Ha muerto Avelino José, el memorioso. El mejor contador de historias de la región del oasis del Tunuyán Inferior. El mejor conversador de Junín. Un vecino entrañable. Ha muerto justo ahora, cuando los tomates están a punto para hacer salsa, actividad que él realizaba, a granel pero por gusto “porque no puedo estar sin hacer nada”. Y entre charlas y miles anécdotas, precisas y detalladas, crió hijos profesionales y fue, durante dos gestiones consecutivas desde el regreso de la democracia, secretario de Gobierno de la Municipalidad de su pueblo.
Murió con 78 años. Había estado muy activo hasta hace no tanto, pero su salud comenzó a deteriorarse con demasiada e injusta rapidez en los últimos tiempos.
Amable, pícaro, siempre de buen humor y dispuesto a la conversación, Avelino tuvo el don de la memoria y podía detallar con igual precisión la historia oficial de su tierra, la de Junín, de Mendoza y hasta la del país, como las historias cotidianas, las de su gente, las más ricas, las más pintorescas y graciosas.
Este que escribe va a extrañarlo enormemente, como todo Junín. Al menos quedan aquellas historias que él recordaba con tanto gusto y de las que casi siempre fue coprotagonista.
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Cierta vez contaba que el Club Alberdi fue durante muchos años el corazón de Junín. Allí de lunes a jueves y con la más absoluta rigurosidad las 10 mesas del salón principal se colmaban de parroquianos todas las noches. Desde el obrero rural al abogado, del almacenero hasta el cura, todos se daban cita allí para jugar al truco, al chancho o al tute codillo, al billar y, en todo caso, a leer el diario del día o alguna revista. Tan metódica era la cita que si a alguien no se lo veía esa noche se lo daba por enfermo, accidentado o inmerso en alguna calamidad aún más grave.
En ese enorme salón no se apostaba. El perdedor pagaba en todo caso alguna bebida, los caramelos y algunas galletas. Casi no se bebía alcohol y tampoco se generaban discusiones que afectaran la armonía del lugar.
Pero el Alberdi tenía un cuartito apartado, al fondo y a la derecha, en donde se permitían algunas cosas que en el salón principal no se aceptaban. Allí se jugaba por plata y la velada era mucho más extensa.
Lo más interesante ocurría entre la tarde del viernes y la del domingo. Allí se sabían reunir algunos grupos que protagonizaban partidas eternas.
Había algunos que muy frecuentemente no regresaban a su casa durante todo el fin de semana, enganchados en un sinfín de partidas y revanchas. Incluso supo haber un mal perdedor que proponía siempre extender la maratón hasta las 7 de la mañana del lunes, con tal de tener más chances para recuperar su plata y su honor.
Uno de los que acostumbraba visitar las mesas de juego más moderadas del Alberdi era el cura párroco de Junín, el padre Constantino Spagnolo, cuyo nombre hoy identifica a una de las mejores escuelas secundarias de la zona este.
Este sacerdote italiano llegó al pueblo a principios de los 50 y no se fue más. Allí murió hace unos años y allí lo recuerdan como parte indispensable de la historia del lugar.
Quien rescató del olvido la historia que aquí se cuenta, Avelino José, dijo que era en esencia “un buen tipo”, de carácter amable, aunque “sabía encocorase y se agarraba sus buenos berrinches”.
Las tertulias del Alberdi eran uno de los pocos gustos que se daba el padre Constantino.
Una de esas noches, allá por el año 1965, lo encontró al sacerdote jugando entusiasmado al tute codillo. Junto a él estaban los parroquianos que acostumbraban disfrutar de sus enojos cuando perdía y de sus sonrisas satisfechas cuando le venía una buena mano.
En el cuartito de los jugadores estaba reunido el grupo de los timberos. Allí se jugaba al póker. El que venía ganando era el Cachimba, un camionero que hacía tiempo antes de salir de viaje hacia Córdoba para buscar un viaje de vaya a saber que cosa.
Afuera, en derredor de la plaza, estaban estacionados los autos de los pocos que los tenían. Entre ellos estaba el camión con acoplado del Cachimba y el flamante Fiat 600 rojo del cura Constantino, idéntico al que le habían regalado los padres al Negro García como premio a su reciente título de abogado.
En un momento de la noche y quizá para cambiar su suerte en la baraja, el padre Constantino se levantó de la mesa y se fue para el fondo del club, como yendo para el baño. Sus compañeros de juego inmediatamente planearon la broma: cargar el Fiat 600 del cura en el camión del Cachima.
El Buche, el Tito, el Alberto, el Buby, el Aldo y también Avelino, salieron a la calle. Con la ayuda de dos tablones que apoyaron en el borde trasero del acoplado, empujaron el 600 y lograron subirlo. Cerraron las compuertas del trasporte y volvieron a entrar al club, no sin antes esconder las maderas utilizadas para el delito. El grupo volvió a la mesa justo antes de que el cura se acercara para retomar la partida.
Así estuvieron media hora más hasta que Constantino llegó a la conclusión de que el Señor esta vez no le haría ningún favor con los naipes y decidió irse a dormir.
El cura solo tenía que cruzar la calle para llegar a la iglesia. Había dejado el 600 casi en la puerta. Como era su costumbre recién lo guardaba en la cochera antes de ir a acostarse.
Apenas caminó unos metros vio que su auto no estaba donde lo había dejado.
Desde una de las ventanas del club los cómplices comenzaban a reírse, vieron como el sacerdote comenzaba a mirar para todos lados buscando el 600. Incluso llegó a caminar hasta el auto del Negro García, solo para comprobar que ese auto se parecía mucho al suyo, pero no era.
Agitando los brazos y agarrándose la cabeza dio vuelta la plaza, caminó por las calles laterales y volvió 10 veces al lugar vacío en donde había dejado el auto. Finalmente encaró para la comisaría.
Mientras el cura le contaba sus penas al comisario Reta en el club los bromistas se reían y el camionero comenzaba a despedirse. Apenas Cachimba llegó a su camión se dio cuenta que algo no estaba bien. La compuerta del acoplado no estaba cerrada como el acostumbraba. La abrió y vio el Fiat del cura, mientras escuchaba las carcajadas que venían del Alberdi. “¡Ché, vengan a bajarlo que el curita se va a enojar conmigo!”, pidió.
Rápidos, tanto como cuando lo habían subido, la banda regresó el 600 al mismo lugar de donde había desaparecido.
Cuando el cura, acompañado por el comisario y un puñado de policías venían a paso veloz hacia la puerta de la iglesia el camión ya encaraba por la ruta 60 y los bromistas espiaban nuevamente desde la ventana del club.
Cuando vieron que Constantino tocaba su auto y con ampulosos ademanes ensayaba alguna explicación, el grupo se acercó con fingida preocupación. “No se. No se. Estaba, después no estaba y ahora está de nuevo”, decía el sacerdote. “Mejor lo guardo y me voy a descansar”, rezongó, un tanto preocupado.
Ya a solas con el grupo el comisario Reta los miró y les preguntó: “Muchachos, ¿qué estuvo tomando el padrecito en el club?”.
Avelino, ahora con el padre Constantino a su lado, seguro están riendo juntos al recordar esta historia.




