Después de cinco horas de viaje desde el aeropuerto de San Pedro Sula, en Honduras, la ruta se vuelve cada vez más angosta, más verde, más inhóspita. La selva empieza a cerrarse sobre el camino y el mundo, tal como se conoce, parece quedar lejos. Allí, en medio de ese paisaje denso y olvidado, aparece Toncontín: una pequeña villa donde la pobreza es una forma de vida.
"La paz empieza con la sonrisa de un niño": el mendocino que recorre el mundo llevando teatro a lugares olvidados
Fernando Funes es de San Martín, vive en Nueva Jersey y combina su trabajo con misiones humanitarias. Esta vez llevó risas y teatro a una remota selva de Honduras
Hasta ese lugar llegó Fernando Funes, un mendocino de San Martín, que hace años vive en Nueva Jersey, Estados Unidos, pero que nunca dejó de mirar hacia los costados. Ni de involucrarse. Ni de hacer. Su misión es la ayuda humanitaria.
Esta vez no viajó solo a su misión humanitaria. Lo acompañó un equipo formado también por una médica mendocina, María José Chaler, especialista en medicina familiar en zonas rurales. Mientras ella atendía pacientes en un contexto de extrema vulnerabilidad, él desplegaba su otra vocación: la de llevar teatro, risas y un momento de alivio a quienes menos tienen.
“El proyecto de la organización que visitamos está basado en un comedor que provee almuerzo a los niños y útiles escolares para incentivar su educación”, cuenta a Diario UNO. En ese rincón del mundo, la infancia no siempre transcurre en las aulas. Muchos chicos son enviados por sus familias a trabajar en el campo y el acceso a la educación es limitado, lo que deriva en altos niveles de analfabetismo.
"En plena selva hondureña, donde la pobreza duele, nos conmovieron las risas en el teatro", dijo Fernando
La precariedad no es un detalle: es la base. “Las construcciones son extremadamente precarias. La gente es muy humilde, pero nos recibió con todo lo que tiene”, relata Fernando, todavía atravesado por la experiencia.
"Aquí por las calles se pasean vacas, caballos, patos, gallinas, chivos, estamos en áreas de jaguares, monos negros de cabeza blanca, iguanas, serpientes. En esta zona se encuentra la boa constrictora y algunas venenosas también, muchas variedades de aves", relata.
En ese contexto, el lunes 16 de marzo comenzó algo que, aunque parezca pequeño, tiene una potencia transformadora: las funciones de “The Fabulous Clown”. Durante cuatro días, hasta el jueves 19, la selva dejó de ser solo verde y silencio para convertirse en escenario de risas, colores y asombro.
“Llevamos sonrisas con cuatro funciones. La inocencia de los chicos y su alegría nos llenó el corazón”, dice. Pero no lo cuenta como alguien que da, sino como alguien que recibe. Porque en esas escenas —chicos riendo a carcajadas, miradas encendidas, aplausos espontáneos— también hay algo que vuelve.
“La emoción y la alegría se apoderaban de nosotros cada día y disfrutábamos tanto como ellos. La selva se transformó en colores y risas”, describe.
No es la primera vez que Fernando hace algo así. De hecho, podría decirse que es una forma de vida. Desde Mendoza, cuando todavía era un joven con inquietudes artísticas y sociales, ya recorría escuelas rurales en bicicleta junto a sus amigos, llevando obras de teatro y juntando donaciones para comunidades carenciadas.
La vida lo llevó lejos geográficamente —hoy está radicado en Estados Unidos—, pero no lo alejó de esa esencia. Al contrario: la expandió. Sus misiones lo han llevado a distintos países y contextos, siempre con el mismo objetivo: llegar a lugares donde la ayuda no siempre llega.
"Volvimos de Honduras con la ilusión y la esperanza de un mundo mejor"
Pero Honduras dejó una marca especial. Quizás por la crudeza del contexto. Quizás por la cercanía con la infancia. O quizás por ese contraste brutal entre un mundo atravesado por conflictos y otro donde, pese a todo, la alegría todavía encuentra espacio.
“En un mundo donde la guerra se ha transformado en algo de todos los días, la sonrisa de estos chicos se transforma en ilusión y esperanza de que un mundo diferente es posible”, reflexiona.
La frase no es casual. Tampoco lo es la convicción que la sostiene. Porque para Fernando, las grandes transformaciones no empiezan necesariamente en los lugares de poder, sino en gestos simples, en vínculos, en pequeños actos que cambian algo en alguien.
“Se pelean diferentes batallas en este mundo, y para encontrar la paz completa estoy seguro de que se empieza con la sonrisa de un niño”, dice. Y ahí, en esa idea, se resume todo.
No se trata solo de viajar, ni de ayudar, ni de llevar una obra de teatro. Se trata de construir sentido. De conectar. De abrir una pausa en medio de realidades durísimas y, aunque sea por un rato, cambiar el clima emocional de un lugar.
Una médica mendocina fue parte del equipo humanitario
Mientras la médica mendocina atendía casos de salud en condiciones complejas, él ofrecía algo que no se mide en estadísticas, pero que también cura: la risa, el juego, la sorpresa.
Y en ese cruce —salud y arte, urgencia y ternura— se armó una escena potente, casi simbólica. Una muestra de que las formas de ayudar pueden ser múltiples, pero igual de necesarias.
Fernando no habla desde la grandilocuencia. Lo suyo es más simple, más directo, más genuino. Y repite que hay que saber frenar. En cualquier lugar, como en una selva, junto a un grupo de chicos. “Frenar, mirar y pensar”, concluye.
Tal vez por eso, desde Nueva Jersey o desde cualquier punto del mundo, este mendocino de San Martín no deja de hacer lo que empezó hace años: acercarse, involucrarse y, de alguna manera, cambiar pequeñas porciones de realidad.









