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Me preguntaron "¿no vas a escribir sobre Mauro Viale?"

La muerte de Mauro Viale es el disparador para hablar sobre por qué el periodismo ha cedido en bajar línea política en lugar de cultivar el profesionalismo

¿No va a escribir sobre Mauro Viale?, me pregunta un conocido. "No creo", le digo. De inmediato veo que hay sorpresa en su cara. Trato entonces de explicarle que el "estilo Mauro Viale" de los programas periodísticos de la TV nunca me atrajo. Le agrego que, más allá de eso, su muerte me ha impactado. Pienso en el gesto de asombro de mi interlocutor, pero ratifico que la muerte no hace mejor a nadie.

Hay, por ejemplo, otras gentes dentro del periodismo de la televisión que -como Viale- también es polémica o jodida y que sin embargo me permito ver de vez en cuando. Por ejemplo, Baby Etchecopar o Feinmann. O la nunca bien ponderada Viviana Canosa.

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Personajes como Baby y Canosa suelen transmitir cierta transgresión en medio de tanta hipócrita corrección vestida de catecismo político que impera por estos tiempos. Me refiero a la que suele bajar desde el poder con sus observatorios de medios y sus organismos para "defender al público" y que en realidad buscan defender al gobierno de las críticas.

Exceso de línea

A uno y otro lado de la grieta hay un exceso por bajar línea a destajo. Este columnista extraña el profesionalismo. Prefiero datos, cifras, investigación. Y que todo esté chequeado. Y que hayan fuentes. Están faltando fuentes que nos permitan contrastar. Junto a todo ello debe haber, lógicamente, un capítulo destinado a la opinión, al editorial, pero no todo programa de TV debe ser un editorial. La prensa independiente no está para vender dogmas sino para dar herramientas (noticias, opinión, investigación) a fin de que el público saque sus conclusiones.

A muchos nos gustaría que en los canales de noticias la estrella volviera a ser la noticia. Que menguara la visión monocorde de los conductores. Y esa tendencia a caer en el ridículo didactismo de ciertos periodistas que te repiten un concepto varias veces hasta que uno lo haga carne. Como un mantra. Es la maldita costumbre de no dejar pensar al espectador.

Tanto en C5N como en La Nación + los invitados son todos de la misma línea política. Abran un poco el juego, muchachos, déjennos respirar. Un ejemplo: en los años '90 reinaba el vilipendiado comunicador Bernardo Neustadt, de conocida adhesión al gobierno de Menem. Sin embargo, el conductor de Tiempo Nuevo sentaba a su mesa a una variopinta gama de pareceres.

Apareados

Debo ser marciano. En radio y TV no me atraen, por ejemplo, los "pases" de un programa a otro, tanto en la radio como en la TV. Sé que esos "pases" tienen su público, que hay clientes que pautan su publicidad en dichos segmentos y, sobre todo, que son momentos que sirven para retener espectadores y oyentes. Benditos sean entonces los pases si así les gusta.

Pero a pesar de tanta evidencia, este columnista cree que los mencionados "tomala vos, damela a mi" que protagonizan los conductores del programa que concluye y del que comienza le quitan personalidad a cada ciclo. Es un añadido forzado. Insisto: no desconozco que es una idea exitosa. Digo simplemente que para mí, un programa debe comenzar y terminar siendo un concepto.

Salvando las distancias, esos "apareamientos" también se dan cuando en los canales de series y películas, tipo Netflix, no nos dejan ver tranquilos los créditos del filme que está terminando y nos empiezan a atragantar con un menú sobreimpreso de otras opciones. Nos quieren sostener del cogote para que sigamos viendo y uno en realidad putea porque se queda sin saber quién era el fotógrafo de la peli que concluye o quién hacía el papel del espía.

No me cae bien la supuesta superioridad compadrita de los comunicadores kirchneristas como Coco Silly, quien no duda en pedir que caguen a trompadas a ciertos legisladores de la oposición. Ni la de Dady Brieva que sueña con agarrar un camión y pisar manifestantes antigobierno en la 9 de Julio como han hecho extremistas islamistas en algunas ciudades de Europa.

Ojo, tampoco la de Alfredo Casero que de tan opositor ultra hasta ha perdido la capacidad de cuestionarse y reírse de sí mismo. O la del director Juan José Campanella que creyó que se puede refutar al gobernador Axel Kicillof haciendo alusión al tamaño del pene del gobernador. Ya lo dijo el escritor Juan Villoro: "Pocas cosas tan peligrosas como un intelectual que se vuelva representativo de una causa porque entonces perderá la capacidad de enmendarse o de corregirse".

Los periodistas, en fin, debemos cuidarnos de no entregar nuestro espíritu crítico ni las esencias periodísticas al entusiasmo político partidario, ése ámbito donde hasta se ha osado venerar a "los fanáticos del paraavalanchas de las canchas" como sinónimo de pasión recomendable.