Dos huellas dactilares y la declaración de un testigo dieron vía libre a la Justicia para detener a Carlos Enrique Fader y acusarlo de haber asesinado a cuchilladas a la madre la noche del 31 de mayo de 2003 en Maipú.
Sin embargo, la verdad acerca del valor de esas pruebas se conocería recién dos años y dos meses después.
El caso
Alicia Ester Mora era profesora y vivía con el hijo en el barrio Brisas del Parque de aquel departamento. Compartían un Ford Fiesta bordó pero luego de una ola de discusiones Fader tenía expresamente prohibido utilizarlo.
Las impresiones dactilares fueron levantadas del interior de ese rodado cuando la Policía lo halló abandonado cerca de la terminal. La investigación recién comenzaba.
La relación madre e hijo era turbulenta. A veces, una pelea terminaba con Fader fuera de casa más de lo que habitualmente estaba fuera por estudio, por largos paseos con Leticia, la novia, y especialmente por largas sesiones de videojuegos en red en un local de calle Colón de Ciudad, donde hoy funcioná un café.
Las cámaras de seguridad de aquel sitio de entretenimiento ayudaron a demostrar que Fader estuvo en el centro, y muy lejos de Maipú, la noche del asesinato. Pero la sospecha siguió sobre él porque la franja horaria registrada en la filmación estaba muy alejada de las 2 de la madrugada en que, según los peritos, Mora fue asesinada.
Un cuchillo encontrado entre las sábanas fue otra de las pruebas incorporadas al expediente.
El juez Manuel Cruz Videla dio la orden de detener al muchacho cuando un vecino declaró haber visto que alguien salía de la casa de la profesora y se llevaba el automóvil con las luces bajas encendidas. Ese alguien podía ser el hijo de la víctima. Horas después, Fader era capturado. Era 19 de junio de 2003. Habían pasado casi tres semanas del homicidio.
La novia, con quien había estado paseando por la plaza España, también quedó presa acusada de encubrirlo.
El juicio
Comenzó el 17 de agosto de 2005. Diego Lavado representó a Fader y Carlos Reig a la novia, quien llegó al debate en libertad.
Juan Carlos Mora, padre de la víctima y abuelo del acusado, contrató al abogado Daniel Sosa Arditi (hoy defensor de Leonardo Hisa en el caso Carleti) para que representara a la familia y aportara todas las pruebas que permitieran arribar a la verdad.
El tribunal de la Quinta Cámara del Crimen estuvo integrado por Gonzalo Guiñazú, Rafael Escot y Laura Gil de Chales.
El fiscal del juicio fue Ricardo Bianchi, quien venía de participar en otros debates emblemáticos y de alto impacto público: a Marily García por el envenenamiento de los padres, a la madre de Rosarito Amitrano y a la asesina de la enfermera Páez.
El desenlace
Dos años y dos meses después de la detención, la Justicia resolvió, al cierre del juicio oral y público, que Fader debía recuperar la libertad. Y que la chica era inocente y debía quedar sobreseída.
El muchacho beneficiado por el principio jurídico in dubio pro reo, es decir insuficiencia probatoria o falta de pruebas. ¿Y las huellas? ¿Y la declaración del testigo? ¿Nada servía para condenarlo aunque hubieran sido útiles para ponerlo preso? Efectivamente.
Las impresiones dactilares no eran de Fader ni de la madre, se supo en la penúltima audiencia del debate. Y de ahí a la falta de acusación fiscal por la duda y la posterior liberación solo hubo que esperar. Si hasta el gesto le cambió a Fader, que terminó relajado ya no con el ceño fruncido como en las primeras jornadas.
El expediente tuvo 1.600 fojas acumuladas en 7 tomos
El testigo nunca había identificado a Fader como esa persona que vio salir de la casa de la profesora Mora la noche del crimen.
La duda beneficia al acusado, precisó el fiscal Bianchi al final de su alegato y recomendó liberar a Fader. In dubio pro reo, coincidió el tribunal y lo liberó.
El fundamento de la Quinta Cámara
