El tiempo pasó, las vidas tomaron rumbos distintos y aquel pequeño punto en el mapa mendocino cambió para siempre. Sin embargo, hay lugares que permanecen intactos en la memoria. Este jueves por la mañana, 13 exalumnos de la escuela Dr. Jenner N° 1-465 -la antigua escuela nacional N° 223- volvieron a ese origen compartido: la escuelita rural de California del Este, en La Dormida, departamento de Santa Rosa, para celebrar los 50 años de su egreso, ocurrido en 1976.
No fue un encuentro más. Fue, en muchos sentidos, un regreso emocional a la infancia, a los vínculos y a una forma de vida que hoy parece lejana. De los 15 egresados de aquella promoción, uno falleció y otro no pudo viajar. Los demás -hoy con 63 años, muchos ya abuelos- llegaron desde distintos puntos del país: Neuquén, Río Cuarto, la provincia de Buenos Aires y varias localidades de Mendoza.
La jornada tuvo de todo: el descubrimiento de placas, un desayuno con chocolate preparado por la comunidad educativa actual y un gesto que conectó generaciones: la entrega de regalos a los chicos que hoy asisten a la escuela. Pelotas, juegos y materiales didácticos que, más allá de lo material, llevaron consigo un mensaje profundo: la continuidad de una historia.
Pero si hubo un momento que marcó el pulso emocional del encuentro fue la presencia de quien supo guiarlos en aquellos años: su maestra de quinto grado, Any Saile. Su llegada fue recibida con emoción genuina. Para ellos, no fue solo una docente: fue parte de esa trama afectiva que los formó. “Una maravilla, un gran regalo de la vida”, resumieron.
La historia de esa escuela no puede separarse de la historia de su comunidad. Porque más que un edificio, fue un punto de encuentro. Un espacio construido -literal y simbólicamente- entre todos. Carmen Laffont, una de las egresadas, recuerda que se trataba de una escuelita rancho, una casa antigua con apenas tres habitaciones que funcionaban como aulas. Todo en un entorno profundamente rural, en una zona que hoy, en gran parte, ha quedado despoblada.
Lo que había entonces, cuenta, era una comunidad viva. Familias que compartían mucho más que la cercanía geográfica. Se organizaban para todo: desde los festejos hasta las tareas más duras. La parroquia, dedicada a San Cayetano, era otro de los ejes de esa vida compartida. Las novenas, las celebraciones, los sacramentos: todo se vivía en conjunto.
Cuando la escuela sufrió la voladura del techo y todos los padres la reconstruyeron
Hay imágenes que no se borran. Una de ellas, que vuelve con fuerza en los recuerdos, es la de una fuerte tormenta de nieve a mediados de los años 70. El techo de la escuela no resistió. Y entonces ocurrió algo que define el espíritu de esa época: padres, madres y chicos trabajando codo a codo para reconstruirlo. Los hombres arriba, las mujeres y los niños ayudando desde abajo, organizando, alcanzando materiales. Para julio, la escuela ya tenía nuevamente su techo y las clases pudieron continuar.
Ese mismo espíritu solidario atravesaba cada aspecto de la vida escolar. Rifas, actividades comunitarias, esfuerzos compartidos para que la escuelita siguiera en pie. Nada era sencillo, pero todo se hacía entre todos.
También hay historias más duras. Como la de una compañera que atravesó una enfermedad desde pequeña y cuya pérdida marcó profundamente al grupo. Son esas heridas las que también forman parte del tejido de la memoria colectiva.
No todos los egresados siguieron estudiando. Algunos continuaron su formación secundaria y terciaria; otros se quedaron en el mundo de la finca, aprendiendo oficios, trabajando la tierra. Caminos distintos, pero con un mismo punto de partida.
El encuentro de siempre entre los exalumnos de la escuela
A lo largo de los años, el vínculo nunca se cortó del todo. Algunos se reencontraban en cumpleaños, otros en reuniones más pequeñas. El grupo de WhatsApp se convirtió en una herramienta cotidiana para compartir noticias, recuerdos y acompañarse en distintas etapas de la vida. Pero esta vez era distinto: era volver al lugar donde todo comenzó.
Hoy, ese territorio ya no es el mismo. Muchas de las familias que lo habitaban ya no están. Las fincas cambiaron, el movimiento se apagó. Sin embargo, el alma del lugar sigue viva en quienes lo habitaron.
El encuentro de este jueves fue, en definitiva, mucho más que una celebración de aniversario. Fue un acto de memoria, de identidad y de agradecimiento. Una manera de decir que, a pesar del paso del tiempo y de las distancias, hay raíces que no se pierden.
En medio de un día soleado, entre abrazos largos, risas y alguna que otra lágrima, esos 13 exalumnos volvieron a ser, por un rato, aquellos chicos que corrían por el patio de una escuelita rural. Y entendieron que, aunque el mundo haya cambiado, hay algo que permanece intacto: el valor de haber crecido en comunidad.








