Graciela Ramos, autora de romances históricos: "En mi infancia la pasé muy mal. La lectura me salvó la vida"

Graciela Ramos charló en La Conversación de Nihuil sobre Antonia, su nueva novela, donde nos trae a una de las mujeres resilientes que pueblan su literatura

Todo comenzó tempranamente, durante una infancia complicada, en un hogar con problemas. Leer le salvó la vida, como reconoce en esta entrevista muy en primera persona.

Luego, tras varios años de trabajar como ejecutiva en el rubro empresario, la necesidad de dedicarle más tiempo a su hija, por cuestiones de salud, la llevó a asumir el oficio de narradora a tiempo completo.

Lo hizo con tanto convencimiento y determinación que tiene publicados, ya, once libros.

Allí canaliza su pasión por la historia, por las cuestiones sociales y por la actitud romántica ante la existencia.

Celebra, principalmente, el ser enamoradiza en estos términos: “Enamoradiza de los buenos momentos, de las buenas personas, de querer sobrevivir a lo que le está pasando y llegar a algo mejor”.

Antonia, su nueva novela, nos trae a una de sus tantas mujeres tenaces, resilientes, que pueblan sus novelas, en este caso, en una trama que se mueve entre el Buenos Aires los años treinta y la Barcelona de principios del siglo pasado.

Entusiasta, dicharachera, con el típico humor que les atribuimos a los cordobeses, Graciela habla con el programa La Conversación de Radio Nihuil, preparándose para dictar un taller de relatos policiales, a doscientos kilómetros de Villa Allende, en el circuito de Sierras Chicas, donde, felizmente, vive.

-¿Cómo es tu atmósfera de trabajo, Graciela, teniendo en cuenta que contás con el apoyo de un marido arquitecto?

-Esta es mi novela número once. Hoy tengo mi estudio, con mi biblioteca, con todas las cuestioncitas.

-¿Necesitás tranquilidad, silencio, para escribir, o sos como los periodistas, que nos acostumbramos al despelote de las redacciones?

-En realidad, soy licenciada en Administración de Empresas y he trabajado más de veinte años en compañías multinacionales, o sea que estoy acostumbrada a vivir en el quilombo. Entonces no me molesta para nada.

Antonia es la novela número once de Graciela Ramos.

-¿Y cuál es tu rutina?

-Voy con mi notebook a cualquier lado. Ahora, por ejemplo, en invierno, escribo en la cocina de mi casa. Después me traslado al comedor, me voy al lado del fueguito. No soy de esas personas que necesitan aislarse para nada.

-Como dijiste, provenís del área empresarial y sos también especialista en marketing, entre otras cosas. ¿Qué te hizo escritora, sobre todo de novelas históricas y románticas?

-Escritora me hizo la vida.

-¿Cómo es eso?

-La historia a mí me gusta mucho, desde siempre. Soy una persona que pelea políticamente conociendo la historia. Me voy enojando.

-¿Por qué?

-Un día le dije a una amiga mía: no me gusta la política. Y me respondió: ¿vos qué te creés que hacés con tus libros, que, en realidad, son novelas?

-¿Pero cuánto ocupa en tu literatura la historia?

-Investigo todo el tiempo y es lo que más me gusta de ser escritora. Y en realidad escribí desde chica. Tuve una infancia un poco complicada, con adicciones, etcétera. No yo, sino de mi familia, de mis padres.

-¿De qué manera te afectó esa situación?

-No la pasé bien y mi refugio fue la biblioteca. Vivía en un pueblo, en Devoto.

-¿Qué significó para vos?

-La biblioteca fue mi gran refugio. Ahí aprendí, primero, a sanarme. No a sanarme, en realidad, sino a protegerme de todo eso, porque salía del colegio y en vez de ir a mi casa me iba a la biblioteca directamente.

-¿Qué encontrabas ahí?

-La lectura me salvó la vida. Esto lo digo siempre. Con el hábito de la lectura me enamoré, lloré, fui feliz. Y a partir de ahí siempre tuve una cohesión con la familia. Yo soy piamontesa, familiera.

-¿Cómo es hoy la cosa?

-Revancha de la vida, tengo una familia preciosa, con dos hijos, mi marido. Pero todo eso fue todo con un costo muy difícil.

-¿Por qué lo decís?

-Yo soy una persona humilde económicamente. Entonces me costó mucho. Siempre tuve que trabajar para estudiar. Y decidí hacer un cambio de vida.

-¿Qué lo produjo?

-Un día me llaman del colegio porque mi hija, que hoy tiene veintiséis años, padecía problemas de TDA (Trastorno por Déficit de Atención), que es como se llaman ahora todas esas enfermedades.

-¿Cómo lo tomaste?

-Cuando le dan ese diagnóstico, me dije: esta nena necesita mamá. Entonces, a partir de ahí, hicimos un cambio de vida en toda la familia.

-¿Cómo lo administraste vos?

-Me leí toda la autoayuda que se publicó en la Argentina y en el mundo, hasta que entendí que era un cambio muy personal. Ahí fue el gran cambio de vida. Y dije: voy a dedicarme a escribir profesionalmente. Tomé la escritura como un trabajo.

-Ahí arranca la saga literaria.

-Empecé con mi primer libro, que se reedita ahora en Planeta, Malón de amor y muerte. Y no paré, nunca; nunca más.

-Atendeme, Graciela. La historia personal que estás contando es buenísima, casi mejor que las de tus libros. Deberías atreverte con literatura del yo.

-(Ríe) ¿Vos sabés que una vez me lo propuso alguien?

-¿Y entonces?

-Pero la verdad es que fue tan duro vivirlo, que no sé si tengo ganas de revivirlo.

-Es una gran pregunta. Para algunos, narrar todo eso que llevás adentro es una manera de exorcizarlo. Para otros, no, al revés.

-Sí, total, para mí sí. Coincido con eso. No lo pensé nunca. Ahora, el año que viene se va a publicar una novela que se llama No es mi culpa, que es una voz que le puse a mi mamá. Es una novela tremenda, tremenda, porque tiene mucho de esto. Mi mamá y mi papá, los dos, fueron adictos, como te dije. Entonces, la pasé muy mal.

-Pero pudiste salir.

-Después hubo como una vuelta de la vida. Pero todo esto porque yo lo busqué. Porque vivir y ser feliz, más que un aprendizaje, es una actitud. Por lo tanto, yo me levanto queriendo ser feliz, queriendo estar alegre, no dejando que venga lo que tenga que venir.

-¿De qué manera?

-Elijo. Que eso es algo que descubrí de grande. Yo les digo a mis hijos siempre todas estas cosas, porque uno va por la vida con lo que pudo, como pudo, sin saber que puede elegir un montón de cosas. Ese libro tiene mucho de eso, así que, el año que viene, ya hay como una puntita.

Antonia, la nueva novela de Graciela Ramos, nos trae a una de sus tantas mujeres tenaces, resilientes, que pueblan sus novelas, en este caso, en una trama que se mueve entre el Buenos Aires los años treinta y la Barcelona de principios del siglo pasado.

-El conflicto con los padres pareciera ser uno de los temas más tratados y más fuertes en la ficción de estos días, ya sea en el cine y las series, o en la novelística. Se inmiscuye en tramas incluso policiales o de terror.

-En realidad, a nuestra edad, lo ideal sería que no nos tengamos que estar culpando porque ya son elecciones nuestras. Pero, como lo vi con mis hijos y lo veo también para arriba, nosotros somos el fruto de lo que hacen. O sea, hasta los siete años, el cerebro humano es como una computadora que va recibiendo todo lo que le ingresa. Imaginate, pobres de nuestros papás, de nuestros abuelos, porque nadie les enseñó que podían programar eso. Incluso, al día de hoy, no se enseña que vos podés programar con amor, con confianza.

-Así y todo, no es fácil.

-Cada uno hizo lo que pudo en la vida. Y el tema es que después vivimos luchando toda la vida con esas inseguridades, con la religión, nada más.

-¿Cómo es tu caso?

-Yo soy católica, pero, a cuando a mis hijos les hice hacer la comunión, les decían: por mi culpa, por mi culpa; y yo les decía: no es tu culpa, no es tu culpa.

-Claro, la culpa cristiana es jodida.

-Exactamente.

-Es que ya nacer con el pecador original es complicado. Venimos con la marca en la frente.

-¡Es tremendo! Tenemos que reinventar todo eso.

-Está visto que el rollo no te abandona. Vos has publicado un montón de libros y, aun así, en Antonia, tu nueva novela, la protagonista arranca en absoluto conflicto con sus padres también. Exactamente igual a lo que decíamos.

-(Ríe) Antonia es un personaje, justamente, que lo construí queriendo que fuera real.

-¿Por qué? ¿En qué sentido?

-Porque todos los personajes de los libros son divinos. Y yo quería que mi personaje fuera otra cosa. Por eso escribí en primera persona la parte de ella.

-¿De qué manera la hiciste más real?

-Por ejemplo, yo te encuentro en la calle y de verdad no te banco. Pero te veo y te digo, ¡ay, qué lindo, Andrés! ¡Cuánto hace que no nos vemos! Y por dentro digo, ¡ay, este pelotudo! y bla, bla, bla. Entonces, eso, esa dualidad que tenemos los seres humanos, quería plasmarla en ese personaje.

-¿Y además?

-Y, por supuesto, la resiliencia. Yo soy una mujer resiliente. De esto me doy cuenta ahora, después de muchas novelas, de que son todas mujeres resilientes las que me acompañan. En cada una gano la batalla, por decirlo de alguna manera.

-Justamente, una de las cosas en la coincide cualquier perfil que se haga sobre vos, marca, como estilo tuyo, el protagonismo femenino fuerte. En uno de ellos les pone tres adjetivos a tus mujeres: valientes, resilientes e independientes. Mujeres que desafían las limitaciones de su época.

-Sí. Igual, a mí me encanta que mi marido me mantenga, ¿eh? (risas).

-No tenés ningún problema. Bien, signo de astucia.

-¡No! Yo soy independiente. De hecho, miren adónde estoy ahora, a doscientos kilómetros de mi casa, para hacer un taller de policiales. Me vine en auto, manejando sola. Pero me encanta si hay alguien que paga las cuentas. Yo, feliz, feliz.

-¡Qué te parece! El arquitecto labura, vos te dedicás a escribir. Te ganaste la lotería.

-Él también se la ganó conmigo. Pero, sí, son las características de mis mujeres, de todas mis mujeres. Y acá en Antonia incluía a otra mujer más. No lo quiero spoilear, porque es algo que me gusta que el lector lo encuentre.

-Otra combativa.

-Tiene que ver con esas cosas, más que de las mujeres, de las personas a las que muchas veces nos toca pasar por situaciones de ese tipo, difíciles, complicadas, inentendibles, inexplicables.

-Esa otra mujer, a su vez, de quien guardaremos la incógnita de su nombre, es amiga y rival de Antonia; se aman y se odian. Una pregunta riesgosa para el tiempo actual: ¿esto es muy típico de las relaciones femeninas, antes que de la masculinidad?

-Mirá, te van a llegar un montón de mensajes ahora, para vos y para mí, pero yo pienso lo mismo. Creo que tiene que ver mucho con el género.

-Veamos cómo es la cosa.

-En dos palabras. Hay un cuento chino sobre un matrimonio que se va a dormir. Al otro día, ella se levanta y le dice: ¿qué pasó que no me das bola? ¿Por qué? Pasan los días, pasan los días y ella va escribiendo en su diario: me va a dejar, tiene otra mujer, tiene esto, por qué no me dijo, blablablá, blablablá y blablablá. Mil hojas. En todo ese mismo tiempo, él escribe este solo renglón, que dice: ¡pucha! Perdió Boca. No lo puedo superar (risas).

-Qué buen cuento.

-Ahí está. Nuestras hormonas son un desastre.

-¿Podés aportar pruebas?

-Yo, que he sido gerenta muchos años, en un periodo del mes no tomaba decisiones.

-¿Por?

-A mí me prepararon las empresas americanas. La capacitación que tuve fue impresionante. Me encantó. Es algo que me sirve en la vida cotidiana. Y una de las cosas era esta, no tomar decisiones cuando uno está afectado por las hormonas. Porque, veamos, despojaste tu casa, los echaste a todos y, al otro día, las hormonas se acomodaron y los extrañás a todos, ¿me entendés?

-Estaría bueno decir que sí, pero, según dicen, ni siquiera Freud llegó a entender el alma femenina, imaginate.

-(Ríe) Pero no pueden vivir sin nosotras.

-Ese es nuestro karma, Graciela.

-Claro, claro.

-Una curiosidad. Hace un par de sábados lo entrevistamos a Martín Caparrós.

-Un capo.

-Caparrós ha lanzado una serie de seis novelas del pibe Rivarola, ambientadas en la Argentina de los años treinta, durante la Década Infame. Poco antes, nos había pasado algo similar con Álvaro Abós y Tomás Abraham, quienes, en sus nuevos libros, le dedican capítulos importantes a ese periodo. Y ahora vos desarrollás tu historia también ahí. ¿Qué está pasando?

-Yo escribí una novela, La patria de Enriqueta, que cuenta toda la década de la Década Infame, pero yo la llevé por el lado de la villa miseria que está atrás de la terminal de ómnibus, cuándo y cómo nace. Esas son las cosas que me gustan. Nació siendo un poblado pequeño para los inmigrantes que no tenían más lugar.

-En efecto, ese ir y venir de la gente es uno de tus temas.

-En el año 10 ya estaba el Hotel de Inmigrantes y se pusieron unas carpitas. O sea, nace con un sentido igual al de la CGT, que también nombro, y duró una semana, con una cosa tan genuina, tan linda. Después se fue todo al diablo, se desarmó.

-¿Pero por qué tanta atención sobre un mismo segmento histórico?

-Porque hay mucho en el treinta, mucho de lo que a mí gusta. De hecho, en esta novela empiezo con un golpe.

-Sí, contra Yrigoyen.

-Lo que yo cuento es eso, la influencia social, económica, cultural. Qué pasa con una familia a la que le cambiaron la cuestión desde arriba y qué pasó con el esposo, la mujer, los hijos, su trabajo, su vida. Bueno, toda esa influencia es lo que a mí me motiva y me inspira para escribir las novelas.

-¿Y respecto del cuadro general?

-En el treinta hay un gran cambio. Por ejemplo, la Liga Patriótica, que ya viene de antes. En realidad, sigue hasta ahora, con distintos colores, distintas marcas y es un poco lo que a mí me enoja.

-¿Por qué te enoja?

-Porque es algo tan cultural nuestro, desde los inicios de nuestra historia. Y nos cuesta tanto cambiarlo, porque deberíamos cambiar nuestra cultura.

-Tu novela juega con dos tiempos y dos lugares. Se mueve entre los treinta y principios del ciclo pasado, entre Argentina y España. ¿Por qué elegiste ese arco tensado entre Barcelona y Buenos Aires?

-Mirá, elegí Las tejedoras de ilusiones, donde novelé el incendio de la fábrica de camisas en Manhattan, cuando mi hijo más chico se fue a estudiar con una beca de rugby a Estados Unidos. Mi corazón se fue para allá.

-Lo recuperaste, suponemos.

-Cuando ya me acostumbré al cuadro general, como me gustaban las corridas de toros, me fui al origen del primer Torín, en la Barceloneta. Ahí, en realidad, empecé por gusto a investigar. Estoy hablando de hace cinco años, más o menos. Y mientras investigo a Antonia, se me cruza la Semana Trágica.

-Nada menos. Qué cruce.

-Si ves mi recorrido en novelas, soy fanática de las semanas trágicas. Y lo que me llamó la atención, y por eso lo escribí, es que, en Barcelona, cuando se incendiaron tantos conventos y se mataron a tantos curas y monjas, no fue una rebelión en contra del catolicismo.

-¿De qué manera te llamó la atención eso?

-Me gustó porque hay muchos temas ahí. Y lo que más me impactó es que reclamaban por la educación, que es un gran asunto que tiene España, porque siempre fue laica. Entonces, ahí me quedé y después armé todo el resto, también con la Segunda República, otro intento fallido de los catalanes. Me encanta esa monarquía. Juego mucho con eso en la novela: monarquía sí, monarquía no, por qué sí, por qué no, y en esta época.

-Convengamos que vos hacés novela histórica, pero te diría que esta también podría calificar como política.

-(Ríe) Es la primera vez que me dicen esto y para mí es un piropo.

-Es que la cuestión ideológica y la militancia de los personajes están presentes a lo largo de toda la trama.

-Está bien. Sí, sí, sí. No lo había visto nunca de esa manera. Es que siempre estoy tan enfocada en la historia y en los personajes, pero... bueno, justamente son las decisiones políticas las que llevan a estas situaciones, que interfieren, como interfirió, en la vida de Antonia, de Apolonia y de su hermana todo esto.

-Interfirió de manera rotunda.

-Porque ellas eran familias, unas normales, otras obreras y otras acomodadas, y con este movimiento se desacomoda todo, les cambia la vida de un día para el otro.

-A todo esto, sumémosle una coincidencia con la realidad actual porque toda la militancia política de izquierda que tiene protagonismo en tu novela es anarquista. En Argentina, el anarquismo, luego de ser borrado por Perón, ha resurgido como un nuevo ideal libertario, de otro signo, con el gobierno de Milei. No sé si esta concordancia ha sido consciente o inconsciente de tu parte.

-Creo que inconsciente. Eso lo veo después, con la lectura de todo el mundo. No lo programé de esa manera. ¡Pero me encanta! Esto es lo que ocurre cuando cada uno hace suyo el libro. Me encanta, me encanta recibir todas estas miradas.

-No es menor el asunto porque tiñe, como decíamos, todo el accionar de tus personajes.

-Estamos hablando de una época donde ser mujer era todo un tema. La mujer tenía que estar en casa. Si era humilde, laburando, y si era de buena familia, lo mismo, o sea, siendo mamá, coordinando la servidumbre y todas esas cuestiones.

-Por eso mismo, tus mujeres rompen el molde, como Mercedes.

-Mercedes vendría a ser como una anarquista, pero, en realidad, es una sobreviviente. Muchos de los abuelos nuestros o bisabuelos, en realidad son sobrevivientes. Van haciendo lo que pueden para poder sobrevivir. Van negociando sus horas de trabajo, van negociando su dinero, que no les alcanza ni para comer.

-Saliendo del capítulo anarquista, una pregunta personal. ¿Vos sos muy enamoradiza?

-Yo soy enamoradiza. Por ejemplo, me encanta cocinar, me enamoro de la comida. Soy una persona que ha trabajado mucho. He trabajado mucho conmigo, mucho, mucho, para dejar de ser una nena triste y convertirme en una mujer alegre. Entonces, el amor está en mi vida, siempre.

-¿Siempre?

-Cuando me salgo de eje y tengo ganas de asesinar a alguien, trato de poner amor, de enamorarme, de enamorarme de las situaciones, de la vida. Soy enamoradiza de un autor por un libro; después se me va porque viene otro que le gana. Soy enamoradiza en ese sentido. Sí, soy libriana. Estoy con la balancita que va y viene, va y viene, que me vuelve loca.

-¿Nunca para?

-Soy una persona, como te decía, muy trabajada, muy, muy trabajada a nivel psicológico, personal. Nunca fui un psicólogo, todo autoayuda. Mi propia ayuda.

-Por eso deberías escribir tu libro en primera persona para descargar. Y Antonia, tu heroína, ¿de qué signo es?

-(Ríe) No tiene signo. No lo tengo en mente. Pero cuando construí el personaje de Antonia, quería poner algo que me ha pasado muchas veces.

-¿Qué tipo de cosas?

-¿Viste cuando, por no saber, por no entender, metés la pata? Pues bien, por ser una persona tímida, una persona a lo mejor más apocada y que cada vez que quiere levantar la cabeza le meten un palo porque se equivocó diciendo las palabras incorrectas, sin saberlo; en fin, por eso: inocencia, inocencia es la palabra que la define. Desde ese lugar generé a Antonia.

-Una inocencia que la lleva desde Argentina a España.

-Llega a una Cataluña con todos sus conflictos sin conocer nada. Por eso hay como dos miradas, la mirada de los que están allá y la mirada de ella.

-¿Y cómo engancha eso de la mirada inocente con tu propia experiencia?

-Eso me ha pasado mucho en la vida, de chica, de ir por la vida sin saber adónde y, por ahí, encontrarme con unos golpes que... ¡guau!

-Volviendo a la pregunta inicial, respecto de si sos enamoradiza, se asienta en que Antonia es asquerosamente enamoradiza, se derrite todo el tiempo. Desde que empieza la novela, vive medio derretida. ¿Eso es buen o es malo?

-(Ríe) Es parte de ser una persona. Por eso me encanta, porque es lo que yo quería que leyeran. Que es una persona que se equivoca, que hoy piensa una cosa y mañana piensa otra.

-Pero tiene una fijación, en este sentido, una obsesión bastante marcada.

-Sí. Me alegro un montoncito. Sí, es enamoradiza. Es esto: enamoradiza de los buenos momentos, de las buenas personas, de querer sobrevivir a lo que le está pasando y llegar a algo mejor. ¿Y qué te lleva a ese algo mejor? ¿Qué te puede llevar? A veces con conciencia y a veces de manera inocente.

-Última pregunta personal. ¿Te gusta cocinar? La inquietud viene porque, estando la acción en Barcelona, hacés una descripción gastronómica de todo lo que preparan y comen tus personajes que es muy detallista, muy sustanciosa.

-Me encanta cocinar. De hecho, con mi esposo cocinamos en un episodio de El Gourmet, cuando estuvieron en Villa Allende. Me encanta cocinar, sí, el problema es que también me gusta comer. A mi edad ese es un problema (risas).

-Sos todo un personaje, Graciela. Hasta tu próximo libro.

-Gracias. Gracias por meterme por esta ventanita a Mendoza, una provincia tan preciosa.

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