El 24 de febrero de hace 20 años era sábado y desde temprano hacía un calor infernal. Mendoza y el país se encaminaban, acaso sin saberlo -pero seguramente intuyéndolo-, a una de sus peores crisis políticas y sociales detonada por la caída del presidente Fernando de la Rúa. Hacía tiempo que un delincuente juvenil acechaba en el Gran Mendoza: El Morocha. Tenía 16 años y en diversas investigaciones criminales, Matías Cerón -tal su nombre y apellido- aparecía como el responsable y autor de diversos delitos ocurridos en los barrios del oeste: asesinatos, robos a mano armada, etcétera. Sin embargo, era como un fantasma porque estaba en todos lados pero en ninguno donde ser atrapado.

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Sin salida

Las autoridades políticas y policiales al mando del entonces ministro de Seguridad, Leopoldo Orquín, supieron que El Morocha estaba atrincherado en una casa. En la calle Doctor Moreno, en Las Heras. Y que tenía a una jovencita como rehén.

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Era cierto. Sin embargo, hubo dos versiones distintas acerca de cómo fue que Cerón había llegado a estar en esa situación. Sin salida.

La primera, que fue la que más circuló hace 20 años, indicó que había ingresado a esa vivienda con fines de robo en horas de la madrugada y que tomó como rehén a la jovencita cuando fue descubierto por los demás habitantes.

La segunda dio cuenta de que Cerón era novio de la jovencita y que mientras dormía con ella fue sorprendido por policías que lo buscaban intensamente. Al fin de cuentas, al verse rodeado, la tomó en cautiverio.

Hubo largas negociaciones para que El Morocha liberara a la víctima y se entregara. Pero fue en vano. El último esfuerzo por escapar le permitió salir casi hasta la vereda de la casa pero se paró en seco cuando vio a las fuerzas policiales cercando la propiedad. Entonces, jugó la última carta: tomó del cuello a la jovencita con el brazo izquierdo y con el derecho le hundió el caño del arma de fuego en la sien.

Amenazó con matarla, claro está, si no le permitían fugarse. Y en algunos momentos hasta se lo escuchó gritar que haría explotar una granada que llevaba consigo si la Policía no le abría paso.

La madre fue convocada para convencerlo de que lo mejor que podía hacer era dejar a la chica y entregarse. Pero ninguna de sus palabras surtió el efecto esperado. Tampoco el abuelo materno logró convencerlo y se fue del lugar pedaleando y llorando de amargura.

Definición

El Morocha llevaba casi cinco horas de secuestrador y no había indicios de que la odisea fuera a terminarse.

Siempre con su víctima tomada del cuello y amenazándola con el arma de fuego en la cabeza, El Morocha gritó que escaparía a pesar de estar rodeado y negó la larguísima lista de delitos que se le atribuían. Especialmente en el barrio San Martín de Ciudad. Como el crimen de un repartidor de bebidas o el asesinato de un muchacho de 29 años y hasta el liderazgo de una fuga masiva de internos del COSE.

En eso estaba cuando un disparo certero le dio en el brazo derecho y el arma voló por los aires. Entonces gritó. De dolor pero también de impotencia. La jovencita no alcanzó a correr porque tres policías que rodeaban la casa se abalanzaron sobre ellos.

El Morocha había caído en manos de la Policía gracias al trabajo preciso, a la puntería finísima y a las cualidades profesionales de un tirador que hoy está retirado de la institución.

Ese hombre que aquel sábado de 2001 pasó varias horas observándolo por la mira telescópica de su arma, tendido sobre el techo de una casa, justo enfrente de donde El Morocha tenía cautiva a la jovencita y alardeaba de cómo haría para zafar.

El tirador lo vio. Lo miró. Lo estudió de arriba abajo. En cada gesto. Lo escuchó. Y hasta le habló con la mirada. Con el pensamiento. Con algún susurro. Hasta que tiró del gatillo.