Gabriela Bortolozzo tenía claro desde chica que lo suyo estaba en la ruta. Mientras otras niñas pedían muñecas para Reyes o el Día del Niño, ella pedía camiones. Sí: quería ser camionera. Sus vacaciones de invierno y de verano transcurrían arriba del Mercedes Benz de su papá, entre viajes interminables, preguntas sobre motores y siestas debajo del acoplado cuando el calor mendocino hacía imposible permanecer dentro de la cabina.
Gabriela nació para manejar camiones, esperó 50 años y ahora quiere abrirles camino a otras mujeres
Nació en Junín, creció arriba del camión de su papá, logró una beca y hoy trabaja como camionera. Su desafío es que más mujeres puedan acceder a la experiencia

Gabriela dejó su pasión infantil por los camiones para convertirse en conductora profesional a los 50 años tras una beca.
Fotos: gentilezaPasaron los años, cambió de rumbo varias veces, estudió, viajó, vivió en Barcelona y tuvo a su hijo. Pero aquella fascinación de la infancia nunca desapareció. A los 50 años, después de una beca que terminó de empujarla hacia su verdadero deseo, Gabriela consiguió la licencia y comenzó a trabajar como conductora profesional. Hoy recorre rutas nacionales y también cruza hacia Chile. Y tiene una certeza: después de haber esperado tanto para llegar hasta ahí, quiere que otras mujeres no tengan que esperar tanto.
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“De chica siempre estaba arriba del camión. Mi papá tenía un Mercedes 1114 y yo viajaba con él en las vacaciones. Lo volvía loco a preguntas: esto para qué, esto qué hace, por qué esto funciona así. Era mi pasión”, cuenta Gabriela, que nació y creció en Los Barriales, Junín.
Una camionera mendocina que empezó desde chica como acompañante de su papá
En ese distrito del Este mendocino muchos todavía pueden identificar el camión que durante años fue parte del paisaje: un Mercedes azul con carrocería roja. Era el vehículo de su padre, que tiene 75 años y todavía sigue vinculado al transporte. Para Gabriela, aquella infancia fue mucho más que una colección de viajes familiares. Fue su primera escuela.
Aprendió mirando. Escuchando. Preguntando. Compartiendo horas de ruta. Las siestas de verano las dormía debajo del acoplado porque el calor era insoportable y, cada vez que podía, volvía a subirse a la cabina.
Pero aquella niña que soñaba con manejar tuvo que postergar su deseo. En esa época no era habitual ver mujeres al volante de camiones y Gabriela terminó tomando otros caminos. Estudió, se recibió de profesora de arte, más tarde vivió en Barcelona, donde se formó como auxiliar de jardín de infancia, comenzó una carrera de Administración de Empresas y, al regresar a la Argentina, también estudió para preceptora y se capacitó para trabajar como secretaria en escuelas secundarias.
Probó distintas cosas, pero algo no terminaba de cerrar.
“Yo sentía que tenía que estar en la ruta, en la calle, viajar”, resume.
El empujón definitivo llegó el año pasado, cuando fue seleccionada para una beca de formación de Isitrans. El programa le permitió viajar a Rosario, realizar capacitación teórica y práctica y avanzar hacia la obtención de la licencia profesional.
Ahí cambió todo.
La empresa en la que trabaja actualmente le abrió la puerta y Gabriela comenzó a hacer aquello que había imaginado durante buena parte de su vida: manejar un camión, conocer las rutas nacionales y viajar a Chile.
"Muchas mujeres camioneras se capacitan y luego tienen las puertas cerradas"
“Ese fue el empujón que me dio a tener la licencia y todo lo demás. Así que dejé todo y me dediqué a lo que realmente me gusta de toda la vida”, cuenta.
Hace poco le tocó un viaje de 18 días por Pino Hachado. La experiencia, dice, terminó de confirmar que estaba en el lugar correcto.
Pero la historia de Gabriela no quiere quedarse en una celebración personal. De hecho, esa es la razón por la que insiste en contarla.
Su preocupación es la cantidad de mujeres que se capacitan, obtienen su licencia y después se encuentran con una puerta cerrada cuando salen a buscar trabajo. El motivo suele repetirse: las empresas solicitan entre dos y cinco años de experiencia.
Y ahí aparece una contradicción que, para Gabriela, es difícil de resolver: ¿cómo consigue experiencia una persona que recién está empezando si nadie le permite empezar?
“No estamos pidiendo que nos contraten sin estar preparadas ni que se bajen los requisitos. Al contrario. Queremos capacitarnos, adquirir experiencia real y demostrar lo que sabemos hacer. Lo que necesitamos es que exista un puente entre la formación y el primer empleo”, plantea.
La discusión no es menor. Un camión representa una inversión importante para una empresa y detrás del volante no está solamente el vehículo: también está la carga, la seguridad, los seguros y la responsabilidad de recorrer cientos o miles de kilómetros. Gabriela entiende perfectamente esa preocupación. Lo que cuestiona es que la experiencia se convierta en un requisito imposible de cumplir para quien todavía no tuvo su primera oportunidad.
"Si nadie te da una primera oportunidad no hay manera de conseguir experiencia como camionera"
“Si nadie te da la primera oportunidad, ¿cómo conseguís esa experiencia?”, pregunta.
Por eso destaca el proyecto de Isitrans para generar una Certificación de Experiencia y convocar a empresas de transporte de todo el país a abrir espacios de práctica para conductores y conductoras que recién comienzan. La idea, explica, es que puedan sumar horas de trabajo en situaciones reales, de manera organizada, acompañada y evaluada, y que al finalizar exista una constancia de las actividades realizadas.
No necesariamente se trata de una contratación. Se trata de abrir una puerta.
Y para las mujeres que quieren entrar a un ámbito que durante décadas estuvo prácticamente reservado a los hombres, esa puerta puede significar muchísimo.
Gabriela lo sabe porque lo vivió en primera persona. También sabe que todavía hay otros obstáculos. En algunas empresas no está permitido ingresar con un acompañante, no siempre existen las condiciones necesarias para que una persona pueda realizar una práctica y las cuestiones vinculadas con seguros y responsabilidades hacen cada vez más difícil aquel sistema informal con el que ella aprendió: viajar como acompañante de su papá y adquirir experiencia directamente sobre la ruta.
“Cuando viajaba con mi papá, la experiencia se hacía de acompañante. Así aprendíamos”, explica.
Por eso cree que ahora es necesario encontrar nuevas formas de hacerlo.
Las colegas transportistas que están y acompañan cada paso
No está sola en ese camino. Gabriela menciona especialmente a dos camioneras mendocinas que fueron importantes para ella: María Jesús Gutiérrez y Andy Di Césare. Ambas, dice, fueron pilares en esta nueva etapa y la alentaron a no bajar los brazos, a subirse al camión y a avanzar también con los trámites necesarios para trabajar en Chile, entre ellos la obtención del RUT y la licencia chilena.
“Me decían que no bajara la guardia, que tenía que estar en el camión”, cuenta.
Ese acompañamiento también forma parte de una transformación que Gabriela ve en las rutas. Cada vez hay más mujeres interesadas en manejar camiones y preparándose para hacerlo profesionalmente. Pero entre las ganas y el empleo todavía existe una distancia que, según ella, debe ser asumida también por el sector empresarial.
Porque una licencia habilita a conducir, pero no reemplaza las horas de experiencia. Y esas horas, necesariamente, alguien tiene que estar dispuesto a ofrecerlas.
A Gabriela, finalmente, le llegó esa posibilidad a los 50.
En el camino también hubo una familia que acompañó. Su hijo René ocupa un lugar central en esa estructura que permite que ella pueda pasar días fuera de casa. Cuando Gabriela se va a trabajar, él queda a cargo de muchas de las responsabilidades cotidianas. Y detrás de él aparece una red familiar: su mamá, su papá, sus hermanos, que preparan viandas, invitan a comer y se ocupan de que no falte el apoyo mientras ella está en la ruta.
“Mi familia es incondicional en esta nueva etapa”, dice.
El apoyo incondicional de una familia y de un papá camionero que le dio las primeras armas
También está su papá, aquel hombre que durante tantos años llevó a su hija como acompañante y sin saberlo le enseñó el oficio que ella terminaría abrazando décadas después.
Quizás por eso hay algo circular en la historia de Gabriela. La nena que dormía debajo del acoplado durante las vacaciones, que hacía preguntas sin parar y que pedía camiones para Reyes Magos terminó convirtiendo aquella fascinación infantil en una profesión.
Le llevó 50 años llegar hasta el volante.
Ahora quiere que otras mujeres puedan hacerlo mucho antes.
“No estamos pidiendo que nos regalen nada. Queremos una oportunidad”, insiste.
Y en una actividad donde la experiencia sigue siendo una de las principales condiciones para conseguir trabajo, el desafío parece sencillo de formular, aunque no tanto de concretar: generar el espacio para que quienes ya se prepararon puedan sumar los kilómetros que todavía les faltan.
Porque para Gabriela el problema no es que las mujeres no estén listas para manejar. El problema es que muchas todavía están esperando que alguien les permita demostrarlo.
Y ella, después de una vida entera esperando su oportunidad, decidió que su nueva tarea también será ayudar a abrir esa puerta.
En pocas palabras
- Gabriela Bortolozzo: Dejó su pasión infantil por los camiones para convertirse en conductora profesional a los 50 años tras una beca.
- Desafío laboral: Busca facilitar el acceso de más mujeres al rubro del transporte, enfrentando la barrera de la falta de experiencia requerida por las empresas.
- Propuesta de solución: Impulsa la creación de certificaciones de experiencia y espacios de práctica para que las nuevas conductoras puedan sumar kilómetros y demostrar sus capacidades.