Aquellos que leyeron las "Memorias" de Fray Mocho o entrevieron al personaje en las aguafuertes de Arlt, sabrán de qué trata, y en especial quienes escucharon la melodía en su barrio, y era el anuncio de la llegada de un "marchante", el querido afilador, que además de hacer sonar su instrumento musical, acompañaba su anuncio con el pregón liso y llano de "¡afiladoooooooor!". Ese sonido musical, que también solía acompañar a los heladeros, era el producido por un instrumento llamado Flauta de Pan, y a su ejecución, acudían amas de casa, modistas o el hombre de la casa, para poner en forma sus tijeras o cuchillos, desafilados por el uso. Hoy, gracias a algunos trabajadores, que aman su oficio, aún podemos hacer afilar herramientas y utensilios en la puerta de nuestra casa, y de paso charlar con estos personajes inolvidables, ajenos al tiempo.

Afiladores en Mendoza

Algo que parece ya sacado de viejas crónicas y cuentos, aún persiste -y resiste- en los barrios de Mendoza y otras provincias. Pero en lo que a los mendocinos nos atañe, no son pocas las barriadas que saben del paso de los hermanos Méndez, con sus bicicletas modificadas para poder hacer uso de la piedra esmeril con "tracción a sangre".

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Luis Méndez tiene 51 años, y fue el que heredó como "consorte" el oficio, que luego adoptó su hermano, un año menor, José Méndez. El suegro de Luis, don Orlando Sotomayor, fallecido hace ocho años, era un personaje conocido en todo Mendoza por su trabajo de afilador ambulante. Luis afila desde hace ya 29 años, mientras que José hace 23.

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"Este es un trabajo muy lindo, se tiene mucho contacto con la gente y se anda por los barrios", explicó Luis, a lo que agregó José que "en los barrios es más tranquilo, y la gente ya nos conoce".

Sin embargo, no todo es bucólico, y menos en nuestra actualidad, y ambos andan generalmente juntos, "debido a la inseguridad". No son pocos los lugares donde suceden hechos de violencia y los robos.

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Tal como lo hiciera el suegro de Luis, el recorrido de los afiladores no es local, y así como visitan con frecuencia y periódicamente ciertas zonas, también suelen cargar todo e irse a otros departamentos de la provincia o a San Luis, por ejemplo. "Antes era más fácil irse a otra ciudad a trabajar, como hacía mi suegro", dijo Luis, que agregó: "Podías cargar la bicicleta completa en la bodega del micro, y sólo tenías que sacar el boleto. Ahora no se puede, y hay que ponerla desarmada y se cobra aparte".

José Méndez dijo que suele cargar las cosas en su vehículo propio para ir a otra provincia. "Encima ahora es una lotería ir a otro lugar. A veces te va bien, y otras andás "paseando" y no haces ni un mango".

Ambos trabajan en esto desde mucho tiempo, y con este oficio llevaba el pan diario a sus hogares. Luis pudo criar a cinco hijas mujeres. "Ya se casaron dos, y quedan las otras". Mientras que José pudo criar a tres varones y un mujer.

Consultados sobre si alguno de sus hijos iba a seguir el oficio, dijeron ambos: "Ni locos, no quieren saber nada con esto".

Respecto a los precios, comentaron que "Cobramos más barato que en las casas de afilado, y nuestros precios son de $200 para cuchillos y tijeras, y de $400 para las tijeras de cortar pasto", señalaron los Méndez.

Cuando un vecino los llama, sacan el caballete trasero de la bicicleta, que le da anclaje al vehículo y levanta su rueda trasera -la de tracción- y ahí le acoplan las poleas que mueven las ruedas del las piedras; una esmeril, y la otra de rapo, para asentar el filo. Sobre el manubrio tienen una pequeño yunque o bigornia, que les sirve para ajustar a martillazos los remaches que sujetan las hojas de los cuchillos al mango, o el del eje de las tijeras. Una vez finalizado el trabajo en plena vereda, el cliente paga, y el afilador se va pedaleando y haciendo sonar su flauta, esa que tantos recuerdos nos trae a muchos.