Cuando la mayoría de los mendocinos guardábamos una rígida cuarentena, y el "quedate en casa" era la regla y no la excepción, Cristina Selaez averiguaba el horario en el que pasaban los colectivos.
Durante todo el tiempo de aislamiento social, ella viajó en transporte público, desde Guaymallén hacia el Hospital Central. Lo hizo sin pensarlo dos veces, porque el traslado era de vida o muerte: tenía que buscar los remedios necesarios para el tratamiento de su hijo, Jesús Herrera (34), quien padece de un tumor cerebral.
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Jesús toma cuatro drogas diarias en esta fase del tratamiento: divalproato de sodio por 50 comprimidos, meprednisona 40 ml, levitiracetam 500 ml, y omeprazol 40 ml. No siempre las consigue en forma gratuita y muchas veces debe comprarlas.
El punto es que Cristina sólo vive de una pensión de $8.500 y el tratamiento de su hijo, cuesta $17.000 por mes. Es decir, dos veces lo que ella gana. Cristina y su familia necesitan una respuesta estructural y ayuda urgente, porque su situación es desesperante.
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El día a día
Cristina vive en un barrio de Buena Nueva, una zona alejada del centro de la Ciudad. Antes de la cuarentena, trabajaba como empleada doméstica y recibía la colaboración de sus hijos para mantener el hogar. Sin embargo, entre enero y junio del 2020 su vida hizo un cambio doloroso e inesperado. A su hijo mayor le diagnosticaron un tumor cerebral, y ella debió dedicarse a acompañarlo en su enfermedad y tratamientos.Esto, sumado a la Pandemia de Covid-19, no le permitió seguir trabajando fuera de su casa.
El joven comenzó a convulsionar producto de su patología, y ella a desesperarse. Urgentemente necesitaba tomar medicación para frenar las convulsiones. Por eso, y aún en medio de la pandemia, ella no dudaba en hacer esos viajes al centro asistencial, no una, sino muchas veces en el mes.
Sin embargo, no siempre tenía éxito: en más de una oportunidad volvió con las manos vacías. El faltante de medicamentos comenzó a hacerse notar cada vez más.
