Juan Manuel Molina tiene 59 años, nació en Mendoza el 7 de julio de 1966 y es docente, director y maestro del CAE CP 293 “Luis Alberto Spinetta”. En su cuenta de Instagram define con pocas palabras, pero precisas, lo que se animó a hacer: “Experiencia de cicloviajero ”. Hoy, esa definición cobra una profundidad inesperada. Juan Manuel está atravesando en bicicleta uno de los viajes más importantes de su vida: 2.204 kilómetros desde la isla de Chiloé, en Chile, hasta Junín, Mendoza. Planea llegar el próximo 28 de enero. Le faltan unos 500 kilómetros. Y cada uno tiene sentido.
Este desafío no nació de la nada. En febrero de 2025, luego de atravesar un autotrasplante de médula ósea por mieloma múltiple, algo cambió para siempre en su manera de mirar la vida. “Empiezo a interpretar que la finitud de la existencia terrenal es inexorable, y que la vida es como la llama de un fósforo”, reflexiona. Esa certeza, lejos de paralizarlo, lo impulsó. “Entonces me propongo este desafío, para no dejar sueños de vida por cumplir”, explica. Y agrega un propósito aún más grande: servir de ejemplo, demostrar que “no todo termina, sino que todo comienza” cuando se atraviesa una enfermedad de este tipo.
El viaje lo está haciendo solo. Totalmente solo. Pero nunca se sintió aislado. Todo lo contrario. En estos kilómetros, Juan Manuel vivió una experiencia de introspección profunda, permanente, corporal y espiritual. El ritmo lento —en el mejor de los casos, unos 12 kilómetros por hora— lo convierte en lo que él define como un “turista económico, libre como el viento”, abierto a vivencias únicas que sólo el camino ofrece.
Numerosas y poderosas anécdotas en cada kilómetro a pedal
Las anécdotas son muchas y poderosas. En el sur de Chile, se sentó a conversar con un mapuche sobre cómo mantener vivas las etnias originarias. No fue una charla apurada: fue un intercambio de saberes, miradas y silencios. En otro tramo, en medio de la nada, un automovilista frenó sin conocernos, sólo para ofrecerle una botella de agua con cubos de hielo. Un gesto mínimo, vital, inolvidable.
También se cruzó con un excombatiente, veterano de Malvinas. Al mirarlo a los ojos, Juan Manuel sintió que la Patria seguía viva en su voz, en su mirada, a pesar del dolor de haber atravesado una guerra. Hubo emoción, respeto y memoria compartida.
En la isla de Chiloé, un ingeniero hídrico chileno le ofreció un trozo de cordero recién cocinado y un poco de pan. En ese encuentro, hablaron sobre la educación de sus hijos en una zona tan aislada. En otro punto del camino, se encontró con un grupo de adolescentes de CABA. Les contó su historia, su idea, su viaje. Descubrió que, al igual que él, admiraban con pasión al gran Flaco Spinetta. Entonces entendió algo que lo reconfortó profundamente: nada está perdido con esta juventud que crece.
En un camping de San Martín de los Andes, compartió una charla con un físico sobre las bondades de la medicina ontológica. En comunidades mapuches, los niños y niñas lo saludaban con un simple y devastador “hola señor”, una gratuidad que desarma el alma. Un mapuche lo llamó “Peñi” -hermano- sin conocerlo previamente, le ofreció un salón para descansar y le llevó pan recién sacado del horno.
Un baño a cambio de una foto del protagonista y su bicicleta
También hubo obreros forestales que le ofrecieron el baño para que pudiera ducharse. A cambio, sólo le pidieron una foto, para mostrarles a sus hijos con quién se habían cruzado. En un recóndito lugar de la isla, conoció docentes terapéuticos especializados en adicciones. Compartieron la vivencia de que todo es posible cuando impera el amor por el prójimo.
Juan Manuel ya tenía experiencia como cicloviajero. Antes había realizado el trayecto Mendoza–Pichilemu–Mendoza, un recorrido más corto que el actual. Suele descansar en campings, hostels u hosterías. Pero este viaje es distinto. Es más largo, más profundo, más definitivo. No es sólo un cruce geográfico: es un cruce existencial.
Hoy, a 500 kilómetros de Junín, sigue pedaleando con la misma convicción. Cada jornada es una reafirmación de que el cuerpo puede, que el alma empuja, que la vida sigue latiendo incluso después de haber mirado de frente a la muerte. Su travesía puede seguirse en Instagram, en la cuenta @chiloe_mendoza26, donde comparte retazos del camino y deja testimonio de una experiencia que inspira.
Juan Manuel Molina no huye de la finitud. La acepta. Y desde ahí, elige vivir. Pedalea. Sueña. Llega. Porque, como él mismo demuestra, cuando la vida parece una llama breve, cada segundo cuenta. Y cada kilómetro también.









