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López Carrasco y su distópico desierto blanco: "Parece que el mundo está acabado, pero siempre hay alternativas de vida"

El español Luis López Carrasco es escritor y cineasta. Con su primera novela -El Desierto Blanco- obtuvo el prestigioso Premio Herralde. Elogió al mendocino Antonio Di Benedetto

Luis López Carrasco, aunque vive en Madrid, es oriundo de Murcia, una tierra familiar y árida que alimenta su usina creativa.

Con una labor cinematográfica reconocida, logró un similar espaldarazo literario con su primera novela, El desierto blanco, Premio Herralde de Novela.

Este libro le genera sensaciones ambiguas. Cuenta, en retrospectiva, tipo flashback, la crisis de una generación, a principios de siglo, según la óptica de la pareja que conforman Carlos y Aitana, que ahora viven en un lugar apartado, en un tiempo indeterminado… o equívoco.

López Carrasco se admite melancólico, pero reniega de la nostalgia porque, dice, conduce a la idealización pasado.

Hay fantasmas a su alrededor. Y un ambiente crepuscular invade su relato. Crepuscular, pero no distópico. Le incomoda que califiquen su desierto blanco de distópico. Está empeñado en mirar hacia el futuro con más esperanza que derrotismo.

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El Desierto Blanco, de Luis López Carrasco.

El Desierto Blanco, de Luis López Carrasco.

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-Vos sos murciano, Luis. ¿Por qué te fuiste a Madrid?

-Me fui con dieciocho años, hace veinticinco ya, a Madrid, a estudiar, porque en ese momento lo que más me interesaba era el cine. Entonces me vine a la universidad y luego a la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid y ya me quedé.

-¿Tenés familia, amigos, en Murcia o estás muy desgajado de la tierra natal?

-Mis padres siguen viviendo allí. Mantenemos el apartamento en el que yo me crié con mi hermano pequeño y mantenemos también una casa, un chalet similar al que aparece en el quinto capítulo del libro.

-¿Y cómo sigue esa relación?

-En navidades y en cuanto puedo, bajo a Murcia. Sigo teniendo los amigos del colegio allí. Por lo tanto, sí, tengo mucho vínculo.

-Preguntaba porque todas estas intimidades tuyas aparecen reflejadas en la novela, donde figuran los padres del protagonista, la casa familiar, el hermano, etcétera. Precisamente, ¿el chalet del último capítulo está inserto en un paisaje murciano?

-Sí, sí, sí. Es esa zona muy árida que está al lado de la costa. Murcia y Almería tienen muchas montañas. Es un lugar con muchas sierras que, a la vez, generan como especies de vías de neblina. Pero, a la vez, es muy desértica.

-Lo cual se hace notar en el relato.

-Sí, hay bastantes desiertos en la novela que remiten a su título y, desde luego, el paisaje desértico murciano, para quien lo conozca, aparece en esa parte final.

-Ya volvemos a tu novela, pero antes sería bueno conocer tu opinión sobre un episodio que, a los argentinos, nos mantiene bastante entretenidos y es la controversia entre el jefe de gobierno español, Pedro Sánchez y nuestro presidente Javier Milei. ¿Has seguido este asunto?

-Digamos que, últimamente, como la política va a golpe de shock, hay que prestarle la atención justa. Y, pues sí, me he enterado de que hay una controversia importante de índole política y diplomática. Espero que se resuelva prontamente.

-Milei tiene sus amigos políticos entre los sectores más extremos de España, como Santiago Abascal. ¿Cuál es tu opinión de Vox?

-Creo que son una fuerza de ultraderecha profundamente antidemocrática. Es algo que me resulta muy preocupante porque me parece que su proyecto político pasa por destruir el estado del bienestar y eso es terrible.

-¿Sobre qué se sustentan?

-Evidentemente son síntomas de un malestar en buena parte de la sociedad. Lo que pasa es que lamentablemente están capitalizando ese malestar por el lado del odio. Entonces eso, siendo profundamente antidemocrático, me resulta peligroso.

-Algo de todo esto se filtra en tu relato, ¿no?

-En la novela yo intento también rastrear cómo el pensamiento más xenófobo, más racista y más intolerante ha ido creciendo en la sociedad española, muchas veces donde menos te lo esperas. Y esa especie de murmullo subterráneo, cuando se hace con el poder, ya parece que es demasiado tarde.

-Tu novela va iluminando diversas zonas de preocupación.

-Aunque el libro no va directamente sobre eso, sí que es un asunto que a mí me ha sorprendido como, por ejemplo, de repente, estar en un barrio habitualmente de trabajadores, de obreros, en el sur de Madrid y ver cómo a mi alrededor empezaban a aparecer miedos que no obedecían a ninguna realidad concreta, sino más a cuestiones que propagan los medios de comunicación.

-¿Y en qué se traduce esta situación?

-Esos miedos hacían que la gente estuviera asustada. Y ese miedo, ese susto, a veces es un mal consejero de cara a tomar decisiones políticas. Por lo tanto, es un asunto que sí, me preocupa y, de alguna manera, como en España tuvimos esta dictadura franquista tan dura, pues, bueno, hay conexiones con la abuela que aparece en la novela.

-Para ubicarnos en la escena, la abuela irrumpe en una habitación donde los muchachos están entretenidos con un videojuego de guerra y ella los reta por sus reminiscencias fascistas.

-Claro, porque es un entretenimiento de estos de disparos, pero que se desarrolla durante la guerra civil. Es un videojuego que me inventé de brigadas internacionales y la abuela les dice que es sociológicamente franquista.

-Ustedes, en España, han tenido un franquismo de muy larga data y nosotros, más recientemente, una dictadura feroz. Pero es muy distinta la conciencia de la gente que ha vivido esas experiencias respecto de los jóvenes actuales, para quienes la cosa no resulta tan intensa, ¿no

-Mi obra cinematográfica, sobre todo, sí que ha tratado mucho de entenderlo. Yo creo que si hay un problema de memoria histórica siempre es un problema de las instituciones educativas y políticas que no han hecho su trabajo de contextualizar.

-¿Igual allá que acá?

-Hasta cierto punto, Argentina siempre ha sido un referente en España de cómo hacer bien un proceso de reparación a víctimas. En este sentido, hay ahí como una envidia sana. En España no se ha podido hacer convenientemente.

-¿Y qué pasa con los jóvenes?

-Con respecto a las generaciones más jóvenes, en el caso español no sé quién es más olvidadizo o tiene la memoria más selectiva. En ese sentido, como yo soy profesor universitario sí que creo que hay gente joven muy muy comprometida, mucho más que yo mismo de joven en los '90, cuando ya nos creíamos ricos y que no había nada más que pasarlo bien.

-Tu novela tiene que ver con una crisis generacional que se ubica en la primera década de este siglo. Después vinieron la pandemia y otros asuntos. ¿Cómo están en Europa y, particularmente, en España, en este momento, en relación al clima que envuelve a tu relato?

-Lo que yo me invento es una pareja de narradores que se encuentran en un futuro incierto y recuerdan su juventud. Y su juventud y sus recuerdos es nuestro presente.

-¿Por qué esa perspectiva?

-Me parecía necesario irme al futuro mentalmente para poder entender algunas cosas porque a veces el presente nos demanda mucha atención y nos tiene en shock. Muchas veces no te enteras o se te olvidan cosas importantes que sucedieron hace seis meses. A mí hacer ese ejercicio de memoria me parecía importante.

-¿Y respecto del momento elegido?

-También me parecía importante que la novela empezase con ese momento de crisis profunda, cuando, entre los años 2008 y 2010, mi generación, principalmente los nacidos en los '80, se tuvieron que ir del país porque no había trabajo.

-¿Qué pasó entre todos ellos?

-Esa inmigración, esa especie de desarticulación generacional, esa especie de desaparición también del futuro, de un horizonte colectivo, de la imposibilidad de planificar absolutamente nada, generaron un dolor y un vacío que a mí me parecía importante rastrear.

-Pero lo cosa no termina ahí.

-Claro, es una novela escrita en 2020 que puede conectar también con incertidumbres que nos rodean o con dificultades para encontrar un futuro común.

-¿Toda esta problemática está envuelta bajo qué atmósfera general?

-La novela coquetea con la posibilidad de la distopía, con la posibilidad de una crisis climática cada vez más agresiva, con una mayor escasez de recursos. Lo que pasa es que también se habla mucho aquí de que la distopía, al final, es conservadora porque te impide transformar. Te quedas así, parado, inmovilizado, para conservar lo que tienes ante futuros miedos.

-¿Cómo se arregla eso?

-Por eso para mí era importante, en la parte final del libro, hablar de una manera un poco más esperanzadora sabiendo, de todos modos, que los desafíos climáticos o económicos o sociales, pues están ahí y tampoco se pueden eludir.

-Los personajes, en efecto, dicen que la distopía es reaccionaria. Pero vos, en particular, ¿qué pensás al respecto, puesto que tu novela es distópica?

-(Ríe) Fíjate cómo seré que yo pensaba que mi novela era utópica.

-¿¡Por qué!?

-Porque hay un momento de apagón, pero no hay una catástrofe al menos, ¿no?

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López Carrasco se mostró preocupado por el conflicto entre Pedro Sánchez y Javier Milei.

López Carrasco se mostró preocupado por el conflicto entre Pedro Sánchez y Javier Milei.

-Ok, pero se va desarrollando de a poquito la catástrofe: se secan los árboles, se apagan las luces, etcétera.

-Sí. Hay un tono claramente crepuscular. Es casi como un termómetro. Cuando me dicen que la novela es distópica, digo: ah, bueno, entonces es que eres más optimista que yo (risas).

-Pasando en limpio, ¿a qué apuntabas con este enfoque?

-En todo caso, lo que me parecía interesante puntualizar también era cómo en los últimos quince años la producción cultural ha estado atiborrada de distopías. Es decir, pareciera que realmente es extraordinariamente complicado imaginar un futuro que no sea catastrófico.

-¿Qué te dice eso?

-Que es un hecho. Y que ha habido mucho. Quizá hasta ha habido demasiado. Puede que haya un poco de hartazgo de distopía. Y eso era lo que me parecía interesante discutir en el libro.

-¿Y has llegado a alguna conclusión?

-Yo también tengo mis dudas. Pero, bueno, estoy convencido de que el modelo, al menos en Europa, ya ha cambiado. Es decir, hay mucha gente que cree que va a volver el mundo en el que vivimos. Y ese mundo radicalmente se va a transformar, pues por una cuestión que tiene que ver con lo climático.

-¿Entonces?

-Entonces, de esa manera me parecía importante, si estoy escribiendo desde el futuro, proponer un futuro en el que haya opciones, pero que sea un futuro crepuscular; indudablemente crepuscular.

-¿Por qué crepuscular?

-Porque, de lo contrario, me parecería generar falsas ilusiones.

-O sea, una visión positiva, pero no tanto.

-Eso es un poco el planteamiento que yo tenía. Luego, cada cual lo lee de una manera más desasosegante, más inquietante. Pero hay salida. Hay salida.

-Vos decís hay mucha distopía y es cierto. Pero resulta que es sumamente atractiva. Desde Un mundo feliz y 1984, hasta hoy, no hay con qué darle. De hecho, se suceden los éxitos del género como, por ejemplo, The Last Of Us. Vos mismo has forjado tu espíritu con Blade Runner.

-Bueno, pero no siempre la ciencia ficción fue distópica. En los años '20 y '30 proponía otros mundos posibles. Igual, escritoras como Ursula K. Le Guin también plantean, a través de la ciencia ficción, otro tipo de sociedades, que se organizan de otra manera.

-En resumen, ¿adónde te lleva este sendero?

-Yo prometo que esta ya es mi última distopía (risas), que a partir de ahora propondré utopías razonables.

-¿Por qué eso?

-Porque creo que estamos en un momento en el que tenemos que volver a proponer utopías. Parece que después de que cayó el Muro de Berlín, según me decían el otro día, la utopía es una cosa naif.

-¿Qué respondés a eso?

-Digo que la idea de que le pongamos ya la etiqueta naif nos dice mucho de esa especie de realismo extremo en el que estamos instalados. Parecería que no hay alternativas o no hay escapatorias. Parecería que el capitalismo nombra todo lo existente.

-Es parte de las reflexiones que proponen tus personajes.

-Es una cosa que creo que también está, de alguna manera, en el libro. Parece que el mundo está concluido, acabado, pero no; siempre hay una manera de encontrar alternativas de vida y posibilidades de convivencia. Estamos en un momento en el que apostamos por la utopía o ya solo podemos meter la cabeza debajo de la tierra como los avestruces.

-¿Cuál es la vía para lograr eso?

-Lo que pasa es que, cuando pienso en alguna distopía que pueda movilizar a la persona y que no le resulte como una especie de placebo para quedarse en su casa tranquilito, me resulta muy difícil lograr eso, esas distopías que no tengan un carácter de que te asusta. Como dicen en el libro, la distopía solo pone el miedo en circulación.

-Es un ingrediente casi inevitable de la receta.

-Seguro que hay de lo otro también. De hecho, en The Last of Us hay un momento en el que dicen: oye, realmente vivimos en una sociedad comunista. Y el otro dice: sí, claro, es la única manera que hemos tenido de sobrevivir.

-En diversos artículos e incluso en entrevistas con vos se habla abiertamente de tu novela como una historia de ciencia ficción. Sin embargo, al leerla, nunca te das cuenta de que estás dentro de este género casi hasta la última página. Es como si la spoilearan.

- Sí, tienes toda la razón. Yo hubiese preferido que no se hablase de ciencia ficción casi nunca. Lo que pasa es que, como en las entrevistas me han torpedeado tanto, ya lo acabo diciendo. Pero hay una cosa en la novela que son las notas al pie de página.

-Correcto. ¿Por qué elegiste ese recurso?

-Esas notas van apareciendo y te explican cosas que aparentemente todo el mundo sabe. Yo quería producir una especie de extrañamiento, como para que alguien se preguntara: a ver, el narrador, ¿por qué nos dice cosas que ya sabemos?

-¿Para qué?

-Para producir, a lo largo de la lectura, la duda, la posible pesquisa, incluso hasta decir: pero, el narrador, ¿dónde está? Y es verdad que el lugar en el que está se resuelve en la última página del libro. Ahí es como que se cierra completamente el círculo.

-Esto, ciertamente, le da un carácter muy particular a tu relato.

-Lo que pasa es que la percepción del narrador es una percepción distanciada. A mí me gusta mucho un libro que es El entenado, de Juan José Saer.

-¿Cuál es la relación?

-No tiene absolutamente nada que ver con mi novela, pero me gustó mucho esa percepción, la de una persona muy mayor que está recordando algo que aconteció hace mucho, mucho tiempo. Creo que de ahí me quedaron las ganas de probar esa voz porque a mí me ha obligado a intentar mirar mi presente como si fuera algo histórico, para bien y para mal.

-Varios de los escritores con los que hemos hablado últimamente sienten una gran empatía por Juan José Saer, lo tienen como maestro. ¿Por qué?

-Porque cada libro de Saer es una aventura. Una aventura del lenguaje. No tienes brújula, no tienes mapa. No sé… cuando uno quiere verdaderamente zambullirse en una literatura que le lleve a lugares nuevos y exclusivamente a través del lenguaje, Saer es una magnífica apuesta. Me gusta también mucho Antonio Di Benedetto.

-¡Di Benedetto es nuestro gran escritor! La pluma mayor de Mendoza.

-Claro, claro, claro. Yo creo que cualquier escritor en España tiene que leer la literatura argentina para saber dónde está lo mejor (ríe). Él también es un referente de innovación, de desparpajo. En Europa todo es más anquilosado, rancio. Es así, no lo voy a negar.

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"Me gusta mucho Antonio Di Benedetto", dijo López Carrasco.

"Me gusta mucho Antonio Di Benedetto", dijo López Carrasco.

-Enhorabuena este reconocimiento, Luis.

-Pues, Saer es como meterse con un corcel que te lleva adonde no se sabe. Hay una película muy bonita de Gustavo Fontán que es una adaptación de Saer, El limonero real. Me parece una cosa prodigiosa. El cine argentino es ahora mismo, también, de los mejores del mundo, probablemente junto con el portugués.

-La tuya es una novela corta, de 160 páginas, con cinco capítulos y unas cinco voces distintas de narradores. ¿Te costó ir cambiando de piel, pasar de uno a otro?

-Es el desafío en el cual tú estás escribiendo. Por un lado, es complicarte la vida, pero, por otro, de repente puedes encontrarte con sorpresas. Es decir, a veces, cuando el narrador se parece demasiado al autor, a uno mismo, creo que se siente demasiado a sus anchas.

-¿Y cuando no es así qué pasa?

-A veces, el intentar colocarte en la psique, en la mirada narradora de una persona distinta a ti, te obliga a ponerte en la piel de otro, valga la redundancia, y a tener que afinar.

-¿Y qué pasa, según vos, cuando uno se despega de uno mismo?

-Eso siempre te hace estar un poquito más incómodo. Cuando uno se gusta mucho escribiendo, hay que poner la alarma, hay que poner la alerta.

-Hay otro personaje importante dentro de tu novela, que no es humano. Se trata de la casa. De hecho, el hermano de Carlos dice “la casa estaba esperándome”. Adquiere vida propia porque hasta alberga fantasmas.

-Sí, sí. Yo no me había dado cuenta de hasta qué punto los hogares son importantes en el libro. Como en el tercer capítulo en donde Aitana conoce a los suegros y a la abuela por primera vez y se da cuenta de que está llegando a un espacio nuevo que en algún momento se convertirá en familiar.

-Es bastante fuerte el peso de estas situaciones.

-Un crítico que me gustó mucho que dijo que, en el capítulo final, aunque parece que la casa es lo fantasmal, en verdad el fantasma es el paisaje. Porque el paisaje es lo que le acaba persiguiendo, lo que le acaba torturando y lo que lleva a que él casi parezca que va a acabar cada vez más recluido.

-Una situación envolvente de la que no se puede escapar.

-Es que, al final, las casas son depósitos de memorias muy queridas, pero con las que es difícil a veces estar en paz, ¿no? Y esas memorias familiares, esas casas que se quedan vacías, en las que ya no queda nadie más que los objetos, pueden producir una memoria nostálgica peligrosísima.

-Lo fantasmal, decías, está afuera de la casa. Pero, en realidad, la frontera entre el adentro y el afuera está borrada. Son casi lo mismo. Por ejemplo, la piscina donde jugaban los hermanos de niños termina llena de tierra y se transforma en un huerto.

-Me gusta esa manera de verlo. Él, además, cuando está en la piscina vacía y mira dentro de la casa, piensa todo este discurso en el que se pregunta si para que existan fantasmas tiene que existir propiedad privada (risas).

-Sí, le da un tono muy especial a su soledad.

-Está la idea de los fantasmas, del poltergeist: hay una presencia en la casa anterior a mí. Me acuerdo de que en el folclore japonés tradicional del siglo XIX el fantasma siempre es una presencia que está en el camino. Los fantasmas están en exteriores, no en el interior. Y hay un libro interesante de cómo son los fantasmas dependiendo de cómo sean la sociedad o las clases sociales.

-Vos decís que las casonas familiares están llenas de recuerdos. Y lo que finalmente le da tono general a la novela, en el último capítulo, son la nostalgia y la melancolía. El hermano de Carlos dice, textualmente, que la melancolía requiere tiempo, requiere trabajo, es una elaboración. “Quizás la nostalgia sea un hábito que alguien me inculcó cuando era niño”, añade.

-Me interesaba, entre otras cosas, hablar de los roles familiares y de cómo, incluso, aunque la familia ya no exista, ese rol sigue formando parte de nosotros durante toda nuestra vida. Para eso sirve la psicoterapia, claro.

-¿Vos sos melancólico, Luis?

-Yo soy muy melancólico, pero intento luchar contra ello diariamente porque si no acabo muy depresivo. Entonces, esa tensión con la melancolía, que, por un lado, te nutre, por otro lado, te permite al final echar de menos cosas, implica un amor a algo que te constituye como individuo. Te da una identidad, que es importante.

-¿Importante cómo?

-Te da un sentido de pertenencia a algo que ha existido. La persona que no tenga melancolía es quizás porque su desarraigo sea muy amplio. Bueno, igual uno puede tener un enorme desarraigo y tener melancolía de algo que nunca vivió. Eso probablemente sería lo más difícil con lo que convivir.

-¿Cómo administrás tu melancolía?

-Yo soy melancólico, sí, pero me doy cuenta de que la melancolía a veces me puede comer vivo y dejarme en un estado muy lánguido, un estado, sobre todo, de autocompasión.

-¿Y entonces?

-Digamos que intento no alimentarla. Con mis películas y con mis libros intento producir antídotos, quizás no contra la melancolía, pero sí contra la nostalgia.

-¿Por qué una sí y otra no?

-Porque la melancolía tiene un carácter más llevadero, pero la nostalgia sí que me parece que pasa por idealizar un pasado.

-¿Qué es lo malo de eso?

-Cuando idealizamos el pasado es cuando acabamos pensando que no hay manera de afrontar el presente y eso siempre me parece más problemático.

-Te tiro una buena hallada al azar en un posteo de Nicolás G. Varela que reproduce esta cita de Cicerón: “Aristóteles dice que todos los seres humanos geniales son melancólicos”.

-Es que hay toda una tradición de vincular la melancolía y el autoconocimiento, determinado ensimismamiento, determinado carácter contemplativo, con la posibilidad de producir obras de arte, ¿no? Entonces entiendo que hay ahí algo productivo en la melancolía.

-En el cierre de tu libro agradecés a tus padres, a tus hermanos y, sobre todo, les das mucha importancia a los amigos porque, entre otros asuntos, te ayudaron a pasar la pandemia. Decís estar convencido de que “la amistad nos ha mantenido con vida o, al menos, lejos del peligro”.

-Absolutamente. Lo más positivo de la amistad es que son familias que uno elige y creo que es importantísimo pensar siempre de manera colectiva; y cuidar para poder ser cuidados y poder tener una buena red. Eso es fundamental.

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