"Gracias Dios, por abrirme puertas que solo vos podés abrir…”. No es una frase al pasar. Es, en realidad, una síntesis de vida. La escribió la médica rural mendocina María José Chaler tras regresar de Honduras, donde visitó una comunidad vulnerable junto al misionero Fernando Funes. Pero su historia no empieza ni termina en ese viaje. Su historia se escribe todos los días, en caminos de tierra, distancias interminables y silencios que solo se rompen cuando alguien llega.
Majo nació en San Martín, pero eligió ejercer donde muchos no quieren —o no pueden— hacerlo. En parajes como Agua Escondida, Malargüe, donde el hospital más cercano puede quedar a cinco horas y el transporte público pasa cada 15 días, la medicina deja de ser solo una profesión para convertirse en una forma de estar en el mundo.
“Elegí la medicina rural porque siento que ahí es donde más puedo ayudar. Tener vocación de servicio y ser coherente con eso es lo más importante”, cuenta. Y lo dice sin épica, aunque su día a día la tenga. Porque en esos territorios no alcanza con saber diagnosticar: hay que escuchar, acompañar, sostener. “Acá no sos solo médica: sos quien llega cuando nadie más puede, quien está en los momentos más difíciles y también en los más lindos”.
En ese contexto, cada consulta es también un vínculo. Un mate compartido, una silla ofrecida como gesto de respeto, una familia que agradece la visita como si fuera un acontecimiento extraordinario. “Llegar a un puesto alejado y que te reciban con una sonrisa, que te den todo lo que tienen aunque sea poco… eso conmueve siempre. Te hace sentir que tu presencia acorta distancias”, describe.
La medicina en medio de falta de recursos y caminos en mal estado
Pero el romanticismo dura poco cuando aparecen las urgencias. Los caminos en mal estado, la falta de recursos, la imposibilidad de acceder a estudios o medicación y las barreras económicas obligan a “hacer mucho con muy poco”. Cada decisión pesa más cuando se sabe que derivar a un paciente implica, muchas veces, un viaje largo, costoso y hasta incierto.
Esa misma lógica de carencias fue la que encontró, amplificada, en Toncontín, Honduras. Allí, en una aldea donde el centro de salud no tiene médico y los recursos son prácticamente inexistentes, la realidad golpea distinto. “Hay una nula accesibilidad al sistema de salud. La gente no puede viajar, no puede pagar atención privada y el sistema público prácticamente no existe”, explica.
Durante su estadía, evaluó a niños y detectó cuadros de parásitos, sarna y anemia. También vio de cerca la precariedad extrema: alimentación basada casi exclusivamente en arroz y frijoles, falta de insumos básicos y un abandono estructural que duele. Sin embargo, hay algo que se repite, tanto en Mendoza como en Honduras: la dignidad.
“El vínculo humano se construye igual: con cercanía, respeto y presencia”, dice. Y recuerda una escena que la marcó: decenas de niños acercándose a abrazarla sin conocerla, siguiéndola, llamándola por su nombre como si la hubieran esperado siempre. “Ese amor tan genuino… es algo muy difícil de explicar”.
El vínculo humano se construye igual: con cercanía, respeto y presencia”, dice
En medio de ese contexto, el arte también hizo lo suyo. Fernando Funes llevó teatro, magia y juegos. Las sonrisas fueron inmediatas, intensas, casi desconocidas para muchos de esos chicos. Pero hubo un momento que quedó grabado: al despedirse, uno de ellos preguntó si al día siguiente habría otra función. Cuando le dijeron que no, su cara lo dijo todo.
"A veces siento impotencia al no poder hacer más", confiesa la médica mendocina
Y luego, una frase que quebró a todos. “Nosotros oramos para que llueva mucho y el río crezca y ustedes no puedan cruzarlo, así se quedan con nosotros”.
Volver nunca es igual después de eso. Majo lo sabe. “Hay gratitud, pero también preguntas, incomodidad, impotencia por no poder hacer más”, reconoce. Sin embargo, lejos de paralizarla, esa sensación la empuja. La reafirma. La obliga a preguntarse qué más puede hacer desde su lugar.
Porque si algo tiene claro es que la medicina, en estos contextos, no siempre cura. Pero siempre puede estar. Puede escuchar. Puede acompañar. Puede hacerle sentir al otro que importa.
Y en ese gesto, pequeño pero profundo, empieza todo. Porque como dice ella, los grandes cambios nacen así: con un granito de arena. Con alguien que decide ir, incluso cuando el camino es el más difícil.










