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Orlando Santilli, el Día del Padre desde la profunda tristeza del mar

Editado por Enrique Pfaab
pfaab.enrique@grupoamerica.com.ar

“Stéfano (3) se despide de su papá cuando se va al jardín. Mira la foto en el portarretrato y le dice chau. Debe ser porque mi hijo vivió muy profundamente su paternidad y eso dejó huellas. Antes de embarcarse en el ARA San Juan, y como sabía que no iba a estar presente en el primer cumpleaños de Stéfano, le grabó un video, pidiéndole disculpas por no poder estar con él. Mi hijo Fernando no sabía que no iba a volver más”.

Orlando Santilli tiene 69 años y hace un año y medio que no puede hablar de su hijo sin llorar. Llora por su pérdida, llora por no poder llorar junto a su tumba, llora por la falta de respuestas. “El ministro Aguad (Oscar, ministro de defensa de la Nación) y el presidente nos mintieron, desde el primer día”, dice.

Los últimos dos Día del Padre de Orlando han estado cargados de tristeza. “No lo puede superar, todavía”, dice Silvia, su esposa.

Orlando, Silvia y dos de los hermanos menores de Fernando, viven en el barrio José Hernández, de Palmira. El playón deportivo de ese joven barrio lleva el nombre del hijo de Orlando, que es uno de los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan, que el 15 de noviembre de 2017 se dio por desaparecido en aguas del mar argentino y que, un año después, fue ubicado a 907 metros de profundidad y a 600 kilómetros de Comodoro Rivadavia.

Orlando es padre. Además de Fernando, su primogénito, también lo es de Gisel, María Emilia y Ricardo. Los dos más chicos aún viven con él en esta casa paterna, que Orlando consiguió tener después de más de 60 años de vida y 50 de trabajo “de lunes a lunes”.

La historia de Orlando

Cuenta que nació en San Martín y es chofer de ambulancia desde hace 39 años, trabajando para la obra social de los empelados vitivinícolas. Y antes, (“trabajo desde los 10 años”, aclara) fue cadete en una carnicería, dependiente en una verdulería, trabajó con sus padres vendiendo leche, diarios y pan, “hice cuentas de vino, trabajé para Greco, vendí jugos, trabajé para una empresa que buscaba petróleo y hacía estudio de suelos, estuve en la bodega Manzano antes de que fuera Los Haroldos…”, cuenta, y agrega que “hasta que un día, todavía en Dictadura, un vecino que era principal del Ejercito me dijo si me animaba a manejar la ambulancia de SOEVA. ´Manejás la ambulancia y cuando no tengas nada que hacer, atendés el teléfono’, me dijo. Fue el 17 de marzo del 80, y acá estoy “.


Cuenta que hay 14.000 afiliados, entre titulares y familiares, y que él los traslada en los momentos más complejos. “El obrero vitivinícola pertenece a un sector pobre de la sociedad y van al médico cuando ya no tiene otra opción. Yo no hago emergencias, sino que traslado al afiliado cuando tiene que hacerse sus tratamientos, estudios, curaciones, sacarlos de las cirugías. Cuando están quebrados, operados, cuando tienen neumonía, cáncer… Cuando pasan por los momentos más complicados. A muchos los llevo hasta su último día de vida…”

Dice que el inicio de la historia familiar “fue medio rara”. Cuenta que “una compañera de trabajo me contó que venía de vacaciones una prima suya, de Buenos Aires, y me pidió que saliéramos juntos a pasear, a mostrarle Mendoza. La prima se fue quedando y… después de un año de novios nos casamos”.

Después nacieron los hijos y, luego de más de 30 años de casados, pudieron tener su casa propia. “Luchamos bastante. Los barrios en donde nos anotábamos se perdían, los dirigentes se iban con el dinero, hasta que finalmente lo conseguimos. Pasamos de pagar un alquiler de $4.000 pesos en el barrio Don Bosco (Palmira) a pagar una cuota de $2.000 por nuestra casa”.

Dice “ yo he sido un padre feliz con los hijos que me tocaron, han sido buenos hijos. Todos trataron de salir adelante, de otra forma. Solo que ahora (bromea) no me puedo sacar de encima a los solteros. Trabajé toda la vida, desde los 10 años, todos los santos días para llegar hasta acá. Ahora solo me faltan 3 años para jubilarme”.

Ha tenido buena salud, casi siempre. Las excepciones son dos. Una, a los 8 años, cuando lo operaron del corazón por una cardiopatía congénita, y la otra, cuando se le declaró diabetes, “pero la llevo bastante bien. Con la insulina tengo algunos permitidos”.

La historia de Fernando

Orlando repasa la vida de su hijo. Cuenta que hizo la primaria en la Escuela Batalla de Maipú. Esta semana los tres cursos de 7º grado de esa escuela presentaron sus buzos de egresados y en ellos estamparon la imagen del ARA San Juan en honor al submarinista.

Fernando cursó la secundaria en la Escuela Constantino Spagnolo, de Junín y luego, “pese a que en ese tiempo no había tanta facilidad de ir a la facultad como ahora, hizo el pre universitario para la carrera de ingeniería electromecánica en la UTN”.

Orlando recuerda que “en ese momento un primo mío, que estaba en la Armada, le propuso ingresar. Averiguamos los requisitos. Era un psicofísico y exámenes de Matemáticas, Física y Lengua, que se rendían en el Liceo Militar General Espejo. Pensábamos que, ingresando a la Armada y con un sueldo, iba a ser más fácil que pudiera seguir estudiando. Unos días después de los exámenes nos citaron al edificio de la Armada, en Pedro Molina y Belgrano. Había unos cuantos chicos, esperando que les entregaran las notas. Cuando lo llaman a mi hijo, le dicen: ´tuviste suerte, has entrado a la Armada. El 31 enero de 2000 tenía que salir en colectivo, con los demás aspirantes, hacia la ESMA, en Buenos Aires”.

Fernando estuvo todo un mes allí. “Durante ese tiempo no podían tener contacto con la familia. Finalmente terminó ese mes y vino a vernos, durante una semana. No estaba muy convencido, pero decidió continuar”.

Durante los dos siguientes años, el tiempo que duró el ingreso, apenas venía a ver a su familia una semana, cada tres o cuatro meses. “Fernando siempre fue condecorado, porque siempre fue el primero o el segundo promedio”.

El primer destino de Fernando Santilli fue el buque ARA Patagonia, que tenía base en Puerto Belgrano, Bahía Blanca. Su función era la de llevar provisiones a las distintas bases navales. “Después de dos años, lo pasaron a un barco, un destructor, que estaba en un dique para reparaciones. Como no salía a navegar, Fernando pidió ir a Mar del Plata, a estudiar submarinista. Mientras hacía ese curso, salió en la Fragata Libertad, por Sudamérica, ya que era algo que le debían por ser uno de los mejores promedios. Después lo enviaron a Francia, a buscar un barco. Estuvo dos meses allí”.

Fernando se recibió de submarinista con honores. Como su destino “se compró un terreno, hizo su casa, formó su familia… hasta 25 de octubre de 2017, cuando ya no volvió más”, dice Orlando, ya quebrado por la pena.

Haciendo un enorme esfuerzo, logra contar que “primero estuvo 8 años en el submarino ARA Salta. Después estuvo un año en tierra, estudiando para ascender al escalafón siguiente y trabajando en la base. Finalmente lo suben al ARA San Juan, en enero 2017.

ARA San Juan

El 25 de octubre de 2017 el ARA San Juan debía salir de operaciones al sur del país. Antes de zarpar, Frenando grabó un video para su hijo Stéfano, sabiendo que el 5 de noviembre, el día del primer cumpleaños de su hijo, no estaría presente. La misión del ARA San Juan era patrullar el mar del sur, en busca de barcos pesqueros ilegales.

“El 15 de noviembre yo estaba mirando la televisión. Siempre me levanto a las 7.30 para ir a trabajar y había puesto el noticiero, como siempre. En eso dicen que el ARA San Juan se había perdido. Después nos llamó nuestra nuera desde Mar del Plata, que nos dice lo mismo y nos pidió que viajemos.

El 19 llegamos a Mar del Plata y estuvimos allí hasta los primeros días de diciembre. Vivimos todo un año mal. Seguimos viviendo mal”, dice Orlando.
Orlando dice que en los informes oficiales que les han dado desde el mismo momento de la desaparición del submarino “nos mintieron y nos han mentido siempre”. Cuenta que “al primer día de la desaparición, decían que tenían 24 horas de oxígeno, al día siguiente decían que tenían 48 horas, y así. Como si el oxígeno se generara solo. Y las grabaciones de las comunicaciones las han tenido desde siempre”.

Recuerda que “primero fuimos a Mar del Plata cuando se cumplieron 6 meses y no nos dijeron nada y nos siguieron mintiendo. Después fuimos cuando se cumplía el año y también porque era el segundo cumpleaños de Stéfano, mi nieto”.

Dice que “nos alojaron en un hotel de la Armada. Los camaradas hicieron un homenaje y estaba el presidente Macri y el ministro Aguad, que solo fueron a seguir mintiéndonos”.

Luego cuenta que “al día siguiente pensábamos regresar a Mendoza, otra vez sin ninguna respuesta”. Era la madrugada del 17 de noviembre de 2018.

“Estábamos en la habitación y sentíamos que la gente lloraba en el hotel, pero era algo normal. Todas las noches se sentía llorar, gritar y rezar. Cuando nos levantamos a las 4 de la mañana, porque queríamos salir temprano para llegar de día a Mendoza, nos enteramos que habían encontrado el submarino,… a nuestro hijo”.
Después el llanto, antes y ahora, que pone fin al relato.

Stéfano no tiene un padre. A su abuelo Orlando le falta un hijo.

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