Los terremotos que sacudieron a Venezuela dejaron cientos de muertos, miles de personas afectadas y edificios dañados. Pero detrás de esas cifras hay historias atravesadas por el miedo, la incertidumbre y la necesidad de empezar de nuevo.
El relato de una jubilada que sobrevivió al terremoto en Venezuela y teme volver a su departamento
María Miguela, docente universitaria jubilada, contó cómo vivió el sismo, la incertidumbre por el estado de su edificio y la solidaridad que surgió entre los vecinos para enfrentar la tragedia
Una de ellas es la de María Miguela, una docente universitaria jubilada que vive en Caracas y que, pocas horas después del sismo, debió enfrentar una pregunta que compartían decenas de familias de su edificio: si era seguro volver a entrar a sus casas.
"No sabíamos si podíamos volver a entrar a nuestra casa", contó en diálogo con la Agencia Noticias Argentinas.
La incertidumbre llevó a los vecinos a tomar una decisión por cuenta propia. Ante el temor de que el edificio hubiera sufrido daños estructurales, reunieron dinero y contrataron a dos ingenieros para que inspeccionaran el inmueble.
"Llamamos a dos ingenieros porque no sabíamos si era seguro volver. Revisaron todo el edificio y nos dijeron que, por suerte, las grietas eran superficiales y que, de todos los que habían inspeccionado en la zona, este era el que mejor había resistido el terremoto", relató.
El edificio donde vive tiene cuatro pisos. Según explicó, las principales fisuras aparecieron en algunos departamentos de la planta baja y del primer piso, mientras que los niveles superiores no registraron daños de gravedad.
Aunque el informe técnico les permitió regresar, el temor no desapareció: "Hay muchos edificios desalojados porque el miedo es que, si vuelve a temblar, los que quedaron en pie puedan derrumbarse. Vivimos con esa angustia".
El terremoto agravó una situación que ya era difícil
Para María Miguela, el desastre llegó cuando su situación económica ya era extremadamente compleja.
La mujer aseguró que cobra una jubilación inferior a cuatro dólares mensuales, un ingreso que desde hace años no le permite cubrir sus necesidades básicas.
Contó que, como consecuencia de las dificultades para acceder a los alimentos, perdió 38 kilos en los últimos años.
En ese contexto, el terremoto no solo destruyó viviendas y dejó víctimas fatales, sino que profundizó la crisis que atraviesan muchas familias venezolanas.
"Lo único que le pido a Dios es que me dé fuerzas para seguir adelante", dijo.
Y agregó: "Necesitamos mucha oración. Es lo que nos da vida y fortaleza para poder continuar".
La solidaridad apareció entre los vecinos
Mientras muchas personas intentaban recuperar parte de lo perdido, los propios vecinos comenzaron a organizarse para asistir a quienes habían quedado sin nada.
María Miguela contó que el barrio improvisó una red de ayuda con donaciones de ropa, agua y alimentos.
"Nos ayudamos entre nosotros mismos con ropa, comida y agua. Yo doné zapatos nuevos que nunca había usado y algunas prendas para que las llevaran a la gente que perdió todo", recordó.
Según explicó, la ayuda comunitaria permitió atender las primeras necesidades mientras muchas familias seguían esperando asistencia.
También aseguró que en La Guaira, una de las zonas más afectadas por el terremoto, la solidaridad de los propios habitantes fue clave durante las primeras horas posteriores al desastre.
"La población intenta ayudarse entre sí con lo poco que tiene", afirmó, al tiempo que consideró insuficiente la respuesta oficial frente a la magnitud de la tragedia.
El rescate que todavía la conmueve
Entre las imágenes que conserva del terremoto hay una que todavía le cuesta olvidar.
Uno de sus vecinos participó durante horas en la remoción de escombros junto a otros voluntarios que se acercaron espontáneamente para colaborar en las tareas de rescate.
"Un hombre de casi 50 años lloraba como un niño porque había logrado rescatar con vida a un chico después de varias horas entre los escombros", recordó.
La escena, aseguró, resume lo que vivieron durante esos días.
Muchos jóvenes del barrio se organizaron sin esperar instrucciones para remover escombros, distribuir donaciones y asistir a las familias afectadas.
Mientras continúan las tareas de asistencia y numerosas personas siguen sin poder regresar a sus viviendas por temor a nuevos derrumbes, María Miguela intenta recuperar parte de la rutina. Sin embargo, admite que el miedo continúa presente.
Cada réplica vuelve a despertar la misma duda que apareció después del primer temblor: si el edificio resistirá un nuevo movimiento y si quienes lograron sobrevivir podrán seguir llamando hogar al lugar donde viven.






