La cuarentena por el coronavirus en Argentina ya cumplió 100 días, y pese a algunas flexibilizaciones en varios lugares, hay actividades que aún están prácticamente detenidas, para perjuicio de quienes viven de ella y para la sociedad toda. Una de ellas es el teatro, y a pesar de que se permite, con muchas precauciones y limitaciones recién la semana pasada se habilitó el inicio de "ensayos y clases" de hasta 10 personas. Pero los que viven de la cultura siguen sin tener ingresos.

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En Mendoza hay alguien, que no sólo vive y respira teatro, sino que es el teatro mismo: el Flaco Ernesto Suárez, quien cuenta cómo vive esta hibernación de la vida cultural, fiel a su estilo: sin dramatizar, pese a la tristeza y pensando en el mañana, a sus 80 años.

Difícil es seguir una línea para la charla con el actor, profesor y director, quien comienza a cada instante a abrir nuevas sendas a las charlas, floridas todas y regadas con anécdotas de sus múltiples vivencias.

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Una pandemia crónica en el teatro

Sin embargo, el que fuera galardonado con el premio al Actor Revelación en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata en 2015, por su protagónico junto a Rodrigo de la Serna en la opera prima de Francisco Varone, Camino a La Paz, hace algunas escalas en su vuelo mental, para describir situaciones, como la actual para el teatro. "Hace tiempo que estamos mal en el teatro. No solo hemos sufrido esta pandemia, sino también una pandemia política y una pandemia cultural", dijo el Flaco.

"Empecé de grande en el teatro, a los 25 años, y ahora a los 80, estoy triste porque la pandemia no me deja actuar", describe Suárez sobre sus sensaciones en esta cuarentena. Sin embargo, como necesitando recargar su jovialidad y optimismo, reflexiona: "Sin embargo, lo único que me hace feliz ahora, es saber que nunca tuve patrones. En el exilio, cuando estuve en Lima o en Ecuador, en los mercados, o en la calle, me paraba a actuar, por monedas, o lo que fuera", dijo con el orgullo del que sabe sobrevivir ante toda adversidad.

El Flaco tiene sus convicciones políticas, y por ellas, durante la dictadura tuvo que irse del país, por lo que sabe lo que es hambre, el desarraigo, pero sobre todo ser fiel a las convicciones.

Respecto a la que puede haber sido su máxima obra dentro de la docencia, Suárez, contó: "Hoy tenemos un teatro, como El Taller, donde muchos creen que se logró por obra y arte de la magia. Pero ahí estuvo el trabajo de gente como (Osvaldo) Dargún, (Agustín) Cuzzani, Soriano (Pepe), y alguna gente de Mendoza, entre la que pude aportar una cosa chiquita, que pelearon por una Ley Nacional del Teatro (Ley 24.800, del 14/4/1997), gracias a la que también nació el Instituto Nacional del Teatro".

Suárez tiene una visión profunda y una experiencia extensa sobre la actuación (comenzó en los años '50), y la expone, tal como se las dice a sus discípulos: "El misterio de la vida (teatral) para mí, es cómo sobrevivís en un país de Latinoamérica, donde ninguno tiene presupuesto para cultura, como corresponde a la cantidad de artistas en general que hay, ya sean músicos, bailarines, coréografos, que en definitiva se tienen que ir al exilio porque aquí ganan dos mangos", destacó.

Volver a la esencia: la calle

"A El Taller lo he dejado hace unos 8 años a los chicos -y se ríe al decir chicos, ya que todos rondan los 40-, que me acompañaron por 20 años. Yo quiero trabajar aparte; lo mío es otra cosa", narró el dramaturgo nacido en Guaymallén.

Respecto a qué "es lo suyo", el ya inmortal Jalil de la película Camino a La Paz, desarrolló: "Ahora estoy con chicos con los que trabajamos en la calle, eso es lo mío. Son un grupo de unos 30 artistas y se llama De Sol a Sol Teatro. Hay cantantes, murgueros, bailarines, pibes en zancos. Tenemos cinco obras, con las que nos presentamos en los barrios, gratis, o en las cárceles", detalló.

"Cuando podamos volver a actuar, queremos hacer una versión popular de Romeo y Julieta, con la idea de ir a las cárceles o a las escuelas marginales", adelantó sobre el próximo proyecto post-coronavirus.

De esta forma el querido Flaco, de miles de noches de sótanos y pequeños café concerts, sigue fiel a sus ideas sobre una cultura popular. "Hago lo que me gusta, trabajo también en los bares, que son espacios alternativos", dice.

"La mejor forma de seguir con una militancia es traccionar vos mismo y con tus amigos y tu trabajo frente a tanto lío que encierra la política. Sigo intentando tener una coherencia -nadie es perfecto y a veces no sale bien- y si tengo que laburar gratis, lo hago. Pienso que el teatro debe ser para todos", se explica el artista y maestro de una expresión cultural muy a lo mendocino, popular, de amigos, barrio, guitarreadas y vino.

Desdramatizando sobre la situación social, el Flaco cierra: "Ahora hay una pobreza, pero de principios, y de valores. Hay que tener humor, eso lo heredé de mi madre. No teníamos padre, pero ella nos hacía reír siempre, con chistes, cuentos o canciones. Tenía experiencia de campo y no faltaba nunca una gallina o un huevo casero. El carnicero nos regalaba algún hueso para la sopa, y éramos felices, rodeados de nuestro vecinos y familiares. A la muerte no la mirábamos como una tragedia, tal como aprendí en Perú o Ecuador, sino como parte también de la vida", concluyó.

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