Si algo respeta Valeria Tentoni (Bahía Blanca, 1985) es el acto de escribir y el acto de leer.
Valeria Tentoni desnuda la pasión lectora: "Es un objeto peligroso un libro. Uno lo abre y no sabe adónde lo va a llevar"
Periodista, ensayista y escritora la bahiense Valeria Tentoni dio a conocer su primera novela: La vida privada, "una obra que dialoga desde el espejo con el espejo del pasado"
Lo evidencia su interés por la poesía, el periodismo y la tarea editorial.
Dio un paso más en esa dirección -en esa pasión- con La vida privada, su primera novela.
Allí, en la historia que la sustenta, la pasión libresca ha derivado en obsesión. Una mujer narra, en primera persona, su viaje hasta una isla donde habita, recluida, hosca, Virginia Mountweazel, una legendaria fotógrafa, piloto y autora de un diario que una profusión de fervorosos seguidores considera un libro perfecto. Si esto último fuera posible.
La prosa de Valeria es expresamente cincelada y reveladora. Su nostalgia por un mundo anterior, preinternet, donde todavía se escribían cartas porque no estábamos esclavizados por el celular, envuelve al relato en una atmósfera muy particular.
“Esta novela dialoga con el presente desde el espejo del pasado”, nos dice.
Es una receta que invita a leer su libro y conversar sobre sus amplias motivaciones en el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Vos, Valeria, estás muy relacionada con los libros y las letras como periodista, poeta, encargada del blog de Eterna Cadencia, ¿pero sos tan intrusiva, tan fan como la protagonista de tu novela?
-(Ríe) No, para nada. No, no. Se trata de ficción, esa es la gracia. Si fuese una autobiografía, bueno, pero no. Me divertí. Eso tiene la ficción, que te podés divertir.
-Se nota porque te gusta moverte por la delgada línea que separa realidad y ficción ya que el nombre de tu personaje convocante podría ser una fake news de esta época, ¿no?
-Sí, de alguna manera sí. Pero, a la vez, la novela está situada en una época pretérita, en esa antigüedad inmediata del mundo preinternet que me interesaba mucho visitar, por lo menos desde la ficción.
-¿Por qué?
-Por la melancolía que tengo por ese mundo en el que no teníamos teléfono celular todo el tiempo, no éramos localizables todo el tiempo. En esa era con teléfonos a disco había también un poco más de libertad. Entonces, esta novela dialoga con el presente desde el espejo del pasado.
-De todos modos, hablábamos del ferviente interés de tu narradora por el personaje de Virginia Mountweazel.
-Pero siempre hubo intereses desbocados alrededor de los artistas. Ahora está empeorando, por supuesto. Aunque a la vez no, porque está pasando algo muy paradójico con internet, con Instagram, con TikTok. Bueno... yo no uso TikTok, hasta ahí no llegué, no me interesa.
-Sí, parece demasiado.
-Es un montón. Creo que cualquiera puede ser famoso. Se democratizó la fama y eso está buenísimo, porque la fama es un horror, así que pueden experimentar todos, darse de bruces con ese holograma de que la fama te va a traer algo más. Y esa democratización también es un efecto paradojal bien raro.
-Volvamos a tu personaje.
-Es una lectora que se enloquece con un libro y va a buscar a su autora. La va a buscar a una isla en la que está escondida y separada del mundo, porque no quiere conocer a nadie. No da entrevistas, es muy misteriosa y solo se escribe cartas con sus lectores y lectoras. Y una de estas lectoras decide mandarse a la dirección y presentarse en su casa.
-Llegado este punto, una pregunta para vos, que vivís en el mundo de los libros y de una librería. ¿La lectura enloquece? Viene a cuento del Quijote, que se enajena como muchos lectores, se manda y arma su propio mundo. Es un desfiladero bastante estrecho por donde transitar.
-Claro, sí, sí, sí. Justo cuando escribí la novela en pandemia estuve releyendo clásicos y, entre ellos, El Quijote, así que probablemente se me haya colado ese espíritu cervantino. Hay algo ahí de romántico, de salir a la aventura que te provoca la lectura, que te propone un libro. Creo que sí.
-Por ahí discurre tu historia, justamente.
-Una de las preguntas que se hace la novela es que, fanatismo o no fanatismo, los libros por sí solos, más allá de sus autores, pueden producir efectos que tienen poco que ver a veces con la intención o el cálculo de quienes los escriben. Y también de quienes los leen. Uno abre un libro y no sabe adónde te va a llevar.
-Una invitación a la aventura.
-Es un objeto peligroso, en el fondo, un libro. No es tan inocente, una cosita así nomás. No es un adorno un libro. Es un objeto poderoso.
-Totalmente de acuerdo. Y vos que vivís en ese ambiente, ¿hubo algún libro o autor que te haya movido fuertemente a hacer algo o ir hacia algún lugar?
-Eh... no sé... Siempre pienso en los poemas de Trilce, de César Vallejo, un libro de poesía muy extraño, que hace con el lenguaje algo muy raro.
-¿Qué produjo en vos?
-Reforzó en mí el deseo de ser poeta y de escribir desde la poesía, siempre, inclusive una novela, poniendo en un estado de pregunta las palabras.
-¿Cómo es eso?
-Las palabras nosotros las usamos para todo. Las usamos para pedir pan, las usamos para decir te amo, para decir te odio; las usamos para escribir un mensaje de texto, las usamos para votar, para leer lo que nos proponen quienes se están candidateando. Pero no son tampoco elementos de sentido único. Una palabra puede ser muchas cosas a la vez.
-Una gran lección, en suma.
-Lo entendí con ese libro de César Vallejo, que leí de muy chiquita y entendí muy poco, por suerte (sonríe). Ese libro, sí, fue muy inspirador. Muy inspirador para empujarme hacia la literatura. Me dio muchas ganas de escribir, de experimentar con la literatura.
-Suele pasar. Varios de nosotros, siendo jóvenes estudiantes de Filosofía y Letras, además de poetas, soñábamos con ir a París a buscar a la Maga por haber leído a Cortázar. O seguir las aventuras y desventuras amorosas de Neruda por distintas partes del mundo. Ahí es donde los libros o sus personajes o los mismos escritores se vuelven peligrosos, ¿no?
-(Ríe) Sí, sí. Pienso, ahora que lo decís, en las novelas de Henry Miller, Sexus, Lexus, Nexus. Son buenísimos. Te dan ganas de romperte la cabeza y de tener una vida de trashumante y aventuras y amoríos. Sí, hay libros que son muy vivificantes, es cierto. Y a determinada edad, además, en la adolescencia, la literatura te enciende, ¿cómo no?
-Pero no es para cualquiera, convengamos.
-Lo que pasa es que leer un libro te pide tiempo, te pide concentración. Y yo no sé, en estas temporadas de tanta intoxicación, si es algo que se esté haciendo.
-¿No? Cabe la pregunta.
-Seguramente sí. Seguramente habrá algunos pocos lectores. Siempre fue así. Tampoco son tantos quienes leen. Pero ha tenido mejores temporadas el lectorado. Es una pena, porque el tiempo que te pasás escroleando te lo podrías pasar leyendo. Es un tónico vivificante la literatura para mí. ¡Lo es! Sé que suena romántico, por eso escribí esta novela (ríe). Realmente creo que te puede cambiar la vida la literatura.
-Acaba de estrenarse La Odisea, de Christopher Nolan, sobre ese clásico de los clásicos. Pero Homero es un autor medio fantasma, medio legendario, al igual que la escritora que da sustento a tu libro, Virginia Mountweazel. ¿Cómo tomás ese paralelismo?
-No vi todavía la película. No suelo estar muy al día con el cine. Pero sí me parece interesante siempre trabajar con los clásicos. Los clásicos son clásicos por esto que decía Calvino, porque soportan lecturas a lo largo de la historia siempre nuevas. El clásico es el mismo libro, pero cada lectura es nueva. Y eso es un clásico, precisamente, que aguante que este hombre haga una película ahora en 2026 y que siga teniendo algo que decirnos el mismo libro.
-Bien definida su alcurnia.
-Escribir algo así es dificilísimo y a los pobres mortales lo único que nos queda son ejercicios de relectura, de cita, de guiños. Como yo hice, un poquito, con El Quijote, quizás. A la vez, una relectura es una nueva escritura, como una traducción.
-Una nueva vida.
-Y también los clásicos o los personajes clásicos están ahí para apropiárselos, porque son arquetipos. Homero es un arquetipo. El ermitaño también es un arquetipo. El explorador es otro. Y los arquetipos son como los personajes clásicos. No hay tanto que inventar, también hay que aceptar un poco eso.
-¿Cuál sería el margen disponible?
-Lo único que se puede hacer es jugar con las mismas piezas. Pero también los antiguos lo hicieron. Y lo deben haber hecho de historias conservadas únicamente de modo oral.
-Desde el fondo de los tiempos.
-No sabemos desde cuándo vienen las historias que siguen rodando miles de años después. Quizás todas son la misma historia. Quizás todo empezó con una sola historia que se fue contando con errores y así empezó la literatura. No sé. Estoy fantaseando.
-No queda otra.
-Pero no creo que haya sido algo muy distinto. Siempre tuvimos la pulsión de contarnos cosas, de contarnos historias, de entretenernos, de intentar explicar el mundo con un cuento. Siempre estamos narrando, en el fondo.
-Ya que hablamos de lecturas, tu protagonista llega a la isla donde la escritora se refugia, aislada del mundo. Y cuando se pone a curiosear en su biblioteca, dice que Virginia solo conservaba aquellos libros que estaba dispuesta a releer. Ahí también hay una declaración de principios. No sé si a vos te pasa.
-Sí, sí. Ahí le presté el orden de mi propia biblioteca. Yo limpio mi biblioteca y lo que no voy a releer lo regalo, porque creo que puede tener un mejor destino y que lo puedo conseguir de nuevo si es muy urgente.
-¿Contás con un mapa?
-Ya sé quién lo tiene y se lo puedo pedir prestado un rato. Pero también cuando trabajás con tu biblioteca, como es mi caso, si querés encontrar los libros, no podés tener tanto. En cada mudanza salen cajas de libros de mi casa, porque además me gusta tener control sobre lo que hay ahí y también sobre lo que guardo para leer en otro momento. Tengo muchos libros que no leí todavía en mi biblioteca.
-Pasa. Es así.
-Están esperando su momento. Como todos. Es típico que alguien entre a tu casa y te diga ¡cuántos libros! ¿Los leíste a todos? Y no. Precisamente eso es una biblioteca. Libros que te estás guardando como un chocolate para el momento preciso.
-¡Guau!, qué bien definido ese trance.
-Es muy hermoso cuando llega ese momento o cuando estás ordenando y encontrás un tesorito que te dejaste y decís ¡uy, esto! ¡Qué bueno leer esto! Es un momento que todo ser humano merece tener. Ojalá fuésemos todos lectores, porque realmente es una felicidad muy pura.
-No podemos estar más de acuerdo, otra vez.
-No sé si hay tantas cosas en la vida que te den ese subidón de placer como te da terminar de leer una novela en la que te metiste en el personaje; entraste, cerraste el libro y llorás porque se murió. O te alegrás porque consiguió lo que quería. Son premios realmente.
-De los mejores, para quien lo sabe apreciar.
-La literatura te da unos premios espectaculares. Como la Scaloneta, ¿no?, ese tipo de felicidades. De verdad. Para alguien que lee, es muy parecido a meter un gol.
-Es un subidón de placer decís, pero también te produce algún bajón. ¿No te da pena cuando un libro o una serie que te gustan demasiado terminan?
-Sí. También cuando terminás de escribirlo. A mí me costó terminar de escribir esta novela porque yo estaba muy metida en ese mundo, en la selva de la isla, en el pueblo, en este personaje de la lectora a la que le pasaban cosas. Estaba muy encariñada con ella. Estaba muy encariñada con la escritora a la que va a visitar. Se me desquiciaron un poco las dos cuando las escribí.
-Queda muy en evidencia que sos un animal libresco porque, además de ir en busca de una escritora legendaria, hay otra voz que siempre le habla a la narradora, la de Merino, el bibliotecario, que termina siendo tan importante para ella como Virginia. Los volúmenes, los pasillos oscuros y los estantes de la biblioteca de Merino siempre están.
-Sí. Me interesaba jugar con el escenario de la biblioteca. Yo trabajé en una biblioteca popular muy hermosa que hay en Bahía Blanca. En Buenos Aires, hice toda la carrera en la Biblioteca Nacional, leyendo ahí. Me encantan las bibliotecas, son espacios maravillosos.
-¿Cómo trasladaste esto a tu historia?
-En esta novela, donde intenté hacer un réquiem para este mundo antiguo, un mundo preinternet, un mundo pre-todo, las bibliotecas eran espacios muy mágicos y lo siguen siendo. Están ahí. El tema es que tienen cada vez menos adeptos.
-Otro signo de los tiempos.
-Pero están ahí y quería guiñar ese universo. Siempre me parece fascinante entrar a una biblioteca. Siempre me pasa lo mismo. El día en el que voy a una biblioteca, no es un día más. Son espacios muy, muy, muy hermosos.
-¿Y Merino?
-Este bibliotecario me interesaba como personaje también de compañía. Él le recomienda que lea la novela de Virginia, pero después aparece en modo de fantasma. Digamos, se presenta de un modo extraño, un modo fantasmático.
-Encima, el libro mítico de Virginia no es una novela, es un diario, un diario personal que adquiere un contenido extraordinario.
-Es un diario de viajes. Es un libro perfecto que, por supuesto, solo está aludido en mi novela, porque si es perfecto no se puede escribir. Lo perfecto es imposible. Entonces, este bibliotecario le recomienda, casi por error, la lectura de estos diarios de Lillian Virginia Mountweazel.
-Con toda su carga enigmática.
-Virginia Mountweazel, que es la autora, ha sido piloto de avión, ha sido fotógrafa de guerra y ha escrito un diario de viajes por el mundo increíble. Ha escrito sobre camellos, sobre islas remotas, cazadores, animales mágicos que nunca nadie vio, elefantes enormes. Claro, es un libro súper rico. Entonces, la lectora se entusiasma y quiere una vida así.
-Nada menos.
-Y, bueno, su pequeña aventura es ir a visitar a la escritora que contó una gran aventura. Esa es la aventura más humilde de la lectora. Pero después vamos a ver que no es tan humilde, porque termina pasándole de todo. Su aventura es mucho más intensa, al final.
-Pero frente a esa cosa libresca que representan la escritora Virginia y el bibliotecario Merino, se alza, como gran contrapunto, la naturaleza poderosa que alberga la isla adonde ella llega, con sus árboles, sus insectos, sus pájaros.
-Sí. Me interesaba que la naturaleza fuese otro personaje. Me interesaba generarlo a partir de los animales, en este caso los pájaros, sobre todo, pero también de los insectos, de las mareas del río, porque la isla en la que vive esta escritora está separada del continente, del pueblito, por un río.
-Un pueblito sencillo, pero medio tenebroso.
-Entonces, las mareas del río, el color del río, el color del cielo, el tránsito de las estrellas, todo eso en la novela está muy exacerbado y cobra protagonismo en más de una oportunidad, genera cambios grandes en la trama.
-Impactan en la trama y en la propia narradora.
-Es una aventura en sí misma, también, la vida en la naturaleza, porque la lectora invade a la escritora, pero, a la vez, invaden las dos la isla donde está la cabaña de esta escritora.
-Un lugar muy particular, sin duda.
-Es una isla virgen que no está en los mapas, una isla que esta fotógrafa y escritora se robó en una investigación cartográfica. La ve, no la declara y se la queda. Además, hay que decir que es una escritora estadounidense, es una gringa; es una gringa que se robó una isla argentina. Nadie lo está viendo, pero yo estoy diciendo algo (ríe).
-Mensaje recibido.
-Se robó una isla argentina y desde ahí manda cartas. Pero es una isla virgen, con la naturaleza intacta. Hay juncos, hay algarrobos, hay un montón de árboles que están ahí en su elemento.
-Vos te reís diciendo que nadie ha notado el hecho (ríe), pero ni siquiera podríamos forzar un paralelo con las Malvinas porque, como bien decís en el texto, la isla no existe. No figura en ningún mapa ni está registrada en ningún lado. Ella va y ocupa un lugar vacío. Entonces, ni siquiera es un robo. La dejan tranquila porque a nadie le calienta que esté ahí la gringa.
-Claro, a nadie le calienta. Es cierto, en la novela nadie nota que se robó la isla, porque, de nuevo, como estamos en esta época preinternet, no está mapeada, no estaba en Google, entonces nadie la reclama. Son cosas que pasaron en nuestra historia con un montón de tierras argentinas y que suceden todo el tiempo. La usucapión es una institución jurídica por algo. O sea, la tierra se roba, no es algo novedoso.
-Es que, si está vacía, se roba o se ocupa.
-Sí, alguien la ocupa. En este caso me gusta jugar con esa idea del robo, además por parte de una persona que no quiere que nadie entre, una persona que no recibe visitas. Nadie toca tierra. Por eso cuando la lectora llega a visitarla es tan grave, porque rompe un cerco, realmente, que esta escritora había logrado erigir entre los habitantes del pueblo, que nunca bajan. Nunca bajan del bote. El lanchero que cruza a la lectora nunca baja, le deja cartas y se vuelve.
-Entre otras cosas, porque Virginia es arisca. Y aquí jugás con otro elemento del mundo preinternet, que muchos extrañamos y que adquiere un carácter muy ambiguo y muy singular en la historia, que son las cartas. Ellas también protagonizan tu novela.
-Sí, a mí me encanta leer cartas y me encantaba escribirlas. De chica era filatelista, me acuerdo. Tengo las estampillas. Me maravillaban. No sé si las recuerdan. Siguen funcionando, pero nadie las mira. ¡Eran una belleza, eran divinas las estampillas!, unos objetos con tanto detalle.
-¿De qué manera trasladaste ese cariño a tu historia?
-Siempre quise hacer algo con las cartas, aunque no escribirlas. Solo podía aludir a ellas y están ahí, como flotando en la novela. Son las cartas de los lectores y las cartas que les responde Mountweazel desde la isla.
-Ese ida y vuelta moviliza bastante la trama.
-Que te escriba tu escritora favorita una carta y recibirla en tu casa, me parecía un hecho extraordinario que podía encender a cualquiera lo suficiente como para mandarse a visitarla.
-Motivación más que suficiente.
-La escritora también es un poco temeraria al estar respondiendo tantas cartas.
-Otro aspecto que se puede destacar, como lector, es que vos sos poeta, se nota en la precisión con la que cincelás cada frase, pero no resaltan los vicios que podrían esperarse de una redacción "poética". Dicho todo esto como un mérito.
-Te lo agradezco. Yo no estoy tan segura. No lo sé. Creo que la novela va a tener los lectores que tenga que tener.
-¿En qué sentido lo decís?
-Sé que hay lectoras y lectores que prefieren una escritura más simple, más austera. Pero yo escribo como escribo.
-Sin embargo, no es jodida tu escritura ni enrevesada.
-(Sonríe) No sé, no sé. He recibido alguna devolución en ese sentido.
-¿Sí?
-Hay personas que soportan muy poca poesía. Muy poca. Prefieren redacción tipo IA.
-¡Ah!, bueno...
-Está bien igual. Es otro tipo de lectura. No pasa nada. Todas pueden convivir. Y también hay escuelas de austeridad que logran cosas increíbles, como Carver. Eso se puede hacer.
-¿Y vos qué?
-Lo he hecho, a veces, en cuentos. Lo he probado. Pero la novela, sí, me salió un poco más barroca en algunos momentos. Pero, bueno, creo que desde la poesía se puede ir a cualquier género y no viceversa.
-¿Cómo entendés esto?
-La poesía te permite jugar más, porque cuando sos poeta jugás con todo, con la espacialidad de la hoja, con lo que sea. Yo lo intento. Intento, además, divertirme cuando escribo.
-Otra vez: tu escritura fluye. Y vas tirando frases que quedan grabadas. Por ejemplo, con ese personaje secundario, Otti, el barquero que la cruza hacia la isla en una lanchita de morondanga. Tu protagonista le va haciendo preguntas y él la frena y le dice: "Usted se preocupa mucho por las palabras. A las cosas hay que dejarlas en paz. Recuerden que cada nombre es un llamado".
-Porque ella está muy interesada en saber cómo se llaman los árboles. Me gustaba reflejar esa convivencia más pacífica de las personas que no escriben o no leen con el mundo, que no necesitan saber el nombre de todo; y tienen una convivencia quizás más perfecta, más orgánica.
-El choque de la lectora con la existencia más simple.
-Hay, también, algo de misterio en la palabra. De nuevo, creo que es algo muy poderoso y que es una invocación la escritura. Yo le tengo mucho respeto al acto de escribir y al acto de leer.
-¿Cómo opera eso en vos?
-A veces he escrito cosas que se adelantaron a mi vida, que sabían más que yo. Con la poesía me pasa mucho.
-¿Qué es lo que te pasa?
-Que escribo poemas en los que hay cosas que sé que yo sé, pero no sé que las sé. No sé cómo decirlo de otra manera.
-Tratá.
-Que los poemas saben más que yo. Eso. Son cosas misteriosas, que no sé de dónde salen.
-No podemos cerrar sin que nos contés por qué elegiste a Virginia Mountweazel como motivo central de tu novela. Ella es un personaje fascinante que opera como sinónimo de “entrada ficticia", creada como una trampa de derechos de autor.
-Sí. En realidad, es un término de la historia de las enciclopedias. Los primeros enciclopedistas, para firmar su trabajo, insertaban una entrada falsa, un error, cuestión de que, si encontraban esa entrada en otra enciclopedia, se podían dar cuenta de que alguien les había robado todo el trabajo. Digamos, nadie podría haber definido a Virginia Mountweazel porque no existía, básicamente.
-Como los cartógrafos, según contás en la novela, que ponen un accidente geográfico falso para saber si alguien les robó el trabajo.
-Claro. Si veían esa isla en otro mapa, saltaba que lo habían robado. Y me encantó esa idea del error como marca de autoría.
-Muy atractivo como tema.
-Así pues, es un personaje que estaba ahí, en la historia de las enciclopedias; y lo agarré y lo estiré, le hice cualquier cosa (ríe). Pero, bueno, no se puede vengar porque no existe. No me puede hacer quilombo.
En pocas palabras
- Valeria Tentoni: la periodista y escritora presenta su primera novela, "La vida privada", explorando la pasión lectora y la nostalgia por el mundo preinternet.
- Obsesión literaria: la novela narra el viaje de una fanática hacia una misteriosa escritora recluida, reflejando la intensidad de la relación entre lectores y autores.
- El poder de los libros: Tentoni destaca que los libros son objetos peligrosos y poderosos, capaces de llevar al lector a lugares inesperados y transformar vidas.





