La murga, aquella que cruzó el río desde Uruguay, indudablemente encontró en Mendoza un terreno fértil. Con una primera semilla que germinó en 1998, ahora hay más de 15 murgas nativas en actividad y varios otros grupos que intentan sumarse a la movida.
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Algunas de ellas tienen presentaciones bastante frecuentes durante el año y varias de ellas ya son reconocidas en el país por su alto nivel artístico.
Que este género se haya afianzado tan fuerte en Mendoza, podría suponerse extraño, sin embargo “ha prendido porque Mendoza no tenía una expresión artísticas de estas características, en donde se conjugan muchas disciplinas: el canto, la percusión, la poesía, la copla, la coreografía, la escenografía, el maquillaje, el vestuario…, y porque para el público es muy fácil sentirse identificado con lo que canta la murga”, dice Quique Öesch, el uruguayo radicado en Mendoza desde 1992, cuando “era un jovencito de 22 años” y que fue el responsable de traer la semilla.
Esa semilla se hizo árbol, ese árbol generó sus retoños y estos producen frutos, constantemente. Este 2019 es año de buena cosecha. Entre otras, La Buena Moza ha tenido numerosas presentaciones en la provincia y en el país (llego a presentarse en el CCK) y ha recibido premios, El Remolino presentará un nuevo espectáculo el 6 de diciembre y La Muy Guacha estrenará el suyo el próximo 12 de octubre.
Con raíces en el este mendocino, La Muy Guacha tiene unos 7 años de vida y el elenco ha dedicado los últimos 4 a armar este nuevo espectáculo, “Piratas de la realidad”.
El trabajo de armado parece extenso, pero no lo es tanto si se tiene en cuenta la complejidad de las obras de las murgas. Sin ir más lejos a El Remolino le llevó 2 hacer el que presentará en diciembre.
El árbol
Quique Öesch tiene como foto de perfil una imagen de José Gervasio Artigas, figura fundamental en la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. “Es que es un ejemplo a seguir, por eso lo tengo muy presente siempre”, dice el músico.
Cuenta que “llegue por primera vez a Mendoza en 1991, cuando me invitaron a los Talleres de Música Popular que se organizaban en Rivadavia todos los años. Me trajo Dino Parra y venía gente de todos lados, de Chile, de Perú, de Bolivia, de gran parte de Argentina”.
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Tenía 22 años y “andaba con ganas de salir del cascarón”, dice, para definir su necesidad de salir del “paisito” y asegura que “conocí Mendoza y un universo totalmente diferente. En Uruguay ser músico es solamente es un hobbie. Por ese tiempo el candombe y la murga solo la conocían unos pocos, casi todos músicos, que habían escuchado a Jaime Roos y a Araca la Cana. Y a Falta y Resto apenas un par de zurdos que andaban dando vueltas”.
En 1992 “agarré un par de calzoncillos más y me dije: si pinta, me quedo un tiempo”. Pintó. Quique compra calzoncillos en Mendoza desde entonces. Y vive de la música.
Pero para que el árbol comenzara a semillar debió para unos años, hasta 1998 y el suelo fértil fue la Escuela Popular de Teatro de Mariú Carrera. Fue La Repicante.
No fue tan simple para Quique. “A mi me pasó que conocí la música argentina, porque en Uruguay solo se escuchaban Los Chalchaleros y Mercedes Sosa, y descubrí a Raúl Carnota, al Cuchi Leguizamón, guardé en el cajón los discos del Sabalero y Los Olimareños y me puse a tocar zamba. Durante muchos años no le di pelota a la música uruguaya”. Pero Quique tenía que volver.
Y formó La Repicante. Y cuando esta se disolvió en 2000, formó La Buena Moza, mientras las chicas formaban La Mascarada, dos de las murgas mendocinas que hoy se mantienen muy activas.
Quique Öesch estuvo en La Buena Moza hasta 2004 y en 2007 comenzó a armar El Remolino, que hoy está en plena actividad y en donde Quique permanece.
Tratando de explicar las raíces que ha echado la murga en Mendoza, el músico sostiene que “ha prendido porque me parece Mendoza no tenía una expresión artísticas de esas características, en donde se conjugan muchas disciplinas: el canto, la percusión, la poesía, la copla, la coreografía, la escenografía, el maquillaje, el vestuario… Y para el público es muy fácil sentirse identificado con lo que canta la murga, que generalmente se autodenomina portavoz del pueblo, de ese marco de expresión carnavalesca, cantando en joda pero siempre canta la verdad”.
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Es difícil censarlas. Quizás hay unas 15, tal vez más. Las murgas han crecido, pese a las dificultades. “Es muy difícil sostener en el tiempo los elencos. Hace unos años venimos organizando el Encuentro de Murgas y hemos hecho 12”.
Las dificultades, además tener que poner perseverancia, son económicas. “En El Remolino somos 19. Imaginemos un cachet $30.000 por una presentación. Cada integrante se lleva apenas $1.000. Y hay que pensar que las presentaciones no son frecuentes. Es decir, que solo nos moviliza el amor al arte, el amor al género. Tratamos al menos que no tengamos que poner plata de nuestro bolsillo”.
El retoño
La Muy Guacha es uno de los retoños. En octubre, el 12, dará frutos en el Cine Teatro Colón, cuando presente su nuevo espectáculo “Piratas de la realidad”.
Marcelo Sosa, uno de sus integrantes, cuenta que todo comenzó “comenzó un taller municipal en San Martín, que duró muy poquito”. Pero, a partir de allí, “junto a Cintia Chili Bartolomé empezamos a armar la murga con un grupo de músicos de la zona este, siempre apuntando a que sea un grupo independiente, con trabajo comunitario, tratando que la murga tenga un estilo cuyano. Es decir que regionalizamos el género”.
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Hoy La Muy Guacha está integrada por 19 artistas, todos músicos, el 80 % dedicados exclusivamente a esa actividad y el resto a otras disciplinas del arte “hemos logrado una cuerda vocal muy buena”, dice Marcelo, que dice que la murga “te completa, es liberador, te sana, te completa”.
Si al espíritu del Canario Luna se le da por sobrevolar Mendoza, se sentirá muy feliz. Como en casa.



