Análisis y opinión

Mario Riorda: "El riesgo se gestiona siempre en sociedad. No lo gestiona un iluminado por más poder que tenga"

El reconocido politólogo ha publicado "La política del riesgo" junto a Silvina Fontana y Sofía Conrero. En una extensa nota con Radio Nihuil dio lo que bien podría considerarse como una clase magistral sobre el tema

La problemática del riesgo ha merecido en estos tiempos un lugar de privilegio, de urgencia, en la agenda pública. Pandemias, cambio climático, guerras, crisis energética y alimentaria, etcétera, todo esto, agitándose dentro de la burbuja mediática, configura un sistema complejo que presiona sobre cada ciudadano y sobre cada gobierno.

Mario Riorda, politólogo de amplia trayectoria, fecundo autor de libros especializados, docente y asesor de diversas administraciones a lo largo y a lo ancho de nuestro continente, ha escrito, en coautoría con Silvina Fontana y Sofía Conrero, un volumen clave sobre esta problemática: La política del riesgo. Su área de interés queda en claro desde la misma tapa: Construcción social, liderazgo y comunicación.

La siguiente entrevista, a partir de un generoso y renovado diálogo con nuestro autor, puede tomarse como una clase magistral sobre el riesgo. Como un compendio introductorio a una cuestión impostergable.

Mario Riorda, viajero incansable, afanoso montañista, atiende al programa La Conversación de Radio Nihuil, en un alto en el camino desde Córdoba, mientras corrige tesis de sus alumnos de posgrado.

-¿Cuál ha sito tu última aventura montañesa, Mario?

-Una en la que me lesioné haciéndome muy el joven sin el entrenamiento adecuado. Fue en el Valle de la Luna Amarillo, en Río Negro. Es impresionante para correr.

-Te comento, como anécdota, que la nueva rectora de la UNCuyo, Esther Sánchez, es medio colega tuya porque se define como trekking fan. Ha escalado dos veces el Aconcagua.

-Esto está muy bueno porque muchos asocian la vida académica con un prejuicio: el de alguien que tiene una vida sedentaria, reposada, que lee todo el día. Y la verdad es que no. Ni creo que eso sea mayoría en general en cuanto a ese espíritu. Diría que somos tan humanos como cualquiera.

-Efectivamente. Se suele tener la idea de que el intelectual es un nerd pasivo de grandes anteojos que está todo el día frente a la compu y anotando libros.

-Sí, es la idea del intelectual francés, particularmente de hace treinta o cuarenta años. El hombre que anda siempre con un saco, una polera y que cada tanto se fuma un habano. Ese es el estereotipo literal de alguien que lee mucho. Por suerte, está quedando atrás.

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-Entrando en tu libro La política del riesgo, una duda inicial: ¿el mundo se ha vuelto más peligroso para nosotros que en otras épocas o se trata simplemente de una sensación porque hoy estamos mucho más informados?

-Creo que las amenazas mutan. No hay tipologías de amenazas. Ahora han aparecido, por ejemplo, amenazas que tienen que ver con lo digital y con un montón de cosas asociadas a ese campo enorme que, en otros momentos, obviamente, no existían. Y probablemente haya algunas anterior controladas.

-¿Y el flujo de información?

-Como vos dijiste, conocemos más. Y, en tercer lugar, como somos más, implica que mucha más gente o porción de la sociedad está expuesta a riesgos. Un cálculo, prepandémico, que había hecho Naciones Unidas, decía que siempre, en el mundo, girando, aproximadamente más de doscientas millones de personas padecen o están expuestas a alguna vulnerabilidad asociada a alguna tipología de riesgo.

-No sé cómo habrá sido una pandemia en la época medieval, pero hoy este tipo de amenazas están muy asociadas al miedo, el cual, por otra parte, les sirve a los gobiernos para disciplinarte. Por si esto fuera poco, entre el bombardeo de noticias están las fake news. Entonces, da la sensación de que estamos todo el tiempo metidos en un mundo apocalíptico.

-Sí. De hecho, estaba leyendo un material de riesgo; particularmente, la idea de que pareciera ser que lo catastrófico no es lo que modifica nuestras conductas o percepciones, sino más bien lo desconocido. Lo desconocido está asociado al miedo.

-Qué tema el miedo, ¿no?

-Vos bien lo dijiste. Es algo para poner el dedo en la llega. Incluso generó con mis queridas amigas y colegas Silvina Fontana y Sofía Conrero un debate interno.

-¿Por qué?

-Porque en la literatura promedio de la gestión del riesgo la palabra miedo es algo así como un sacrilegio. No se la puede usar porque, precisamente, el miedo genera miedo.

-¿Entonces?

-En realidad, este libro se dedica en gran parte, especialmente cuando se piensa en la comunicación, a exponer que no todo miedo es malo para la concientización.

-¿De qué tipo de miedo estamos hablando?

-Hay un miedo que se llama epistémico. Es un miedo sin fin, infinito. Es el miedo a lo desconocido. Un miedo que, quizá, la política, como bien decías, podría, en alguna instancia, aprovechar. Y no solo la política, sino en general. Se trata de quienes se valen de ese miedo para generar una relación de dependencia; para que sea esa persona fuerte, ese liderazgo fuerte, el único capaz de gestionar un miedo futuro totalmente amenazante.

-¿Y qué otros miedos tenemos?

-Hay otras variantes del miedo que tienen una función totalmente pedagógica. Le llamamos el miedo experiencial, de la propia experiencia de los hechos de quienes vivimos. Este miedo no solamente no es malo, sino que es sumamente necesario.

-Dame un ejemplo, para ser educativos.

-Esta mañana, antes de hablar con vos, me levanté y prendí la pava. ¿Por qué no me quemé el dedo? Porque hay una noción pedagógica de un miedo experiencial que, en algún momento, frente al fuego, me hubiera hecho quemar si no lo supiese.

-Sustancial diferenciación entre ambos miedos, el epistémico y el experiencial.

-Esa división hay que hacerla con mucho cuidado, con mucho detalle; pero también es una división muy pertinente para pensar y, sobre todo, para comunicar las grandes políticas del riesgo.

-Claro. Como enseñan los neurólogos, hay miedos que son atávicos. Por ejemplo, nuestra repulsión automática a las arañas o las víboras es una manera de ponernos a salvo.

-Exacto. Ese es un miedo pedagógico, adaptativo. Un miedo asociado, si se quiere, a nociones de supervivencia. Entonces, vuelvo a insistir: bien gestionado, sobre todo con límites éticos que nunca están escritos…

-¿Qué son límites éticos en este punto?

-Los límites éticos de la gestión del riesgo son los límites éticos de la actuación de cualquier persona frente a cualquier circunstancia; también incluyendo la de la política frente a una circunstancia que, seguramente, pueda afectarnos a muchas y muchos.

-¿Hasta dónde hacemos llegar este campo de la ética?

-En cuanto al ejercicio de la toma de decisión estamos hablando, más no menos, cerca de lo político, de lo gubernamental. Pero también esta idea de la la ética en la toma de decisiones individuales nos afecta a cada rato, sea que uno gestione una empresa o sea, incluso, que uno gestione la vida dentro de una familia. Me refiero a la gestión al vivir o convivir, porque muchísimas instancias de riesgo, por ejemplo, como nos ha pasado durante la pandemia, tenían que ver con el control y la responsabilidad internas que no siempre existieron.

-A la luz de lo que estamos hablando, debería haber todo un libro que nos enseñe cuándo un miedo es razonable y cuándo no. Vos, que sos andinista, sabés bien que, si no tuvieras miedo en determinadas circunstancias, serías un irresponsable.

-Así es. En realidad, lo hay. Nosotros hemos tomado muchísimo de otra literatura donde existen estudios sobre la eficacia del miedo y particularmente respecto de esta diferenciación que tiene que ver, uno, con el abuso de ese miedo sistémico, sinfín, ilimitado, que no conocemos; y otro, con las experiencias pasadas. De hecho, es muy interesante una campaña de prevención vial que se vino haciendo en Mendoza hace tiempo.

-Recordanos esa campaña mendocina.

-Se llamaba “Vida y vuelta”. Tenía una particularidad porque trabajaba mucho sobre la responsabilidad del conductor designado, es decir, del joven que se hace cargo de sus amigos o amigas para ir a bailar a un boliche a la noche.

-¿Y sobre qué ponía el acento?

-La particularidad de eso es que no trabajaba sobre el miedo a la muerte propia, que sería el miedo máximo, el miedo exagerado, sino que lo hacía básicamente sobre la responsabilidad del vivir con pena. Y esto es una tesis muy importante.

-¿Cuál es el contenido conceptual de ese “vivir con pena”?

-Te voy a contar una anécdota muy chiquita. Se trata de algo académico, pero muy fantástico, de lo que significa vivir con pena. Es cargar con la responsabilidad de un daño, preferentemente a terceros. Vivir con esa culpabilidad. Lévi-Strauss, antropólogo, llevó adelante una investigación para estudiar por qué, en una isla de Filipinas, se daba la mayor tasa de suicidios del mundo. Y tras haber ido y haberse impregnado de esa cultura originaria, llegó a la conclusión de que, en el alfabeto, no existía un tránsito, una situación intermedia, entre el vivir mal y el vivir bien. Lo que no existía era la palabra pena. Era el blanco o el negro. Entonces, el malestar implicaba la necesidad del suicidio.

-¿Adónde nos lleva esto? ¿Por qué es interesante?

-Porque no siempre el miedo máximo es el más eficaz. De hecho, incluso, gran parte de la literatura sobre campañas de prevención vial tienen que ver con un miedo mínimo o un miedo utilitarista.

-¿Qué sería un miedo mínimo?

-Por ejemplo, una multa, perder puntos o que no puedas conducir durante cuatro meses porque te quitan el carnet. Entonces, fijate qué interesante. Nociones pedagógicas de un miedo controlado, chiquito, pueden ser mucho más importantes que la percepción del miedo grande. Y esto, incluso, se asocia muchísimo a los deportistas.

-¿Por qué?

-Porque se estima que, en general, en la población, el 70% tiene conductas cooperativas, razonablemente consensuadas, horizontales. Es decir, uno se siente parte de la sociedad. Pero, luego, hay un grupo de personas que se pueden incluir dentro de lo que son conductas totalmente egoístas, de individualidad pura, u otras, que son totalmente competitivas. Gran parte del deporte extremo está situado en la idea de la conducta competitiva, que, en gran parte, también -valga la redundancia-, desafía un riesgo social a cada rato.

-Un colega que nos escucha, Oscar Pinco, señala que, ante experiencias límite, hay quienes aseguran que la valentía es miedo encubierto.

-(Sonríe) Sí, sí, puede ser. Hay aquí otra cosa muy interesante. En los estudios de las llamadas emociones primarias no hay acuerdo respecto de si éstas son siete, ocho o diez. Sin embargo, en lo que sí hay un consenso, sobre todo en el mundo de la psicología o, incluso, de la psiquiatría, es que al miedo se lo llama la emoción de las emociones.

-¿Por qué?

-Porque, cuando el miedo aparece, funciona solo y despeja la totalidad de las otras emociones. Uno puede tener amor y tristeza, por ejemplo. Pero cuando tiene miedo, tiene solo miedo. Entonces, insisto, este es el peligro ético de comprender que el miedo es tan absolutamente potente que funciona solo y tiene ese efecto desplazante, en la convivencia, de cualquier otro tipo de emocionalidad.

-Esto nos lleva a otro punto que ustedes destacan en su libro y es que, ante una crisis, hacen falta tres buenas noticias para contrarrestar una mala porque las personas asustadas captan más la información negativa que la positiva. ¡Qué desafío, sobre todo para los funcionarios!

-Ni lo dudes. Por eso, cuando hablo de ética, derivado de esto hay una responsabilidad manifiesta. En general, las personas asustadas están expuestas a un nivel de vulnerabilidad que alguien probablemente no hubiera podido conocer nunca si no hubiese llegado a ese tipo de límites. Sin embargo, hay que poner blanco sobre negro.

-¿En qué sentido?

-Muchas veces, incluso en ocasión de riesgos grandes, se habla de pánico. Y el pánico también representa en el estudio, sobre todo en la sociología más que en la psicología, una ficción.

-¿Por qué el pánico como ficción?

-El pánico, como tal, en la perspectiva de una sociedad o de un grupo, prácticamente es algo bastante irreal y existe muy poco. Incluso hay respuestas contrarias generalmente en el tipo de estudios frente a riesgos. Frente al fuego, por ejemplo, en vez de que la gente salga alocada para todos lados lo que se genera es más parálisis y no esa idea gregaria de un caos o de personas sin límites.

-¿Entonces?

-Entonces, hay que tener muchísimo cuidado porque muchas veces estas conductas egoístas y competitivas se las confunde con el pánico. Y el pánico está mucho más cerca de ser una ficción o una construcción teórica que un hecho real.

-Ustedes, al afrontar la política del riesgo, hablan de la necesidad de implicar a todos los actores sociales y también de la cooperación entre países. Ahora bien, ¿cómo se logra un accionar conjunto si en cada país, en cada sociedad, las situaciones son tan distintas?

-Ni siquiera la situación de los países. Es más chiquito. Tomemos las recomendaciones del Acuerdo de Sendai, que es el acuerdo marco que prácticamente ha hecho pasar a un nivel actual una muy vieja concepción situada en una respuesta frente a emergencias, situada frente al desastre una vez que éste se dio. Una concepción que es el corazón estructural, teórico, del libro, que es la gestión del riesgo.

-Comencemos por delimitar, entonces, la gestión del riesgo según este enfoque.

-Esta gestión del riesgo siempre se la debe pensar antes de que algún desastre ocurra. De hecho, el riesgo técnicamente siempre es un desastre latente o potencial que puede darse; mientras que el desastre es cuando el riesgo se hizo presente, se ha materializado. En toda esta definición lo más sustantivo es la coordinación.

-Volvamos, pues, del plano general a uno más local.

-A esto iba cuando hablaba de las recomendaciones de Sendai: la incorporación del nivel local resulta decisivo porque es operativamente donde se termina cristalizando, materializando, el miedo.

-¿Qué nos dice, al respecto, la experiencia cercana?

-La pandemia ha sido lastimosamente muy rica para ejemplificar esto. Muchísimas decisiones provenían de arriba, de allá arriba, del vértice, incluso desde lo nacional, lo cual nos impactaba en cada pueblo o en cada barrio. Entonces ahí, de alguna manera, en esa distancia que hay entre quien decide y quien debe cambiar conductas, está el gran elemento que explica la falla del riesgo.

-¿Por qué?

-Porque el riesgo, como política pública, en primer lugar, no puede ser ubicado al fondo de un organigrama; casi siempre al fondo a la derecha. Lo digo en broma y en serio en el sentido de que es un organismo casi siempre asociado a cuestiones de defensa civil, sin presupuesto, con alguien súper técnico que no aparece nunca, salvo que haya una inundación, un sismo o algo raro.

-¿Qué sigue?

-Segundo, implica dotarlo de recursos, jerarquizarlo, incorporar una gestión transversal, porque no hay área dentro de un gobierno o de una institución que no esté sujeta a algún tipo de experiencia de riesgo. Entonces, no podemos vivir de ninguna manera controlando el riesgo, pero sí podemos jerarquizar, priorizar, algún tipo de riesgo o de mapa de riesgo.

-¿De qué manera?

-En la jerarquización hay que empezar a considerar un tipo de cosas que generalmente no se atienden. Primero, controlar el ego del decisor.

-¿Qué significa esto?

-Que la gestión del riesgo es tan, tan particular, que requiere siempre de actos coordinados horizontales. Yo diría en forma simplista que el riesgo se gestiona en sociedad. No lo gestiona un iluminado o iluminada por más poder político o institucional que tenga. Siempre se gestiona en sociedad.

-¿De qué manera funciona la sociedad?

-Siempre en esa sociedad hay un sector vital que es la sociedad en general, valga la redundancia. Es decir, la propia persona que va a ser la responsable de adaptar su vida. Y hay veces que, incluso, es tan importante cómo la gente se organiza frente al riesgo, que los gobiernos tienen que pedir permiso, en el mejor sentido de la expresión, a esas personas ya organizadas previamente.

-¿Hay ejemplos zonales que nos ilustren?

-Es muy común, por ejemplo, en Europa central, que incluye a Alemania, a Austria, y más hacia el este también, a Polonia y otros países, donde hay muchísimos criterios de organización en espacios que muy comúnmente padecen inundaciones. Allí los gobiernos entran a comunicar, a informar, a ser parte dentro de estructuras de gestión de redes digitales como, por ejemplo, Facebook, donde es la propia sociedad la que se autoorganiza.

-¿Por qué es interesante este punto?

-Porque el riesgo no necesariamente es como una gestión de crisis en el modo macho alfa, de un piloto de tormentas que gobierna en nombre de todos y que se la sabe todas. ¡En absoluto! El riesgo tiene una dimensión cooperativa siempre. Además, funciona -y esto es clave- en tanto y en cuanto sea de verdad una construcción social, que es el subtítulo de nuestro libro.

-¿Qué entendés, llegados a este punto, por construcción social?

-Significa que yo lo sienta, necesariamente, asumido como tal y no necesariamente impuesto, como algo que debo hacer obligado por la circunstancia.

-En el libro se hace hincapié, permanentemente, en la necesidad de involucrar a todos los actores sociales en la gestión del riesgo. Ahora bien, ¿qué actores? ¿Quién define a los participantes, teniendo en cuenta que, de manera inevitable, algunos de ellos son más cercanos que otros a los gobiernos o los factores de poder?

-A los actores sociales los da la tipología del riesgo, su magnitud y, básicamente, el posible afectado o afectada. En esa dimensión está lo difícil porque siempre debo salir a consensuar con personas que muchísimas veces pueden estar pensando de manera diametralmente opuesta a mí. Esto es lo complejo del riesgo.

-Otra vez la construcción social en el centro…

-Cuando hablamos de construcción social, yo te la definiría de dos modos. Sí o sí, siempre, implica una noción de consenso, pero no solamente como un acuerdo en donde firmo algo y me voy a casa. Esa noción, ese acuerdo, esa construcción social, queramos o no, debiera representar una leve o, algunas veces, muy grande modificación del patrón cultural.

-Modificar nuestro modo de ser…

-Hay una puja constante con la cultura, ¿para qué? Para que yo termine aceptando ese cambio de conducta que permita tener mucha más protección o capacidades para responder con mayor eficacia cuando estoy expuesto a vulnerabilidades, a peligros o a amenazas. Entonces, implica, sí o sí, como decíamos, niveles de consenso, de construcción social; implica que sea cultural para que se lo asuma o no sea siempre una imposición. Esta incomodidad es la que generalmente permite que la gestión del riesgo esté atravesada por sesgos cognitivos enormes, empezando por el sesgo de confirmación.

-Recordemos qué es el sesgo de confirmación.

-Es la creencia de que salgo a buscar solo aquello que esté cercano a mi punto de vista.

-Algo que me confirme mi punto de vista o mis prejuicios.

-Así es. O sea, los sesgos son distorsionadores, filtros. Son elementos que todos los humanos tenemos. Pero, si quienes gestionan el riesgo no buscan indefinidamente, ilimitadamente, con mucha voluntad, el acuerdo y el consenso, lo que producen esos sesgos es división. Entonces, al romperse el consenso, pasan cosas como lo que sucedió, recordarás, durante el primer tramo de la vacunación masiva.

-Sí, se armaron los bandos rápidamente.

-Los más cercanos a Alberto Fernández querían ponerse la vacuna rusa y los que habían votado a Mauricio Macri no querían saber nada con la Sputnik. La pregunta es: ¿sabías vos, yo o alguien algo de vacunas? Ni idea. ¡Ni un carajo sabíamos! Lo que sí sabíamos es que un sector político prefería esa y otro sector no. Por lo tanto, uno se terminaba volcando en función del pensamiento político previo.

-De todos modos, hoy es tan grande el flujo informativo, incluyendo los bulos, que si yo quiero algo que ratifique mis prejuicios lo encuentro al instante. ¿Cómo se neutraliza, entonces, el sesgo de afirmación? Es un desafío profesional, tanto para los gobiernos como para los comunicadores.

-Ni lo dudes que es así. Además, contra eso es literalmente bastante difícil competir. Hay que hacer todo lo que se pueda hacer. Pero nada garantiza en la gestión del riesgo, y mucho más frente a un proceso deliberadamente hecho para desinformar, porque hay intencionalidades comerciales, intencionalidades políticas y un montón de cuestiones que se mezclan, que la batalla se pueda ganar.

-¿Qué alternativa razonable nos queda?

-No es lo mismo que se pongan de acuerdo un gobierno nacional, la totalidad de las provincias, los municipios, las instituciones médicas, las universidades donde había ciertos consensos. Eso achica notablemente la posibilidad del invento, de las posturas trasnochadas o de lo que fuere. Entonces, en esa puja, fijate que, mientras más consenso, hay muchísima más chance de ser efectivo en la noción o la construcción del riesgo.

-Pero hay otro elemento que complica la cosa. Por ejemplo, no solo están las posturas trasnochadas. Había sustanciales diferencias de criterio entre los mismos médicos y científicos. Por ejemplo, algunos aconsejaban usar barbijos y otros no. Ni siquiera la ciencia nos ofrecía certezas indubitables.

-Sí, pero ahí también está la responsabilidad, porque si hay un consenso mayoritario de un lado, por ejemplo, un medio no es del todo responsable cuando pone las dos campanas en igualdad de condiciones. Porque si fuéramos a niveles de consenso, probablemente correspondan diez campanas de un lado, donde está el núcleo del consenso; y una, donde está el núcleo del disenso. No se es necesariamente responsable dándole espacio al que miente y al que no miente.

-Parte de la política del riesgo implica tratar de anticiparse a una posible catástrofe, para estar preparados. Sin embargo, ustedes colocan en el libro un pensamiento inquietante: “El dominio del riesgo es el dominio del acertijo de todos los tiempos: ¿cómo será el futuro?”. Casi es una pregunta de ciencia ficción. ¿Cómo hacemos para ver venir lo inimaginable?

-Así es. Ahí corresponden varios puntos de vista a tu pregunta. Es muy interesante porque se trata del leitmotiv de pensar el riesgo. El riesgo es una probabilidad. Y, por lo tanto, no deja de ser un cálculo que falle. Cualquier probabilidad en algún momento puede no darse como tal frente a lo previsto. Entonces la pregunta es: ¿se trata de hacer futurología? No. En absoluto.

-¿De qué se trata entonces?

-Yo haría una pregunta muy sencilla a cualquiera que fue gobernante. Lo digo con la tranquilidad de que trabajo para muchísimos gobiernos de cualquier escala en América Latina. Es: ¿en cuántas reuniones de gabinete se puede arrancar planteando los niveles de riesgo por área?

-¿Y?

-La verdad es que se trata de algo muy poco frecuente. O, salgamos de la política, porque sería contradictorio con lo que vengo diciendo de posar toda la gestión del riesgo en lo político, más allá de su responsabilidad como órgano rector y coordinador. Pensemos, por ejemplo, en una empresa como el medio de comunicación donde vos trabajás, si hubo reuniones respecto a riesgos. Pensemos en una escuela, en una universidad. Probablemente ahí, por la concurrencia, sí. Pero pensemos adentro de una iglesia, que es un espacio enorme y muchas veces viejo en términos de construcción donde va mucha gente. ¿Alguien se puso a evaluar si hay posibilidad de riesgos, hablando en general?

-Da la impresión de que no.

-Es poco común. Entonces, muchas veces, no solo no se trata de hacer futurología, sino que se trata de evaluar el presente. Por eso la oportunidad de la gestión del riesgo tiene muchísimo que ver con el presente.

-Un aspecto básico es la comunicación porque, como ustedes dicen, una mala comunicación conduce cualquier estrategia al fracaso. Y cito este párrafo: “Estudios han demostrado que los mensajes en situaciones de crisis y de emergencia son más efectivos cuando son personalizados y generan llamados a la acción; es decir, brindan a las personas los pasos a seguir”. Ahora bien, ¿cómo hace para competir, en este terreno, un presidente o un gobernador con los influencers o los famosos de hoy en día?

-Sí, está claro. Parte de ese párrafo tiene que ver con que el mensaje sea personalizado, no solamente con quien lo emite. Por ejemplo, que te hablen a vos como tal y no que hablen de un riesgo abstracto. Incluso, más efectivo aún es que te hablen a vos como parte de la sociedad.

-¿Por qué?

-Porque, por ejemplo, hace un rato hablaba de que un deportista tiene conducta competitiva o que una persona tiene una conducta egoísta. Si no me hacen parte de una responsabilidad, muchas veces, aunque el mensaje venga para mí, politólogo, de tal edad, etcétera, puede que tenga ese tipo de conducta y entonces no le haga caso y me pase desapercibido el riesgo.

-Por lo tanto, ¿cómo entendemos eso de que te hagan a vos parte de la sociedad?

-Significa que la mirada colectiva solidaria debe ser mucho más potente en el riesgo que el riesgo individual. ¿Te acordás de las campañas hacia los jóvenes durante la pandemia? El joven, en su momento, no se sentía tocado, impactado por el riesgo porque no había contagio entre ellos en una primera etapa. Por lo tanto, si a él no lo hacían responsable de que hubiera fiestas clandestinas y de que, con esto, pudiera afectar a sus padres, a sus abuelos; sin esa ecuación de vos como persona dentro de un núcleo de responsabilidad, el joven, dicho vulgarmente, no te daba bola.

-Por eso mismo, si mí me habla el presidente o un funcionario, lo siento lejano. En cambio, si me habla un artista del cual soy fanático, siento que me está hablando al oído, que se está dirigiendo a mí en persona. ¿Cómo se salva esa distancia?

-Este segundo aspecto apunta claramente a quién es la persona que comunica. Por todo lo que venimos hablando, pero, particularmente, por el sesgo de confirmación, si nos posamos sobre la política con mala imagen, sería un drama para comunicar el riesgo. Desde todo punto de vista. Alienta, fomenta este sesgo de confirmación a cada rato.

-¿Y si la imagen fuese positiva?

-Aunque la imagen fuese buena, nadie tiene cien a cero de imagen positiva versus imagen negativa. Generalmente puede tener, qué sé yo, cincuenta a treinta. Entonces, cada vez que, excesivamente, la política quiso protagonizar los mensajes del riesgo porque alguien se creía un superhéroe, un supercampeón mundial como el propio Presidente al inicio de la pandemia cuando decía que el mundo nos miraba como buen ejercicio, a la corta o a la larga está poniendo en peligro la comunicación del riesgo. O sea, se trata de otro tipo de riesgo en el riesgo. Y está poniendo en jaque el propio ejercicio de construcción de consenso. Por esto también, nuevamente, la propia responsabilidad tiene que ver con la mesura.

-Ustedes dicen en el libro que no se debe ser alarmista, pero, al mismo tiempo, un contenido excesivamente tranquilizador tampoco es efectivo porque se duda de él. Nos lleva a recordar a Ginés González García en los albores de la pandemia. También es fundamental mostrarse transparente. ¡Y nos la pasamos escuchando a líderes mundiales poco confiables como Bolsonaro, Trump o Boris Johnson!

-Bueno… hace poco hubo un intento de impechmeant o juicio político a Boris Johnson, tardíamente, por un escándalo muy parecido al de la fiesta de Olivos aquí. La verdad es que, sí; lo ejemplar, lo transparente, lo oportuno, lo temprano, son aspectos centrales para pensar la comunicación del riesgo. Lo comprensible. Incluso hay un tacto que hay que evaluar en tiempo real. En una tormenta que se dio en Texas, en 2003, si no me equivoco, se largó una alarma excesiva tempranamente, contracara de lo de Ginés, que es una especie de negación. Esa alarma excesiva al principio produjo una migración de millones de personas de las costas hacia adentro por la posibilidad de un huracán.

-¿Con qué consecuencias?

-Generó un colapso en el tránsito. Literalmente se paralizaron las autopistas del sur de Texas. También colapsaron las estaciones de servicio. No había agua con el calor excesivo en una zona desértica. O sea, hay que tener mucho cuidado con graduar. Hay que ir calibrando, en tiempo real, con las expectativas de la sociedad que puede producir, no pánico, sino acciones derivadas de mi propio exceso, racionalmente propuestas por mí e irresponsablemente también propuestas por mí.

-El manejo de los tiempos y de los modos resulta fundamental, entonces.

-El riesgo también tiene problemas en el inicio, cuando te agarra sorpresivamente; cuando, por más que uno quiera ser transparente, excede, exacerba, expande, aumenta indebidamente. Es más: quizás, muchas veces se suele tolerar -y es muy crudo esto que voy a contar- en instancias de riesgo último, cuando ya no queda ningún tipo de instancia, alguna apelación emotiva del riesgo máximo. Y esto es interesante para discutir si es ética o no es ética. A alguien le puede incomodar, pero esto tiene que ver con los debates de la gestión del riesgo.

-Dame un ejemplo de riesgo máximo.

-Rick Scott, el gobernador de la Florida, en una tormenta tropical hizo todos los pasos que había que hacer. Esto en un estado muy acostumbrado a algún tipo de riesgo de tsunami, huracanes, etcétera. Pero alguna gente de la costa, según tuve la posibilidad de conocer, decidió no emigrar y quedar expuesta al riesgo.

-¿De qué manera respondió el gobernador?

-Ya faltaban horas para que la tormenta tocase tierra. Y en un mensaje, por primera vez, Rick Scott les dijo: “Abandonen sus casas, que van a morir”. Punto. Pero, después, más grave que eso, les dijo: “Quien se quiera quedar, que se grabe en su cuerpo con tinta el número de su seguro médico porque, si los encontramos, los podemos identificar”. Entonces, vos te preguntás: ¿es ético o no es ético?

-¿Y? ¿Cuál es la respuesta?

-Uno dice: si mi responsabilidad es haber hecho absolutamente todo, pero la libertad de quedarte es tuya, aun cuando te muestran que, en última instancia, lo más probable sea la muerte, no sé si deja de ser tan ético.

-Eso nos lleva a las primeras reflexiones de nuestra charla.

-Claro. Fijate cómo la idea del miedo nuevamente es algo que no se puede desestimar. Y es muy, muy interesante saber qué haría uno frente a esa situación de riesgo último, como se lo denomina.

-Pregunta final, fuera de la política del riesgo. Frente a las elecciones de Colombia vos citabas un podcast diciendo: “Las campañas electorales han muerto. Hoy son plebiscitos emocionales”. El año que se viene se vota en Argentina. ¿Vamos hacia eso?

-Me tomé el trabajo de analizar, días atrás, durante cinco minutos, una entrevista a Milei donde cada treinta segundos usaba para el contrincante la expresión “basura”. Exactamente es eso, ¿no? Es un ejemplo muy chiquito y contundente de espirales comunicativas e incendiarias que, en realidad, son plebiscitos emocionales donde lo que importa no es el otro en cuanto persona sino el otro como sujeto a castigar, a estigmatizar, a pegarle en el piso, a humillar y no solamente a ganarle.

-¿Eso pasa solo aquí o en todos lados?

-Las campañas, en general, en el mundo, van en esa lamentable línea, donde, literalmente, lo que significa una propuesta es lo más cercano a una pieza de arqueología.

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