Crímenes resonantes

El misterio de la mujer rubia y el crimen de la enfermera Juana María Páez

Marita no era de esas personas que cierran la puerta de la casa y se van así nomás, por pocos días o largas vacaciones, sin avisar a nadie ni dejando a sus mascotas sin agua ni comida. De ninguna manera. Marita vivía sola en la casa 33 de la manzana 33 del barrio Infanta de Las Heras y era de los que al anochecer encienden una luz que da a la calle y que apagan religiosamente al alba.

Por eso, cuando el viernes 5 de noviembre de 1999 una vecina advirtió que el farol de la casa de Marita llevaba prendido dos días con sus noches sintió que algo estaba mal. Entonces tocó el timbre pero Marita no salió. Entonces entró usando una llave que la propia Marita le había dado en señal de confianza y por cualquier emergencia pero fue recibida por dos gatos que maullaban de hambre, de sed y de soledad mientras se deslizaban sobre la mesa. En el ambiente había un insopotable olor a orines de los felinos, lo que contrastaba con el firme apego de Marita a la higiene doméstica. Definitivamente Marita no estaba en su casa porque desde la noche del miércoles 3 de noviembre su cadáver ardía en un puesto del piedemonte y se convertía en cenizas.

Marita era Juana María Páez. La enfermera Páez, como se la conoció desde 1999 hasta 2004. De ella se habló y se escribió mucho desde que comenzaron a buscarla hasta la condena a Noemí Gladys Puebla a perpetua por haberla asesinado y despojado de parte de su patrimonio mediante el uso de tarjetas.

Intertanto sucedieron varias páginas: el hallazgo de pruebas concluyentes (videos de cajeros automáticos e informes bancarios que demostraron las estafas) y las detenciones de Puebla, de su novio -que la acusó directamente de haber ahorcado a Marita- y de su hija.

Pero también la decisión del entonces juez instructor Marcos Pereira de procesarlos, en febrero de 2000, con prisión preventiva hasta el juicio, como indica el acta judicial de la época.

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Antes hubo excavaciones en el piedemonte en busca de los restos y en 2003 y 2004 se desarrollaron dos juicios orales y públicos. Al cierre del primer debate, en la Quinta Cámara del Crimen, Puebla fue condenada y se ordenó la libertad de su novio y de su hija -estuvo bajo sospecha por haber operado en el cajero. Finalmente se demostró que desconocía que la madre había obtenido esos plásticos tras el asesinato-.

El segundo proceso, en la Sexta Cámara, sirvió para despejar un tecnicismo y confirmar que Puebla era la asesina. Uno de los jueces que la declaró culpable del delito de homicidio simple en concurso real con estafas en perjuicio de Marita fue el actual Procurador General de la Suprema Corte de Justicia y jefe de los fiscales: Alejandro Luis Gullé.

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La asesina

Puebla tiene hoy 67 años y su rostro, que tanto se empeñó en mantener oculto -durante los juicios se cubría la cabeza con pañuelos para el cuello y  daba la espalda a la prensa- sale a la luz por primera vez en Diario UNO.

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La mujer está en pleno cumplimiento de la condena por haber asesinado a la enfermera Páez. "La ahorcó con sus propias manos", declaró José Miguel Gómez Valenzuela, único testigo ocular de la tragedia. "Después me obligó a quemarla y a enterrar las cenizas", cerró el hombre de nacionalidad chilena y maquinista vial de profesión.

Desde enero de 2018 Puebla goza del beneficio de la libertad condicional bajo la modalidad de arresto en su propia casa. Vive en el Gran Mendoza y el domicilio no se revela por razones de seguridad. En 2015 había conseguido salir de la cárcel por problemas de salud y comenzar la etapa de prisión domiciliaria.

Pisó la Unidad Penitenciaria de El Borbollón por primera vez a fines de 1999, cuando el crimen de la enfermera Páez era noticia caliente en los diarios y noticieros televisivos. Vivió en el Regimen Abierto de Mujeres antes de obtener los beneficios carcelarios. Para las autoridades penitenciarias es una interna "no problemática". Nunca ha recibido sanciones. En la cárcel convivió con Marily García, condenada por el asesinato de los padres por envenenamiento -caso también ocurrido en noviembre de 1999-, y con Graciela Camargo, la madre del recordado Yoryi Godoy, ultimado por el padre, Jorge Godoy, en 1996.

En silencio

Noemí Gladys Puebla jamás confirmó haber asesinado a Marita pero tampoco negó la gravísima acusación inicial de su pareja y la posterior de la Justicia. Se negó a declarar durante los cuatro años y medio que duró la investigación en todas y cada una de las ocasiones que fue llevada a los tribunales. Hasta que rompió el silencio: fue en 2003, durante el primer juicio, cuando el presidente del tribunal le preguntó, como es de rigor en el comienzo de los juicios, cuál era su ocupación. Entonces Puebla habló y lo hizo con tanto esmero y ánimo de colaborar que dio detalles y puntos de vista acerca de la actividad comercial, y bla, bla, bla, y siguió y hasta decir que le hubiera gustado trabajar en el ámbito de la salud, y bla, bla, bla, hasta que su abogado defensor le ordenó, en voz baja, al oído, que dejara de hablar lo antes posible. Puebla hablaba demasiado y para un acusado de asesinato eso puede significar la cárcel de por vida. Y para un abogado defensor, un fracaso estrepitoso. Entonces, Puebla, que entendió el mensaje a la perfección, calló. Aunque ese silencio también le costara vivir encarcelada gran parte de su vida.

¿Fue por plata?

Dicho está que Marita jamás hubiera abandonado sus afectos ni su patrimonio de buenas a primeras. Esta aseveración quedó demostrada en  la Justicia cuando el personal de la Dirección de Investigaciones encontró intacta la cuenta sueldo a su nombre por su trabajo en el Hospital Lencinas. Hoy, un sector de ese edificio lleva su nombre a modo de homenaje.

Otra prueba clave para sustentar la teoría del asesinato y desbaratar la del viaje imprevisto -tantas veces propiciada por la defensa de Gómez Valenzuela-, fue el hallazgo de un plazo fijo nominativo por 31.532 dólares a nombre de Páez. Estaba en el Banco de la Nación Argentina desde las épocas del Banco de Previsión Social cuando Marita recibió esa suma como resarcimiento por un accidente laboral en el Hospital Ferroviario. Una camilla de tipo tijera -de las que se usan en las ambulancias- se cerró súbitamente, inesperadamente y Marita lo sintió en una de sus manos.

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Ella renovaba este plazo fijo el primer día de cada mes. Puntualmente y sin falta. El lunes 1 de noviembre de 1999 a primera hora de la mañana lo hizo por última vez. Esa suma y otros bienes pasaron, años atrás, a manos de sus legítimos herederos radicados fuera de la provincia.

Sin embargo, la teoría de que Puebla mató a la enfermera por dinero nunca se extinguió definitivamente. Llegó a decirse de un préstamo que la enfermera insistía en cobrar.

"La mujer rubia"

De Puebla se habló mucho durante los juicios y cada parte fue como la  pieza de un puzzle que, una vez completo, revelaría la solución del caso.

Se dijo que revendió ropa en el Lencinas gracias a Marita, que le había recomendado a sus compañeras de trabajo como potenciales clientas; que fue filmada en un cajero extrayendo dinero con una tarjeta de crédito de Marita y también que compró ropa -para revender- en una tienda de marca holandesa con una tarjeta de descuentos a nombre de Marita.

Gómez Valenzuela dijo que ella llevó a Marita a su casa en el piedemonte en su auto Chevette sedán 1.6 verde y que la ultimó frente a él. "Después me obligó a quemarla", dijo.

Pero a esta historia le faltaba la última pieza: la que permitiría contar el comienzo y responder una pregunta que nunca tuvo respuesta durante la pesquisa. ¿Qué llevó a Marita a subirse al auto de Puebla para terminar siendo asesinada en el piedemonte la noche del miércoles 3 de noviembre de 1999?

Y como en acto providencial, al final del primer juicio, la última pieza del rompecabezas fue aportada por uno de los últimos testigos de la lista: un adolescente, vecino de la enfermera que había recibido de ella el cariño y la protección que solo una madre pueden dar.

-La noche del 3 de noviembre yo estaba con unos amigos en la vereda y una mujer rubia vino a preguntarnos dónde vivía Marita. Dijo que la buscaba por algo de unos perritos. Le señalamos la casa y la vimos irse.

¿Vieron algo más? -preguntó el juez.

Sí. Un rato después Marita y la mujer rubia subieron a un auto verde y se fueron.

¿Esa mujer está presente en esta sala de audiencias?

Sí -contestó el joven testigo.

Luego dio media vuelta y -acaso temblándole todo el cuerpo- miró detenidamente a Noemí Gladys Puebla y dijo: ¡Es ella!