El tiempo pasa y la tecnología y el descubrimiento de nuevos materiales va cambiando paradigmas, al igual que la automatización de procesos va cesanteando mano de obra. Pero justificando ese factor que nos enorgullece a los argentinos: ser "distintos", tiene un pilar casi fijo: nuestra pendulante economía, que hace que pasemos del consumismo y el descarte feroz, a tener que recurrir al reciclaje y a servicios que supuestamente habían quedado en el olvido, como el retorno de algún personaje del ayer, como el colchonero, el afilador o la modista del barrio.

Por mucho tiempo desapareció la imagen de aquel marchante que pregonaba su oficio por las calles, munido de aquel extraño aparato que lo caracterizaba: la escardadora, una especie de caballito de madera con instrumento de tortura, donde se veían dos superficies con púas. Como si de las mandíbulas de un animal mitológico se tratara, y que despertaba las fantasías infantiles. Cuántos recuerdos se vienen a la mente, viendo trabajar al colchonero a la sombra de un árbol, en la vereda, escardando la lana o cambiando el cotín de un colchón de la casa. Hoy este trabajador reaparece para traer soluciones.

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Armando Bastías pudo conseguir -tras el incendio que se llevó todo- dos máquinas emblemáticas de su oficio: la escardadora de lana, la que en los años pasados sus colegas solían cargar por las calles, donde pregonaban sus servicios, realizados en la propia vereda del cliente.

Armando Bastías pudo conseguir -tras el incendio que se llevó todo- dos máquinas emblemáticas de su oficio: la escardadora de lana, la que en los años pasados sus colegas solían cargar por las calles, donde pregonaban sus servicios, realizados en la propia vereda del cliente.

Armando Emilio Bastías heredó el oficio de su papá, y aprendió de chico ese casi mágico arte de resucitar a un colchón, para que nos depare el "merecido descanso reparador". Mucho tiempo pasó desde que la economía dictó que era tiempo de productos importados baratos (y descartables), y los Bastías tuvieron que buscar otros medios de vida.

"Cuando mi papá terminó el servicio militar, en el año 60, se vino de General Alvear y consiguió trabajo en una gran fábrica de colchones que estaba en la calle Adolfo Calle (Dorrego), y ahí aprendió el oficio y trabajó por unos 10 años, hasta que se independizó. En aquella época eran colchones de lana, y comenzaban a salir los primeros con resortes, los Pullman. Con el tiempo se fue expandiendo, y tuvo muchos clientes particulares, y casas de compra y venta o remates", explicó Bastías sobre el inicio de la "dinastía" de colchoneros.

"Hubo mucho progreso y se trabajaba bien, hasta la época del Proceso (militar), donde comenzó la importación y comenzaron a llegar los colchones de marcas de afuera, y ahí bajó mucho el trabajo de mi viejo", dijo Armando, que agregó: "Yo de adolescente, cuando había mucho trabajo comencé a ayudarle, y así aprendí el oficio".

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Hasta el genial Enrique Santos Discépolo lo nombra en su inmortal obra de 1934, el tango Cambalache. El colchonero fue siempre parte de la vida cotidiana de nuestro país.

Hasta el genial Enrique Santos Discépolo lo nombra en su inmortal obra de 1934, el tango Cambalache. El colchonero fue siempre parte de la vida cotidiana de nuestro país.

El destino le tenía preparada una ingrata sorpresa a Diego, que lo lanzó de lleno a la actividad: "En el año 87, con 50 años, falleció mi viejo, y yo, con el poco conocimiento, que tenía, enseñado por mi viejo, me animé y me hice cargo del negocio. Trabajamos un tiempo bastante bien, hasta que llegó la época del gobierno de Menem, y tuve que cerrar y salir a buscar trabajo. Pude entrar en el sanatorio de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, en el área de mantenimiento, donde trabajé por 26 años, aunque seguí haciendo algunas extras reparando colchones", recordó Bastías.

Incendio y resurgimiento de las cenizas

Pero la partida de su padre y la caída del trabajo en el taller de colchones no fue la única vicisitud que le tocó a Armando: "Un día, estando de guardia en la clínica, me llamaron para avisarme que se había prendido fuego el taller, que estaba en la casa de mi vieja. Todo se perdió: máquinas, materiales, y hasta una camioneta. Hasta aquí llegamos con los colchones, pensé, sin preocuparme, ya que tenía el trabajo en la clínica", dijo Diego.

"Apenas pasaron unos días del incendio, recordé que en la década del '60 a mi papá también se le había incendiado el local, y él se puso firme y lo reconstruyó. Así que pensé que en su memoria yo no podía dejar perder lo que me había dejado de herencia. Así que como pude, y de apoco fui recuperando el galpón, conseguí algunas máquinas, con la ayuda de algunos proveedores, que conociendo la situación me ayudaron, y así pude seguir; sabía que tenía que seguir", agregó el especialista en colchones.

El destino volvió a atar la vida de Bastías con su oficio heredado, el que vino en su ayuda en otro difícil momento. "En el 2019 me quedé sin trabajo en la Sociedad Española después de 26 años. Gracias a Dios había puesto en funcionamiento el taller, así que me estoy dedicando en exclusiva eso ahora", contó Diego, que agregó: "La economía actual hizo que volviera a tener mucho trabajo. Los precios se dispararon, y sacando cuentas, una reparación a nuevo que yo hago, te cuesta un tercio de lo que vale un colchón de mediana calidad".

"Hay mucha gente que compra un colchón barato, me lo lleva, y yo se lo refuerzo, se aprovecha la misma tela y los resortes, que son nuevos, y le agrego planchas de poliéster y otros elementos que uso, y les dejo un colchón de altísima calidad. Además hay gente que todavía usa los viejos colchones de lana, y cada cinco años me los trae, les lavo la lana, se las escardo, y quedan nuevos", explicó Bastías.

Hablando en cuestión de números, Armando detalla que, "estando buena la tela, se les pone alguna placa de poliéster, se le reemplaza algún resorte roto, que yo tengo repuesto reciclados, el costo varía entre $15.000 y $20.000, y quedan mejor que nuevos", explicó el especialista, que tiene su taller en el barrio Infanta, de Las Heras.

"Tal como está la situación, hay mucha gente que arregla conmigo, ya que no recibo tarjetas ni nada de eso, y les doy facilidades de pago, en dos o tres veces. Está difícil para todos, y hay que dar una mano", terminó.