Las acequias, ese sistema ancestral heredado de los huarpes, siguen siendo hoy uno de los atractivos que más asombran a los turistas que visitan Mendoza, ya vengan desde Buenos Aires, Brasil, Chile, Europa o cualquier rincón del país y el mundo. Al menos así lo señalan Michelle León y Alessandro Leonel Sejas, quienes día a día brindan sus servicios en el bus turístico que recorre los principales puntos.
Las acequias, el legado huarpe que sorprende al mundo y convierte a Mendoza en un oasis urbano único
Llegan por el vino, el sol y la cordillera, pero se van hablando del agua. Agua que corre a cielo abierto, que atraviesa calles, bordea veredas y riega árboles
Aseguraron que, para muchos visitantes, el primer impacto no es una bodega ni la montaña, sino ese murmullo constante del agua que aparece donde menos se la espera: al costado de una avenida, en una calle arbolada del microcentro o acompañando el verde intenso de los parques y plazas. En un territorio naturalmente árido, con escasas precipitaciones anuales, la presencia visible del agua despierta preguntas, curiosidad y, sobre todo, fascinación.
Quienes recorren la ciudad junto a guías locales escuchan esa reacción a diario. Michelle León, que además es encargada de estos recorridos, lo resume con una mezcla de humor y orgullo: las acequias son, muchas veces, “trampas para turistas”. No porque engañen, sino porque sorprenden. “No son comunes en el resto del país y acá están en todas las calles. Hay gente que se cae, gente que se asombra, pero sobre todo gente que valora muchísimo la utilidad que tienen, que es regar la arboleda”, explica.
Los visitantes se sorprenden cuando conocen la finalidad de las acequias
La sorpresa se multiplica cuando los visitantes descubren que las acequias no están pensadas para contener lluvias, como suele creerse, sino para distribuir el agua del deshielo andino. Y más aún cuando se enteran de que su origen se remonta a los pueblos huarpes, que lograron crear un oasis en medio del desierto mucho antes de la llegada de los españoles. Esa revelación suele cambiar por completo la percepción del paisaje mendocino.
Alessandro Leonel dice lo vive todos los días. “Mucha gente piensa que Mendoza es verde por naturaleza. Cuando les explicamos que en realidad es una zona árida, semidesértica, y que todo ese verde existe gracias a las acequias y al trabajo humano, se quedan boquiabiertos”, cuenta. La idea de un oasis construido y sostenido durante siglos resulta tan inesperada como poderosa para quienes pisan la ciudad por primera vez.
El asombro no distingue nacionalidades. Según los guías, llegan turistas de Chile, Brasil, Estados Unidos y distintos países de Europa, especialmente Francia y Alemania, además de visitantes de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y otras provincias argentinas. Muchos de ellos traen una imagen previa de Mendoza asociada casi exclusivamente al vino y a las bodegas. Pero una vez en la ciudad, el recorrido urbano les revela una historia distinta, más profunda y menos difundida.
En ese descubrimiento, las acequias funcionan como hilo conductor. Aparecen en el microcentro, en la zona fundacional, en las avenidas históricas y también en el corazón del Parque General San Martín. Allí, el agua acompaña al verde y potencia una postal que suele descolocar a quienes no imaginaban encontrar un parque de semejantes dimensiones en una provincia desértica.
“El solo hecho de pasar el portón del parque ya invita a bajar y recorrer”, explica Michelle. La arboleda, los canales de riego, los senderos y los espacios abiertos generan un impacto inmediato. Muchos visitantes deciden descender para caminar, sacar fotos o simplemente sentarse a observar. La Fuente de los Continentes, el lago, el Rosedal y el Museo de Ciencias Naturales aparecen como paradas casi obligadas, no solo por su valor histórico o cultural, sino por la experiencia sensorial que ofrecen.
Otros atractivos que sorprenden: el Cerro de la Gloria y el Parque San Martín
Más arriba, el Cerro de la Gloria se impone como uno de los puntos más visitados. No solo por su carga simbólica vinculada a la gesta sanmartiniana, sino también por la vista panorámica que regala de la ciudad, la precordillera y el trazado urbano. Desde allí, muchos logran entender visualmente el concepto de oasis: una mancha verde organizada, irrigada y viva en medio de un entorno naturalmente seco.
Hablar de Mendoza, inevitablemente, es hablar de San Martín. Y en ese relato, las acequias vuelven a aparecer como parte del contexto histórico que permitió el desarrollo de la ciudad y la organización del territorio. Comprender cómo se gestionaba el agua, cómo se plantaban los árboles y cómo se sostenía la vida urbana ayuda a los turistas a resignificar todo lo que ven.
La zona fundacional es otro de los espacios que los guías recomiendan recorrer con tiempo. Allí, el Museo del Área Fundacional y las ruinas jesuíticas de San Francisco, único testimonio en pie de la ciudad colonial, permiten conectar pasado y presente. La Casa de San Martín, que resguarda los restos de la vivienda donde nació Merceditas, completa un circuito que ayuda a entender por qué Mendoza es como es hoy.
Pero incluso en medio de ese recorrido histórico, las acequias siguen captando miradas. Fluyen silenciosas junto a edificios, museos y plazas, recordando que la ciudad creció de la mano del agua y del ingenio humano. Para muchos turistas, ese detalle termina siendo más memorable que cualquier dato aprendido de memoria.
Turistas que encuentran un detalle pintoresco en las acequias
Las experiencias inesperadas también forman parte del viaje. Alessandro recuerda con especial cariño los gestos de gratitud de algunos visitantes: turistas que, estando de vacaciones, se toman el tiempo de regalar pastelitos, de felicitar a los guías al finalizar el recorrido o de pedir que se anuncie por micrófono un aniversario o un cumpleaños. Esos momentos generan un clima cálido y colectivo, donde desconocidos aplauden y celebran juntos, y la ciudad se vuelve escenario de pequeñas historias compartidas.
Michelle, por su parte, evoca una anécdota que dejó huella: una tormenta inusual que inundó la avenida San Martín y sorprendió a todos. El agua, en una ciudad acostumbrada a administrarla con precisión, desbordó lo previsto y llegó hasta los tobillos de los turistas dentro del vehículo. Fue un episodio extraordinario que, paradójicamente, reforzó la conciencia sobre la importancia y la fuerza del agua en Mendoza.
Más allá de las anécdotas, lo que queda es una idea clara: las acequias no son un detalle pintoresco, sino un sistema vivo que define la identidad mendocina. Son patrimonio, historia y presente. Y para los visitantes, representan una puerta de entrada inesperada a la comprensión de la provincia.
“Nunca había visto algo tan interesante como las acequias, son únicas”
“El paisaje de Mendoza ya es hermoso por sí mismo, pero las acequias le dan un colorido especial que no había visto en ningún otro lugar”, dice Alejandra María Zenobi, quien viajó desde la provincia de Buenos Aires junto a un grupo de amigas. Para ella, el agua que corre por las acequias urbanas -que atraviesan calles como Boulogne Sur Mer y riegan plazas, árboles y jardines- transforma el entorno de un paisaje semidesértico en un oasis vibrante.
En su recorrido se interesó por las tomas, las compuertas y la historia de los tomeros, esos cuidadores tradicionales de las acequias que regulan el flujo del agua para riego y uso urbano. “Me sorprendió saber cómo se desviaba el agua, cómo se administra y cómo eso forma parte de la vida cotidiana de la ciudad. Es algo que no esperaba y que realmente me encantó”, cuenta Alejandra.
Las acequias de Mendoza forman parte de un sistema que se remonta a los huarpes, pueblo indígena que desarrolló estas redes de riego para aprovechar el agua del deshielo andino en una zona de poca lluvia anual, y que luego fue perfeccionado con la llegada de los españoles en la época colonial. Hoy son un rasgo distintivo del paisaje urbano y rural mendocino, y constituyen un patrimonio cultural vivo que llama la atención de visitantes de todo el país y el mundo.
Romina del Carmen Pippi llegó desde Carmen de Patagones, en el límite entre Río Negro y Buenos Aires, con la expectativa de disfrutar el vino, el clima y los paisajes de Mendoza. Pero una de las cosas que más la impactó fue la explicación de los guías sobre las acequias tradicionales. “Cuando escuché que las acequias eran un invento de los huarpes pensé: ‘¿Cómo puede ser que algo así siga funcionando después de tantos siglos?’”, relata con asombro. Para ella, la presencia constante del agua en medio de un entorno tan árido parecía casi un milagro.
Romina también notó un contraste en la ciudad: “Las plazas están tan bien mantenidas en general… menos el Parque de los Pueblos Originarios, en la rotonda cerca del Dalvian. Ese espacio debería ser revalorizado por la obra inmensa de los huarpes, por lo que significó para el desarrollo de esta región”. Su comentario pone en evidencia no solo la fascinación por el sistema de acequias, sino también una mirada crítica y curiosa sobre cómo se preserva y representa la memoria histórica en espacios públicos.











