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Creación y locura, según Rosa Montero: "Todos somos raros. Lo normal es ser raro, ¡vamos!"

Rosa Montero es una reconocida escritora y periodista española. Ha publicado recientemente "El peligro de estar cuerda" lo que permite también calificarla como una maestra de la vida

Rosa Montero se ha destacado, todos estos años, como escritora y periodista. Basta echarle una ojeada al nutrido catálogo de sus obras o a sus columnas en El País para certificarlo.

También es animalista y superviviente, como se autodefine en su perfil de Twitter.

Sin embargo, a partir de la publicación de El peligro de estar cuerda, cabe incluirla, también, con total pertinencia, en el reducido lote de las maestras de vida. Una cota a la que se accede desde los saberes acumulados mediante la reflexión, el trabajo sin desmayo y la valentía de vivir con fogosa intensidad.

En otras palabras: no ha vivido en vano Rosa Montero.

El peligro de estar cuerda, como dice la reseña editorial con pragmatismo, es “un estudio apasionante sobre los vínculos entre la creatividad y la inestabilidad mental”.

Así de sencillo. Así de laberíntico.

Desde Madrid, Rosa le ofrece al programa La Conversación de Radio Nihuil, compartido con Esteban Tablón y Paula Jalil, la oportunidad de un diálogo inolvidable. Una lección de vida.

-Este libro, El peligro de estar cuerda, podría llamarse también Rosa Montero y sus fantasmas, ¿no?

-Bueno… sí y no. Nuestros fantasmas. Fíjate que no es un libro testimonial, para nada. Lo que hago es intentar responderme unas preguntas que han dado vueltas por mi cabeza desde que era pequeña. Justamente, la primera línea dice: “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza”. Y es verdad.

-¿Entonces? ¿Cómo se sigue ese hilo?

-Qué es lo que llamamos cordura, lo que llamamos realidad, lo que llamamos imaginación, lo que llamamos trastorno mental y locura, ha estado ahí dando vueltas, pero como tema universal, toda mi vida. También la pregunta de por qué una serie de chiflados -que somos bastantes, novelistas-, dedicamos la mejor parte de nuestras vidas, las mejores horas, a meternos en una esquina de nuestras casas, a solas, durante meses, durante años, ¡para escribir mentiras! Una cosa bastante estrafalaria, también.

-¿Cómo hizo para abordar este asunto?

-Para responderme todo eso pues he leído a expertos, a neurólogos, a psiquiatras, a psicólogos. Luego he leído biografías de otros autores, de otros artistas. Lo que ellos dicen, lo que les ha pasado. También hay otra manera de aprender un poco sobre la realidad, que es el autoanálisis.

-¿Qué tipo de autoanálisis?

-Es verdad que he hecho una especie de vivisección de mi cabeza, pero un poco como el entomólogo estudia un coleóptero. He sido mi propio escarabajo, digamos (risas). O sea, he estado viendo cómo funciona mi cabeza, pero no porque piense que esto me pasa a mí, sino porque pienso que nos pasa a nosotros.

-¿Cómo abre el ángulo de ese análisis, entonces?

-Cada vez que digo algo que me pasa dentro de la cabeza, lo contrasto con cosas parecidas que les pasan a otros autores y a otros artistas, según ellos mismos dicen.

-Este libro, para los amantes de la lectura, es una fiesta: por el tema, por la abundante cantidad de citas oportunas y porque, sobre todo, es un privilegio poder ingresar a la mente, a los dolores, a las cicatrices del alma de Rosa Montero.

-(Ríe) Pues, muchas gracias, pero lo que te quiero decir es que somos muchos los que tenemos esta cabeza. De hecho, estoy teniendo una respuesta de los lectores como nunca en mi vida he tenido con otros libros.

-¿Desde cuándo viene este fenómeno?

-El libro lleva como tres meses en la calle aquí en España ¡y no sabes la cantidad de gente que llega incluso en las firmas! Llegan a firmar y me cuentan rarezas suyas.

-¿De qué tipo?

-Me dicen: “¡Oye, a mí también me pasan cosas como a ti! Me pellizco los dedos”… y no sé qué. Hay como una identificación de la gente increíble. De verdad. Es muy gracioso. Muy emocionante.

-Totalmente. Me pasaron cosas parecidas. Por ejemplo, me encontré diciendo: yo también odio los mensajes de voz como Rosa Montero. Situaciones banales de ese tipo.

-(Risas) Sí, sí, exacto. Además, son cosas que normalmente reprimimos, que ocultamos. Es decir, una de las tesis del libro es que la normalidad no existe. Que nos engañan. Nos hacen creer que la normalidad es sinónimo de lo más habitual, de lo más común. ¡Y no es cierto!

-¿Qué es cierto, Rosa?

-Esa normalidad a lo que se refiere es a lo normativo. Es una especie como de molde en donde nos quieren encajar. Y a todos nos sobran un pie, una pierna, un brazo a o un codo, ¿no? (risas).

-¿Cómo le damos sustentos a esta teoría?

-Hay un estudio que hicieron en la Universidad de Yale, Estados Unidos, en 2018. Y concluyeron que la normalidad no existe, que lo que llamamos normalidad no es más que una construcción estadística y que es imposible que haya una sola persona en el mundo que atine, en todos sus parámetros, con esa media estadística. Así que todos somos divergentes en algo. Hombre, hay algunos más raros que otros, ¿no?

-En definitiva, somos como somos…

-Todos somos raros. Lo normal es ser raro, ¡vamos! O sea, en una amplia gama de rarezas.

Rosa Montero El Peligro de estar cuerda.jpg

-¿En qué momento surgió la idea de este libro y cuánto tiempo lo ha estado escribiendo?

-Este es un poco el libro de mi vida por eso que os he dicho antes: que desde pequeña estas preguntas han estado dando tumbos dentro de mi cabeza y razonando. Son todas esas inquietudes sobre lo que llamamos locura o cordura, qué relación tiene con la creatividad, cómo tenemos esa cabeza llena de imaginaciones, qué supone, por qué necesitamos inventar mentiras para levantarnos por la mañana y aguantar la vida. Todo eso lo he estado reflexionando toda mi vida.

-¿En qué otros libros le ha rondado el tema?

-Por ejemplo, En la ridícula idea de no volver a verte ya se tocan algunos de estos temas, pero tangencialmente, no centralmente. Hasta que hace como cuatro años recibí una especie de telegrama mental, porque uno no escoge los libros que hace, sino que los libros te escogen a ti, las historias te escogen a ti.

-¿Qué decía el telegrama?

-El telegrama te lo manda tu inconsciente, por supuesto. Y, de repente, en mi cabeza aparecía una línea que me decía: el próximo libro que vas a hacer será uno de estos artefactos literarios, como llamo a los libros que son difíciles de definir, que tienen un poco de todo; un libro sobre creación y locura.

-Y ahí arrancó.

-De una manera sistemática empecé a leer libros, a releer otros que a lo mejor había leído hacía veinte o treinta años sobre estos temas. Y, bueno, he tardado como tres años y pico en hacerlo.

-Además de todas las lecturas, relecturas, citas, etcétera, hay otros elementos como entrevistas…

-La entrevista con Doris Lessing, que ganó el Nobel hace muchos años, es de 1998. Se la hice antes del premio, en Inglaterra, y ya le preguntaba allí por las mismas cosas que trata el libro. Lo que demuestra, como te digo, que toda mi vida he estado dando vueltas a estos asuntos. Y respecto de las relecturas, ahora he tomado notas y las he metido dentro de una estructura de reflexión ya organizada sobre el tema.

-¿Con qué resultado inicial?

-Lo increíble es que he conseguido responderme esas preguntas. O sea, he logrado llegar a una respuesta suficiente.

-Mientras charlamos, Rosa, muchos apasionados lectores que nos escuchan mandan mensajes de cariño para usted.

-¡Qué bonito! Pues, fíjate, cuando dices apasionados lectores, otras de las tesis del libro es que esta cabeza un poco paralela que tenemos quienes hacemos obras creativas -que pueden ser buenas o malas, da igual; la calidad de la obra no importa-, esta cabeza, decía, que, según se cuenta en el libro, es una cabeza que no ha terminado de madurar neurológicamente, entre una serie de cosas la compartimos, creo yo, con mucha otra gente que no hace cosas creativas profesionalmente, pero que también tiene una cabeza más sensible.

-¿Por ejemplo?

-Todos los lectores apasionados, todas esas personas que necesitan leer para poder soportar la vida, creo que tienen exactamente la misma cabeza. Y creo, también, que todos pertenecemos a lo que Marcel Proust decía con una frase preciosa, “a la magnífica y lamentable familia de los nerviosos” (risas).

-¿Podemos decir, entonces, siguiendo este razonamiento, que todos ustedes, los escritores, por su infantilismo perenne, padecen el síndrome de Peter Pan?

-El niño es el que crea, desde luego. Y qué bien que seamos inmaduros porque seguimos teniendo esa especie de curiosidad permanente, ese deseo de jugar con la vida. Pero no es lo que entendemos por síndrome de Peter Pan. No digo que tengamos eso.

-¿Cómo entendemos su inmadurez, entonces?

-Cuando hablo de inmadurez, hablo de otra cosa. De un proceso neurológico. Vamos a ver: el cerebro tarda mucho en madurar. Muchísimo. De hecho, parece que no madura hasta los treinta años. Desde que me he enterado de ese dato comprendo muchas cosas (risas).

-¿Y cómo se desarrolla el proceso?

-Uno de los pasos más importantes dentro de la maduración cerebral sucede en la primera pubertad, es decir, a los once años o algo así. Hasta esa edad, los niños tienen el cerebro hiperconectado en todas las direcciones. El cerebro de un niño es una tormenta eléctrica porque las neuronas están superconectadas unas con otras por medio de la sinapsis. Por eso el niño tiene esa imaginación tan vívida. Ve pasar un perro y piensa que es un dragón, etcétera.

-¿Y de qué manera se da el salto?

-Uno de los pasos de la maduración cerebral superimportante consiste en que, en esa primera pubertad, se hace una poda muy grande de las conexiones neuronales para quitar aquellas que no son útiles; para que el cerebro se concentre en cazar bien a los mamuts, en recolectar sin envenenar a la tribu y en esas cosas útiles, necesarias, para la supervivencia de la especie, ¿vale?

-Vale.

-Lo que sucede es que hay como un quince por ciento de la humanidad que no tiene esa clase de poda neurológica. No se les cortan las conexiones.

-¿Quiénes quedan comprendidos allí?

-Entre ese quince por ciento están los artistas, los enfermos mentales y, según mi teoría, un montón de gente que no termina siendo profesionalmente artista pero que también tiene ese tipo de cabeza mucho más imaginativa.

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Rosa Montero, una maestra de la vida.

Rosa Montero, una maestra de la vida.

-El libro suyo se llama El peligro de estar cuerda. Si hoy, imaginativamente, trazáramos una línea en el piso que separa la cordura de la locura, sus pies ¿para qué lado se inclinarían?

-Es que yo creo que la cordura, repito, es un poco como la normalidad.

-¿Pero no necesitamos, en materia de cordura, algo así como un promedio para poder desempeñarnos en sociedad?

-No, no, al contrario. Es una construcción social. Lo que llamamos locura, que es una muy mala definición, en realidad es una ruptura de la narración común. Es decir, que te sales del entorno social, de la narración común. Y esa narración, que es la cordura, depende de la época.

-¿Por ejemplo?

-Si yo os digo ahora que, justo un momento antes de llamarme ustedes, se me ha aparecido el demonio y que olía tremendamente a azufre y que echaba chispas por los ojos y que me ha sacado una lengua verde y bífida, pues vosotros os hubieras quedado horrorizados y hubieras pensado que estaba brotada y que había que me meterme en un psiquiátrico, ¿no?

-Ya habríamos dado la voz de alarma, ni lo dude.

-Pero, si fuera el siglo XII, no pensaríais eso, ¡al contrario! Os interesaría muchísimo y me diríais: “¡Oh, qué susto! ¡Qué miedo! ¿Y qué has hecho para salvarte? ¿Le has enseñado la cruz?”. Pues bien, ¿entendéis? Lo que llamamos locura es algo muy aleatorio. Depende también del entorno.

-Sin embargo, hay matices, ¿no?

-Desde luego que hay diversos grados de trastorno mental, una gama amplísima. Y algunos son muy inhabilitantes. Por ejemplo, las psicosis, en momentos graves, además, de crisis, de brotes. Y el sufrimiento psíquico es tremendo. Pero eso que me estás diciendo no existe. No hay una frontera entre lo que convencionalmente llamamos cordura y locura.

-¿Cómo entendemos, entonces, el título de su libro, Rosa? ¿Cuál sería el peligro de estar cuerdo si no existe esa frontera?

-El peligro de estar cuerdo es un verso de Emily Dickinson. El poema, que es precioso, figura en el libro. Ella, como sabéis, fue una poeta norteamericana que vivió casi enclaustrada casi treinta años. Terminó sin salir de su habitación y cuando se murió descubrieron mil cuatrocientos y pico de poemas maravillosos que la han convertido en una de los grandes poetas de su país.

-Exacto. Una historia muy conmovedora.

-Se piensa que esa pobrecita fue abusada por su padre y por su hermano mayor. Y hay un poema hermosísimo que cuenta un poco eso. Cuenta el horror de su infancia, su negrura. El mundo tenebroso que vivió de niña. Esos versos de poeta victoriana le salvaron la vida. La belleza del arte le salvó la vida. Lo que ella consideraba que era la cordura y el mundo normal, ¡era el mundo del horror de un padre violador!

-¿De qué manera elaboraba esas sensaciones?

-Ella decía, en el poema: si el peligro de estar cuerda, es decir, si ese mundo asfixiante de la norma del padre violador vuelvo a sentir, me volveré a la magia de la poesía para salvarme. O sea, la cordura como una realidad asfixiante, como una creación, como una ley malvada, por así decirlo.

-El poema está en la página 181 de su libro y la cita termina, textualmente, con estos cuatro versos: “Si el Peligro de estar cuerda/ Volviera yo a experimentar/ Es Antídoto el volverse-/ Hacia Tomos de Sólida Brujería”.

-Sí. Los poemas son el antídoto al horror de la vida, a esa ley perversa del padre, que era la ley y era el abuso.

-Hablando de brujerías, ¿cuánto tiene de bruja Rosa Montero?

-Pues tengo poco porque me encanta la ciencia, soy muy racional. Así que, de bruja, realmente poco. Pero, vamos, que en la ciencia hay mucha magia. Enamorada de la belleza de la magia, del misterio y de lo inexplicable, sí que soy.

-Muchos creadores excéntricos la han pasado mal, pero es un precio a pagar por su talento. Por otra parte, hoy, en el mundo careta de las redes sociales, están aquellos que posan de excéntricos para anotarse, sin ningún contenido, en ese club. ¿Qué se puede decir al respecto?

-Pero esos son idiotas. Idiotas hay en todas partes. Uno hace lo que puede con su vida. Uno no es raro porque quiere ser raro. ¡Al contrario!

-¿Qué se hace a partir de ahí?

-Desde pequeños desarrollamos unas herramientas de camuflaje tremendas porque, si no, los niños del colegio machacan a los aparentemente distintos y esas cosas. La gente que es rara lo es que porque no tiene remedio. La gente que es rebelde lo es porque no tiene remedio. Luego, hay una serie de imbéciles que fingen eso, pero se les nota muchísimo, ¿no? (risas)

-La tapa de El peligro de estar cuerda muestra a cuatro niñas en una clase de ballet. Una de ellas, la más loca, está colgada del caño, boca abajo. Como que la rara es la que siempre llama más la atención, ¿o no?

-Es la que llama más la atención, sí, pero, por otro lado, ¿quién quieres ser tú de las cuatro? Porque tres de ellas está todas muy formalitas, con sus tutús rosa, muy serias y escuchando lo que les dice la profesora. ¡Y la otra se la está pasando pipa colgada de la barra, con una cara de felicidad total!

-¿Cuál es la solución, entonces?

-Entonces, en esa diferencia en asumir quién eres y cómo eres, está también la felicidad. Lo que tenemos que hacer es buscar nuestra manada de raros más parecidos a nosotros para ser felices.

-¿Y el que no puede refugiarse en el talento artístico puede hacerlo, por ejemplo, en la ciencia?

-¡Da igual! Los científicos tienen la misma creatividad que un artista. O más.

-Nos ha encantado saber que a Rosa Montero le gusta la ciencia.

-Mucho. Muchísimo. Desde siempre. Por eso escribo ciencia ficción también. Mi segunda novela, que publiqué hace cuarenta y un años, se titulaba La función Delta, para que te des una idea.

-Hablando de estas cosas, la mayoría de los escritores se caracterizan por cultivar un género. Por ejemplo, Asimov es sinónimo de ciencia ficción, Agatha Christie del policial o Corín Tellado de la novela rosa. Rosa Montero, sin embargo, no se encuadra en un género específico.

-No. No estoy de acuerdo con eso. Esos son subgéneros literarios. Además, hay un montón de escritores que no tienen género. ¿Cuál es el de Javier Marías, por ejemplo? O sea, no hay géneros en la literatura. Hay subgéneros como la ciencia ficción, la novela histórica, etcétera.

-¿Cuál es su punto de vista, más concretamente?

-En el siglo XXI, como estamos, no creo en los géneros. Creo que ya nuestras madres y nuestros padres literarios rompieron las paredes de las convenciones literarias, justamente. Antes decía que hago novelas de ciencia ficción, pero no creo que ellas sean de género.

-¿Y cómo las consideramos?

-Mis novelas de Bruna Husky son ciencia ficción, pero también son novela negra, novela existencial, novela social, novela psicológica. Y la mayor parte de los novelistas ni siquiera tienen género, convencionalmente hablando.

-Perfecto, pero, de todos modos, la plasticidad de Rosa Montero para abordar distintas temáticas no es común. Por ejemplo, uno no se imagina a Javier Marías escribiendo ciencia ficción.

-Entiendo lo que quieres decir. Y eso tampoco es solo patrimonio mío. Isaiah Berlin, el pensador, decía que había dos tipos de escritores. Unos eran los “escritores erizo”, por el animal que se enrosca sobre sí mismo. Es el que escribe siempre la misma historia. Y el otro tipo de escritor es el “zorro”, que va caminando por la pradera en busca de nuevos horizontes.

-Está clarísimo, pues, a qué tipo pertenece Rosa Montero.

-Yo soy un zorro total. Voy buscando siempre la frontera para escribir desde donde ya no sé escribir.

-¿Por qué así?

-Porque vas buscando siempre una nueva manera de contestar a tus obsesiones, de poner un poco de luz en esas obsesiones. Porque no escribes para enseñar nada. Escribes para aprender.

-Por eso mismo decía que no es común toparse con escritores que toquen tantas cuerdas distintas. Suelen ofrecer producciones temáticamente más acotadas.

-Tienes razón en otra cosa, además. El mercado favorece, premia, a los escritores que son parecidos siempre. E, incluso, a aquellos que se repiten. Por ejemplo, el género best seller, que es un subgénero en sí mismo, al margen de que venda o no venda. Consiste, sobre todo, en escribir siempre el mismo libro.

-¿Cómo funciona la fórmula ante el público?

-El amante de un best seller quiere que el escritor de best seller escriba siempre el mismo libro porque, antes de comprarlo, quiere saber lo que va a leer. No quiere ser sorprendido. Lo que quiere es que le cuenten la misma historia con algunas pequeñas variaciones. Pero, bueno, a mí no me interesa nada eso que favorece el mercado. ¡Y no soy la única! Hay otros escritores que son también errabundos como yo.

-Pero no siempre es decisión del mercado. Por ejemplo, no es fácil imaginarlo a Tolkien fuera del relato de caballería y del cuento de hadas.

-Ya, ya. Un escritor erizo, efectivamente. Es una manera de ser. Un escritor erizo es, por ejemplo, Javier Marías, a quien hemos mencionado antes. Es uno que escribe todo el rato lo mismo. Proust, a quien adoro, escribía siempre lo mismo también.

-¿Y ejemplos de lo otro?

-Olga Tockarczuk, premio Nobel, no es un erizo. Es un zorro como yo. Hay mucha gente que es zorro, ¿sabes?

Lo que viene. Rosa Montero ya trabaja en su próxima novela.

-Hablando de escritores, hay muchos amores y odios en El peligro de estar cuerda. Ted Hughes, pareja de Silvia Plath, se lleva una de las peores calificaciones. Tampoco recibe mucha simpatía Bukowski, ¡pero está citado todo el tiempo!

-No me caía simpático. No me gustaba su literatura, cuando Bukowski estaba de moda en los años setenta y ochenta. Me parecía, tal como apuntaban ustedes antes, uno que fingía ser un rebelde. Pero leí hace poco una recopilación de textos suyos de diarios y de cartas que se llama, aquí en España, La enfermedad de escribir. ¡Y la verdad es que me encantó!

-¿Por qué? ¿Qué la sedujo de Bukowski?

-¡Me pareció tan auténtico!, tan borrico en muchas cosas, pero tan auténtico, que ahora me gusta mucho. Me parece un desastre de tío, pero me cae muy bien (risas).

-Los escritores, los artistas, se empeñan en ponerle atractivo y contenido a una cotidianidad que, la mayoría de las veces, resulta muy grisácea. Hay una frase suya genial que parece resumirlo todo: “La existencia es una discoteca barata vista a la luz del día”.

-(Ríe) Otra de las cosas que dice el libro es que la realidad es muy poco fiable, verdaderamente. Es una convención, volvemos a repetirlo. Una convención que depende mucho de los valores culturales de cada sociedad. Sabemos, incluso, que la realidad es literalmente una alucinación porque, por ejemplo, dentro de cada uno de nuestros ojos hay un punto ciego.

-¿Cómo es eso?

-Ahí donde el nervio óptico se une a la retina, el ojo no ve. Y es un punto ciego que tiene entre dos o tres grados del arco visual. La luna ocupa medio grado, para que os hagáis idea del pedazo de agujero negro que tenemos en cada uno de los ojos.

-Entonces, ¿cómo es que vemos?

-Si miráis alrededor, a que ves el mundo sin agujeros negros. ¿Por qué? Porque el cerebro inventa lo que el ojo no ve. O sea que vivimos realmente en una alucinación. Por eso decía que la realidad es muy poco fiable.

-¿Cómo impacta eso en cada uno?

-La gente que tenemos más tendencia a los trastornos mentales, tenemos más tendencia a ver que la realidad es poco fiable. Y la gente que necesita leer apasionadamente para vivir, que necesita una de esas pasiones no intelectuales para soportar la oscuridad de los días, pues yo creo que tiene también una conciencia mayor de esa falta de fiabilidad en la realidad, algo de lo que, por otra parte, se ocupa mucho la ciencia.

-Hay una trinidad que le va dando sentido todo el tiempo a las tesis de su libro. Una trinidad alucinatoria: creatividad, tendencia al desequilibrio mental y amores torrefactos; es decir, amores calcinados. Pues bien, ¿se puede ser feliz en la vida y ser creativo?

-¡Hombre, por supuesto! Mira, un tópico que detesto y que hay que borrar completamente es el que dice que el artista tiene que ser un personaje torturado, atormentado e infeliz. Pues no. No es verdad. Para nada. No hay que ser infeliz. Hay que ser lo menos infeliz en la vida para cualquiera cosa, o sea, para ser almirante, para ser carpintero, para ser artista o para ser lo que sea. Una finalidad en la vida es ser lo menos infeliz posible.

-No es lo que entiende la mayoría respecto de los artistas.

-Es verdad que la obra nace del dolor de perder. Ahora, imaginaos el hombre o la mujer más feliz del mundo. Pues incluso esa persona ya tiene en su vida suficiente sufrimiento como para escribirse media biblioteca, porque con solo el sufrimiento de la muerte, de la muerte propia, de la muerte inaceptable e irrazonable, inhumana; de la muerte los seres queridos, ¡con eso ya te escribes cuatro Quijotes!

-Pero crear tiene un sobreprecio, ¿no?

-Todas las estadísticas demuestran que la gente más creativa tiene más tendencia a los trastornos mentales y también más tendencia al suicidio. Pero eso es un porcentaje pequeño dentro del número de personas. Y hay otras profesiones que también tienen más tendencia al suicidio y que no son consideradas atormentadas.

-¿Por ejemplo?

-Los médicos son más tendentes al suicidio, pero nadie dice ¡hay que ver qué vida tan atormentada tienen!, algo que se sí dice comúnmente de los artistas. O sea, que, desdramaticemos.

-Entendido este punto, ¿cuál es la solución para aquellos que se dan cuenta de que todo esto es una escenografía poco creíble, una impostura?

-La solución es asumirlo y navegarlo. Hay que aprender a surfear la vida. Cada uno tiene que aprender a convivir con su pequeña maleta de negrura. Y eso que yo he tenido crisis de pánico a los 17 años, a los 21, a los 29. A partir de los 30 ya no tuve.

-¿Qué pasó? ¿Por qué se frenaron las crisis de pánico?

-Por dos razones, creo. Una, porque empecé a publicar novela y eso te cose a la realidad, te cose a los demás. Y otra, por lo que decía. Porque le perdí el miedo al miedo y aprendí a convivir con esa oscuridad.

-¿En qué contribuye ese aprendizaje?

-En que tenemos más conciencia, quizá, de esa realidad. Más conciencia de decir mesa y de las paredes del mundo. Pero tenemos también esa capacidad para vivir la intensidad. Esa intensidad… ¡vamos! Yo pago todas las crisis de pánico feliz por la capacidad de vivir la intensidad que tengo y de experimentar la belleza. Vaya una cosa por la otra. Creo que tenemos muchas armas para manejarnos bien.

-Hablando de pasiones, alrededor de la mitad del libro Rosa Montero dice: “Los apasionados no amamos a las personas sino la excitación”. Y con un par de páginas de diferencia: “Lo que nunca he logrado hacer es seguir escribiendo si me enamoro”. Estamos hablando de amores torrefactos, ¿no?

-(Ríe) Exacto. Amores pasionales.

-Que duran poco, ¿no es cierto?

-El amor eterno, sí. Ese que dura dos meses. O tres (risas).

-Qué complicado. Usted ha ido completando una obra bastante nutrida. Quiere decir que ha tenido pocos amores torrefactos.

-No, no. Mira, desgraciado aquel que no haya conocido la pasión, porque la pasión es uno de los sueños del ser humano. Y uno de los sueños más intensos. Porque es un sueño. Es lo que decía San Agustín. Le llamaba amar el amor. Amamos el sentimiento de estar enamorados más que a la otra persona. Amas ese chute de intensidad, esa especie de droga. Pero desgraciado también aquel que solo repite amores apasionados porque está condenado a no conocer el amor de verdad nunca.

-¿Entonces?

-Entonces, lo maravilloso es empezar con una pasión, pero no haber desbarrado demasiado. Y, bueno, luego, cuando esa pasión empieza a romperse, tener la capacidad, que no todo el mundo tiene, de poder construir un amor de verdad.

-¿En qué consiste el amor de verdad?

-En conocer al otro y, pese a eso, amarlo (ríe). Ese es el gran logro.

-También, en este formidable tratado que es El peligro de estar cuerda, al sacar cuentas con la propia vida, hay una puesta al día con la edad y con la vejez. Incluso, un capítulo habla de la pena de empezar a ver cómo la gente que nos rodea y nos ofrece sus servicios se va jubilando.

-Ya. Es un asco envejecer. Y morir es un asco mayor todavía (risas). A mí me encanta la vida y me parece un horror. Pero yo me he pasado toda la vida intentando perderle el miedo a la muerte, justamente, y llegar a cierta serenidad. Creo que es una de las cosas que uno tiene que aprender a hacer.

-Se dice fácil, pero cuesta llegar a eso.

-Os recuerdo que, de adolescente, tenía crisis de pánico que son, en última instancia, aunque no te des cuenta, causadas por el miedo a la muerte. Y yo ahora, que estoy mucho más cerca de la muerte de lo que estaba entonces, creo que lo llevo mejor. Entonces, algo de bueno habré ido haciendo en este camino.

-Cuando hablamos aquí, no hace tanto, con Isabel Allende, contaba su satisfacción de estar enamorada a esta altura de su vida. Al final de su libro, Rosa, aparece un tal Juan Pablo. ¿Qué pasa ahí?

-(Ríe) Ahí no voy a hablar porque este libro también tiene una parte que juega entre la ficción y la realidad. Hay parte, de eso que cuento, que es total y absoluta realidad notarial, de la que un notario podría dar fe. Y otra que es ficción. Y no voy a contar qué parte es una y qué parte es otra (risas).

-Bien, pero, como don Juan Pablo aparece citado expresamente en el final, nos sentimos autorizados a preguntar.

-Claro, claro, pero os contesto eso. Y os diré, por otro lado, que la parte de ficción es la más auténtica del libro.

-¿Sí? ¿Por qué?

-Porque, de alguna manera, refleja de una forma más plástica y más profunda esta mirada que os he estado diciendo sobre la realidad. Es decir, que la realidad está muy mezclada con la imaginación; que, entre lo que es real y lo que es ficción, no hay para mí una frontera definida.

-Justamente, hay, durante todo el libro, un relato fascinante en relación con la Otra. Se trata de otra Rosa Montero que va duplicando a la verdadera y la crea problemas a través de los años.

-Sí, es la historia de una impostora que me ha ido acompañando cuarenta años de vida. Y ahí es donde te digo que hay partes de eso que es todo, todo literalmente verdad, y hay partes que es ficción.

-¿Lo de la universidad en Estados Unidos es verdadero o ficticio?

-¡Ah, no! No voy a decir. No voy a decir (risas). Nada.

-Por último, hay entre nosotros aquí presentes algún fanático de Bruna Husky. ¿Tenemos más vida de Bruna por delante?

-¡Sí, sí, sí! Viene una cuarta novela de Bruna porque, además, en la anterior, Los tiempos del odio, la dejé en una situación muy peculiar y muy tirante. Me muero de curiosidad por saber qué le pasa. Y si no escribo la novela, no lo puedo saber.

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