Sabores que abrazan

La tierna historia ligada a la cocina que une a cuatro nietos mendocinos con su abuela Matilde

Matilde Quesada tiene 86 años, nació el 8 de marzo de 1939 y es de esas abuelas que no juzgan y se ríen fuerte. Cuatro de sus nietos la honraron con una gran idea

En la casa de Matilde nunca hizo falta avisar que uno iba a caer.

La puerta estaba abierta. La mesa, armada. Y si no había suficiente comida, se improvisaba. Siempre aparecía algo más. Matilde fue –y sigue siendo—una genia de la cocina. Lo cierto es que pasó toda una vida. Y sus nietos pensaron que este era el momento para honrarla con una idea: elaborar focaccia y establecer para su emprendimiento un nombre épico: “La Matilde”.

Matilde Isabel Quesada García tiene 86 años y nació en Mendoza el 8 de marzo de 1939. Para su familia, esa fecha no es un dato menor: dicen que nació el Día de la Mujer antes de que se lo llamara así, y que quizás por eso fue siempre una mujer adelantada a su tiempo. Moderna, curiosa, divertida. De las que escuchan sin juzgar y opinan sin imponer.

Matilde y sus nietos focaccia
¿Qué mejor que honrar a nuestra abuela que con algo que la identifica? dice Facundo Del Olmo, mientras asegura que la cocina siempre atravesó a la familia. Matilde, siempre sonriente, siempre rodeada de nietos.

¿Qué mejor que honrar a nuestra abuela que con algo que la identifica? dice Facundo Del Olmo, mientras asegura que la cocina siempre atravesó a la familia. Matilde, siempre sonriente, siempre rodeada de nietos.

“Es una abuela muy abierta. Con ella se puede hablar de todo”, dice Facundo Del Olmo, uno de sus nietos. “Nunca te juzga. Se ríe, te escucha, te responde a la par”.

Matilde es la abuela paterna de Facundo, pero en la familia nadie la define solo por el parentesco. Es, más bien, el centro. El lugar al que se vuelve. El punto de encuentro.

Tiene diez nietos en total. Pero fueron cuatro —Juan Cruz, Facundo, Santiago y Margarita— quienes decidieron transformar ese vínculo cotidiano, construido a lo largo de toda una vida, en este homenaje concreto puramente gastronómico. Joaquín, otro de los hermanos, vive en Europa. Los demás nietos también están presentes, incluso en los nombres de los platos. Porque esta historia no se trata de elegir a algunos, sino de incluir a todos.

Una abuela que siempre estaba... y siempre cocinaba

Matilde no fue una abuela distante. No fue de visitas esporádicas ni de llamados formales. Estuvo siempre con su sonrisa, su cocina, sus puertas abiertas.

“Históricamente fue una abuela muy presente, muy de estar”, recuerda Facundo. “Su casa fue nuestro hogar. De chicos íbamos a comer, a jugar, a tomar mate. De grandes seguimos yendo a charlar”.

En su casa se hablaba de todo. De lo importante y de lo cotidiano. De lo que dolía y de lo que daba risa. Matilde escuchaba. Preguntaba. Opinaba. Nunca bajaba el martillo.

“Está muy actualizada. Habla de temas de hoy, entiende, se interesa. Y sobre todo no juzga”, dice su nieto. “Eso para nosotros fue clave”.

Mientras muchas familias marcan límites generacionales rígidos, Matilde se sentó siempre en la misma mesa que sus nietos. Literal y simbólicamente. “Podés decir cualquier cosa, incluso alguna guarangada, y se mata de risa. Es muy jodona”, cuenta Facundo entre risas.

La cocina como punto de encuentro

Si hay un lugar central en la historia de Matilde, es la cocina. No solo como espacio físico, sino como lenguaje.

Polenta. Milanesas a la napolitana. Pastas. Comida casera, abundante, hecha sin apuro. Platos que se repiten en los recuerdos familiares como una escena constante.

“Sin dudas, lo mejor que hizo mi abuela en todos estos años de unir a la familia fue cocinar”, afirma Facundo. “Y cocinar exquisito”.

La comida era la excusa. El motivo. No importaba tanto qué se comía, sino que se comía juntos.

abuela matilde
Matilde Isabel Quesada García tiene 86 años, cocinó toda su vida y nació el Día de la Mujer.

Matilde Isabel Quesada García tiene 86 años, cocinó toda su vida y nació el Día de la Mujer.

La familia Del Olmo tiene tradición gastronómica: son la cuarta generación ligada a la cocina. Y aunque el proyecto que hoy la homenajea llegó muchos años después, el vínculo con la comida estuvo siempre ahí.

“Nosotros crecimos con el olor a comida rica. Llegabas y ella estaba cocinando algo”, recuerda Facundo. “Eso te marca”.

Una mujer libre en todos los sentidos y una abuela presente

Matilde fue moderna incluso cuando no estaba bien visto serlo. También en lo amoroso.

Se casó con Chiqui, el abuelo de sus nietos. Tuvieron hijos. Luego se separaron. Más tarde, en Mar del Plata, Matilde conoció a Bruno, quien se convirtió en el amor más largo y profundo de su vida adulta.

“Bruno fue como un tercer abuelo para nosotros”, cuenta Facundo. “Estuvo muchos años con ella y fue una figura muy importante”.

Entre esas dos historias hubo también otro vínculo, al que la familia recuerda con humor como “el amor prohibido”. Matilde nunca ocultó su vida ni la contó con vergüenza. Siempre habló con naturalidad, sin solemnidad.

matilde junto a su nuera y sus nietos
Matilde junto a su nuera y cinco de sus nietos, hijos de su hijo: Juan Cruz, Facundo, Santiago, Margarita y Joaquín Del Olmo.

Matilde junto a su nuera y cinco de sus nietos, hijos de su hijo: Juan Cruz, Facundo, Santiago, Margarita y Joaquín Del Olmo.

“Eso también nos marcó. Ella nunca nos enseñó a esconder nada”, dice su nieto.

Por eso, cuando surgió la idea del homenaje, apareció casi naturalmente la decisión de ponerle nombres propios a los platos. No como estrategia, sino como relato.

Una carta que cuenta la historia de una abuela

Lo cierto es que cada plato tiene un nombre y una historia detrás. Personas reales. Vínculos reales. Está Chiqui, el abuelo. Está Bruno, el gran amor. Está Rocco, ese amor intermedio que quedó en la memoria familiar.

Está Margot, la vecina, que resulta ser la madre de la madre de Facundo. Sus padres se conocieron porque vivían enfrente. Las abuelas eran amigas del barrio. Una historia simple, bien mendocina, bien de antes.

Está Pablito, un primo muy querido (otro nieto de Matilde) y “el preferido de todos”, dicen entre risas. Tanto, que mereció su propio sándwich.

focaccia
Una de las tantas variedades de focaccia.

Una de las tantas variedades de focaccia. "Matilde", dicen los nietos, es la más significativa.

Está Matilde, el más clásico. El que lleva su nombre. El que resume todo.

Y está Séptimo C. El nombre despierta curiosidad. Y su historia es tan cotidiana como entrañable.

Matilde tenía una media hermana en España, a quien no conoció hasta después de la muerte de su padre. Cuando llegó el momento de resolver la distribución de un inmueble que debían compartir, Matilde envió desde Mendoza documentación a lo que creía era la dirección correcta: un departamento identificado como Séptimo C.

Nunca hubo respuesta. Tal vez la dirección estaba mal. Tal vez el departamento no existía. Tal vez los papeles nunca llegaron. Nunca lo supo.

“Siempre quedó esa historia”, cuenta Facundo. “Ese intento de contacto que no prosperó”.

Con los años, el error se volvió anécdota. Y la anécdota, memoria. Y la memoria, nombre.

Lo que no cambia: la cocina, la risa y la abuela eterna

Matilde sigue siendo la misma. Sigue lúcida. Sigue cocinando. Sigue recibiendo gente en su casa. Sigue siendo esa abuela con la que se puede hablar de todo.

Sus valores -la familia, el encuentro, la comida compartida, el amor sin condiciones- no se enseñaron con discursos, sino con hechos.

“Nos marcó el estar. El volver. El juntarnos los primos, los nietos”, resume Facundo.

Esta historia nació de lo contrario: del tiempo compartido, de la paciencia, de la mesa larga.

Porque, como dice Facundo Del Olmo, hay abuelas que dejan recetas. Y hay otras, como Matilde, que dejan un legado.

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