El verano en el campo no siempre equivale a vacaciones. A veces se mide en luz, en madrugadas largas, en animales que se trasladan, en manos que aprenden y en fogones que nunca se apagan del todo. En el Puesto Arroyo El Molle, en la zona rural de Malargüe, el verano tiene nombre propio: veranada. Y también tiene un protagonista pequeño, pero decidido: Ihan Arteaga Alaniz.
El pequeño Ihan aprende los secretos del campo entre la veranada, mates y tortas fritas
Vive en el Puesto Arroyo El Molle, acompaña a su familia en la veranada y pasa sus días entre animales, fogones y aprendizajes rurales. Lejos de las pantallas y las colonias de verano
Ihan cumplió 9 años en septiembre y vive allí desde que nació. Su mundo cotidiano es el puesto ganadero familiar, un lugar aislado, al que se llega solo a caballo, donde la vida transcurre lejos de las comodidades urbanas y cerca de lo esencial. En verano, la familia traslada los animales a zonas más altas, donde hay mejor pastura y agua. Es tiempo de trabajo intenso, de movimiento constante y de aprendizaje compartido.
Aunque su edad podría ubicarlo en piletas, colonias de verano o tardes frente a una pantalla, Ihan transita otra infancia. Acompaña a su papá, Luis, en las tareas diarias; observa, pregunta, prueba. Nadie lo obliga. Esa es una frase que se repite como un mantra en su familia. “A él le gusta”, dice su papá. Y esa afirmación alcanza para explicar todo.
Durante este verano, además de estar presente en la veranada, Ihan perfeccionó saberes que en el campo se transmiten de generación en generación. Aprendió a hacer asados, a cebar mate con paciencia y a preparar masa para tortas fritas. Son gestos simples, pero cargados de sentido. Gestos que hablan de una infancia activa, involucrada y orgullosa de lo que hace.
El día comienza temprano. Los caballos esperan ser cambiados de lugar para que puedan comer mejor por la mañana. Ihan acompaña. Ayuda a atarlos, a soltarlos, a guiarlos. Todo se hace despacio, sin apuro, pero con atención. Después llega el momento del fogón. La leña, el fuego, la pava. El mate circula. Ihan ya sabe cuándo está listo, cómo cebarlo y a quién ofrecerlo primero.
"Quiere aprender todas las tareas rurales y para nosotros es un orgullo"
“Él trata de hacer todo lo que nosotros ya sabemos”, cuenta Luis. “Le vamos enseñando y él va aprendiendo”. En esa frase se resume una forma de crianza donde el conocimiento no se impone, sino que se comparte. Donde el niño no es espectador, sino parte.
Hace poco, en una de esas jornadas de verano, Ihan ayudó a amasar para las tortas fritas. Mezcló, amasó, esperó. Después miró cómo se inflaban en el aceite caliente y celebró el resultado. Son aprendizajes que no figuran en ningún manual escolar, pero que construyen autonomía, identidad y pertenencia.
El Puesto Arroyo El Molle es uno de esos lugares que aparecen en las historias del Malargüe profundo. Zona de crianceros, trashumancia, tradiciones rurales y sacrificio cotidiano. Allí, muchas familias viven prácticamente todo el año, con acceso limitado a servicios básicos y una relación directa con la naturaleza y sus tiempos.
En ese contexto crece Ihan. Juega con lo que hay: pelotitas pequeñas, caballitos, el espacio inmenso de las vegas. Corre, imagina, se inventa mundos. Tiene juguetes, tiene una pileta que ya le quedó chica, tiene algunas cosas que compra cuando junta su platita. No es una infancia carente, es una infancia distinta.
En el puesto de veranada no está su mamá, Angie, que se quedó en la invernada. Ihan va a verla pronto. Hace días que no se ven y la espera es parte del aprendizaje también. Entender que el campo organiza la vida de otra manera, que hay tiempos de estar juntos y tiempos de estar separados, pero siempre conectados.
Gracias a los avances tecnológicos, hoy en esa zona tienen acceso a internet. Es una novedad que facilita la comunicación y acorta distancias. Aun así, la vida cotidiana sigue siendo rústica. Las cosas se trasladan a caballo, el clima manda, el silencio pesa y enseña.
Luis insiste en algo que considera fundamental: nadie obliga a Ihan a hacer nada. “Él anda haciendo esto porque le gusta”, repite. Para su papá, que el niño aprenda el oficio del campo no es solo una cuestión práctica, sino una forma de prepararlo para el futuro. “Qué mejor para nosotros que nos ayude, que el día de mañana se sepa desenvolver solo y no tenga que depender de nadie”.
Ihan, el niño que ama las veranadas, los caballos, el mate y el asado
En el verano, el campo se muestra más amable. Hay más horas de luz, menos frío, más movimiento. Pero también hay trabajo. Y en ese equilibrio entre esfuerzo y disfrute, Ihan encuentra su lugar. Es feliz haciendo lo que hace. Eso se nota en su forma de moverse, de hablar, de mirar.
Su historia contrasta con la de muchos niños de su edad, pero no desde la carencia, sino desde la diferencia. No hay pantallas constantes ni horarios rígidos. Hay animales, fogones, mates compartidos, manos pequeñas aprendiendo gestos grandes.
Ihan es parte de un mundo que sigue vivo en Malargüe. Un mundo que resiste al olvido y a la homogeneización. Un mundo donde la infancia no está separada de la vida adulta, sino integrada, acompañada y respetada.
Mientras el verano avanza y la veranada sigue su curso, Ihan continúa aprendiendo. Asado tras asado, mate tras mate, torta frita tras torta frita. En cada gesto, en cada día, se va formando un niño que conoce su tierra, su gente y su historia.
En Arroyo El Molle, lejos de las piletas y de la tecnología que domina las ciudades, un niño de 9 años vive un verano distinto. Uno que huele a leña, suena a cascos de caballo y se saborea a tortas fritas recién hechas. Un verano que, sin dudas, lo va a acompañar toda la vida.








