No resulta sencillo clasificar a Juan Tallón (Vilardevós, Ourense, 1975) como escritor. Su propensión a moverse en la difusa frontera que separa la realidad de la ficción es lo que complica la tarea.
Juan Tallón: "Somos zombis. El teléfono va a acabar con nuestra capacidad para estar atentos a recibir estímulos naturales"
Es periodista y escritor español. Su libro Mil cosas es de un realismo puro y duro en el que autor muestra su habilidad para moverse entre la realidad y la ficción
Juan Tallón recomieda no terminar su libro "Mil cosas" a las 12 de la noche.
Foto: ZendaPero como a él lo estimula correr continuamente el foco de un libro a otro, esta vez, en Mil cosas, decidió meterse, a fondo, en la más ramplona cotidianidad. En un realismo puro y duro.
Siguiendo las peripecias y desventuras del matrimonio que conforman Anne y Travis, durante un solo día, previo a las vacaciones, bajo el tremebundo calor de Madrid, consigue sofocar, no solo a sus personajes, sino también a los lectores.
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Uno padece a la par de Travis en su labor como periodista, en su adicción enfermiza al celular y a los correos electrónicos, en sus miedos laborales, en su tránsito abrumado por las calles de la ciudad. Y en el cuidado, estresante, de su hijo pequeño en horas de turbulencias aceleradas.
Acompañar a Anne no ofrece, sin embargo, una experiencia mejor. Ser madre, levantar el teléfono en la sección de atención al cliente, soportar a compañeros problemáticos de tarea puede resultarle tan áspero como escalar una montaña.
Tallón traza el itinerario de ambos con precisión de grabador o cirujano. Tallón, el obsesivo tallador.
Sin piedad con ninguno de los involucrados en su libro, de adentro o de afuera. Hasta la mismísima línea final.
Desde su ciudad, explica, del mejor talante, sus motivos y aspiraciones en el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola, Juan.
-¿Qué tal? ¿Cómo estáis?
-Tremenda historia has contado, por la tensión que transmite. Aparte, sabemos que la escribiste de una tirada. ¡Estabas tan estresado como los protagonistas?
-Sí. Es que había que escribirla así. Me llevó veintitrés días.
-Nada. ¿De cuándo a cuándo?
-Empecé el 15 de diciembre. Pero yo estaba escribiendo otra cosa. El 14 de diciembre estaba escribiendo otra novela.
-¿Y qué hiciste con ella?
-El 15 la dejé y empecé esta, que acabé el 6 de enero del año siguiente, en 2025.
-¿Cómo fue el proceso?
-Como poseído por los demonios que poseen siempre a los escritores cuando encuentran al fin el ritmo de la historia.
-Notable, entre otras cosas, porque la escribiste en pleno invierno. Sin embargo, tu novela transcurre bajo el calor infernal de Madrid, que oscila entre los 30 y los 45 grados. Uno se pone a sudar de solo leerla. O sea que lo tuyo es pura imaginación.
-La escribí con la calefacción a tope y cubierto con una manta, prácticamente. Sí, hacía mucho frío fuera de la novela y el calor es insoportable dentro de la novela. Esto es la ficción, ¿no? Cómo tiene que meterse uno en un escenario imposible e intentar que el lector se lo crea.
-Describís con gran justeza la intensidad de la sociedad contemporánea a partir del matrimonio, bastante convencional, de Anne y Travis. Vas intercalando los capítulos dedicados a cada uno de ellos. Pero nunca llega el alivio. Se va volviendo cada vez más asfixiante. ¿Lo planeaste así?
-Sí, está pensado realmente para que el lector no encuentre un minuto en el que relajarse. La idea es atosigarlo, que sienta el estrés que experimenta sobre todo Travis, pero también Anne; ella lo experimenta de otra manera.
-Era con toda intencionalidad, entonces, como pensábamos.
-Para que el lector se contagie del ansioso estilo de vida en el que están instalados los personajes. Y que lo sienta como propio, porque como viven esos personajes, en el fondo, es como estamos viviendo nosotros, ¿no?
-Has alcanzado plenamente tu cometido, sabelo.
-Ese estilo de vida literario no es más que el espejo de lo que está sucediendo fuera de los libros. Estamos todos absolutamente esclavizados.
-¿Por quién?
-Bueno, estamos autoesclavizados muchos de nosotros. Utilizo la primera persona del plural por educación porque yo, realmente, soy la persona con menos estrés del mundo. No tengo que dedicarle demasiadas horas a mi trabajo.
-Un logro poco común, hoy por hoy.
-Pero soy un observador. Yo también he vivido en algún momento así. Y estamos en medio de una locura que no puede conducir a nada bueno.
-Se sospecha desde el arranque mismo.
-Es lo que empieza a temer el lector cuando avanza la novela. ¿Cómo puede acabar esto? ¿Adónde van estos dos personajes viviendo de esta manera?
-A todo esto, seguís viviendo en Ourense, ¿no?
-Sí.
-Y Ourense es la principal constructora de ataúdes de España, según contabas en nuestra anterior entrevista.
-Yo creo que es la única industria en la que somos una potencia (risas).
-Tu vida allí, por lo tanto, es mucho más tranquila que si estuvieras en una gran ciudad, como Madrid, donde se mueven tus personajes.
-Así es. Ourense es una ciudad de cien mil habitantes. Es una ciudad que sólo tiene unos cines. Es una ciudad un punto aburrida; bonita, pero también fea.
-¿Y cómo resulta estar ahí?
-Es una ciudad en la que, realmente, yo vivo muy bien porque nadie me molesta. ¿Por qué digo esto? Porque es fundamental que a un escritor nadie lo moleste durante un periodo de tiempo creativo.
-Sin discusión.
-Yo nací y me crie en otro sitio. Estudié la universidad en otro sitio. Mis primeros trabajos se localizaron en otro sitio. Y en el año 2012 vine a vivir aquí. ¿Qué significa esto? Que mis grandes amistades estaban en otros lugares.
-¿Qué sucede con eso?
-Que tus amigos son los que te molestan siempre. Está fenomenal que a veces te molesten, pero también puede llegar a ser sofocante que te den tanto el coñazo. Entonces, aquí, en Ourense, aunque tengo amigos, no son los de toda la vida. Por eso vivo muy bien aquí. Y, sin embargo, desde aquí advierto cómo el mundo no para de acelerar.
-¿Acelerar cómo, según tu punto de vista?
-Tenemos que ser cada día más productivos. Si no estamos produciendo, tenemos que estar consumiendo. Si no produces y no consumes, ¡tienes que estar entretenido!, que es otra forma de producción y de entretenimiento.
-¿Cómo se contrarresta eso?
-Lo que parece inadmisible es lo que hago yo, que es quedarse quieto y, a veces, durante largas horas; no hacer absolutamente nada. O lo que hagas, hacerlo con los pies encima de la mesa, o leyendo o pensando.
-Casi totalmente fuera de este tiempo que nos toca.
-Eso es lo que te va a salvar la vida. Pero es lo que impide que los muy ricos se hagan todavía más ricos. Entonces, yo estoy mirando el mundo desde la ventana.
-A la par, son muy entretenidos tus posteos en Instagram, donde relatás largas anécdotas, como cuando fracasaste rotundamente con tu hija al ayudarle a estudiar matemática.
-Es que mis fotos, como son muy malas, tengo entonces que fiarlo todo al texto, ¿sabes? Ahora estoy un poco más distraído de las redes sociales, que son otro elemento poderoso de distracción. Pero, sí, de vez en cuando publico algo para dar cuenta de lo que está pasando a mi alrededor. Son esas cosas que están tan cerca de uno, que uno no ve. Porque a veces lo que está delante de las narices es lo más difícil de advertir.
-Haciendo un paralelo con tu anterior título, encontramos que El mejor del mundo es una novela para leer siguiendo la complejidad y el interés de la trama. En cambio, Mil cosas, no es para leer, es para habitar. Es una novela totalmente atmosférica, para meterse allí y padecerla. ¿Lo pensaste expresamente así?
-Sí. Yo era consciente de que esta novela iba a descansar sobre todo en el ritmo. Es una novela llena de verbos, porque la acción es continua. Los personajes están haciendo cosas todo el tiempo, les están sucediendo cosas continuamente.
-Nunca paran. No hay puntos muertos.
-No son cosas importantes, trascendentes, pero la acumulación es lo que las vuelve espantosas. Por eso decía, es una novela de verbos; una novela, además, escrita en presente de indicativo, que siempre sugiere cierta inminencia.
-Es lo que te atenaza como lector.
-Si está sucediendo en presente, ¡es que está sucediendo ahora mismo! Entonces, es como si lo estuvieses viendo a través de la ventana de tu casa. Es una novela con frases cortas, bastante cortas, con lo cual se acelera la acción. Es una novela con muy pocos adjetivos.
-Y uno va detrás de ellos, de Travis y de Anne.
-Todo eso te va introduciendo en una espiral en la que eres consciente de que se está moviendo el suelo todo el tiempo. Entonces, el sofoco se va trasladando del libro a tu experiencia lectora, a tu forma de situarte entre los acontecimientos leídos. Y después está, por supuesto, el calor.
-¡Total! Siempre.
-El calor es insoportable. Por lo tanto, sí, es todo un ritmo y atmósfera.
-Al mismo tiempo, sos muy impiadoso con tus personajes. Soportan un calor terrible y ni siquiera pueden aliviarse con un aire acondicionado en el departamento porque la dueña no se los permite. ¡Apenas tienen un ventilador que no sirve para nada!
-(Ríe) Sí, sí, sí. Soy bastante inclemente en ese sentido. Travis, sobre todo él, creo que es el símbolo de esos individuos que ha creado el capitalismo a los que se les dice que pueden con todo. ¿Sabes?, simplemente hazlo, porque tú puedes. Bueno, nos hemos tragado ese cuento de que somos fuertes, de que nadie puede con nosotros, de que tenemos que aspirar a más, tenemos que ser ambiciosos. ¡Podemos abarcarlo todo!
-Pero hay un precio a pagar...
-La realidad es que intentando hacer eso nos estamos autodestruyendo. Porque no es cierto que podamos con todo lo que nos echan. Piensa que las condiciones de vida son mejores que nunca y sin embargo parece que mentalmente estamos como nunca antes: mal, mal, mal. Todo el mundo está en terapia. Todo el mundo necesita a un psicólogo, un psiquiatra.
-Un fenómeno en ascenso.
-Todo el mundo se siente mal y a menudo no sabe por qué se siente mal. Pues te sientes mal porque estás viviendo una vida absolutamente insatisfactoria ¡porque nunca tienes bastante!, siempre quieres más.
-La carrera infinita.
-Siempre te dicen que tienes que aspirar a más y entonces, cuando consigues algo, en vez de alegrarte, ¿qué te pasa? Que suspiras porque en realidad hay mucho más por delante por conseguir y entonces estamos así.
-Todo esto conjuga con un síndrome contemporáneo. La gente, en líneas generales, ha dejado de hablar cara a cara, mirándose a los ojos; no habla, siquiera, con el psicólogo, sino con la inteligencia artificial, con los perros, con las plantas, con el teléfono. Lo mismo le pasa a tu matrimonio. No logra entablar un diálogo satisfactorio, de encuentro.
-Es cierto. Hay una viñeta de hace unos meses en El País, de Flavita Banana, en la que una chica le dice a otra, que tiene el teléfono en la mano, que esa persona no le está escribiendo, le está respondiendo. Entonces estamos todos así, ya nadie habla, nadie se escucha; todos nos estamos comunicando de una forma muy extraña, porque es una comunicación que nos aísla. Nunca hemos sido tan solipsistas.
-Es uno de los grandes temas del momento.
-Estamos conectados por todas partes, pero, sin embargo, más incomunicados que nunca. La tecnología que nos iba a liberar, que nos iba a hacer la vida más fácil, que nos iba a ayudar, lo que ha hecho es esclavizarnos.
-Estamos a su merced.
-No nos ha liberado, nos ha convertido en sus rehenes. No somos personas con teléfonos, son teléfonos con personas sujetándolos y prestándoles atención, porque ese es el gran negocio del presente, la atención. Han conseguido secuestrar nuestra atención.
-Gran definición.
-No somos capaces de prestar atención a las cosas más que unos pocos segundos, porque ya nos están reclamando en otro sitio y en otro reel y en otra story ¡y en otra mierda! Y nadie está viviendo, ¿sabes? O estamos viviendo a través de la tecnología. Se le puede llamar vivir a eso, pero no sé.
-En esta línea, vos describís el monstruo del momento, que es el teléfono. Travis tiene una total dependencia de él. Lo decís con estas palabras: necesita tener el teléfono a mano, respira por él, existe desde él.
-Es verdad. No hay más que entrar en el metro, al que vosotros llamáis subte. Tú entras ahí, levantas la cabeza y el noventa por ciento de las personas la tienen agachada y están mirando el teléfono. ¡Y no quieras ver que están viendo porque se te encoge el corazón!
-Ni más ni menos.
-Somos zombis. Realmente, el teléfono va a acabar con nosotros, con nuestra capacidad para estar alerta, para estar atentos a recibir estímulos naturales. Estamos viviendo a través de las pantallas. La gente va al museo a sacar fotos de los cuadros para decir que estuvo allí. Eso es estar allí.
-En otro párrafo, cuando Travis está desesperado porque no puede dejar de mirar los mensajes en el móvil, recuerda que venía de leer “un estudio que cifraba en 2.617 las veces que los estadounidenses tocaban sus teléfonos cada veinticuatro horas". Sobre esta atmósfera se construye tu novela.
-Es cierto. Ese es Travis, un individuo medio que está todo el tiempo toqueteando el teléfono, supervisando, comprobando si hay notificaciones, si ha recibido mensajes, si lo mencionan en redes sociales, si ha entrado el mail o no ha entrado. Y, por supuesto, está angustiado cuando nada de eso pasa.
-El silencio es peor que nada.
-Porque, si de pronto, el teléfono deja de sonar, deja de vibrar, te preguntas ¿qué ha pasado? ¿Qué se ha venido abajo? ¿Por qué no suena? O por H o por B, el teléfono te está desasosegando continuamente.
-Otra frase completa este sentido: "Todo es posible cuando vives sobrepasado por un millón de mails que se devoran entre sí para atraer tu atención".
-Hay algo de eso, sí. Fíjate que si tú necesitas contactar con una persona te empiezas a preguntar ¿cómo lo hago? ¿Le envío un WhatsApp para decirle que la llamo? ¿Le envío un mail y espero respuesta? ¿Le envío un WhatsApp para decirle que le voy a enviar un mail para contarle si la puedo llamar? Ya nadie va a tocar la puerta de nadie. Tocar la puerta es un equivalente al asesinato (risas).
-Nos espanta el contacto personal, como decíamos.
-La gente se siente asesinada si le tocan el timbre de casa o si la llama directamente un desconocido. Todos esperamos que se siga un cauteloso procedimiento, que es escribir para preguntar si puede llamar.
-A lo largo del relato vas nombrando a diversos autores, con un especial protagonismo de Julian Barnes. Pero es muy grato encontrar ahí la mención de un poemita de Juan Gelman y, también, nada menos, la aparición del máximo escritor mendocino, Antonio Di Benedetto.
-La novela es un mapa, también, de mis lecturas. Y la literatura argentina forma parte de mi ADN. Así que es imposible que no acabe saliendo a la luz la influencia que ejerce sobre mí.
-Para cerrar esta, nuestra segunda charla, una pregunta delicada, tratando de no spoilear la novela. Uno termina las 150 páginas, como decíamos, con el corazón en la boca. Y el final no aporta ningún respiro. Según vos, ¿ese es un final abierto o cerrado?
-Eh... (ríe). Yo creo que para el noventa y nueve por ciento de los lectores el final está claro.
-Demasiado. Es lo que mete miedo.
-Pueden querer agarrarse a un clavo ardiendo. Pueden querer agarrarse a una pequeña veta de luz que unas páginas antes yo he dejado entrar en la novela. Pero realmente el libro acaba de tal modo que al lector le cuesta recomponerse unos minutos, a veces unas horas. Yo no recomiendo acabar el libro a las 12 de la noche, por ejemplo.