesado, la verdad, como clase media, básicamente, un recorrido en el que cada vez sentimos que nos va peor.
-¿Cómo interpretás ese tránsito?
-Entre fines de los cincuenta, sesenta, setenta, la clase media tenía como una preponderancia enorme en términos económicos, políticos, culturales. Después hubo dictaduras militares, sangrientas represiones; hubo todo un proceso muy duro para nuestro país y vaivenes económicos que nos llevaron a la pérdida casi permanente.
-Es la metáfora, en suma, que encarna tu personaje central.
-Luis Cajide, que es el protagonista de la novela, el alter ego de mi propio padre, independientemente de ese discurrir económico y político catastrófico para su clase social, también tomó decisiones totalmente equivocadas desde lo personal.
-Que uno va sufriendo a la par de él mientras sigue el relato.
-Yo no lo cuento en la novela, pero vale la anécdota. En estos momentos, mi hijo, que tiene treinta años, está en Japón con su novia y recorriendo bateas encontró el disco que Los Panchos hicieron dedicado a ese país.
-Un hallazgo de tu hijo.
-Y él no lo sabía, pero aproximadamente en el año '70, '71, mi padre era representante del trío Los Panchos en Sudamérica. Alguna vez fue con ellos a Panamá, pero su marco de actuación era Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay, Perú, esos lugares. Y el Güero (Alfredo Bojalil Gil), que era el líder, le ofreció hacer una gira por Japón durante un mes y, a partir de ahí, ser el representante global del trío Los Panchos
-¡Guau!
-Te estoy hablando del '71. Imaginate que en esa época ellos llenaban estadios en cualquier lugar, en París, en Roma, en Madrid, en México, en Buenos Aires. En cualquier lugar.
-¿Y qué pasó?
-Mi padre resolvió no hacer ese viaje.
-¿Por qué!
-Nunca lo supe (ríe). La verdad, nunca lo supe. Me lo contó Enrique Cáceres. Ya habían pasado como diez años desde que había fallecido mi papá.
-Qué revelación.
-Así es. Tuve una larga charla frente a un vaso de whisky con Enrique Cáceres, a quien adoraba. Y me dijo: nunca entendí por qué tu papá no viajó a Japón.
-¡Cómo no pusiste eso en la novela! Es una confesión muy importante.
-Era importante, pero no, no lo puse.
-Cuando tu viejo ya está en la decadencia y renuncia a una jubilación de concejal que le habría salvado la vida, uno se agarra la cabeza. ¡Pero esto es peor!
-Esto es peor. Esto es peor (ríe). Sí, hay una larga sucesión de malas decisiones desde Japón.
-Ubiquemos al personaje en su mejor momento. Vos hacés un exacto retrato en los tramos iniciales del libro: "Traje de alpaca inglesa, gemelos de oro y corbata de seda, el trío Los Panchos, el avión Braniff, la revista Gente. Amigos. La mano extendida, grande, segura. Ese era mi padre". ¡Qué foto!
-Sí, sí... Un traje de alpaca que se mandaba a hacer. Traía la tela desde Inglaterra y casualmente el sastre iba al City Hotel a tomarle las medidas.
-Tu padre tenía un gran suceso trabajando para una productora. ¿Por qué decide dejarla, entonces?
-Porque no era de él la productora sino de un señor que se llamaba (Jacobo) Furman, que era como el Grinbank de esa época, muy poderoso en el armado de la carrera artística de muchos de esos cantantes. Y él resuelve hacer su camino propio.
-Sin medir las consecuencias.
-No me parece mal. Me parece bastante acertado. El tema es que hay que tener espaldas para tomar esa decisión; y después, jugársela; y después, tener compromiso con esa decisión. Y a veces pasa que, por una cosa o por otra, te vas perdiendo en el camino.
-La historia está contado en primera persona y junto a Luis, que representa a tu viejo, hay otro integrante familiar que mencionás muy de pasada, un personaje total. Se trata de tu abuelo, un hombre de armas tomar, gerente de administración del frigorífico La Blanca. ¡Era bravísimo don Fernando José!
-Muy bravo, muy bravo. Cuando era chico, mis primos y yo le decíamos Boris Karloff, porque era igual y nos asustaba mucho (risas).
-No es para menos.
-Después nos enteramos, muchos años después, porque él me lo contó en su cumpleaños de los ochenta, de que había escrito una novela y que la había quemado; y de que sus mejores amigos, porque iban al Tortoni, eran los hermanos Tuñón, con los cuales discutía de manera permanente.
-¿Y por qué discutía con Raúl y Enrique González Tuñón?
-Porque él fue siempre radical y los hermanos Tuñón eran comunistas. Entonces discutían acaloradamente. Pero, bueno, sí, era un personaje muy particular, de tener un revólver casi a tiro de su mano mientras dormía.
-Claro. Y combatió, según contás, contra algunos caudillos, como el conservador Barceló y contra el mismísimo Perón.
-¡Sí, contra Perón! Trece veces estuvo preso. Lo sacaban y lo volvían a meter (ríe).
-Acá tenés otra novela a desarrollar.
-¡Hay mucho para contar todavía! Pero ¿sabés qué es lo que me pasa? Cuando hablo con algunas personas, siempre hago esta reflexión: si vos ves algo disparatado, que te cuesta entender cómo puede haber sido posible, eso es casi el reflejo de la realidad. Si a vos te parece algo que es normal, tranquilo, eso es toda la literatura. Digamos, tu aporte literario es lo más chato (ríe).
-Siempre hay radicales en tu entorno, ¿no?
-Siempre hay radicales, sí.
-Tu viejo lo era, según consta en esta historia. ¿Y vos has sido radical también?
-No mucho. De hecho, una de las razones por las que yo tengo un excelente recuerdo de Radio Nihuil es porque hace cuarenta años, en enero de 1986, yo era secretario de prensa de la Federación Universitaria de Lomas de Zamora. Y entonces, con otros estudiantes de Lomas, de la Universidad de Buenos Aires, de Córdoba, de Mendoza, de San Juan, de Rosario, fuimos a hacer trabajos voluntarios a Chile, con lo que se llamaba la Confech. Y antes de cruzar la frontera, nos hicieron un reportaje a otros dos compañeros y a mí en Nihuil.
-¿Y qué pasó?
-Estuvimos aproximadamente quince días y fuimos detenidos, porque en ese momento todavía estaba el régimen de Pinochet. La embajada hizo gestiones, nos hicieron un proceso judicial y nos liberaron. Después seguimos haciendo los trabajos voluntarios, pero nos fue a buscar la ACHA, la Acción Chilena Anticomunista.
-Ahí se puso más bravo.
-Entonces nos fuimos rápidamente (risas). Nos mandamos a mudar. Y cuando cruzamos la frontera nuevamente en un micro, después de todo un lío, Radio Nihuil fue la primera que nos hizo un reportaje. Así que tengo muchos recuerdos de eso. En esa época yo era del Partido Intransigente, que ya no existe. El partido de Oscar Alende, que era radical, también, en su origen.
-Tu libro es un hermoso retablo de época, pero, más allá de las anécdotas que lo animan, se percibe una enorme amargura por tu viejo, desde la primera página hasta la última. Como que no te bancás lo que hizo.
-Mirá, no. Si hay algo que no quiero transmitir es enojo. Me parece que siempre es el peor de los caminos.
-Precisamente, no es de enojo el tono, sino de amargura, de dolor.
-Bueno, es lo que hablábamos al principio. ¿Por qué tomaste esas decisiones tan equivocadas? ¿Qué pasó en tu vida para que las tomaras? ¿Por qué cometiste tal error?
-Preguntas básica y entendibles.
-Decisiones equivocadas, vos y yo sabemos que tomamos todo el tiempo. Equivocarnos, lo hacemos siempre. Después corregimos, tratamos de enmendar, tratamos de no dañar a otros. El tema es no darse tiempo para corregir esos errores.
-Básico, también.
-Porque uno tiene errores, pero trata de corregirlos, trata de mejorarlos y a veces hay personas que cada vez se van metiendo más en sus propios errores; se van generando un caparazón de error, tras error, tras error y después ya es muy difícil salir de ese lugar. Y eso es lo que lamento de él.
-Es justo lo que destila tu relato.
-Yo lamento eso y lamento también toda una generación de mujeres que no pudieron salir de esos arcos.
-Te pesa, asimismo, la pasividad de tu mamá, ¿no?
-¡Claro! Pero también marca una generación, o varias generaciones, donde la mujer no resuelve. Ahí le doy un viso más literario. Sin embargo, la protagonista secundaria de esta novela, luego de que se muriera su marido después de cuarenta años, la primera frase que dice es: por fin me quité un peso de encima. Es muy doloroso.
-"Me lo quité de encima", es el textual. Suena terrible.
-Sí. Igual, también, es falso, porque hay cosas que sí y cosas que no. Uno puede tomar la decisión de alejarse.
-Pero vos sabés que en esa época no era fácil dejar un matrimonio así como así.
-No, no, no. Sin amenazas, sin golpes, sin violencia, sin nada, ¿eh? No es que fuera una mujer amenazada. No era necesario. Era un sistema que funcionaba así.
-Aceptemos, por otra parte, que, cuando tu viejo estaba en el esplendor, era un picaflor. Tu vieja también se tuvo que bancar esa.
-Sí, totalmente, totalmente. Bueno, en esa charla que yo te conté que había tenido con Enrique Cáceres, me dice: él tenía en cada puerto un amor, pero siempre volvía a tu madre, porque la quería mucho (ríe). Está bien. Ponele.
-No tenías mucho para decir.
-Pero tampoco es un juicio. No es terapia. Es una novela. Habrás leído mucho de esto. Hay como toda una tradición, últimamente, de decir mirá como soy por culpa de mi padre, mirá como soy por culpa de mi madre.
-Tal cual. La facilidad de trasladar culpas.
-Y yo, en cada una de las charlas que tengo, siempre digo lo mismo. Soy en base a mis propios errores, aciertos, a mi propia historia y a lo que hice con ellos. Después, cómo me criaron y dónde me crié, es una parte. No es el todo, digamos. Creer que tu vida gira alrededor de lo que te hicieron tu papá, tu mamá y... es medio intentar ser exculpatorio de las cosas que vos hiciste.
-Tu libro, tranquilamente, se podría haber llamado "La caída".
-También.
-En la página 16, pintaste al hombre ganador, con traje de alpaca y gemelos de oro. No mucho más adelante, cerca de la mitad, ya lo mirás de otro modo, cuando está enfermo y conversan en un bar: "Ese hombre ateo, radical, derrotado, infiel, evangélico y deudor tomaba su whisky con una lentitud que me exasperaba". Entre estas dos fotos está pintada la decadencia.
-Sí, sí, totalmente.
-Ahí vos lo caracterizás como ateo, vos también te definís también como ateo...
-No. Es el protagonista de la novela, no soy yo. Yo no soy ateo (ríe). Quería que el escribe la historia fuera más duro en la observación. Hay que construir un personaje. No podés ser vos mismo.
-Ok, pero luego se cuenta el mambo que tuvo tu viejo con los evangelistas. ¿Eso es real?
-Sí, totalmente.
-¿Qué le pasó ahí? ¿Cuál fue el click?
-Yo creo que fue la situación económica dura, las deudas, los negocios que no salen... Volvemos a lo mismo. Tenés que encontrar una respuesta que no esté vinculada con tus propios errores, sino con el contexto. Y si el contexto no te da una respuesta, entonces buscar respuestas en la religión. Ya he dicho que si hay una frase que a mí me exaspera es "el Señor proveerá".
-Típica salida.
-Yo puedo ser religioso y puedo creer en Dios, pero Dios no va a estar solucionándome el problema para pagarle al carnicero (ríe). Tengo que tratar de articular los medios yo para poder pagarle el carnicero, no esperar que el Señor me ayude.
-Ni qué hablar.
-Puede ser un consuelo en los momentos duros, de acompañamiento. Yo lo entiendo y me parece muy acertado tener la religión para eso. Pero no es la respuesta para la vida cotidiana. Y él se volcó mucho a eso.
-Algo que los unía a ustedes era el ajedrez y ahí evocás un hecho histórico, que fue el enfrentamiento de Bobby Fischer con Tigran Petrosian.
-Exacto. Por ahí alguno de los oyentes se acuerda. El diario La Razón traía muchas jugadas de ajedrez. Creo que Najdorf tenía una columna. Y en el momento en que se registró esa partida que fue histórica para la Argentina, porque estaban viniendo dos grandes maestros, nosotros seguíamos con mi padre cada una de las jugadas. Hoy, ya hace muchos años que no juego al ajedrez.
-Antes de terminar, hagamos mención de San Lorenzo, porque en nuestra redacción hay varios hinchas.
-¡Ah, muy bien!
-Es muy sufrido ser hincha de ese equipo, como ocurre en tu novela con los dos personajes principales, ¿no?
-Obvio. ¡Muy sufrido! Tenemos una situación catastrófica (ríe). Pero es un poco lo que estamos hablando sobre el discurrir hacia la caída casi permanente. San Lorenzo viene en caída libre hace veinte, veinticinco años. El club ya venía medio mal manejado y estamos pagando las consecuencias.