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Elisabetta Piqué, corresponsal de guerra, vaticanista: "Francisco me bancó cuando me trataban de loca por dejar a mis hijos"

Acreditada en Roma desde 1999, consolidó allí su relación personal con Jorge Bergoglio. El último cónclave es la crónica, a cuatro manos, de la “sorpresa final de Francisco”: la elección como papa de León XIV

Dentro de una profesión tan competitiva y anhelante como el periodismo, cuesta hallar una figura que concite un reconocimiento amplio, sin ostensibles disonancias.

Elisabetta Piqué (Florencia, Italia, 1965) es una de esas bienvenidas excepciones.

Como corresponsal itinerante de La Nación en Roma, desde 1999, se fue afianzando naturalmente como una avezada vaticanista, mientras incrementaba su afectuosa relación con Jorge Bergoglio. “Fue un privilegio. Para mí, para mi familia, para todos”, admite hoy, después de haber acompañado al papa Francisco hasta sus últimos momentos.

Pero lo que resulta más admirable de ella, lo que suscita una genuina envidia entre sus pares, es su coraje, su determinación para aventurarse como cronista de guerra, aun teniendo dos hijos pequeños, en frentes tan riesgosos como Irak, Afganistán, Gaza o Ucrania.

Hasta sus familiares más próximos se lo reprochaban. Le preguntaban si estaba loca. Salvo el padre Jorge, que la bancó desde un primer momento. Lo mismo que Gerard O’Connell, Gerry, colega solícito y, hoy, su marido, como cabía esperar.

El último cónclave, escrito a cuatro manos con él, es la crónica detallada y vertiginosa de esos determinantes días que transcurrieron entre la muerte de Francisco y la misa de asunción de León XIV.

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Elisabetta Piqué, autora junto a su esposo de El último cónclave.

Elisabetta Piqué, autora junto a su esposo de El último cónclave.

Con gran ánimo y llaneza para contar lo suyo, Piqué habla desde Roma con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Hola, Elisabetta, ¿cómo va?

-Hola, qué tal. Muchas gracias por los elogios.

-Merecidos, sin duda, porque vos contás explícitamente en tu libro cómo todos en tu familia te criticaban por dejar el hogar para marchar hacia los frentes de guerra.

-Exacto. Creo que es normal que una tienda a cuidar a sus seres queridos. Y si bien mi padre ya no está, sufrió mucho toda mi carrera periodística, porque es verdad que me iba a lugares donde ningún padre quiere que su hija esté, digamos, bajo las bombas, en Afganistán, en Gaza. Así que es verdad.

-Se entiende perfectamente ese sentimiento paternal.

-En cambio, increíblemente, ya que estás hablando de eso, el padre Jorge, o el papa Francisco, me entendía mucho mejor.

-Precisamente rescatamos ese concepto en un posteo de X con un textual tuyo diciendo que "Francisco siempre sintió un enorme respeto por las mujeres. Como corresponsal de guerra, mis padres o hermanos me acusaban de estar loca, de dejar a mis dos hijos pequeños para ir a cubrir conflictos. Francisco nunca me dijo eso".

-Sí, absolutamente, desde siempre, porque él, además, me conoció de soltera; me siguió en toda mi etapa de ser madre. Justamente, porque, de soltera y sin hijos, si quizás vas a la guerra, es otra cosa. Pero cuando ya tenés dos criaturas, dos chiquitos, es normal que en tu casa te lo reclamen.

-Notable fue, entonces, el apoyo de Bergoglio.

-Él me bancó. Y me bancó también el coautor de mi libro, Gerry.

-Protagonista central de esta historia.

-El primero en bancarme fue él. Si tenemos un hijo, vos seguís yendo a las guerras, que yo lo cuido, me dijo. Fue lo que me enamoró.

-¡No es para menos! ¿Cómo es esta relación entre dos vaticanistas? Vos naciste en Florencia, ¿no?

-Sí, yo soy florentina. Pero a mi papá, que era ingeniero, en un momento lo mandan a la Argentina. Así que a los siete años yo ya estaba en el país y me crié allá. Fui al colegio italiano, a la Cristóforo Colombo de Buenos Aires. Luego, a la universidad, etcétera.

-Es muy atractiva la historia: nacida en Florencia, te venís a la Argentina, te volvés una periodista argentina y Gerry, tu pareja, que es irlandés, tenía bastante más años que vos en el Vaticano. ¿Cómo fue que se encontraron y terminaron juntos?

-Esa es una buena pregunta porque no creo que en este libro diéramos el detalle. Nos conocimos con Gerry en mi primer viaje papal, que fue en 2001.

-Una cobertura muy especial para vos.

-Fue el viaje de Juan Pablo II a Ucrania. Era muy fuerte. Yo estaba en Kiev, debajo de las bombas. Gerry decía: ¡justo nos conocimos ahí!

-¡Qué momento!

-Era mi primer viaje papal. Es decir, estaba en un ambiente muy distinto, el de los vaticanistas. Yo no conocía a nadie. Y como trabajaba para la Argentina, me quedé hasta más tarde por el tema de la diferencia horaria.

-¿Y Gerry?

-Él trabajaba para un medio asiático. Y en un momento nos quedamos solos en la sala de prensa de Kiev. Él tenía problemas de conexión. Hace mucho tiempo no existía el wifi. Uno estaba rodeada de cables para conectarse y para mandar.

-¿Vos qué hiciste?

-Lo ayudé. Y, bueno, ahí nació, primero, una amistad. Pero es una amistad que se fue transformando. Y ya que me preguntás, te cuento que mi primer libro fue Diario de guerra. Apuntes de una corresponsal en el frente, sobre la experiencia en Afganistán e Irak.

-Dos conflictos de gran calado.

-Eso fue en 2001. Después estuvo lo de las Torres Gemelas. Me acuerdo que para entrar a Afganistán me había ido a Dusambé, Tayikistán. No era como ahora la comunicación. Para ver los mails tenías que ir a un locutorio. Y ahí me encontraba con los correos de mi amigo Gerry O'Connell, que me decía: "Keep a diary". Escribí un diario.

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"Para ver los mails tenías que ir a un locutorio", recuerda Elisabetta.

-Excelente consejo, pese a todo.

-O sea, escribí un diario de lo que estás viviendo. Y yo me decía, ¡pero está loco! ¿Cómo voy a escribir un diario? En fin, mi primer libro, que salió en 2003, fue finalmente inspirado por Gerry.

-Se ve que te gustó el formato, porque El último Cónclave también tiene formato de diario, pero vaticanista, no de guerra.

-Esto es otra cosa, a cuatro manos. Si vos leés mi libro anterior, Cien días en Ucrania, el formato también es el diario.

-Muy adecuado para lo que vos hacés.

-Es un formato en el que, más allá de que sale muy natural, está al vértigo de la vida de uno. Y en el caso de El Cónclave, decidimos que fuera así también porque uno podría decir que el tema es un plomo. No solo plomo, sino también complejo. Entonces, pensamos que darle ese tipo de formato lo hacía más ágil.

-Lo que pasa es que van cubriendo hechos con mucho peso específico, determinantes.

-Arranca el día de la muerte del papa Francisco, el 21 de abril. Sigue con lo que fueron, en los días posteriores, esos funerales increíbles, la conmoción de la gente y las reuniones del precónclave.

-Ahí se va poniendo más picante la cosa.

-Todo lo que va pasando ahí tiene mucho de intriga y mucho de muy humano, ¿no? Después, viene la elección del Papa. Y, finalmente, termina el 18 de mayo con la misa de asunción del pontificado de León XIV.

-Ya volvemos al cónclave, pero queda colgada una pregunta tipo Intrusos. ¿En qué momento Gerry, el amigo, el colega periodístico, se transforma en amigo con derechos? ¿Cuándo nació el amor entre ustedes?

-(Sonríe) Es una pregunta difícil. Fue naciendo. Cuando yo estaba en Afganistán, él me iba siguiendo de lejos. Es más, después me enganché con otra persona. Tuve otro novio.

-¡Epa!

-Afganistán fue en 2001. Pero después, en 2003, fue Irak, con las famosas armas de destrucción masivas de Saddam Hussein que nunca existieron. Yo estaba en Kuwait y él seguía siendo el amigo que me llamaba, en ese momento, por conexión satelital, gastando fortunas, siempre aconsejándome.

-Loable tenacidad la suya.

-Y esa amistad, la verdad, se fue transformando en otra cosa, dos años más tarde.

-Algo que no siempre pasa.

-Ya que estamos en estilo de confesión, nunca me olvido de cuando le presento a Gerry al cardenal Bergoglio.

-Un paso trascendental.

-Ocurrió durante el cónclave de 2005. Como Gerry sabe un montón, es vaticanista, lo fuimos a ver en la famosa Casa del Clero de Via della Scrofa, que es el lugar donde Jorge Bergoglio solía parar cuando viajaba a Roma.

-¿Y qué pasó con la presentación?

-Cuando se va Gerry, él nos despide y me da el visto bueno. Me dijo: "Es un buen hombre".

-No podría haber resultado mejor la cosa.

-Él tuvo mucho que ver en todo, también.

-O sea, tuviste la bendición de Jorge Bergoglio, que es como la bendición de Dios. Te salió todo bien, Elisabetta.

-Creo que sí. Sí, sí. La verdad que sí.

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Elisabetta y Gerry.

Elisabetta y Gerry.

-Un tema menor, pero cuya estampa nos queda bailando en la cabeza. ¿Seguís yendo a trabajar en la vieja bicicleta amarilla, como relatás en el libro?

-Por supuesto. Clarabella se llama. La uso muchísimo. Como saben, Roma es un caos. Por suerte, vivo en el centro, así que no estoy para nada lejos. Es más, puedo también ir a pie al Vaticano, como se lee en el libro.

-¿Cómo es andar en bici por Roma?

-Hay que tener cuidado porque a veces ni te ven. Pero es un buen medio, sobre todo, si no tenés que hacer grandes distancias ni subidas, porque no tiene cambios. Es una bici vieja, que compré usada. Algunos dirían que es vintage. Pero no me la roban, ¿eh?, porque acá roban muchísimo las bicis.

-Quién lo diría. ¿Y por qué no te comprás una nueva, con cambios?

-Porque no me hace falta, realmente. Y si necesito hacer una subida, de repente están las bicis eléctricas. Yo no voy a traicionar nunca a Clarabella, mi bicicleta. La adoro (risas).

-En tu crónica decías que la convocatoria para elegir al nuevo papa en algo se parece a la película Conclave. Nuestra percepción es externa, lejana. ¿Cómo se ve desde adentro ese mundo distinto? ¿Qué ven ustedes ahí que a nosotros se nos escapa?

-Ante todo, para no confundir, les diría a los oyentes que nadie entra al cónclave, sino solamente ellos. Y por eso fue muy difícil hacer este libro.

-¿Qué tipo de contacto tienen, entonces?

-El cónclave es precisamente eso: cum clave (con llave). Estos 133 cardenales entraron solamente a la Capilla Sixtina. Después, en lo que duró la elección, nosotros lo vivimos desde afuera.

-Vos ya tenías experiencia al respecto.

-Para mí fue el tercer conclave que me toca cubrir. El primero fue después de la muerte de Juan Pablo II, en 2005. Después, el de la renuncia de Benedicto, en 2013, cuando se produce la elección de Jorge Bergoglio.

-¿Cómo es todo eso, desde el punto de vista de tu profesión?

-Lo que se vive es un vértigo absoluto a nivel periodístico. Hay una adrenalina muy fuerte. Obviamente, no es lo mismo, no es la adrenalina de una cobertura de guerra.

-¿Por qué ese vértigo?

-Porque hay mucha información. Muchísimos rumores, muchísimas operaciones. Hay operaciones mediáticas también. Muchos intereses.

-Un reflejo del mundo, ¿o no?

-En la elección de un papa es importante el Espíritu Santo. Pero, como siempre digo, también son seres humanos los 133 cardenales. Y esta fue una elección totalmente nueva en este tema, hablando de los seres humanos.

-¿Qué tuvo de nuevo? ¿A qué se debió?

-Porque, por primera vez, y gracias a Jorge Bergoglio, que quiso internacionalizar como nunca el Colegio Cardenalicio, este nunca había tenido tantas nacionalidades. Imaginate que había setenta nacionalidades distintas y algunas de países tipo la isla de Tonga, que ni siquiera sabés dónde quedan en el mapa. No se conocían entre ellos. Y todo trascendía.

-¿Una jugada del Papa, entonces?

-Sabemos que la salud del papa Francisco fue declinando. Y había un grupo que se estaba preparando desde hacía tiempo. Fue realmente muy interesante verlo. Por eso el subtítulo de El último Cónclave es "La sorpresa final de Francisco. La elección del papa León XIV".

-Muy ligado, todo esto, a lo que había ocurrido antes.

-Así como Jorge Bergoglio estuvo debajo de los radares, en 2013, cuando finalmente fue electo el primer papa de América Latina, el primer papa jesuita, también Robert Francis Prevost estuvo debajo de los radares. Y ese fue un hecho clave, porque, finalmente, así como el candidato papal evidente, que en el 2013 era otro italiano, Angelo Scola, ahora, en el 2025, lo era el cardenal Pietro Parolin. Todo el mundo decía Parolin, Parolin, Parolin, va a ser Parolin.

-Tenía con qué Parolin, ¿no?

-Era el secretario de Estado. Era uno de los pocos candidatos cardenales conocido por todo el mundo porque, al haber sido el jefe de la diplomacia, también se puede también decir que es una especie de primer ministro. Era como si te dijera "la posta".

-Historia repetida esa de bajar al favorito.

-Había otro grupo de cardenales, como bien vamos contando en el libro, que lo conocían muchísimo a Prevost.

-¿Por influencia papal?

-Si Prevost llegó a ser papa es porque Francisco lo vio. Y lo más increíble es que lo vio cuando ninguno de los dos eran cardenales. Está esa foto increíble de cuando el arzobispo de Buenos Aires, en 2006, celebra una misa con ese jefe de los agustinos, en la iglesia de San Agustín. Aquí tenemos, de paso, al primer papa agustino.

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Elisabetta fue muy cercana a Jorge Bergoglio.

Elisabetta fue muy cercana a Jorge Bergoglio.

-¿Cuál fue el origen de la relación?

-Se habían conocido ahí. Evidentemente, Bergoglio dijo: ¡mirá este tipo!

-La punta del hilo.

-Hagamos notar, a su vez, como el mismo Prevost cuenta, que cuando lo eligieron a Francisco en el 2013, él dijo: nunca voy a ser obispo.

-¿Por qué? ¿Qué pasaba?

-Porque había tenido un entredicho con Jorge Bergoglio. Pero a Bergoglio quien lo conoce sabe que le gustaba la gente que le decía las cosas en la cara. Y Prevost se la debe haber dicho. Y él lo debe haber notado. Tanto es así que lo hace obispo, lo manda a Perú; a alguien que ya era un misionero. Después lo trae al Vaticano para ser el prefecto de uno de los dicasterios o ministerios más importantes, que es el de los obispos. Y luego lo hace cardenal.

-Un crescendo muy evidente.

-Aunque, por supuesto, nunca un papa señala a quien quiere que sea su sucesor, había dado muchísimas indicaciones de que él era un candidato. Y en febrero mismo, ya estando enfermo, lo nombra en el rango dentro del Colegio Cardenalicio.

-¿Con alguna distinción en especial?

-Hay distintos rangos. Lo nombra cardenal obispo, lo cual era también otra señal. Así que creo que es impresionante cómo el papa Francisco, el primer papa americano, finalmente hace que los cardenales electores tomen esa decisión. Es importante porque, de estos 133 cardenales con derecho a voto, en un ochenta por ciento habían sido designados por Francisco. Y querían un papa pastor. Querían un papa misionero.

-Ahora bien, sacando cuentas a partir de tu relato, es probable que el Espíritu Santo haya estado sobrevolando el cónclave. Pero el camino hacia el nuevo papa lo trazó Francisco.

-Sí, hay mucho de eso. Por otro lado, ahora está todo el sector ultraconservador que dice, ¡uy!, es de los nuestros porque se puso la muceta y porque tiene un estilo distinto. Pero la verdad es que está siguiendo totalmente la huella de iglesia sinodal, de iglesia abierta, de iglesia participativa.

-Desde un primer momento, ¿no?

-Esto lo vimos hace poco. Hubo una primera reunión de cardenales y les dijo: yo estoy aquí para escuchar. Y los dos temas que estuvieron en discusión fueron la Evangelii Gaudium, que es el documento programático del papa Francisco de la iglesia en salida, de la iglesia como hospital de campaña; y el tema de la sinodalidad.

-¿Qué es la sinodalidad?

-Caminar juntos, escuchar a los bautizados, la iglesia más participativa. Es decir, los dos pilares del pontificado de Francisco estuvieron en las discusiones de los cardenales. Por lo tanto, no hay dudas de que esa es la huella que está siguiendo el papa León, más allá de que por supuesto no es una fotocopia. Es americano, es estadounidense, es anglosajón, más allá de que es también peruano.

-¿Qué es una iglesia en salida? ¿Cuál es la huella?

-Una iglesia abierta, una iglesia que no está ahí para condenar, una iglesia que está para acompañar, una iglesia que busca la humildad, que busca la paz, etcétera. Y vimos también que el Papa, sí, es una figura espiritual, pero también es un influencer político. Estamos viendo a este papa que es una de las pocas voces que le está diciendo al presidente de su país que hay muchas cosas que no está haciendo bien, empezando por la política migratoria en su país.

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Elisabetta es una experta vaticanista.

Elisabetta es una experta vaticanista.

-Más allá de la cuestión dogmática o política, una pregunta casi filosófica, ya habiendo cubierto tres cónclaves. ¿Qué se respira grosso modo ahí? ¿Se respiran aires de santidad o es el emblema de la rosca humana concentrada?

-Está muy buena tu pregunta. Por supuesto que hay rosca humana. Pero es verdad también que son personas que eligieron ser sacerdotes, ser servidores. Algunos cumplen mejor que otros esa vocación de servir y de manifestar el Evangelio de Jesucristo.

-Hay matices, digamos.

-Por supuesto. Hay una mezcla de todo. Y por eso también tenemos el tema de una escenografía increíble, la Capilla Sixtina, los grandes frescos de Miguel Ángel, el Juicio Universal. Nada es blanco o negro, como en la vida. No se puede decir, ah, es solo una rosca humana.

-De acuerdo, desde ese punto de vista.

-Finalmente tenemos que pensar que es la fe, ¿no? Para quienes creemos, están eligiendo al sucesor de Pedro. Porque hay un clima místico, también, más allá de las operaciones.

-Inevitables, por otra parte, suponemos.

-Por ejemplo, hubo quienes intentaron, de repente, decir que Prevost, cuando estaba en Perú, no había tratado bien un caso de abuso. O sea, hay esos intentos. Como los hubo anteriormente cuando comenzaron a circular informes que decían que el papa Francisco había sido cómplice de la dictadura. Eso era una mentira absoluta, como todo el caso de los jesuitas, ¿te acordás?

-Sí, hizo mucho ruido en su momento.

-Dijeron eso cuando, en realidad, está el famoso libro de Nello Scavo, La lista de Bergoglio, una especie de lista de Schindler, ya que, como se sabe, ayudó a muchísimos a escapar. Los escondía en el Colegio Máximo de San Miguel. Entonces, hay un mix de todo.

-Una duda práctica. Está claro que estos ritos del cónclave se sustentan en una muy larga tradición. Pero ¿qué sentido tiene hoy el encierro total de los cardenales? No pueden tener teléfonos, pantallas, ningún contacto con el exterior, como si fueran niños en un colegio. ¿Qué se pretende con eso?

-Es parte de la tradición, como decías. Hubo un cónclave que duró, no recuerdo bien, más de dos años, para que se concentraran en la elección. Es decir, la tradición viene de motivos de ese tipo: que estén encerrados para que cumplan su rol de elegir al nuevo papa.

-Lo cual habla de lo delicado del proceso.

-Ante esta situación, fue Juan Pablo II el que decide construir Santa Marta, porque vivían en situaciones terribles todos en el Palacio Apostólico. El encierro es un tema característico de este tipo de elección de alguien que es el jefe de un poder espiritual de una de las grandes religiones monoteístas. Y está perfecto que sigan manteniendo eso, porque no es un parlamento, no es una democracia. Es una monarquía absoluta.

-Lo cual condiciona inevitablemente el trabajo de ustedes, los vaticanistas.

-De ahí la dificultad de hacer un libro porque, además, juran mantener el secreto. Pero, al final, con Gerry creo que logramos reconstruir bastante fielmente lo que sucedió en este ámbito totalmente cerrado, donde, encima, la realidad superó a la ficción.

-¿En qué sentido?

-Para los que vieron la película Cónclave. Lo que logramos descubrir pasó, por ejemplo, el primer día, el 7 de mayo. Era claro que iba a haber una fumata negra, porque es lo sucede en esa votación. Pero tardaba, tardaba y tardaba.

-Sí, fue una de las primeras intrigas.

-Y había tardado porque hubo uno de los 133 cardenales que ingresó, sin darse cuenta, con un celular en el bolsillo. O sea, es una realidad que supera a cualquier ficción, porque eso en la película no está.

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Piqué reveló detalles interesantes de la elección de Len XIV.

Piqué reveló detalles interesantes de la elección de Len XIV.

-Vos, que conocés muy en detalle el Vaticano, ¿qué sentís, en comparación, al ver ficciones como la película Cónclave, la serie El joven Papa o Los dos papas, con Anthony Hopkins y Jonathan Pryce?

-Tené en cuenta que luego de escribir mi libro Francisco. Vida y revolución, Netflix me contrató como consultora de la película Los dos papas, como a varios otros vaticanistas.

-¿Y cómo resultó esa experiencia?

-Me recuerdo, al haber visto el guion, diciendo: miren, esto no es así. Y ellos abrían el paraguas, porque por supuesto es una ficción lo de Los dos papas, una película buenísima, con dos actorazos. Pero hay muchas cosas que jamás pasaron de los dos papas viviendo juntos.

-Te habrán preguntando mucho al respecto.

-No sabés la cantidad de gente que me decía: ¿fue así, fue así? No, es ficción, les contestaba. Así como es ficción Cónclave, como es absolutamente ficción la serie de Sorrentino. A mí, personalmente, me divierten mucho este tipo de cosas.

-¿Y a Gerry?

-Yo soy corresponsal de guerra, vaticanista; soy una periodista de espectro más amplio. A Gerry, en cambio, le molesta muchísimo. No le gustó la película, no le gustó la serie, nada.

-¿Qué es lo que más te gustó de Los dos papas?

-Me encantó porque, más allá de que era ficción, retrata bastante bien, en cierto sentido, a Benedicto y también al papa Francisco en su personalidad.

-No había manera de que Netflix no te contratara, Elisabetta, porque vos, además de vaticanista, tenías un conocimiento muy cercano de Francisco. Él los casó a vos y a Gerry, bautizó a tus hijos, comían milanesas juntos. Ningún periodista en Roma podría igualarte en este sentido.

-Mientras más lo pienso, soy consciente de que, por esas cosas del destino, me tocó este privilegio inmenso de haberlo conocido. Pero, primero, siempre a nivel periodístico.

-¿Cómo sucedió?

-Nunca me voy a olvidar. Siempre lo cuento. Yo venía siguiendo la segunda intifada y me llaman desde el diario y me dicen: mirá, está Jorge Bergoglio, que nunca da entrevistas. Pero como viaja a Roma para ser cardenal, va a hacer una excepción. Andá y entrevistalo. Es un jesuita.

-¿Qué conocimiento tenías sobre Jorge?

-Yo no sabía nada de él. Y a partir de ese primer encuentro, como que hubo sintonía. Recuerdo también que él me dijo: mándeme las preguntas. Y yo se las mandé.

-Todo un detalle, tratándose del encuentro inaugural.

-Nosotros tenemos esta imagen de Francisco como el papa mediático, un papa realmente que sabía cómo comunicar. Pero nunca olvido, tampoco, cuando voy a su encuentro para la entrevista, porque se estaba convirtiendo en cardenal, en 2001. Fue en febrero. Y veo a un hombre, a un cura, en un rinconcito del salón de la Casa del Clero de Via della Scrofa, como asustado, tímido.

-¿Cómo reaccionaste ante ese cuadro?

-Me dije, acá tengo que romper el hielo. Entonces le empecé a contar: mire que yo no entiendo nada de Iglesia, acabo de llegar de Medio Oriente. Y ahí es como que se aflojó.

-O sea, que fue rápido el deshielo.

-Igual, enseguida me gustó porque él, bien o mal, ya era un cardenal, pero a mí, como mujer, me saludó con un beso normalmente. No fue que me miró como si fuera ¡vade retro, Satanás! No. Me miró normalmente. Fue muy cálido. No me miraba de arriba abajo.

-¿Suele suceder?

-Hay cardenales que te miran de arriba abajo. También me impactó muchísimo porque yo estaba acostumbrada a entrevistar a cardenales que, cuando le hacías una pregunta, te daban vueltas y vueltas y no te respondían. En cambio, él, a cada pregunta que respondía, yo pensaba: este es el título.

-Te decía cosas. Lo mejor que te podría haber pasado.

-Te tiraba titulares. Y yo los iba cambiando en mi cabeza.

-Un debut estupendo, en definitiva.

-Pero lo que más me impresionó de ese primer encuentro fue que pocos días después de que el diario publicara la entrevista, sonó el teléfono fijo de mi casa. Y era él: "Hola, Elisabetta.

-¿Qué pensaste?

-Yo pensé, ¡uy!, ¿qué habré escrito, qué habré hecho? Y él me dice: "La llamaba para decirle gracias”. Creo que es una de las pocas personas que entrevisté en mi carrera periodística que me llamó para decirme gracias.

-Otro de tus recuerdos imborrables.

-Y ese fue el comienzo. Con esa humildad de alguien que, además, no es que lo eligieron papa y se olvidó de mí, para nada. Realmente, fue un privilegio. Para mí, para mi familia, para todos.

-Una curiosidad. Vos decías no tener mucho conocimiento sobre la Iglesia. ¿Por qué el diario te mandó entonces al Vaticano?

-Yo soy corresponsal itinerante de La Nación desde 1999. Estuve en Kosovo, en la guerra. También en Afganistán, etcétera. Empecé a seguir también los últimos años del pontificado de Juan Pablo II. Es que, cuando estás en Roma, seguís al Vaticano. Pero tampoco era una vaticanista experta ni nada por el estilo.

-Pero ahora sí lo sos.

-Como suele decirme una amiga: la vida te alcanzó. Obviamente, con un papa argentino, me volví a la fuerza vaticanista.

-Tuviste el privilegio de contar con el afecto personal del padre Jorge. ¿Qué onda, ahora, con León XIV? ¿Cómo es en la cercanía el nuevo papa?

-Lo conocíamos con Gerry como cardenal. Después hubo esa primera audiencia con la prensa internacional, que es un clásico de cada papa. Al terminar el cónclave, lo saludamos y como él juega al tenis le dije: cuando quiera hacemos un doble.

-¿Y agarró viaje?

-Estuvo muy cariñoso. Me dijo: "Bueno, pero yo no juego tan bien". Es una persona cálida y muy normal.