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Kiko Amat, el Marqués de Sade del siglo XXI: "La mecánica del asunto y su patetismo, hacen que el sexo sea ridículo"

Kiko Amat es autor de ocho novelas y tres libros de no ficción. Su última obra es Dick o la tristeza del sexo, la historia de las desventuras de un adolescente atormentado por dejar atrás su virginidad

Editado por Andrés Gabrielli

Charlar por radio con Kiko Amat (Sant Boi, Barcelona, 1971) es tan divertido, provocador y picante como leer sus novelas guarras. Sobre todo, si encara, como en Dick o la tristeza del sexo, las desventuras de un adolescente atormentado por dejar atrás su virginidad.

Franki es el nombre de su antihéroe, algunos de cuyos rasgos reflejan los del propio Kiko, entre ellos, sus devaneos edípicos y el ser considerado un nerd por sus compañeros de escuela.

Como todos los personajes reales que lo rodean, o sea, su padre, su madre, su tío Jesús, su vecino pornógrafo, Franki se inventa un alter ego intergaláctico, Dick, una suerte de Casanova espacial con todas las mujeres rendidas a sus pies.

Kiko Amat 3

Kiko Amat, desde Barcelona, España, dialogó con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

A Kiko Amat, escritor, músico, periodista, se lo conoce por su estilo desenfadado, irónico y cercano a la cultura pop y underground. Además, como él mismo subraya en este diálogo, su formación proviene de la clase obrera.

Todos estos elementos matizan el siguiente diálogo, desde Barcelona, España, con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Hola, Kiko, buen día.

-Buenas, ¿qué pasa, tíos? ¿Cómo estáis?

-¿Cómo está Barcelona?

-Llena de turistas, tío. Horriblemente llena de turistas. O sea, es tumoral. Y aparte, yo vivo muy cerca de Sagrada Familia, por desgracia (ríe). O sea, tengo que mirar a ambos lados antes de salir a la calle porque hay

rebaños. Solo se los puedo definir como rebaños de turistas yendo a las dos secciones y te pueden arrollar.

-¿Muchos argentinos entre ellos?

- No, no. Argentinos hay expats, argentinos viviendo, pero no hay turistas argentinos. Mi tatuador, Fernando, que es el mejor tatuador del mundo, es de Buenos Aires.

-Vos sos un tipo muy tatuado. Te parecés a un tótem. ¿Por qué se tatúa la gente? ¿Por qué te tatuás vos, Kiko?

-La respuesta más obvia supongo que es cultural. Yo crecí en subcultura. Yo era un nerd de manual, pero luego empecé a militar en subcultura.

-¿De qué onda?

-Las típicas subculturas de la posguerra inglesa, pero que aquí en Europa llegaron a principios de los ochenta. Y mis amigos eran skinheads. Entonces era como un símbolo de afiliación cultural casi automático.

-¿Cómo funcionaba esto entre ustedes?

-Todos mis amigos se tatuaban. Me parecía bonito, me parecía embellecedor, por un lado, y me parecía algo que molestaba a mis padres. Nunca desdeñemos esa posibilidad, porque era muy importante para un adolescente que tus padres se enfadaran (risas).

-Sí, de manual.

-Y la tercera cosa es que dejaba bien claro y le mostraba al mundo cuáles eran tus gustos y tus afiliaciones. Mi primer tatuaje fue un Spiderman, a los dieciocho o algo así. ¡Feísimo! Súper feo, mal hecho y que ahora parece una cagada de gaviota en mi espalda. Pero era un Spiderman (risas).

-Precisamente, tu historia ocurre en los ochenta y el mundo del cómic, de la historieta y de los videojuegos está muy presente en el libro.

-Bueno, sí. En Dick o la tristeza del sexo uno de los detalles cruciales que explica un poco la historia es un juego de ordenador que se llama Bruce Lee, del Commodore 64 y que está justo detrás de algunos de los sucesos más cataclísmicos que le pasan a mi personaje.

-Era un típico producto de época.

-Evidentemente tiene que ver un poco con el paisaje de los primeros ochenta de mi infancia y adolescencia. Y también, supongo, que también tiene que ver con el tipo de personaje que es mi protagonista, Franki Prats, un arquetípico nerd tísico, como también lo son muchos de mis personajes.

-Un personaje poco equipado para ganar.

-Franki, te decía, es un arquetípico nerd tísico ochentero, medio tuberculoso, lector de comic books, aunque en este caso no es potencial escuchador de música pop; un poco libresco, con una cierta tendencia a la frase altisonante mal digerida de Nietzsche. Y Marvel Comics. Más indoor que outdoor, como dicen los americanos, y con tendencia a coger enfermedades, algunas de ellas imaginadas.

-Indoor, pero hasta cierto punto, porque tiene escenas outdoor, algunas cruciales e incómodas, como cuando Jesús, ese tío tan bizarro, otro de los múltiples perdedores de la trama, lo lleva a cazar y allí Franki comete una torpeza tremenda.

-(Ríe) Sí, mucha gente me pregunta por qué siempre en todas mis novelas hay un nazi. Siempre. No sé. Es como si fuera un algo que no puedes no tener en una novela.

-Digamos, para que nos entiendan, que este tío es seguidor de la Falange y hasta tiene un poster alusivo en su cuarto.

-Exacto, es un falangista, vaya, pero esto no obedece tanto al fetiche nacionalsocialista de todo nerd, o sea que siempre está leyendo este tipo de mierdas.

-¿Entonces por qué están siempre ahí?

-Creo que, en mis novelas, siempre que necesito un personaje que está fracturado o que tiene unos postulados que están completamente en desacuerdo con quién es él, me va muy bien que sea de extrema derecha (risas).

-¿Por qué?

-Porque se nota mucho más. Se nota muchísimo más cuando vives una vida de masculinidad caricaturesca y en realidad, pues, eres un closeted gay. Este tipo de contrastes y de fisuras en la personalidad de un personaje, evidentemente me va súper bien como narrador. Y que el personaje sea un fascista, lo hace súper obvio y súper notorio.

Kiko Amat

Kiko Amat.

-El tío Jesús es francamente despreciable, de acuerdo. Pero al personaje que vos más odiás es el padre de Franki. Resulta curioso porque, de todos, es el que más se podría parecer a vos: es universitario y escritor, está bregando por presentar su primer libro de ficción, etcétera.

-A ver, creo que uno de los cimientos del oficio es que tienes que entender a todos tus personajes. La empatía como tal es uno de los fundamentos del oficio narrativo. Es decir, no puedes escribir bien sobre alguien sin entenderle de forma muy profunda.

-¿Cómo se llega a eso?

-Yo escribí un libro que se llamaba Revancha. La mayoría de los personajes eran ultras del Barça, pero yo les entendía perfectamente y quería mostrar sus oscuridades, pero también su potencial, digamos, la parte de belleza u orgullo que todavía residía en sus corazones.

-No ocurre con Santiago, el padre.

-Es verdad que lo he dicho muchas veces esto del padre, que para mí es el villano de la novela, mucho más que el tío. Y mira que el tío es un pedófilo, nazi y abusador. El listón es alto para ser peor que él.

-Igual, solamente es un intelectual...

-En ese sentido no estoy de acuerdo contigo en que es alguien que, por una cierta adscripción lejana, se podría parecer a mí en cuanto a los libros. Él es un pedante, es un snob, es un elitista; es un tío que no tiene el acercamiento a la novela que tengo yo, que es completamente lúdico y de entretenimiento.

-Por contraste, te define a vos mismo como novelista.

-Por mucho que lo haya estudiado, para mí todavía se trata de una cosa que es pasional y que es antiacadémica. Aparte de que el padre está patológicamente incapacitado para la apreciación de la novela o para escribir novela.

-Está claro que vos y Santiago son dos escritores distintos y hasta dos personas distintas. Sin embargo, es el único escritor que hay en toda la novela. Así y todo, lo reventás. Ni siquiera hay una simpatía gremial por él.

-(Ríe) No. ¡Wow, qué va! No tengo ninguna simpatía de gremio. Siempre me he sentido súper incómodo.

-¿Qué te pasa con el mundillo literario?

-Esto lo ha dicho mucha gente antes que yo, pero casi todos mis novelistas favoritos hablan de una cierta alienación y de sentirte incómodo. No tan solo incómodo con el lugar en el que naciste o la sociedad en la que estabas o tu núcleo familiar, sino incómodo donde, allá donde vayas a parar, siempre tu mirada tiene que estar, como dicen los ingleses, "from the outside looking in" (desde afuera mirando hacia adentro).

-¡Qué buena apreciación!

-Siempre tienes que estar fuera, incluso de la cosa en la que se suponía que estabas dentro. Y eso, en el ejemplo gremial que tú mencionabas, es doblemente cierto. Incluso cuando empecé a pertenecer, entre comillas, al gremio de la literatura, no me sentía para nada cercano al mundo literario ni al mundo de la vida literaria.

-¿Por qué te ocurría?

-El mundo bohemio, este mundo del cliché bohemio basado en un par de lugares comunes de los escritores franceses del siglo XIX, me parecía algo como súper alejado de mi experiencia y de cómo yo me acercaba al oficio. Por tanto, nunca me he sentido parte del mundo de los escritores contemporáneos, como mínimo. Y, de hecho, me quedan bastante gordos una gran mayoría de ellos (ríe).

-No obstante, los autores franceses del siglo XIX no te resultan tan extemporáneos. Por ejemplo, en esta novela, Dick o la tristeza del sexo, sos algo así como el Marqués de Sade del siglo XXI.

-(Ríe) ¡Qué guapo, tío! Lo que pasa con el Marqués de Sade es que tenía un gran sentido del humor.

-¡Vos también!

-Sí, sí, sí. Sus escenas cómicas son genuinamente, putamente hilarantes. O sea, son muy divertidas. Yo me parto de risa como nadie con Sade. Pero, de vez en cuando, quizá porque era francés, también se toma muy en serio el erotismo, o sea, no le ve la parte ridícula, por ejemplo.

-¿Y vos qué?

-Yo, desde niño, he sido incapaz, por mucho que haya sentido la titilación del porno, como todo el mundo, o del fragor sexual, en que siempre ha habido una parte de mí que miraba desde fuera esto y le hacía gracia, porque la mecánica del asunto y el patetismo implícito en esto de ser humano, hacen que el sexo sea ridículo. Y Sade no le veía la parte ridícula, sino que le veía una parte como medio solemne y de elevación.

-Para vos, nada de elevación.

-Yo le veo una parte inequívocamente penosa, incluso cuando funciona. No puedo cerrar esa imagen. Y cuando es fallida, es aún más ridícula.

-Ahora bien, tu novela de ninguna manera se puede calificar de erótica. Podría ser sexual o sexópata, pero decididamente resulta antierótica.

-Sí, eso me lo dijeron muy al principio con el libro. Es una novela hipersexual. Pero es una novela hipersexual de alguien que se está riendo de los tropos del erotismo.

-¿Cómo lo entendés?

-Los tropos del erotismo se utilizan para un propósito distinto al que se suelen utilizar. También te tengo que decir que algún degenerado me ha dicho que sí, que le ha encontrado una parte utilitaria al asunto.

-Obvio, porque brindás mucha información explícita. Incluso hasta parece un manual de instrucciones sobre cómo tener sexo con animales.

-(Ríe) Sí. Pero vamos por partes. Primero, realmente, creo que es una novela que sí, que es hipersexual, pero, a la vez, como decías, es antierótica porque realmente desmonta las preconcepciones que uno tiene sobre eso, sobre la elevación o la pasión implícita en el acto sexual. Y, por otro lado, está la parte que acabas de decir de las instrucciones.

-Que pareciera marchar en paralelo.

-Esto es una decisión autoral que tomé cuando estaba en proceso de escribir la novela, respecto de si este libro tiene algún sentido. Mi pregunta era, ¿dónde cierro la puerta? ¿Cierro la puerta cuando Franki está empezando a masturbarse? ¿Cierro la puerta cuando la perra ha entrado en el lavabo? ¿Cierro la puerta cuando él se ha bajado los pantalones del pijama?

-¿Cómo le encontraste la vuelta?

-Hubo un momento en que vi que el único sentido de esta parte del libro era tener una visión auténticamente hardcore, superextrema y, como dice Berger, construir una casa donde nadie había construido una casa. Es decir, vamos a hacer lo que nadie ha hecho nunca.

-¿Para expresarlo de qué manera?

-Es hacer una novela que sea paródica y humorística, pero que el sexo esté explicado de la manera más gráfica y extrema posible, sin que deje de hacer gracia. Y esto era como uno de los dos procesos narrativos. Vamos a llevar esto a su lógico final.

-Vos admitís que tu novela encierra muchas angustias, pero que es divertida. Atendeme, es divertida para vos que la escribís y para el que la lee, en todo caso, pero el personaje principal no se divierte nunca. ¡Sufre como un condenado de principio a fin!

-Pero creo que siempre es así, ¿no? Esto es casi un cliché: "tragedy, plus time, humor" (tragedia, más tiempo, humor). Ese es el lugar común. Es decir, la tragedia, sumada al tiempo, hace risa. Pero yo me niego a esperar ese tiempo. A mí, y de la cultura de la que vengo, la tragedia nos hacía gracia muy, muy temprano. Y esto es algo que comparto con algunos de mis stand-up favoritos.

-Una cuestión de velocidad.

-Yo no puedo esperar a que pase tanto tiempo para que la tragedia me haga gracia. Y esto sí que lo he dicho muchísimo desde que empezó la promo de Dick: creo que tiene que ver con una cultura de clase obrera en la cual la tristeza muy rápidamente se convertía en anécdota para intentar hallar algún tipo de cauterización.

-Interesante. La tragedia como una cuestión de clase.

-Yo crecí, pues, entre gente que explicaba sus dramas cotidianos o las peleas de sus padres o los divorcios o la violencia o lo que fuera; lo explicaba, lo convertía en una buena historia cómica que contar en un bar. Y de esa forma hacía como digerible el melodrama. Hacía como aceptable lo desolador.

-Esto completa el cuadro de tu formación, de tu estirpe literaria.

-A esa cultura le debo muchísimo más que a cosas que he aprendido a lo largo de una vida leyendo novelas, que también. Digamos, le debo más a algo ingénito, que es haber crecido en ese tipo de cultura. Una cultura en la que tenías que convertir en risible lo que te había pasado, que era luctuoso y terrible.

-Vos has crecido dentro esa cultura obrera, la has mamado y la has hecho carne, pero ¿qué tipo de lectores tenés? No pareciera que te sigan muchos lectores de la clase obrera. Por ejemplo, Dick o la tristeza del sexo es un libro que tiene abundantes referencias cultas y llega casi a las cuatrocientas páginas.

-Yo creo que sí tengo muchísimos lectores de clase obrera. De hecho, la gente que lee novelas ofuscantes y postmodernas o la gente que lee las novelas sancionadas por la crítica presente, que son novelas que te echan, que te expulsan del libro y que están solo construidas para una élite muy concreta; esa gente no me lee, claro que no.

Kiko Amat

El escritor Kiko Amat habla de su último libro Dick o la tristeza del sexo en diálogo con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-¿Por qué?

-Porque, como dices tú, hay muchas referencias, pero todas están inscritas en una visión entretenedora y lúdica. Y, desde luego, para mí los preceptos clásicos de la narrativa limpia siguen vigentes.

-Narrativa limpia, pero vos sos muy guarro, sos muy sucio, un autor de los llamados sucios.

-Soy guarro, pero no soy ofuscante, con lo cual todas mis novelas, mi verbo, como decía aquel, mi verbo siempre se entiende; haga lo que haga, mi verbo siempre se entiende. A lo mejor te repugna la escena, pero no puedes no entender lo que está sucediendo ni se envuelve la historia en un vocabulario que es impenetrable.

-Damos fe, absolutamente.

-De hecho, para mí uno de los retos de este libro era también el lenguaje este, el lenguaje medio barroco, y a la vez antibarroco, que utiliza el protagonista.

-El lenguaje también lo define a Franki, sí, claro.

-Es complicado que alguien hable con esta afectación, que en realidad es una parodia a la afectación, y que siga siendo un libro ágil, rápido, donde no te quedas atascado en la sucesiva concatenación de metáforas de cada página.

-¿De dónde te surgió esta intencionalidad?

-Lo que aprendí de mis maestros es que la acción es lo primero. Tiene que tirar adelante el texto. No puede ser esto una excusa para un experimento. O sea, el continente no debe pasar por delante del contenido.

-Ir más directo al asunto.

-Tiene que ser la historia lo principal. Los personajes son lo principal, lo que les sucede a ellos, la idea de ambiente. Por tanto, aunque se utiliza un lenguaje, como te decía, un poco conscientemente paródico, el libro todo el rato tiene ese ritmo punk, que es el que siempre tienen mis libros y que tienen mis libros favoritos también.

-Acá entra también el asunto del bullying. Por ejemplo, que a una chica o a un chico adolescente nadie le preste atención, que esa persona no resulte atractiva para nadie, de ahí en adelante eso condiciona su vida sexual, ¿o no?

-Sí, sí. Y creo que en ese sentido no existe una diferencia de género en cuanto al trauma sexual. Yo vengo de una generación, que es la de los niños de los setenta, pero que se parece bastante al trauma de los niños de los sesenta y al trauma de los niños de los ochenta y de los noventa, porque esto lo he contrastado con muchísima otra gente.

-¿A qué responde esta constante?

-A que todo el mundo está sujeto a unas ideas caricaturescas, tanto de feminidad como de masculinidad y la gente crece con este trauma de estar sujeto a unos ideales inalcanzables de algo que, además, nadie posee. O sea, no lo posee ni el más supuestamente viril o la más supuestamente femenina de las chicas del instituto. Tampoco se llega a ese ideal porque son caricaturas patriarcales de mierda de una serie de ideas horribles de lo que tiene que ser un hombre o de lo que tiene que ser una mujer.

-Y ahora es peor con las redes, ¿o no?

-Es una buena pregunta. Digamos, es peor con las redes, pero, por otra parte, la gente ha crecido un poco más ilustrada. Hay algo que siempre dice Louis C.K. que es en plan mi madre me pegaba, pero es porque tenía dos empleos (risas). ¿Se entiende? En plan: sí, me pegaba; pero es porque tenía dos empleos, entiendo que me pegara.

-Decías que hoy la gente está como más ilustrada.

-Yo creo que en algunas cosas se ha mejorado en ese sentido, porque los padres ya han crecido con una perspectiva distinta de lo que les tenían que enseñar a los niños. Pero, por otra parte, se ha agravado por lo que tú dices; por esa sobreestimulación y sobreexhibición y nuevos ideales inalcanzables, absurdos, de lo que es el sexo, de lo que es follar, de lo que es la belleza, de lo que es la belleza personal, de lo que es el atractivo.

-Un poco de todo eso es el andamiaje que sostiene a tu novela.

-En mi libro, por ejemplo, hay un trozo que me gusta mucho porque creo que conseguí explicar una idea que siempre había tenido y es que en el discurso social no paras de oír que el deseo es primordial. Desear, incluso, el cambio de género, cosa que me parece, evidentemente, encomiable y fantástico para quien lo haga. Pero nunca se habla de lo que pasa si no hay deseo.

-Gran planteo.

-¿Qué pasa si nadie te deja? ¿Qué pasa si no es una cuestión tanto de cambiar de género, sino que en el género en el que tú estás nadie te considera deseable? Y creo que en esto ha quedado como una especie de vacío, un vacío legal.

-Vos ponés una frase muy significativa al respecto, porque, encima, el tipo, Franki, es muy feo...

-No. Perdona, pero creo que, si se lee entre líneas, uno percibe que es un narrador no fiable porque es dismórfico y porque él se está afeando a sí mismo en la forma en que se ve ante el espejo. Pero nunca me imaginé que Franki fuera tan feo. Lo que sí importa es que él se ve monstruoso. Y a lo mejor no lo es.

-Ok, pero él se siente un engendro y vos lo subrayás con esta frase determinante en la página 91: "La gente no hablaba lo suficiente del estigma de la fealdad".

-(Sonríe).

-Por si esto fuera poco, la única chica que vos le ponés por delante a Franki, la única que le da bolilla, Montse, es horripilante. Cuando empiezan a tener encuentros eróticos, se te arruga la frente. ¿Cómo puede ser!, se pregunta uno.

-Claro. Sí. Bueno, es exactamente eso. Lo que pasa es que… en el caso de Montse, sí que se hace un poco más evidente que no... cómo decirlo... que no reúne los requisitos típicos de la belleza femenina. Pero en el caso de Franki, sí están los requisitos supuestamente exigidos por la sociedad.

-¿Cómo se entiende esa dualidad?

-En el caso de Franki, como decía, es más una visión sesgada y dismórfica de quién realmente es. Es alguien a quien han hecho sentir un engendro, pero que no está muy claro que realmente lo sea. Simplemente él se ve deforme en el espejo, lo cual, también, es algo muy habitual, no solo en la adolescencia, sino en cualquiera que haya tenido una mirada un poco traumada por su cuerpo, por lo que cree que tiene que ser su cuerpo.

-Pero ninguna chica de su curso se fija en él. Ni siquiera lo miran. Por algo es.

-Bueno... en ese sentido sí que tengo una mirada que supongo que viene invariablemente sesgada por él. Lo he hablado con unas amigas de Madrid el otro día. Es tan jodida la mirada heteropatriarcal, que algunos de sus peores representantes han acabado siendo mujeres.

Kiko Amat 5

Kiko Amat.

-¿Mujeres! ¿Cómo es eso?

-Dicho irónicamente, porque la mirada heteropatriarcal es tan terrible, tan dictatorial y tan penetrante, que algunos de sus suscriptores son imposiblemente mujeres, ¿no?

-¿Pero de dónde viene, entonces?

-Que esto viene del machismo, no hay ninguna puta duda. Está clarísimo. Ahora, que la gente que se suscribía a los postulados del machismo y a las ideas de supuesta perfección chimpancé de cómo tenía que ser un tío...

-¿Cómo tenía que ser un tío, perdón?

-Pues un tío tenía que ser eso, hirsuto, polla gorda, follador, sin sentimientos, violento, viril, tal, tal y tal. Y alguna de la gente que parecía estar suscribiendo esa teoría eran imposiblemente chicas.

-¿Adoptando qué tipo de actitud?

-En mi mirada adolescente, me parecía imposible que no se prestara atención a un tío sensible, cerebral y afectuoso, y se prestara atención, en cambio, a un chimpancé, a un orangután rugbístico que no sabía hilvanar dos subordinadas y que olía a almizcle, ¿no? (risas).

-¿Cómo te afectó esa visión?

-Eso me creaba una perplejidad adolescente que me dejó un trauma, claramente, porque -y ahora ya te hablo en primera persona inequívoca- yo me sentía completamente inquerible e inamable desde todos los puntos de vista. Y ahora veo que era eso; que era un engaño, que era una imposición cultural y social de una serie de clichés de mierda en la que, por alguna razón, nadie creía, pero que todo el mundo seguía.

-Se ve, por otra parte, que sos, en persona, bastante Franki. Él está enamorado de su madre y vos has declarado que lo edípico sale en todas tus novelas.

-(Ríe) Sí. Yo nunca diré que estoy enamorado de mi madre, de mi difunta madre, todo lo contrario, pero sí que este tipo de confusión edípica es mucho más normal de lo que la gente asume y de lo que la gente confiesa.

-Todo un descubrimiento. ¿Cómo es la cuestión?

-No es algo sacado de la psicopatía sexual. Cualquier psicoanalista y psiquiatra te dirá que la gente tiene confusas ideaciones edípicas. ¡Joder!, Freud hizo una puta carrera de esto solo (risas). Y aunque era un misógino y se inventaba la mitad de cosas, en esto tenía una cierta parte de razón.

-¿Cuál parte?

-Hay una parte de confusión edípica o de Electra que tienen los dos sexos. Yo solo lo he hecho patente y lo he puesto como parte de la trama de mi novela (sonríe).

-De acuerdo. Entendido.

-Te voy a decir algo. Mucha gente habla de mi novela como si fuera una sucesión de aberraciones imposibles. Y yo le digo a todo el mundo que mi novela es casi naturalista (sonríe).

-¿Naturalista en qué sentido?

-No hay nada en este puto libro que no tenga o un grado de separación de mí o yo haya vivido. Lo único que he hecho, que es mi prerrogativa como narrador, es juntar todas estas aberraciones y situaciones de sexualidad grotesca en un solo personaje. Eso sí que es la exageración.

-Es la prerrogativa del narrador, como decís. Pero con las tintas bien cargadas.

-Pero cada una de las supuestas aberraciones no es tal, sino que es una cosa súper habitual. Es así, es cierto.

-Pero si vos decís que todo lo que está en la novela te ha pasado a vos, de alguna manera, te van a considerar un personaje aberrante, en primera persona.

-No. Yo he dicho: o a mí o a un grado de separación. O sea, directamente, a alguien que conozco. No a alguien que he leído, sino a alguien que conozco.

-Entonces habla mal de vos y también de tus amigos.

-Bueno, no he dicho que sean amigos. A lo mejor eran enemigos (risas). Pero, en cualquier caso, sé que lo hicieron. Sé que lo hicieron porque corrió la voz.

-A vos, que has escrito sobre los ultra del Barça, ¿te gusta el fútbol?

-No, no me gusta nada porque, como ya como se habrá visto y, supongo, la audiencia habrá percibido, soy un nerd de manual desde que era niño.

-¿Con qué te entretenías en aquella época?

-Lo mío eran los juegos de mesa, los cómics de Marvel y el rock and roll, vaya. Lo que pasa es que soy un nerd un poco atípico.

-¿Qué clase de nerd?

-Si ves The Big Bang Theory, hay una parte que la serie no contempla y es que algunos de los nerds de los ochenta descubrimos la droga y el punk. Entonces se nos canjeó completamente la mentalidad nerd de pijama, Cacaolat y juegos de mesa, y descubrimos las anfetaminas y el punk rock.

¿En qué se tradujo todo eso?

-En que sigues siendo un poco nerd, en cierto modo, pero ya has salido de tu cascarón nerd infantiloide.

-Interesante matiz.

-Por tanto, sí, hoy yo soy un supernerd. No tengo ni puta idea de fútbol, pero también pertenecí a subculturas que estaban o limítrofes o estaban íntimamente asociadas a lo futbolístico, como los skins, por ejemplo.

-Es decir que has participado del fenómeno desde afuera.

-Yo estaba un poco, si no dentro del asunto, en la periferia de la cosa. Y casi todo el mundo que yo conocía durante una cierta época estaba adscrito a algún grupo de animación futbolística. Por tanto, conozco muy bien el ambiente, conozco muy bien los mitos.

-Un elemento ritual insoslayable.

-Bueno, de hecho, me gustan mucho más los mitos que la realidad. Cuando al final me dicen que algo pasó de cierta manera, me desilusiona, porque me gustaba más cuando yo me imaginaba la leyenda, ¿sabes?

-Preguntaba por esto porque los adolescentes de tu historia lo único que hacen es ver revistas y videos porno, para alimentar su imaginación. Podrían haber ido a una cancha o jugar al fútbol o escuchar música, etcétera, ese tipo de cosas.

-En muchas de mis otras novelas, como Rompepistas, por ejemplo, forman parte un grupo de punk rock; en Revancha, son neonazis de un grupo sospechosamente parecido a los Boixos Nois. En este caso en concreto…

-Este caso en concreto se trata de Franki y Bruno, el “sexperto”, su único y mejor amigo, que no pueden salir del ámbito del videoclub.

-Sí, es su hobby momentáneo y su pasión. Aunque Franki, que viene de un proceso de querer ser novelista y de leer libros de ciencia ficción y tal, llega un momento en que el otro hobby pasa a ocupar su atención. Se convierte. Es como ser heroinómano (risas).

-¡Menudo cambio!

-O sea, de golpe canjeas tus problemas por uno solo, ¿no? Pues él ha canjeado todas sus pasiones y problemas por uno, que es masturbarse.

-En fin, se nos agota el tiempo de radio, Kiko, pero ha sido una charla encantadora, entre otras cosas porque vos sos un personaje tan rico como los que animan tus historias, no sé si te has dado cuenta.

-Supongo que sí (ríe). Un poco sí. O tan patético, una de dos.

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