Cuando hablamos con Luis López Carrasco (Murcia 1981), un año y medio atrás, a raíz de El desierto blanco, que había obtenido el Premio Herralde de Novela, el cineasta y escritor español nos confesó su hartazgo con las distopías.
Luis López Carrasco, el utopista, contra las distopías de moda: "La cultura tiene que dejar un espacio para la esperanza"
La reedición de “Europa”, el libro de cuentos que significó su debut literario, motiva al cineasta y escritor murciano a redoblar su apuesta por un tiempo nuevo, promoviendo la “acción colectiva”

El escritor Luis López Carrasco.
Foto: Andreu Dalmau (EFE)Entendía que urdir, una y otra vez, historias sobre el destino catastrófico de nuestro planeta, solo sirve para poner el miedo en circulación. Para paralizarnos.
Hoy, sigue pensando que la esperanza se merece una oportunidad. Aunque sea en tono crepuscular. Pese a que la reedición de Europa, el libro que marcó su debut formal en la literatura, lo haya obligado a recalcular el tamaño de su optimismo.
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Los siete cuentos que lo componen, imaginados allá por 2011 bajo una inquietante atmósfera de ciencia ficción “cotidiana”, no han perdido un ápice de vigencia. Todo lo contrario.
Las fantasías de entonces se hicieron realidad. Lo cual “ha vuelto el libro un poco más estremecedor”, admite Luis desde Madrid, donde vive, en esta entrevista para el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Tu libro, felizmente reeditado, se compone de siete cuentos, pero, al final, los agradecimientos se transforman casi en un cuento más. Como si estuvieras adoptando la literatura del yo, porque trazás tu mapa emotivo entre la primera edición y esta que llega ahora.
-Sí. Europa es un libro que fue escrito originalmente en 2011. Se publica en una editorial muy pequeñita en 2014, pero no tiene apenas distribución. Y Anagrama lo reedita ahora.
-Y algo pasó entre 2011 y hoy, ¿no?
-Claro. Muchas de las energías con las que escribí ese libro me las he reencontrado ahora e intenté dialogar con ellas en esos agradecimientos finales.
-¿Cómo es reencontrarse con aquel Luis López Carrasco de quince años atrás?
-Justo me ha gustado mucho la presentación que has hecho sobre la conversación que tuvimos sobre El desierto blanco y mi alergia a la distopía. Precisamente Europa está escrito en un momento de cierta negrura, por la crisis económica mundial que también estaba generando una crisis muy fuerte dentro de España.
-Esto ayuda a entender el tono general del libro.
-Europa es un libro, para mí, algo más oscuro y está escrito desde esa dificultad. Yo escribo ciencia ficción porque, en esa época, en 2010-2011, con todo el mundo perdiendo el empleo, todo el mundo emigrando con mucha dificultad, me resultaba imposible imaginar el futuro. Entonces hago estas historias, que igual son más distópicas que las de El desierto blanco.
-¿Qué sucedió entre tanto?
-Que algunas de las cuestiones con las que yo fantaseaba en 2011, al reencontrarlas en 2025, se han convertido casi en realidad.
-¡Justamente!
-Un amigo mío me decía que Europa era una fantasía realista, lo cual es una especie de contradicción. Y eso ha vuelto el libro un poco más estremecedor.
-Es verdad, porque hace dos años, cuando hablamos sobre El desierto blanco, vos estabas esperanzando con que podíamos marchar hacia un futuro mejor. Pero, hoy, en el continente europeo, con aires de guerra tan cercanos, la cuestión se ha ensombrecido más todavía, ¿no?
-Sí, lo que pasa es que yo también he crecido en estos quince años. Entonces he entendido que la cultura tiene que proponer desde la imaginación, tiene que dejar un espacio para la esperanza. Y es verdad que, en Europa, de la misma manera que en El desierto blanco, también aparecen las trampas de la nostalgia y ese callejón sin salida al que te puede llevar la nostalgia.
-Una trampa siempre al acecho para cualquiera.
-Ese relato, "Todos los finales posibles", en el que dos científicos tienen que decidir a qué lugar del pasado viajar, creo que dictamina bien lo tramposo que puede ser refugiarse en el pasado.
-Un relato que, justamente, podría ser el preferido del libro. Es fascinante.
-¡Ah, qué bueno!
-Cuesta no spoilear el cuento, pero el final emociona porque te llena inevitablemente de nostalgia y de melancolía. Digamos, para quien no leyó el libro, que el mundo se está acabando, se está hundiendo bajo una lluvia eterna y dos científicos discuten acerca de a cuál destino viajar en una máquina del tiempo y salvarse.
-A mí lo que me pasa es que, en realidad, soy tremendamente nostálgico. Pero soy tan, tan, tan nostálgico, que me tengo que proteger (risas).
-Totalmente. En nuestra charla de hace dos años te parecía más llevadero refugiarte en la melancolía antes que en la nostalgia.
-Entonces, como que intento alejar la nostalgia al máximo porque soy consciente de que me dejaría tumbado en la cama y ya no podría salir nunca más. Podría quedar fácilmente devorado por la nostalgia.
-¿Cuál recurso encontraste para no ser devorado por ella?
-Todas esas trampas de la nostalgia las coloco ya en los libros para que no me asedien en el día a día. Y es verdad que la elección a la que los científicos quieren viajar es una elección ambigua. Los lectores de este libro verán que ese es un final extraño, ¿no?
-Y hecho con toda premeditación, según se ve.
-Intento dejar siempre los libros, sobre todo los relatos, con un cierre un poco esquinado. Como que esto sucedió en esta dirección o en esta otra.
-O sea, con final abierto. Por eso mismo te comparan con Raymond Carver. ¿Te parece lícito?
-¡Hombre, me parece una pasada que me comparen con Raymond Carver! Pero me parece lícito porque yo lo leí mucho y lo estudié mucho; y leí mucho sus textos sobre cómo escribía.
-¿En qué se tradujo todo ese aprendizaje?
-Sin querer compararme con Carver, lo que sí muchas veces intento es que el cuento termine antes de que acabe.
-Muy interesante. ¿Cómo es eso?
-Es decir, cuando tú llegas al final, el cuento ya había terminado. Había terminado tres páginas antes, sólo que quedan cosas por ahí, aleteando. O sea, el clímax, la decisión, la situación crítica, el instante de peligro, por así decirlo, que decanta lo que tiene que hacer el personaje, es algo que sucede antes de lo que uno cree.
-Completamente de acuerdo con lo que hemos leído.
-También, por ahí, me inspiró mucho Ray Bradbury en la idea de utilizar la tecnología o el género fantástico o de ciencia ficción para hablar de situaciones muy, muy cotidianas.
-Los cuentos terminan antes de que terminen. Perfecto. El mejor ejemplo es el último relato, "El caminante". Se trata de un hombre, con traje de astronauta, que marcha por un desierto. No importa qué sucede después. Uno ya lo sabe. Vos solo lo llevás de la mano hasta la frase final, ¿no, Luis?
-(Sonríe) Sí, sí, sí. Ese cuento lo hice en una especie de indigestión que tuve muy fuerte de leer textos de Kafka, la Carta al padre y un montón de circunstancias así. Lo escribí un poco de corrido. Me salió así y, para mí, representa muy bien cómo me sentía yo en ese momento, en España, en 2011. En esa especie de parálisis.
-Hay otro cuento, "Bajo el mismo cielo", que ocurre en una atmósfera parecida, en el desierto. Se ve que sos muy murciano. El desierto te llama.
-(Sonríe) Sí.
-Se trata de un grupo de personas que lanzan al espacio columnas de luz con la esperanza de que alguien, en el universo, las pueda llegar a captar. Solo eso.
-Claro. Hay una artista plástica española, Cristina Mejías, que hizo una instalación después de leer ese cuento. Y esa era la idea fundamental, la idea de proyectar.
-Contanos cuál es el concepto.
-Hay una especie de ceremonia, como de encuentro comunal, donde, en ese desierto, el narrador que va para allá a contar qué es lo que hace esa población, piensa que están proyectando recuerdos, materiales domésticos, vídeos, en algún tipo de pantalla. Y se da cuenta de que los proyectores están en el suelo, enterrados, y los proyectan al cielo. Entonces nadie los ve y es una especie de intento de mensaje al otro, al más allá.
-Una sensación muy plástica, en definitiva.
-Son ideas un poco cinematográficas que conectan también siempre con esa secuencia de recuerdos, porque él se pregunta si podría proyectar también en el cielo. Están, a su vez, muy cercanos a mi propia autobiografía.
-Se ve que hay un espíritu de época donde ustedes, los escritores, los creadores, los cineastas, pueden conectar inconscientemente. Hace poco llegó al streaming un filme francés de animación, Arco, donde un niño del futuro vive en su refugio familiar rodeado por una lluvia infinita. Lo mismo les sucede a tus dos científicos de "Todos los finales posibles". O sea, ambos recrean la leyenda del diluvio universal.
-Sí, totalmente. Con este libro yo quería ver si era capaz de hacer una conjunción entre las lecturas, los cómics... A mí, por ejemplo, siempre me ha encantado mucho el trabajo que hace en el cómic argentino gente como Horacio Altuna y Carlos Trillo en El último recreo.
-¿De dónde te viene eso?
-Mi padre tiene una colección de cómic catalán, argentino, latinoamericano, de los años 80, enorme.
-¿Y en qué se tradujo?
-Que yo, de niño y de adolescente, leí mucha ciencia ficción. Entonces, para mí la ciencia ficción es el pasado. Es el pasado de mi propia infancia.
-Ahora sí se capta bien tu estirpe.
-Hay algo tremendo que me sucede: que lo que iba a ser el futuro, para mí, es algo que ocurrió cuando yo era niño. Y con este libro lo que quería era ser capaz de hilvanar historias muy personales, muy de Murcia, que tienen que ver con ir al instituto en los años 90; hacer algo muy local y, a la vez, que se relacionara con ese género más anglosajón que es la ciencia ficción.
-Pero hoy ya no es patrimonio exclusivo de los anglosajones.
-Bueno, también hay un trabajo actual muy interesante, con autores como Michel Nieva, que intentan plantear la ciencia ficción desde unos términos distintos. En resumen, ese era un poco el propósito: mezclar lo muy personal con lo muy cósmico.
-Otra curiosidad de tu cuento "Todos los finales posibles", donde uno millonarios se refugian en el Tíbet para salvarse del fin del mundo, dialoga con la película Mountainhed (2025) en la que otros cuatro millonarios norteamericanos se aíslan en la montaña para intercambiar ideas en medio de una crisis financiera.
-La verdad es que yo no he cambiado nada, ¿eh? (sonríe). El libro es exactamente el mismo que escribí en el 2011 y a mí lo que me resultó sorprendente y escalofriante fue acertar de manera tan pesimista con los pronósticos sobre la evolución de algunas circunstancias para la humanidad.
-Por eso hablábamos de espíritu de época.
-Y sí. Tienes a estos millonarios que están comprando casas y fincas en Nueva Zelanda porque se supone que va a ser la zona más a salvo. Uno, desde la imaginación a veces puede llegar a... no sé... Lo normal es equivocarse, pero, por suerte o por desgracia, este libro, de repente, ha adquirido una actualidad aterradora. No sé si me volví profeta.
-En fin, como profeta sos bastante malo porque tus vaticinios, sobre todo en El desierto blanco, teóricamente apuntaban hacia la utopía, hacia una realidad mejor y eso no estaría sucediendo.
-Digamos que ya he aprendido y el próximo libro que escriba será utópico al cien por cien. Lo que me pasaba con El desierto blanco era una reacción a tanta complacencia en la catástrofe, porque eso también es paralizador.
-De acuerdo. Lo hemos charlado.
-Porque parece que la catástrofe se ha vuelto algo estético, algo que uno puede disfrutar en la televisión o disfrutar a distancia. Entonces, creo que se abre un tiempo nuevo, que es un tiempo en el que hay que promover la acción colectiva.
-¿Qué carácter tendría esa reacción?
-Ha habido épocas, en el siglo XX, donde la ciencia ficción lo que proponía eran utopías. Y sigo pensando que puede ser el momento en el que la literatura proponga, desde la imaginación, alternativas de vidas distintas para salir un poco de esa especie de sensación de colapso en la que estamos.
-Lo que pasa es que narrativamente, dramáticamente, es mucho más atractiva la versión distópica que la utópica. Es como en el tango. Los mejores son los que lloran el amor perdido. Celebrar un amor que funciona con normalidad no tiene mucha gracia.
-(Ríe) Ya. Pero es algo que nadie ha hecho, un tango feliz, ¿no? Yo te entiendo totalmente, pero hay algo que me estimula, más difícil, todavía. Y es el intento de generar un atractivo narrativo, generar un suspense desde la posibilidad del bien.
-Interesante apuesta. Hace dos años nos dijiste algo parecido. Prometiste que tu próxima novela iba a ser positiva. ¿La tenés ya en mente ya o todavía no?
-Sí. La tengo que hacer. Sucede que ahora tengo proyectos cinematográficos y estoy escribiendo dos películas. Entonces la próxima novela se demorará todavía un poco. Pero le doy muchísimas vueltas.
-¿Por dónde va la cosa?
-Igual, es el último verso, la última palabra del tango la que pueda abrir la posibilidad del cambio, ¿no? Por lo tanto, también, pienso hacer una novela donde hay una situación difícil y quizás sea en la última página en la que podemos encontrar alguna pista. Pero es siempre muy complicado porque, que el arte sea reconfortante, también me parece problemático. En fin, ahí estoy, intentando resolver este galimatías.
-Te gusta crear suspenso, como decías. Sos medio Hitchcock en eso porque en El desierto blanco recién al final uno se da cuenta de la atmósfera general del libro.
-Ese era el gran experimento.
-O sea, te encanta guardar las cartas hasta el final.
-Sí, claro. Yo vengo, además, de hacer cine experimental donde las películas son una pregunta, una hipótesis. Y con El desierto blanco yo lo que me planteaba era: ¿se puede hacer una obra en cinco partes que adquiere sentido en la última página? Esa era un poco la propuesta. Que la última pieza del puzzle hace que puedas ver la imagen completa.
-Más allá de todos estos planteos, en Europa está muy presente, todo el tiempo, un elemento que modela el carácter y la vida de varios de los protagonistas: los videojuegos, incluyendo algunos jueguitos antiguos. Y hasta en El desierto blanco metés un videojuego de guerra. Es una marca que tambiénalcanza al cine contemporáneo, ¿no?
-Supongo que es una cuestión generacional. Sobre todo, sí, en Europa hay bastantes relatos protagonizados por adolescentes. Y aunque se desarrollen en un futuro más o menos cercano, introduzco muchos elementos de mi propia adolescencia.
-¿Cómo fue esa etapa?
-Yo era un adolescente que jugaba muchísimo a videojuegos porque me permitía experimentar otras vidas. Hay críticos literarios en España a los que también les choca que aparezcan tanto los videojuegos.
-Es que están muy presentes en tu obra, sin duda.
-Es algo que me sale solo y para mí, evidentemente, la pintura, las artes escénicas, la literatura, el cine, te permiten habitar otros mundos. Pero los videojuegos te permiten, no solo habitar los mundos, sino pasear los mundos.
-Mundos paralelos.
-Hay algo en el caminar por lo digital que conduce a otros lugares. Eso se me reveló en los años 90, de adolescente. Me parece interesante, también, porque, a pesar de que en la actualidad el mundo digital y las redes sociales tienen muy mala fama, sí he pensado que, en algunos mundos virtuales, uno podía encontrar a personas con las que compartir cosas. Y que haya refugios adolescentes en el mundo virtual, me parece positivo.
-Le vas transmitir algo de tranquilidad a mucha gente.
-No sé, para mí esta idea de que lo virtual es un sucedáneo de lo físico, no tiene por qué ser así. Al final, Europa, lo que plantea es: en el momento en el que vivimos, tanto en lo virtual como en lo físico, ¿qué sucede con lo íntimo, con lo privado o con lo público? ¿Dónde encontramos los lugares o las personas de mayor confianza? ¿En la gente cercana o en la gente más anónima?
-Por otra parte, lo que te permite el videojuego es, como decías, evadirte en una vida paralela donde podés hacer cosas que no te permitirías en la vida real.
-Claro. Lo que me parecía más interesante del relato, muy autobiográfico, "Donde los enemigos esperan sentados junto a cubos de basura", es que cuento una historia que me pasó a mí en la adolescencia.
-Sí, fue bastante significativo para esa etapa de vida. ¿Cómo fue eso?
-A mí y a muchos otros amigos nos intentaron echar del instituto donde estudiábamos porque hicimos un fanzine punk, antisistema.
-¿Ocurrió de verdad lo que contás en ese cuento!
-Sí, sí. Vino una investigación. Nos querían expulsar. Nos querían llevar a comisaría. Pensaban que éramos terroristas peligrosos.
-Ha estado pasando algo parecido en Argentina en estos días.
-Además, si eres alguien que conoce España, Murcia es el último sitio donde va a haber terroristas peligrosos porque es muy tranquilo. Y me hacía gracia la idea de pensarme a mí en el futuro en donde hay estos videojuegos, como el GTA, en que la gente va a pegar disparos y tal.
-¿Cómo lo veías hacia adelante en el relato?
-En el futuro, en que ya nuestras ciudades, nuestros barrios, han cambiado completamente, los únicos sitios que no han cambiado son los videojuegos a los que jugué. O sea, en esas ciudades digitales, en esas ciudades electrónicas, ahí no ha habido cambios. No ha habido turismo ni especulación inmobiliaria.
-Algo debía permanecer...
-Me gustaba la idea de ser jubilados que se quedan a pasear y ya solo pueden hacerlo por videojuegos, porque el espacio físico es tan hostil e insoportable que prefieren eso. Como que ese lugar de conflicto, ese lugar de partir la cabeza, se ha vuelto un lugar para la tercera edad. Y esa intuición se ha hecho real. La gente queda en videojuegos para caminar, pasear, para tener sensación de anonimato o para tener sensación de rutina.
-Un refugio, como decías.
-Como ahí siempre pasa lo mismo, de repente, a veces, tenemos un mundo tan hiperestimulado que, igual, un videojuego de la infancia o de la adolescencia se puede convertir en un espacio tranquilo para pasear. Y esa idea me resultaba extraordinariamente atractiva.
-¿Y la publicación que hicieron ustedes estando en el instituto se llamaba igual que la del relato, Kropofagia infantil!
-Sí, sí.
-¡Qué sarpados estaban!
-Todo tal cual. Era el año 97 y había mucho fanzine, en esa época, muy disparatado, muy escatológico, una enorme cantidad de publicaciones y, bueno, pues éramos jóvenes y nos parecía como una vía de creatividad. Escuchábamos música punk y teníamos grupos de música y hacíamos el tonto. Pero, de repente, eso generó una enorme alarma en el instituto, nos intentaron procesar policialmente y apartar de la educación para toda nuestra vida.
-Otra vez. En Mendoza, nuestra provincia, la reacción anduvo por esa vía.
-Fue una respuesta completamente desmedida y ahí yo me di cuenta de que había una autoridad, una violencia invisible sobre todo nosotros que, de pronto, tocas algo incómodo y puede caer sobre ti y arruinarte la vida.
-¿Y a vos qué te pasó, en definitiva?
-Afortunadamente a mí no me arruinó la vida porque mis padres me defendieron.
-Otra cuestión muy atractiva de tus cuentos es que dejan latente la posibilidad de conocer vida en el espacio. En el cuento "Europa", que le da título al libro, sucede que "por primera vez en la historia de la humanidad se han hallado no solo signos de vida extraterrestre, sino también la propia vida extraterrestre". Maravilloso. ¡Pero el protagonista de la historia no le presta ninguna atención! Solo está preocupado por la máquina de sueños de su hijo.
-(Ríe) Claro. La idea era que es un cataclismo. Muchas veces estamos rodeados de circunstancias gigantescas. Pero cuando la preocupación, que no nos deja dormir por la noche, es algo que tiene que ver más con lo personal, con lo íntimo, es lo que le sucede al padre del relato "Europa".
-Exacto. Lo obsesiona una pregunta.
-Es una pregunta muy, muy preocupante. ¿Puede que alguien de mi familia sea un completo desconocido y sea capaz de cualquier cosa?
-Profunda inquietud para cualquiera.
-Eso es lo que le sucede a esa noche infinita donde se ha producido algo absolutamente único, que es el descubrimiento de vida extraterrestre y a él le da igual, porque lo que ocurre en su casa requiere toda su atención. Ese juego es el que hago siempre.
-Se nos acaba el tiempo de radio, Luis. Solo queda decir que esperamos con ansias la novela utópica que nos has venido prometiendo.
-¡Vamos a por ella! Espero que llegue pronto.