Protagonista

Mempo Giardinelli y la memoria de un tiempo excepcional: Walsh, Piglia, Tomás Eloy Martínez, su "hermano" Soriano...

Escritor, periodista, docente y militante político, Mempo Giardinelli acaba de publicar "Esto nunca existió" un libro que según él mismo contó, escribió durante tres décadas

Mempo Giardinelli (75), chaqueño a tiempo completo, es autor de una obra reconocida con diversos premios como el Rómulo Gallegos y que le ha valido el doctorado honoris causa en universidades de Francia, Paraguay y nuestro país.

Docente, activo militante político también, llevaba ocho años sin publicar. Hasta que encontró el impulso necesario para concluir Esto nunca existió, un libro que llevaba escribiendo, según cuenta, desde hacía, por lo menos, treinta años.

El punto de partida de esta novela coincide con un momento de su vida: cuando, en los albores de la última dictadura militar, tuvo que marchar al exilio. Una experiencia muy dura que lo marcó para siempre.

La entrevista programada con antelación para el programa La Conversación de Radio Nihuil debió suspenderse sobre la hora por razones de salud. Mempo, compungido, se disculpó como un caballero y volvió a la carga pocos días después. Predispuesto para un diálogo que terminó siendo un inestimable tesoro de la memoria.

-Hola, Mempo, buen día. ¿Cómo le va?

-Un gusto y discúlpeme. La semana pasada fue difícil para mí. Organizamos un foro muy importante en el Chaco y justo me agarró el covid. Pero, bueno, estoy a sus órdenes, a su disposición y con muchísimo gusto con el público mendocino y de su región.

-Su libro está ambientado en los albores de la última dictadura. Sin embargo, hay un dato muy simpático. El protagonista vive la eminencia del Mundial de Fútbol, como nosotros ahora.

-Fíjese que no había reparado en eso. Cuando escribí la novela es verdad que no lo tuve presente.

-¿Una novela de qué carácter?

-Es una novela muy morosa. No es tan extensa, pero de todos modos escribirla me significó mucho tiempo. En realidad, podría decir, en cierto modo, que empecé a escribirla hace treinta años.

-¿Por qué? ¿Cómo fue el proceso?

-Son ese tipo de textos que se van quedando, que uno va guardando. Eso es muy común en los colegas. Conozco muchos casos de escritoras y escritores a los que también les ocurre. Se inician, después se detienen y retoman muchos años después. En fin, la historia de la literatura seguramente debe tener muchos de estos episodios.

-¿Y qué pasó con usted, puntualmente, respecto de este libro?

-Diría que el comienzo de esta novela fue, efectivamente, en tiempos de la dictadura cuando yo marché al exilio en México. Estuve casi 10 años allí.

-¿Cómo preveía su futuro en esa circunstancia?

-En ese momento uno no tiene la menor idea de cómo van a devenir las próximas décadas. Pero es una novela que después retomé un par de veces. Pensé que le iba a terminar, pero no lo hacía. Podría decirle, sí, que es uno de mis libros más personal e íntimamente conflictivos.

-¿Por qué?

-Porque junto con tantos filtros de la memoria, conmovió todos mis cimientos. Tiene que ver con alguna historia familiar muy grande, compleja.

-Pero terminó siendo positivo que saliera a la luz, ¿no?

-Enhorabuena en la medida en que hace un año y medio, más o menos, empecé a sentir que, bueno, necesitaba terminarla. Mi editor de la casa Edhasa, que más que editor es un amigo y un consejero, también me dijo que tratara de terminarla. Y ahí me puse.

-Hablando de Edhasa, usted suma un nutrido catálogo con ellos.

-Estoy allí desde hace ya muchos años. Tengo once libros con ellos.

-Pues bien, una vez que decidió poner manos a la obra, ¿cuál fue el hilo que encontró?

-Encontré una clave. Una clave temporal. Es cómo se mueve el mecanismo de días y horas. Y eso me ayudó muchísimo para ir cerrándola.

-Suponemos que habrá quedado conforme con el resultado.

-La novela está circulando. Ha habido varias presentaciones. En suma… los editores están contentos y yo también.

-El protagonista de su novela, que es escritor, “sabía que ninguna historia, ni aun la mejor, podía soportar un mal comienzo”. Ciertamente para ustedes, los autores, enfrentarse a la página en blanco debe ser una experiencia terrible, ¿no?

-(Ríe) Es verdad. Es verdad. Mire, si hay algo que la literatura no tiene, afortunadamente, son fórmulas. El arte en general no tiene fórmulas. Pasa lo mismo en la pintura, en la escultura. Yo siempre digo que, frente a la página en blanco, el único deber que tiene un autor o una autora es llenarla. Es decir, que deje de estar en blanco. Y eso es parte de una práctica que también es prueba y error.

-Aun así, ese es un momento complejo de la creación.

-Tengo colegas que brillantemente lo resuelven y salen airosos. Yo pertenezco, quizá, a un modelo un poco más inseguro, un poco más vacilante. Me cuesta autoconvencerme de que eso debe quedar así. Cambio mucho. A veces me despierto en la noche o paso tres semanas con la misma la duda. Por ahí es un adjetivo gravitacional que me está dando vueltas y que hay que cambiarlo.

-¿Y cómo lleva todo eso?

-Para mí la escritura es un trabajo muy exigente, muy angustiante y, al mismo tiempo, tremendamente placentero. Cuando uno lo resuelve, claro.

-Ahora bien. Hay un equívoco porque, según dice la reseña editorial que figura en contratapa, esta novela está basada en hechos reales. Entonces uno se sienta a leerla esperando saber más de la vida personal de Mempo Giardinelli.

-¡Tiene razón! Yo les reclamé eso. Pero, bueno, ya estaba la tapa hecha. En realidad, tampoco es que sea exactamente inverosímil.

-¿Cuál es el punto correcto, entonces?

-Evidentemente es una novela que tiene mucho que ver con algunos episodios de mi vida personal y de gente que yo quiero y he querido. O sea, hay elementos que no es que sean autobiográficos, pero tienen una verdad histórica personal, que yo he respetado y que, en otros casos, he modificado porque la literatura no tiene que ser una fotografía de la vida.

-Por eso mismo es literatura, ¿no?

-Claro, es una versión libre, una versión artística; es una versión estética y una versión propositiva. Desde ahí yo puedo decir que no está basado en hechos reales.

-Pero hay algunos que sí lo son, como decíamos.

-Hay hechos que son reales, sí. Evidentemente el motor, digamos, el punto de partida fue un incendio que sí se produjo en el 76, cuando llega la dictadura, a mediados de año, en invierno. Hubo varias quemas de libros en distintas editoriales. También en la editorial Losada, que era la que publicaba a mi primera novela.

-Es decir, obviamente, que era una quema general, no solo dirigida a usted.

-Bueno, sí, no es que fueron a quemar mi libro. En el incendio de las bodegas de la editorial había grandes obras.

-¿De quién, por ejemplo?

-Había obras de Ricardo Piglia, de Osvaldo Soriano, de Di Benedetto, qué sé yo, de un montón de autores y autoras. Me acuerdo, incluso, de Tomás Eloy Martínez. Se quemaron, póngale, unos 100.000 libros.

-Y entre esos grandes estaba usted…

-En esa hoguera cayó mi novela. Serían uno dos mil o tres mil ejemplares, un tiraje modesto. Y yo me quedé sin nada. ¿Y sabe lo que salvé, de casualidad? La última corrección que me había mandado el editor, a quien yo le brindo un homenaje en la novela también.

-Sí, figura muy claramente en la trama.

-Es un gran editor argentino, Jorge Lafforgue. Falleció el año pasado. Un gran catedrático, una figura extraordinaria. Él fue el que se entusiasmó con mi novelita de entonces. En el texto lo llamo Laffrange. Mantengo el espíritu francés de su apellido. Como un pequeño homenaje.

-Laffrange, en el relato, es quien le advierte al escritor del peligro inminente.

-Es verdad que aquel día él me llamó. Yo trabajaba en ese entonces en Siete Días, que era una revista importante.

-¿Qué recuerda de ese momento?

-Él me llamó por teléfono alrededor de las seis o siete de la tarde, al cierre, y me dijo esas tres frases que yo reproduzco en la novela: “Recibimos visitas. Recién se fueron. Mejor andá a dar una vuelta”.

-Y usted entendió perfectamente lo que estaba queriendo decirle.

-Lo entendí en el momento.

-Fe una frase en clave que significaba: tomátelas, Mempo.

-Exactamente. Así fue.

-¿Cómo siguió la cosa?

-Mi derrotero fue íntimo, personal. Me preparé para ir al exilio. Pero a partir de ahí me quedó esa idea de que, como novela, podía tener una perspectiva de thriller. En realidad, es una novela policial. Político-policial.

Mempo Giardinelli y Osvaldo Soriano.jpg
Mempo Giardinelli y Osvaldo Soriano. Imagen de El Jinete Insomne.

Mempo Giardinelli y Osvaldo Soriano. Imagen de El Jinete Insomne.

-De entre algunos de los personajes que sí tienen carnadura real en el libro, hay uno que es sustantivo, si bien no lo nombra por el apellido: el querido Gordo Soriano quien, según usted mismo reconoce, fue un hombre muy importante en su vida y en su carrera de escritor.

-Mucho. Muchísimo.

-¿A qué se debía? Cuéntenos.

-Cuando yo llegué a Buenos Aires, el primer trabajo que tuve fue en otra revista, Semana Gráfica. Ahí estaba Osvaldo. Ahí lo conocí.

-Un punto de encuentro entre dos provincianos.

-Él venía de Tandil y yo venía del Chaco. Incluso compartimos una pensión durante un par de semanas. Y nos hicimos muy amigos. Siempre lo fuimos. Además, nos unía mucho el fútbol. Él era hincha de San Lorenzo y yo soy hincha de Vélez Sarsfield. Mientras uno no fuera ni de River ni de Boca podíamos tener un diálogo ameno (ríe).

-Era un amigo y un referente.

-Fue un querido compañero, amigo, camarada de un montón de cosas. Y, además, un maestro. Él me llevaba seis años.

-¿Qué edad tenían en ese momento?

-Yo tenía 20 años. Imagínese, teniendo 20, un amigo de 26 es un patriarca. Así pues, Osvaldo fue muy importante en mi vida. Nos quisimos mucho. Toda la vida. Hasta que él, lamentablemente, falleció el 24 de enero. Nunca me olvido. Ese es un día, para mí, doloroso. Se me había muerto un hermano mayor.

-¿Y cómo lo hizo entrar en su historia?

-Le cuento una intimidad. En el primer original de la novela no estaba ese capítulo.

-¡¿No?! ¿Qué lo hizo cambiar de idea?

-Entró, supongo, por una cuestión sentimental. El personaje, en un momento dado, toma la decisión de salir del país. Por miedo, obviamente. Y entonces, de alguna manera, evoqué lo que fue la despedida que nos hicimos con Osvaldo. Por lo tanto, ese capítulo es absolutamente cierto, otro momento casi diría testimonial.

-Recuérdenos esa anécdota, Mempo, por favor.

-Nos encontramos en ese café que creo que existe todavía en la avenida Corrientes, Las Cuartetas, que era célebre entonces por el chocolate con churros.

-Ustedes eran habitués, ¿no?

-Solíamos juntarnos allí en invierno porque hacía frío. Y esa noche, como le decía, nos encontramos ahí. Después salimos caminando y, bueno, peripatéticamente aparecimos frente al Teatro Colón, en la avenida 9 de Julio. Y ahí fue donde nos dimos el abrazo.

-Un abrazo de despedida. Triste, solitario y final.

-Claro. Él se iba a Bruselas. Después cambió Bruselas por París. Yo todavía no sabía adónde, pero sí tenía decidido que me iba a ir. Quizá con rumbo a México como, efectivamente, después ocurrió. Esto que le estoy contando es la tripa interna de la novela.

-Usted menciona Las Cuartetas, pero el local más emblemático de toda la novela, y que usted ubica como una especie de cueva del mal, es el Florida Garden. ¿Por qué lo eligió para reunir a todos los malos ahí?

-Porque en aquella época, en tiempos de la dictadura, el Florida Garden era un lugar muy emblemático, muy conocido como un lugar de vigilia. Ahí estaban los llamados servicios secretos. Había mucha policía, supongo también que militares disfrazados. Por lo menos era la fama que tenía.

-Claro, ajeno a la idiosincrasia del protagonista.

-No era, digamos, un lugar al que un ciudadano como él iba a ir a tomar un café. Así que me pareció interesante marcar el miedo de un joven en la calle en contraste con un local donde, se suponía, iban los agentes del servicio secreto de la dictadura. Recordemos que en esa época ya existía la Triple A, existían las guerrillas, existían las bombas.

-Volviendo a Soriano, ¿cómo siguió la relación después de la etapa de Semana Gráfica?

-Él después pasó al diario La Opinión y yo seguí en la revista Siete Días. Ya no éramos compañeros de la misma redacción, pero nos seguíamos viendo. En ese entonces La Opinión quedaba a cinco cuadras.

-¿Cuáles eran las rutinas que compartían?

-Seguíamos cafeteando. Teníamos esos lugares adonde íbamos con otros compañeros, otros amigos, otros colegas. Entonces, encontrarnos era una cotidianidad. Lo cual hacía que también compartiéramos cosas.

-¿De qué manera?

-No nos leíamos todo, pero yo siempre apelé mucho a la sabiduría de Osvaldo y de otros autores que para mí eran importantes en la época. Con timidez. Éramos un grupo de media docena de escritores y escritoras. Yo era el más jovencito y, además, era provinciano. Como le dije, venía del Chaco, venía de más lejos, así que era medio el payuca.

-Una verdadera historia de formación…

-Para mí, que ellos leyeran algo mío, eran muy honroso, muy estimulante. Y así también, de paso, me fui enterando de lo que ellos escribían.

-¡Qué bueno poder atesorar todo esto!

-Yo tuve un privilegio. No guardo los ejemplares. Supongo que los habré perdido. Al tener que salir medio corriendo, uno deja todo, ¿no? Pero yo leí dos versiones de Triste, solitario y final. Las dos primeras versiones. Y pude opinar. Ya no me acuerdo qué. En fin… Todos estábamos muy atentos a la palabra del colega. Era muy interesante eso.

-Era una época muy fértil. Estaban Soriano, Puig, Piglia. En la página 110 de su novela, por ejemplo, se recuerda esto: “En aquella Buenos Aires vivían Borges y Bioy, cantaba María Elena Walsh, el Di Tella y el Colón se llenaban a diario, y el psicoanálisis empezaba a hacer furor”. En suma, Mempo, usted es memoria viva de muchos autores que ya no están.

-Quizás porque yo era el más jovencito, como le decía. Tenía 20, 21 años. Me acuerdo del día en que conocí a Juan José Hernández, el tucumano, ¡o al mismo Sabato! Era muy impactante eso. Bueno… la vida, en ciertos aspectos, fue dura. No tuve una vida fácil. En verdad fue muy arduo el exilio, tener que salir y todo eso. Pero yo soy un agradecido porque estuve en lugares que eran muy vitales, muy estimulantes.

-Por eso mismo es un regalo que lo esté compartiendo con nosotros.

-Fíjese que en el piso de arriba de donde yo trabajaba, en la editorial Abril, para la revista Siete Días, estaba Olga Orozco. ¡Ya entonces era una de las grandes poetas argentinas! En el tercer piso estaba Pedro Orgambide, en el cuarto estaba Héctor Oesterheld. O sea, yo tuve la oportunidad de conocer a toda esa gente, de acercarme, de pedirle un consejo. ¡Fui un afortunado!

-No se olvide de Rodolfo Walsh.

-A Rodolfo lo conocí más por la actividad sindical. Él era uno de los líderes de lo que se llamaba Bloque Peronista de Prensa, que operaba desde la Federación Gráfica Bonaerense, en el Paseo Colón.

-¿Cómo se movían en ese entorno?

-Walsh venía a las asambleas y a las reuniones. Era muy interesante, era fascinante. Yo no puedo decir que fui amigo de Rodolfo, pero lo veía y le tenía un enorme respeto porque, además, él ya había publicado dos de sus grandes libros.

-Estaba rodeado de los monstruos del momento, Mempo.

-Escúcheme, ¡en la misma redacción estaba Juan Gelman! Era el jefe de Internacionales. Después vino Tomás Eloy Martínez como director de Panorama.

-Hablando de Tomás Eloy, ¿tuvo oportunidad de ver la serie Santa Evita?

-No, la verdad que no. La tengo entre las cosas pendientes. ¿Me la recomienda?

-Sí, claro. Nos interesaba su opinión, puesto que conoció personalmente al autor del libro original.

-Además, usted sabe que Tomás era fan y fue el gran impulsor de Osvaldo.

-Por eso mismo. Todo cierra.

-Osvaldo, en reciprocidad, siempre decía que la mejor pluma de la Argentina era la de Tomás.

-¿Tomás más que Piglia?

-¡¡Sí!! En esa época, sí, claro. Piglia es un hombre que alcanza su consagración justificada plenamente años después, digamos, alrededor de los '80, a partir de Respiración artificial. La grandeza innegable de Piglia tiene más que ver con eso.

-Entonces, para que esa clasificación tuviera validez, a Borges, a Cortázar, a Sabato, los dejaban fuera de la tabla. Estaban fuera de competencia.

-Bueno, no es que estuvieran fuera de la tabla. ¡Eran los dioses del Olimpo! (risas).

-Volviendo a la novela, su protagonista dice “siempre supe que iba a ser escritor”. Y al recordar sus lecturas de formación, cuenta: “Andaba por los mares del mundo soñando que era Sandokán o el capitán Ahab, o en tierra Mr. Hyde, Facundo, Fierro, y retrocedía siglos y volvía, y me iba al futuro con Asimov y regresaba con Lem”. ¿Cuáles fueron los autores, en la imaginería de Mempo Giardinelli, que lo acompañaron en su formación?

-Un poco todo lo que usted está mencionando. Si yo los menciono es porque los quiero, de alguna manera, homenajear o reverenciar. Aunque no sea algo autobiográfico, en los textos, en las novelas, sobre todo, y también en algunos cuentos, uno siempre rinde homenaje.

-Se entiende perfectamente. Es inevitable.

-Por ejemplo, si yo tengo un cuento en donde hay una mención a Beatriz Guido, es porque le tengo un enorme respeto. La obra de ella es muy importante también. Si en otro texto cito a Girondo es porque he querido ser poeta bajo su amparo. Para mí, por lo menos, es así. No sé si todos los colegas lo hacen.

-Claro. Hasta Emilio Salgari está en sus evocaciones.

-Porque la literatura es un universo. Y la palabra universo tiene que ver con el infinito. Y yo creo que la literatura tiene esa infinitud absoluta, ¿no? Todavía no se ha hecho, ni se va a hacer jamás, el inventario de todo lo que el talento humano ha escrito en forma de poesía, de novela, de cuento, de historia, de lo que usted quiera. Eso nunca vamos a poder leerlo.

-Leeremos apenas una parte infinitesimal…

-Yo puedo decirle, por decir algo, que leí quince mil libros en mi vida. ¡Qué barbaridad!, puede pensar uno. Pero, claro, debe haber varios millones que no he leído. Eso nos pasa a todos, incluso a aquellas mentes o a aquellas personalidades que hicieron de la erudición literaria su prestigio, como es el caso de Jorge Luis Borges. Borges era el único que podía hacerte citas de textos que uno después iba a ver, a buscar y que encontraba siempre.

-Usted tiene una técnica para nutrir sus historias que consiste en ir anotando situaciones, personajes, que lo marcan. Así pues, ¿escribir es una forma de llenar las cosas que nos pasan en la vida?

-Sí. En un sentido, sí. Pero usted está usando el concepto de llenado y yo le propongo también pensar en un concepto de vaciado.

-¿Por qué así?

-Porque, en realidad, hay un vaciamiento, hay un sacarse de encima. Cuando uno pinta una situación, cuando uno se da cuenta de que un diálogo o un momento pueden servir para un cuento; en cualquier pequeño espacio narrativo uno está efectuando un llenado, pero también está vaciando una ansiedad, porque uno tiene la necesidad de sacar eso. A mí me gusta mucho ese ese juego vaciar/llenar.

-Qué interesante como procedimiento narrativo.

-Evidentemente primero está el vaciamiento y después está el llenado, o sea, el producto de la obra, ya sea el cuento o la novela.

-Finalmente, pasaron ocho años para que publicara Esto nunca existió. Esperemos que el próximo libro no demore otro tanto.

-No. Estoy ya trabajando otra novela. Trabajando mucho. Tengo dos libros más. Uno de cuentos y el otro es un ensayo, así que estoy en plena actividad. Espero que me que me dé el cuero, que me dé la vida. Que el Tata Dios se acuerde de mí y me proteja para seguir.

-Hasta ese momento, pues.

-Así es, con mucho gusto. Les agradezco muchísimo. Para mí ha sido un placer y déjenme saludar. Tengo muchos amigos y amigas en Mendoza, ciudad y provincia que quiero entrañablemente, así que un abrazo para todos y todas.

►TE PUEDE INTERESAR: Gabriela Wiener y la aventura del poliamor: "La nuestra es una cama enorme donde caben cinco"

Temas relacionados: