Caja de seguridad, anotó prolijamente y con letra redondeada en la agenda de tapas duras. Más precisamente en el renglón destinado a las actividades del jueves 15 de junio a las 9 de la mañana. Promediaba el año 2000.
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Metódico, ordenado y muy disciplinado con sus asuntos, el hombre llegó al céntrico banco Río de San Martín y Montevideo el día previsto y a la hora señalada. Hacía frío. Se sintió incómodo de pies a cabeza. Pero no por ese frío que había llegado de pronto, sino por algo que no supo explicarse en ese momento.
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Un empujón a la pesada puerta fue suficiente para quedar cara a cara con el recepcionista.
Buen día. Necesito acceder a mi caja de seguridad.
¿Sector?
Cinco, reveló el comerciante.
Cinco, escribió el bancario en un cuaderno ancho y espiralado que hacía las veces de registro de entrada y salida de clientes. Venga, pidió, y el comerciante lo siguió.
Adentro del bolsillo del pantalón apretaba con fuerza una llave que el banco le había entregado para abrir y cerrar cada vez que quisiera, sin restricciones, le habían dicho, ese compartimento de 10 centímetros de alto por 15 ancho y 60 de profundidad que había alquilado para guardar sus ahorros en dólares, billete por billete. Y el hombre lo había hecho con la prolijidad de quien tiene todo bajo control.
El mecanismo de la caja de seguridad podía ser abierto y cerrado utilizando una doble llave para una cerradura doble. La segunda llave sería manipulada por el hombre del cuaderno espiralado. Empleado y cliente se detuvieron frente a una pared tapizada por rectángulos numerados del 00 al 99. Acá es, dijo el ahorrista. Entonces metió su llave y la giró. Un tac metálico fue todo lo que se escuchó. El bancario repitió la maniobra con su llave, tac, la sacó y se fue, dejando al cliente en respetuosa privacidad.
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El retiro de unos pocos dólares para hacer una compra menor sería un asunto rápido. Un trámite que no demandaría más de... ¿cuánto tiempo le llevaría tomar unos pocos billetes? ¿Cinco minutos? ¿Acaso diez?
Sin embargo, cuando el comerciante abrió la caja con número terminado en 7 un hormigueo le recorrió el espinazo. No podía creer lo que estaba viendo: cinco banditas elásticas de goma prolijamente ubicadas en el piso de la caja metálica le trajeron a la memoria el símbolo de los Juegos Olímpicos. Eso era todo lo que había. De los 68.500 dólares que había guardado un año atrás, por miedo a ser asaltado en su negocio o en su casa, no quedaba nada. Ni el perfume.
Efecto dominó
Cuando en la comisaría Tercera de la calle Rioja le recibieron la denuncia, miraron al comerciante sin sorpresa: era el tercer cliente del banco Río despojado esa semana de sus bienes guardados en caja de seguridad. Dinero. Alhajas. Documentos. Joyas. Se habían esfumado.
Un médico especialista en salud visual y un librero que vendía publicaciones jurídicas nacionales e internacionales a jueces y abogados en los tribunales y en la calle Montevideo eran sus tristes colegas de infortunio.
El caso mendocino llegó a los diarios del país y rápidamente la cantidad de perjudicados trepó a veintitantos. Las especulaciones explotaron. También las hipótesis. ¿Usaron llaves gemelas? ¿Empleados traicionaron a sus bancos empleadores? ¿O a los clientes?
Solo había dos certezas: el o los autores de los saqueos habían actuado accediendo al área de las cajas como cualquier cliente o como un empleado más.
La segunda: el robo ocurrió en un sector del edificio que carecía de videovigilancia bajo el argumento de que los inquilinos debían operar sin nada que los incomodara. Sin testigos de ninguna clase.
Se puso la mira en cerrajeros que pudieran haber duplicado llaves y también en bancarios que pudieran haber facilitado los juegos maestros antes del alquiler. Pero nada condujo a los delincuentes. Y ganó la impunidad.
Batalla legal
Aunque la pesquisa penal fracasara, los depositantes sabían que el Banco Río sería condenado a devolverles lo que ellos hubieran denunciado como bienes despojados. Era cuestión de esperar. Y en materia civil, en este caso, esperar era ganar más dinero.
Los amparaba un fallo de la Justicia bonaerense en favor de un cliente de cajas de seguridad del Banco de Mendoza en aquella ciudad, que condenó a la institución crediticia a pagarle por los bienes sustraídos. "Los bancos ofrecen seguridad a través de las cajas. Si esa seguridad es interrumpida, ya sea por un robo o hurto, están obligados a indemnizar al cliente", había dicho la justicia palabras más palabras menos.
Y así fue. En 2007, Gustavo Colotto, juez del Tercer Juzgado Civil y Comercial de Mendoza, condenó al Banco Río de la Plata -a esa altura de los acontecimientos ya se llamaba Santander Río- a indemnizar a aquel hombre que descubrió el desfalco el 15 de junio de 2000. El, sin embargo, no alcanzó a ver ni un peso porque había fallecido.
