Antes de transformarse en el Indio Solari y convocar multitudes ricoteras en cada recital, era simplemente Carlitos, un chico que creció en las calles de La Plata. Fue el escenario de sus juegos durante la infancia y adolescencia, picaditos en la calle, escondite, alguna que otra rebeldía juvenil y sus primeros acercamientos al mundo artístico.
Del fulbito en la calle a convertirse en una leyenda del rock: la vida del Indio Solari antes de la fama
El Indio Solari nació en Paraná, pero de muy chico se mudó a La Plata, ciudad donde formó la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
En La Plata comenzó a forjar su personalidad y la mirada que años más tarde, marcarían el universo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la banda que formó junto con Skay Beilinson, Semilla Bucciarelli, Walter Sidotti y Sergio Dawi, y que lo convertirían en una figura de culto para muchas generaciones.
En 2019 el cantante publicó una autobiografía centrada en una entrevista con el periodista Marcelo Figueras. Recuerdos que mienten un poco, cuenta los relatos de la vida del propio autor, desde su nacimiento en Paraná en 1949, hasta toda su carrera musical y otros aspecto de su vida social.
La infancia del Indio Solari en La Plata
Los recuerdos del Indio Solari transcurren en distintos rincones de La Plata. Vivía en una casa ubicada en la calle 41, entre 7 y 8, y pasaba gran parte de sus días en la plaza de 7 y 38. Cabe destacarr que la capital bonaerense posee un diseño urbano particular, con calles numeradas.
Según comentó en su biografía era un "niño dañino", inquieto y difícil de mantener en casa. "Andábamos todo el día en la calle, salíamos del colegio y volvíamos a la noche. Era una calle menos peligrosa que la de hoy. Armábamos batallas con los del barrio de la plaza Olazábal, con escopetas-honda que fabricábamos con palos o a los cascotazos. Nos tirábamos como snipers con rifles de aire comprimido”, comentó.
A pocas cuadras de su casa estaba "Sidral", una fábrica de gaseosas donde producían naranjada y bebida cola, un lugar que quedó grabado en su memoria. También, recordó a la familia Papaleo, dueña de una panadería de la zona donde “había unas ratas de este tamaño”.
Según comentó el propio Solari, con sus amigos se colaban en la fábrica atravesando un paredón lindero a un depósito de granos. “A la Sidral entrábamos a través del paredón de los Piccinini, un lugar donde depositaban maíz, trigo y afrecho. Con cuchillos rompíamos las bolsas y mezclábamos todo. Después nos tomábamos la Sidral hasta quedar inflados como un calamar”, recordó.
El fulbito en las calles
El fútbol también ocupaba un lugar central aquellos días, así que junto con sus amigos convertía cualquier rincón del barrio en una cancha improvisada. "Cerrábamos las dos esquinas y éramos veintipico, jugando”.
Además, recordó la casa de un vecino al que le decían “Caimán” al que le rompían el portón a pelotazos. "Una vez salió con un cuchillo y, mamita: chau pelota. No lo dejamos dormir la siesta nunca más. Cada vez que salía, le cantábamos: 'Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla..'".
Una vez, el grupo usó tapitas de gaseosas rellenas de pólvora en las vías del tranvía, por lo que ocasionó que el tranvía desencadenara una vez. “Éramos pichones de terroristas, sí. Muchos de aquellos amigos murieron a los pocos años, por culpa de la represión. Así pasó mi niñez: haciendo daño”.






