El día todavía no amanece cuando empiezan a salir. Algunos con frío, otros con miedo, todos con lo mismo: la mochila al hombro y varios kilómetros por delante. En El Chilcal, en Lavalle, ir a la escuela no es una rutina simple. Es parte de una forma de vida.
Son entre 15 y 20 chicos de primaria que asisten a la escuela Policía Federal, ubicada sobre la Ruta 24. Pero para llegar hasta ahí, muchos deben caminar entre 2 y 8 kilómetros desde sus casas, ubicadas en fincas y callejones donde el colectivo no entra.
“No tenemos cómo llevar a los niños al colegio”, cuenta Sandra, una de las madres que vive sobre calle Chacón, una traza de tierra que se vuelve difícil de transitar cada vez que llueve. “Hay familias que están a más de dos kilómetros de la ruta. Y cuando llueve, se inunda todo. No se puede salir”.
La escena se repite desde hace años. No es algo nuevo ni excepcional. Es, simplemente, la realidad cotidiana de quienes viven en esta zona rural, donde las distancias son largas, los caminos de tierra y los recursos escasos.
En El Chilcal no siempre hay acceso a internet, ni a computadoras, ni a los medios para hacer trámites formales. La comunicación es directa, cara a cara: con las maestras, con otros padres, en la puerta de la escuela. Así se comparten las preocupaciones y también las soluciones posibles.
Mientras tanto, los niños siguen caminando.
“La parada no nos sirve”, dice Celia Morales. “Está en la escuela, sobre la ruta. Pero no entra para adentro de donde vivimos. Mis hijas tienen que caminar casi siete kilómetros para llegar hasta ahí”.
Guadalupe, Priscila y Martina, sus hijas, hacen ese recorrido todos los días. Salen temprano, muchas veces cuando todavía es de noche, atraviesan zonas solitarias y llegan como pueden. No por falta de ganas, sino por la distancia.
“No estamos en un barrio, estamos en una finca. Es todo campo, todo solo”, describe Celia.
La historia se repite en cada familia. Madres que acompañan a sus hijos hasta donde pueden, chicos que se organizan para caminar juntos, vecinos que, cuando tienen vehículo, acercan a otros.
En El Chilcal no todos tienen acceso a realizar un pedido formal
Walter Llanos es uno de ellos. Vive también sobre calle Chacón, tiene cuatro hijas y trabaja en una finca. Durante mucho tiempo, intentó ayudar.
“Yo tenía una camioneta y a veces llevaba a los chicos. Llegaba con seis u ocho”, cuenta. Pero no siempre es posible. El vehículo se rompió tras llenarse de agua en uno de los caminos anegados y hoy no puede repararlo. “Arreglarla me sale 10 millones”, dice.
Sin transporte y sin vehículo propio, la única opción vuelve a ser la misma: caminar.
“De acá hasta la escuela son entre seis y ocho kilómetros”, explica. Un trayecto que no es sencillo: calles de tierra, con serrucho, que se vuelven un barrial cuando llueve y complican aún más cada paso.
A eso se suma la inseguridad. “A mí me robaron la moto el año pasado”, cuenta Walter. Por eso, muchas veces, los padres esperan a sus hijos en la ruta o los acompañan en parte del camino.
La llegada del invierno suma otra capa de dificultad. El frío, la oscuridad más temprana y los caminos en peor estado hacen que cada trayecto sea aún más exigente.
“Ahora se viene el frío y las chicas tienen que seguir saliendo caminando”, dice Celia. “No hay otra”.
En El Chilcal, donde la vida transcurre entre fincas, caminos de tierra y grandes distancias, ir a la escuela no es solo una obligación. Es un esfuerzo compartido.
Uno que se sostiene todos los días, paso a paso. Y que no siempre se traduce en soluciones.
Walter, sin rodeos, concluye: "el paraje está olvidado". Y agrega: "Es casi una forma de vida, pero no queremos acostumbrarnos".








