Obras en el Liceo

Liceístas unidos por su capilla: una historia de camaradería que hizo renacer su lugar de refugio

Convocados por la Fundación Liceístas de Cuyo, todas las promociones pusieron su granito de arena para reformar la Capilla del Divino Maestro del Liceo Militar General Espejo. El exgobernador Julio Cobos estuvo en la inauguración

Un llamado despertó en los liceístas un sentimiento que quizás ni sabían que tenían. Ese lugar que por tantos años significó un refugio para ellos, hoy necesitaba una mano. La Capilla del Divino Maestro, esa que en 1960 se inauguró por iniciativa de la comisión de padres sanjuaninos del Liceo Militar General Espejo, este sábado renació gracias a la unión de aquellos que alguna vez encontraron su minuto de paz ahí dentro.

Que el techo se lloviera acabó siendo una excusa para que miles de egresados pusieran una cuotita de arena, algunos mínima otros no tanto, para devolverle la mística a lo que fue, quizás, el lugar de reflexión más importante que tuvieron durante su adolescencia.

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El artista Federico Arcidiacono puso su toque en el nuevo sagrario, hoy a un costado del altar de la Capilla del Divino Maestro del Liceo Militar General Espejo.

El artista Federico Arcidiacono puso su toque en el nuevo sagrario, hoy a un costado del altar de la Capilla del Divino Maestro del Liceo Militar General Espejo.

Con techo renovado, mármol detrás del altar y en el ingreso, pintura general, un nuevo sagrario creado por el artista Federico Arcidiacono, el pulido del piso, la renovación de la sacristía y de la totalidad de la instalación eléctrica, la Capilla del Divino Maestro en la que el Padre Héctor Gimeno aconsejó a generaciones enteras de liceístas, este sábado tuvo su reinaguración.

No faltaron los miembros de la Fundación Liceístas de Cuyo, que se pusieron al hombro las remodelaciones, ni tampoco el exgobernador Julio Cobos, egresado de la promoción XXI.

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Julio Cobos, exgobernador y egresado de la promoción XXI, también hizo su aporte, generó nexos con la municipalidad de la Ciudad de Mendoza y la de Rivadavia, y participó de la inauguración.

Julio Cobos, exgobernador y egresado de la promoción XXI, también hizo su aporte, generó nexos con la municipalidad de la Ciudad de Mendoza y la de Rivadavia, y participó de la inauguración.

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La camaradería, un sello irrompible que caracteriza al liceísta

Llegué a las 18 del viernes, apenas unas horas antes de la inauguración formal de la Capilla del Divino Maestro prevista para el sábado por la mañana. Allí había un grupo de jóvenes vestidos de verde que colaboraba colocando la puerta vidriada y sacando los últimos restos de polvo acurrucados en los rincones.

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Entre los cadetes y la mano de obra donada por el liceísta Raúl Pinto, renovaron la capilla del Liceo.

Entre los cadetes y la mano de obra donada por el liceísta Raúl Pinto, renovaron la capilla del Liceo.

En el interior, se sentía el olorcito a recién pintado. Me esperaban José Luis Domenech y Carlos Aznar, el vicepresidente a cargo de la presidencia y el secretario de la Fundación Liceístas de Cuyo. El primero de la promoción XIX; el segundo, de la XVII.

Con ellos se comunicó Marcelini, un profesor jubilado que los puso al tanto de la inhabilitación de la capilla y les pidió ayuda. Fue entonces cuando comenzó esta aventura que poco a poco se fue haciendo más grande. De juntar unos pesos entre algunos camaradas, pasaron a encontrarse con donaciones con las que consiguieron afrontar una obra mucho mayor a la inicialmente pensada.

A la distancia, y sin haberlo hablado antes entre ellos, concluyen que convergieron dos puntos para lograr este resultado: la camaradería de los liceístas y la importancia de la capilla en sus vidas.

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"Hemos pasado cinco años de nuestra adolescencia teniéndonos los hombros de uno para el otro", reflexiona José Luis. "Acá no estaban ni el papá ni la mamá. Entre nosotros teníamos que encontrar las soluciones a lo que necesitábamos", recuerda sobre la etapa de internado, que en su época era obligatoria.

Son mucho más que compañeros. Los liceístas, con aquellos con los que convivieron desde los 13 a los 17 o 18 años, son hermanos. "El internado te da un sello irrompible con tus camaradas", dice Carlos mientras Domenech asiente y agrega: "Disfrutábamos de los buenos momentos y sufríamos juntos el orden cerrado y el adiestramiento militar. Eso nos hermanaba". Ahora, cuando se juntan (y lo hacen seguido), "seguimos teniendo aquella edad". "Es imposible pelearse con alguien de la misma promoción", suma.

Y la capilla... la capilla era su refugio. Ese lugar neutral en el que no habían grados militares. Ese lugar al que podían ir para encontrar un minuto de paz interior en plena adolescencia.

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"Por eso es que cuando nos convocaron tuvo tanta respuesta", concluye ahora, después de cuatro meses de obra José Luis Domenech.

Y hubo alguien que en todos estos años hizo que la del Divino Maestro fuera una capilla especial. El padre Gimeno, que llegó como capellán a Mendoza allá por el 54, puso su magia.

"La capilla para nosotros, sobretodo para los que conocimos al padre Gimeno, ha sido un lugar ecuménico, más que religioso", explica José Luis.

"En su testamento dejó un capítulo para los liceístas, a quienes les pedía que sean solidarios, alegres, comprometidos con sus ideales y portadores de la buena nueva", dijo. Y eso les quedó marcado: "La intención nuestra es que la buena nueva se transmita a través de las futuras generaciones".

Fue un emblema para todo el que pasó por el Liceo. Su personalidad, su complicidad con los cadetes y, por sobre todo, su oído y sus consejos, lo hicieron inolvidable para los liceístas.

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Era como un padre para ellos. Un adulto, sin grado militar, con el que se podía hablar de todo aquello que un adolescente necesita. "Tenía una atracción con la juventud", destacaron Carlos y José Luis.

De las lágrimas de los primeros meses al shock de la vida universitaria

Si hay algo que estos dos liceístas pueden destacar de su paso por el Liceo Militar General Espejo es la formación en valores. Con aciertos y errores, el instituto sobrevivió al correr de los tiempos, se fue acomodando a los cambios y mantuvo eso que Aznar describe muy bien como una "mixtura rara entre lo público y lo privado en medio de épocas raras y no raras".

En el Liceo, la clave pasa por aceptar las jerarquías, un reto que se va aprendiendo día tras día.

La adaptación al internado les costó a todos, a unos más que otros. Niños de tan solo 13 años se encontraban aislados y el desapego con la familia no era moco de pavo.

"Llorábamos por las noches. La separación era traumática en los primeros tres o cuatro meses", recuerda Aznar sobre el primer año en el Liceo.

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Carlos Aznar y José Luis Domenech, secretario y vicepresidente a cargo de la presidencia de la Fundación Liceístas de Cuyo.

Carlos Aznar y José Luis Domenech, secretario y vicepresidente a cargo de la presidencia de la Fundación Liceístas de Cuyo.

Sentarse en el parquecito del instituto a mirar del otro lado de la reja era una constante entre los 14 y los 15 años. Desde adentro, después del almuerzo, veían cómo pasaba el trole repleto de pares de guardapolvo blanco que tenían una vida muy diferente a la de ellos.

"Los viernes a las 18 era una fiesta". A esa hora, terminaban la instrucción militar y tenían 30 minutos para ponerse su uniforme de salida y encarar por el portón central para volver a casa por el fin de semana.

La contracara era el domingo después del almuerzo cuando se empezaban a preparar para volver al Liceo, a donde a las 22 ya tenían que estar dormidos para encarar la semana.

"Y los que no habíamos estudiado para aprovechar el fin de semana al máximo, después nos teníamos que levantar en silencio a estudiar en el baño", recuerda José. "La ducha era una sala de estudio consensuada", reafirma Carlos.

La desconexión con el mundo exterior era casi total. Un teléfono público en la guardia podía servir para hablar con los padres o alguna noviecita siempre y cuando tuvieses monedas.

No era fácil pero recuerdan aquellos tiempos con nostalgia. Las picardías adolescentes no faltaban, pero tampoco las privaciones de salidas. Por todo ello, la camaradería es un sello irrompible.

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Así quedó la capilla en la que el Cura Gimeno supo escuchar, entender y aconsejar a adolescentes del Liceo Militar General Espejo de Mendoza.

Así quedó la capilla en la que el Cura Gimeno supo escuchar, entender y aconsejar a adolescentes del Liceo Militar General Espejo de Mendoza.

"Uno aprecia los valores del Liceo pasado el tiempo", dice Domenech. Y claro, en aquellos tiempos no dejaban de ser apenas unos estudiantes inmaduros.

El shock, para ambos, se dio al egresar.

"Cuando salís hay que adaptarse a una realidad diferente: ir a la universidad fue un impacto importante", coincidieron.

"Hice un plan de distribución del tiempo como nos enseñaban en el Liceo y resulta que después, cuando llegaba a la facultad, el profesor no estaba o la facultad estaba cerrada o había una amenaza de bomba. Después de salir de esta rigidez, te encontrás con una realidad laxa", compara Domenech con su paso por la universidad nacional en Córdoba, a donde se recibió de abogado.

"Llegué a pensar, en mi primer año fuera del Liceo, que la facultad era una locura. Me quería ir", recuerda a su vez Aznar, que es contador. "Uno llega a un mundo en el que estás aislado, la camaradería no existe, no encajás. Pero después de un año, te adaptás", explica sobre ese paso que debieron dar todos los que pasaron por el internado.

Hoy, buenos años después de aquel egreso, en la Fundación Liceístas de Cuyo encontraron cómo ser un nexo entre el Liceo y la comunidad y que esos valores que incorporaron, no solo se sigan transmitiendo, sino que también resulten en un bien que vaya mucho más allá de su círculo.

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La Capilla del Divino Maestro, el lugar de refugio para decenas de generaciones de liceístas de Cuyo.

La Capilla del Divino Maestro, el lugar de refugio para decenas de generaciones de liceístas de Cuyo.

La construcción de una escuela de educación especial en Uspallata o la remodelación de la Capilla del Divino Maestro son apenas ejemplos de lo que pudieron lograr. Ahora, irán por la reforma del Museo de Ciencias Naturales del Liceo y tienen entre ceja y ceja, desde su lugar, la mejora de la calidad educativa de la Provincia.