Cuando en el 2004 se presentó al público la película dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Hanks La Terminal, la historia de un turista proveniente de un ficticio país del Este de Europa, que queda varado en el aeropuerto de Nueva York por un golpe de estado en su país, la situación de Viktor Navorski -el personaje principal- pareció algo exagerada, pese a estar basada en una historia real.
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Pero mucho más dura, real y cruel fue la historia de casi 100 campesinos chilenos, que viajaron en 1973 becados a la Unión Soviética, y no pudieron regresar a su patria hasta varias décadas después, y algunos, nunca más.
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Fue en septiembre de 1973, cuando 93 jóvenes chilenos seleccionados por el Partido Comunista chileno y agrupaciones campesinas de izquierda tuvieron lo que para ellos era "la oportunidad de su vida", ya que en una misión semi secreta serían enviados a la Unión Soviética a una capacitación en maquinaria agrícola que duraría tres años, en Akhtyrskiy, Rusia, y tres días después, al arribar a destino, se enteraron que el gobierno de Salvador Allende había sido derrocado, quedando ellos en un limbo diplomático y de conciencia personal que hizo que recién algunos pudieran volver 30 años después, y otros, casados allí con mujeres locales, no lo harían nunca.
La historia fue encontrada casi por casualidad por el investigador trasandino Cristián Pérez, autor del libro Vidas revolucionarias, historiador del Centro de Investigación y Publicaciones (CIP) de la Universidad Diego Portales y ex investigador del CEP y recopilara las historias para plasmarlas en el libro Viaje a las estepas, cien jóvenes chilenos varados en la Unión Soviética tras el golpe (Editorial Catalonia-UDP Escuela de Periodismo), lanzado el 4 de julio del año pasado.
El temor a regresar de los propios jóvenes, de entre 14 y 25 años, y el silencio de sus parientes, no conectados entre sí, ya que eran chicos de distintas regiones del vecino país, hizo que la presencia en Rusia quedara en silencio, por temor a las represalias que tomó el gobierno golpista de Augusto Pinochet, y la falta de contacto se conjugaron para hacer de aquel viaje de estudios un inesperada y larga ausencia. Muchos familiares de los becados escucharon rumores de que éstos habían sido encontrados y fusilados por el ejército.
Del Chilli Mapú a la estepa rusa
Según consta en el libro de Pérez, mencionadas en una publicación del diario La Tercera, el casi centenar de estudiantes chilenos partiría el martes 4 de septiembre de 1973, en tres buses rumbo al aeropuerto de Pudahuel. Para la mayoría de sus pasajeros, era la primera vez que recorrían Santiago, no se habían alejado jamás de sus casas, ni siquiera habían viajado en tren y ahora estaban a punto de abordar una aeronave Ilyushis de Aeroflot, la línea aérea nacional soviética.
Su destino estaba a más de 14.000 km de distancia. En la ciudad de Akhtyrskiy, en la estepa rusa, próxima al Mar Negro. Allí ingresarían al internado de la Escuela Media Técnica Profesional N° 9, donde acudían además alumnos vietnamitas, angoleños, cubanos y sirios.
Los jóvenes fueron calurosamente recibidos por la población rusa, sorprendida por la vestimenta estilo hippie -moda en esos años- aunque inadecuada para el fría de aquella región, por lo que los locales se pusieron en campaña para ofrecerles ropas y calzado más abrigado a los sudamericanos, además de darles la bienvenida a la usanza rusa: un pan untado con sal.
Pero a los dos días de llegar los trasandinos notaron que algo andaba mal. "Uno de los educadores, que estaba a cargo de nosotros, decía ‘Allende’, lo único que entendíamos que decía "Allende", clarito, y que "Allende estaba en el suelo", recordó Myriam Martínez”, una de las becadas chilenas, en el libro de Cristian Pérez.
Con medias lenguas y trascendidos los chilenos fueron dándose cuenta real de la situación de su país, y recién el 13 de septiembre llegaron traductores a la escuela y tuvieron la confirmación de sus sospechas: el gobierno que los habían enviado a estudiar ya no estaba, y era muy improbable que pudieran volver a su tierra, tras los tres años de cursado. A esto se sumaba la incertidumbre de saber qué sería de la vida de sus familiares -militantes de izquierda- en la feroz represión que sufrió el vecino país.
Resignados a no poder regresar y a quedar bajo la tutela del gobierno soviético, el grupo se fue disgregando; algunos se casaron en el pueblo que tan cálidamente los acogió, uno murió ahogado al querer cruzar un río; otros, con mejor predisposición para el estudio siguieron carreras universitarias, y muy pocos -cerca de 15- pudieron volver finalmente al país que los vio nacer, y en 1973 les ofreció una oportunidad, o más bien un pasaje a un mundo y a una aventura impensada.
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