El sable corvo del General San Martín volvió a ocupar el centro de la escena pública en los últimos días, a partir de una decisión del gobierno nacional que reabrió una discusión histórica: el traslado de su custodia del Museo Histórico Nacional al Regimiento de Granaderos a Caballo. La medida reactivó un debate que, una vez más, pone en tensión el uso político de los símbolos fundacionales de la Argentina.
El sable de San Martín más allá de la polémica: un especialista mendocino analizó su valor simbólico
Si bien hoy está en medio de una discusión política, el objeto tiene un peso invaluable en la herencia del libertador de América
Más allá de la coyuntura, el sable corvo es mucho más que un objeto histórico. Es una pieza cargada de sentido, vinculada de manera directa con la gesta libertadora y con el proyecto político y militar de San Martín. No se trata solo de dónde debe estar guardado, sino de qué representa y cómo se lo preserva en la memoria colectiva.
Para aportar una mirada histórica y despojada del ruido político, Diario UNO entrevistó a Fabián Agostini, historiador y especialista en la memoria sanmartiniana, quien analizó el valor simbólico del sable, su recorrido histórico y los riesgos que implica la manipulación de estos emblemas sin una comprensión profunda de su significado.
El arma con la que San Martín inaugura una etapa histórica
“El sable corvo es uno de los símbolos más importantes asociados a San Martín, junto con la bandera del Ejército de los Andes”, explica Agostini. No es un arma heredada ni recibida en combate: San Martín la compra en Londres, en un anticuario, antes de regresar al Río de la Plata en 1812.
Ese dato no es menor. “San Martín llega con once baúles llenos de libros y con este sable. Es decir, trae conocimiento y trae un arma. Sabiduría y acción”, resumió el historiador. El sable marcó el inicio de una nueva etapa en su vida: la del conductor político y militar de una revolución continental.
A diferencia de la espada tradicional, el sable corvo tiene un solo filo y una curvatura pronunciada, lo que lo convierte en un arma especialmente eficaz en combate. “Es un arma pensada para la guerra, no para el duelo. Es una herramienta de combate real”, señaló Agostini.
El sable en la gesta libertadora de América
Con ese sable, San Martín comandó al Regimiento de Granaderos a Caballo y participó en la batalla de San Lorenzo. Luego lo llevó consigo en la campaña del Ejército de los Andes, durante el cruce de la cordillera y en las batallas decisivas de Chacabuco y Maipú.
“El sable no es un símbolo vacío: está asociado a momentos concretos de la lucha por la independencia”, afirma Agostini. Es también un recordatorio del costo humano de esa empresa: hombres reclutados entre los 14 y los 50 años, muchos de los cuales murieron incluso antes de entrar en combate, víctimas del frío, el hambre y el agotamiento.
Para el historiador, el sable sintetiza la idea de un ejército libertador, no conquistador. “No fue un ejército que fue a someter pueblos, sino a liberar territorios que ya eran parte del mismo proyecto emancipador”, subraya.
La voluntad de San Martín y el destino del sable
Uno de los puntos centrales de la polémica actual tiene que ver con la custodia del sable. Agostini recordó que San Martín dejó una voluntad expresa: en su testamento legó el sable a Juan Manuel de Rosas, en reconocimiento por la defensa de la soberanía nacional.
Tras la muerte del Libertador, el arma quedó en manos de la familia Rosas y fue Manuelita Rosas quien, en 1897, lo donó a la Nación Argentina y al Museo Histórico Nacional. “La voluntad del donante es clara: el sable debía estar en el museo”, enfatiza Agostini.
El argumento de que el sable debería pertenecer a los Granaderos se apoya en una reinterpretación posterior. “Cuando Manuelita hace la donación, el Regimiento de Granaderos no existía. Había sido disuelto y recién se recrea en 1903”, explicó el historiador.
El peligro de apropiarse de los símbolos históricos
A lo largo del siglo XX, el sable corvo fue robado en dos oportunidades, al igual que otros símbolos nacionales como la bandera del Ejército de los Andes. Para Agostini, estos episodios no son aislados. “La apropiación de símbolos y la reescritura de la historia suelen ir de la mano”, advirtió.
En ese sentido, señaló el peligro de manipular estos emblemas sin un criterio histórico. “Los símbolos no son propiedad de un gobierno ni de una fuerza política. Son patrimonio de la sociedad”, afirma. Y agrega: “Los gobiernos pasan; los símbolos quedan”.
Para el historiador, el lugar natural del sable es un espacio público y accesible, donde pueda ser contextualizado. “Un museo permite que la gente lo vea, lo relacione con otros objetos, entienda su historia. Un símbolo que no se muestra, que no dialoga con la sociedad, pierde sentido”, sostiene.






