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Historia de un fantasma llamado Max Gregorcic

Editado por José Luis Verderico
verderico.joseluis@diariouno.com.ar

"Un día, en septiembre de 1986, llegó un tipo a mi oficina pidiendo hablar exclusivamente conmigo. El apellido del tipo era Valenzuela. Me vino con el asunto de que era de Palmira. Me dijo que tenía un cuadro pintado por Hitler, pero no del año 1945 sino del año 1956. Y que él había vivido con Hitler en Palmira...".

Max Gregorcic, amo y señor de las finanzas en Mendoza hasta que el 5 de marzo de 1987 desapareció como por arte de magia, recordaba así, casi veinte años después, cómo conoció a Primo Abdón Valenzuela (47) en su despacho del microcentro.

De aquel encuentro surgió una historia curiosa. Rara. Descabellada: que el alemán había vivido con su amada Eva Braun en Palmira y que había muerto y estaba sepultado en el cementerio de esa localidad del Este mendocino.

Raúl Alfonsín presidía el país y don Felipe Llaver gobernaba la provincia. La moneda argentina rendía cada vez menos -igual que hoy- y el dólar, las bolsas de valores y las mesas de dinero eran refugio y tabla de salvación de muchos -igual que hoy-.

Entonces, aquel relato, extraña mezcla de ficción y realidad que llegó a ser noticia nacional desde las páginas de la revista Gente, fue la cortina de humo perfecta que Gregorcic manipuló a gusto y piacere, justo cuando Mendoza se rendía a los sagrados festejos vendimiales, hasta que, con la habilidad de un prestidigitador, bajó la persiana de su colosal compañía financiera en la avenida San Martín y escapó.

Chile fue su destino. Huyó solo, de madrugada, entre sombras, dejando en la calle a más de 800 ahorristas que se habían entregado a sus promesas de dinero fácil y urgente, sin sospechar que jamás volverían a ver ni un céntimo.

Una máquina

Gregorcic había amasado una fortuna con el dinero confiado por pequeños ahorristas pero también por fuertes empresarios y políticos. Comenzó operando en una discreta oficina de la galería Emperador, en calle Buenos Aires entre San Juan y San Martín hasta que los jugosísimos dividendos obtenidos le permitieron comprar uno de los edificios mejor ubicados en la Ciudad: el ex Banco Santander, en San Martín 1335, entre Lavalle y Buenos Aires, done hoy funciona una tienda de electrodomésticos. Así nació la empresa MAX GREGORCIC y CÍA SA, que se autopromocionaba como "La máquina de hacer negocios".

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Quienes pisaron sus oficinas y se sentaron en sus sillones aseguran que en Mendoza jamás habían visto semejante culto a la majestuosidad. El destello de las luminarias, la discreta y eficiente atención del personal y el interminable perfume a éxito hicieron de Max Gregorcic un atractivo del que todos querían ser parte.

Con menos de 40 años, ese hombre de estatura mediana, peinado a la gomina, de anteojos y trajes impecables con chaleco, era la mismísima personificación del éxito. Fumaba con boquilla y hasta el nombre que usaba generaba cierta atracción. Max, versión recortada del original Máximo, daba a yanqui, a New York. A otro mundo. Pero esencialmente a plata fácil.

Educado en el exterior y de maneras suaves y pulcras, se dirigía a sus potenciales clientes con la certeza de que cada peso/dólar invertido en su financiera se multiplicaría con la misma eficacia que los panes y los peces a manos de Jesucristo. Se promocionaba desde espacios que contrataba en los diarios, las radios y la televisión locales.

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Por la televisión

"Adelante, Max", solía darle paso el conductor de noticieros Marcelo Romanello en uno de los tantos espacios contratados. Entonces, Max, entrelazaba sus manos, las apoyaba en el pupitre y mirando fijo a cámara  decía lo que la gente quería escuchar: la receta de cómo ganar plata.

"Nuestra premisa de 1987 será Exportar, Exportar y Exportar... TODO DE MENDOZA. A partir de hoy, todos a trabajar, sembrar y planificar. Nosotros haremos el resto", decía un aviso publicado en la prensa de la época.

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La ambiciosa consigna "Exportar, exportar y exportar" era un extremo del negocio. El otro era la grandísima cantidad de dólares que llegaría a Mendoza gracias a esas operaciones de venta al exterior y que Gregorcic, gustoso, recibiría con los brazos abiertos en su imponente financiera para multiplicarlos en beneficio de sus clientes. Pero, del dicho al hecho...

La historia descabellada

En 1987, el relato de que Hitler había vivido y muerto en Palmira tenía una ramificación latente en la calle López de Gomara de Guaymallén: la familia Murúa Hunger.

Adelheid Hunger y su madre debieron comparecer en la Legislatura el miércoles 4 de marzo de 1987 mientras Gregorcic daba explicaciones acerca de aquella historia descabellada. Pero también sobre la descomunal cantidad de cheques sin fondo que sus ahorristas denunciaban haber recibido de manos del magnate de las finanzas. Ese fue el comienzo del fin.

Masajista de profesión, la mujer negó durante esa reunión oficial que sus padres fueran Hitler y Braun. Se llamaban Martin Karl Hunger y Johanna Fink, dijo. También rechazó ser hija del jefe nazi. Había pequeñas coincidencias que acaso facilitaron que la falsa historia prosperara: su padre era alemán, pintaba cuadros, tocaba el violín y era vegetariano. Pero había sido más alto y fornido que el genocida.

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"Decían que mi hijo Rodolfo era hijo de Hitler y hermano mío. Un delirio absoluto" "Decían que mi hijo Rodolfo era hijo de Hitler y hermano mío. Un delirio absoluto"

Adelheid Hunger a Diario UNO

¿Qué fue aquella historia?

"Un invento de Abdón Valenzuela. Le pagaron para que dijera todas aquellas mentiras, que nos complicaron mucho como familia. Al poco tiempo tenía autos y ropa nueva"

Una Legislatura al rojo vivo

Max Gregorcic estuvo a punto de quedar detenido en la Legislatura. El radical Carlos Le Donne fue una de las figuras que más trabajó en aquella jornada para que la situación quedara encausada en la legalidad. La preocupación había llegado a Casa de Gobierno y a los oídos de don Felipe Llaver, que llegó a fruncir el entrecejo mucho más de lo acostumbrado. El entonces primer mandatario provincial olía que habría escándalo. Y no se equivocó.

Que Max Gregorcic preso sí, que Max Gregorcic preso no. Las horas se esfumaron entre la indecisión de algunos legisladores. Pero el que también se esfumó fue el atildado Max. Y nadie más volvió a verlo durante casi 20 años.

Hasta el año 2006 cuando el periodista Eduardo Ayassa -siguiendo un dato confidencial- lo encontró en Santiago de Chile, donde siempre se dijo que estaba.

El regreso del fantasma

Habían pasado casi dos décadas del escándalo mendocino: Max tenía mucho menos cabello, ya no usaba anteojos recetados y su mirada se había endurecido. Ya no tenía nada que vender ni promocionar. Había sido descubierto y sorprendido. Tenía que defenderse. Y lo hizo a través de la carta pública que UNO publicó por entregas.

Dirigida a un amigo, la misiva fue una herramienta precisa para justificar su escape a Chile en 1987 y declararse en bancarrota, para decir que no se había quedado con un dólar de nadie y que todos sus pesares fueron responsabilidad ajena: desde el embaucador Abdón Valenzuela hasta los políticos que estuvieron a punto de hacerlo detener pasando por empleados que lo estafaron en Estados Unidos y parientes que se portaron como el peor traicionero.

Sin embargo, mientras el juez instructor Marcos Pereira, heredero del expediente de los ´80, el mismo de casos tan resonantes como el crimen de la enfermera Páez en 1999, se ponía al día y tomaba la única decisión posible, Max Gregorcic hacía de las suyas otra vez. Y al mejor estilo Houdini desaparecía de la prensa chilena que estaba atenta a la posible deportación.

Esa fugaz reaparición sirvió para saber que la vieja megacausa por estafas se había extinguido por el vencimiento de los plazos de la acción penal.

Hasta último momento hubo serias esperanzas y grandísimas expectativas con que Gregorcic sería deportado a Mendoza para cerrar aquella vieja deuda pendiente con los ahorristas. Pero gracias a los buenos oficios de los abogados defensores Omar Venier (hoy fallecido) y Ramiro Villalba el financista quedó sobreseído sin necesidad de abandonar Chile.

Una vez más, como en 1987, Max Gregorcic se esfumaba hasta que la tormenta desapareciera. Fiel a su estilo, sin dejar huellas ni pistas que seguir. Como un fantasma.


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