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Es enfermera, trabaja en la chacra, baila caporal y milita

Es una enfermera del Hospital Central, descendiente de familia boliviana y sus múltiples tareas la han transformado en un ejemplo

Érika es la enfermera que intenta que los pacientes de coronavirus internados en el Hospital Central se sientan un poco mejor, más contenidos. Pero también es la que, después de salir de allí, se va a trabajar en “la finquita”, como dice ella, ayudando a sus padres a plantar y cuidar cebollas y zapallos “que estarán listos para arrancar en noviembre, principios de diciembre”. Y también es la que baila caporal en la fraternidad devota del la Virgen del Socavón “para mostrar nuestras raíces”. Y es la que milita en La Dignidad, atendiendo merenderos y generando huertas para las familias de los barrios. Y es madre de dos niños. Y es mujer. Y sonríe mostrando todos sus dientes blancos, luminosos.

Érika Vega tiene 28 años y es de Barriales, ese pueblo de historias de Junín, en Mendoza. Allí se radicaron sus padres cuando llegaron de Bolivia, hace casi 50 años, y allí nació y vive.

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La muchacha, aún tan joven, aún bajita y menuda, genera admiración entre quienes la conocen, la ven vivir diariamente, intensamente.

No es simple hablar con ella. Se levanta muy temprano, se acuesta a las 22 y no para en todo el día. “Perdón, no vi el mensaje. Los veo a las 6 de la mañana y me da cosa responderlos a esa hora porque imagino que la mayoría está durmiendo”, dijo cuando comenzó la entrevista.

En Barriales están sus padres agricultores. Su casa. Su marido Mario, que también trabaja en la finca. Sus hijos Ana Luz (10) y Mateo (5). Sus cebollas y sus zapallos, creciendo.

La vocación

Dice que la profesión de enfermera “desde chica me gusto. La veía a mi mamá cuando íbamos a los controles en el centro de salud. Nos atendía Rosa, una enfermera muy cariñosa. Después, en la preadolescencia, me interesó ser enfermera por el lado de las ayudas humanitarias, desde ese lado tomé la carrera. Me interesaba trabajar en zonas de catástrofes, con Enfermeros Sin Fronteras. Cuando empecé a estudiar fue con esa idea”.

Ya recibida, empezó a trabajar en el Hospital Español, en el área de Pediatría. “Me encantaba”, reconoce. Luego pasó al Hospital Central. “Me sigue gustando ser enfermera. Estar en el todo, en lo que necesita el paciente, pensando en su confort y bienestar”.

Ahora está en un área crítica. La de Clínica Covid.

La pandemia

Érika vive la pandemia en la primera línea. Cuenta que “el servicio ya se venía preparando para cuando tuviéramos los primeros casos”, pero cuenta que “hasta mediados de junio veníamos bien, pero hoy es bastante complejo todo. Es muy angustiante tener que estar ahí” y, entre lo que mayor angustia le causa a Érika, está el hecho que “los pacientes no puedan comunicarse con sus familiares”.

Relata que “primero teníamos gente joven, sin mayores síntomas, solo algo de fiebre y dolor muscular. Ahora la mayoría son pacientes de edad avanzada que necesitan, sí o sí, asistencia médica y enfermería las 24 horas. Es más complejo, más doloroso”.

Claro, también está el riesgo de contagio y llevar el virus a la casa. “Sí, es angustiante, pero uno tiene que seguir porque es lo que hemos elegido, lo que nos gusta, es a lo que nos enfrentamos. En el grupo de compañeras nos enorgullece trabajar en esto. Miedo tenemos, por nuestros padres, nuestros hijos. Es triste tener que dejar muchas cosas de lado, no tener tanto contacto con los niños por si hoy me contagie… Cada uno tiene que monitorear sus propios síntomas y estar alerta. Es estresante, pero es nuestro trabajo”.

La vida

Aún así, y tomando todas las precauciones necesarias, Érika sale todos los días del Hospital Central y se va a trabajar a la finca.

“Sí, trabajo en la finca. De chiquita siempre ayudé a mis papás, que ahora tienen su pequeña finquita propia. Ahí sembramos verduras o hacemos siembras de invierno. Trabajar en la finca me libera, me gusta mucho, me siento bien”, y agrega que “no poder trabajar en la finca me frustra. Es parte de mi vida, de mi rutina. Necesito estar siempre ocupada y haciendo algo”.

La sangre

Pero en la vida de Érika siempre hay espacio para más. El arte y la danza, por ejemplo. Baila en la comparsa San Simón, de la fraternidad boliviana devota de la Virgen del Socavón. Allí despliega su gracia bailando con Mario, su marido, entre sayas y caporales.

“Empecé a bailar a los 12 años, cuando me llevó mi madrina y que había armado un grupo. Hace tres años estoy en una fraternidad, devota de la Virgen del Socavón, de Bolivia. Lo hago porque me gusta, me divierte y permite mostrar nuestras raíces”, afirma.

La entrega

Y sigue habiendo tiempo para que Érika haga aún más. Realiza trabajos sociales en el movimiento La Dignidad, puntualmente colaborando en merenderos y huertas comunitarias. “Conocí a Nelly López (referente de La Dignidad y motor de varios de los merenderos) hace unos 14 años. Ella es muy humilde, muy luchadora, siempre con sus ganas de ayudar. Y así fuimos ayudando en los merenderos, en las huertas para que haya verduras…”, relata.

Dice que “no sé cómo responder”, cuando se le pregunta cómo hace para tener tanta energía y hacer tantas cosas, incluida su función primordial de madre: “No sé. Si dejo de hacer alguna de esas cosas me siento vacía. No podría estar sin hacer una de ellas".

El descanso

Asegura que las cebollas “ya tienen buena altura y las estaríamos arrancando en noviembre”. Dice que “los zapallitos estarán para principios de diciembre”.

Son las 10 de la noche. Se va a dormir. Mañana entra temprano al Hospital Central y le va a dar batalla a la peste.