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Rosa Montero y la pandemia: "Este dolor del mundo lo estamos llevando en los hombros"

La reconocida escritora dejó valiosas reflexiones en una entrevista, desde Portugal, con el programa La Conversación, de Radio Nihuil

Rosa Montero, tras haber publicado su nueva novela, La buena suerte, está ahora en su refugio secreto de Portugal. En la tierra de Fernando Pessoa, a quien considera “uno de los grandes escritores europeos”.

Este tipo de reconocimientos a un par, a un maestro, marcan una personalidad y un estilo, una manera de afrontar el hecho literario.

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Pessoa “está lleno de ideas germinales; de esas frases que iluminan el mundo y que pueden luego tener un desarrollo”, reconoce esta escritora española, una de las más influyentes y leídas de estos tiempos en su lengua, luego de 41 años de intensa producción.

Su público es copioso y, a la vez, muy amplio en intereses y temáticas. Es que Montero pulsa todas las cuerdas a su alcance porque, lisa y llanamente, no cree en los géneros. “El género como molde estrecho, como jaulita donde tienes que meter tu historia, me parece una cosa totalmente artificial y ortopédica”, define.

Así pues, esta autora “multigénero”, desde la comodidad de su reducto lusitano, donde escribe y trabaja, ayudada por las facilidades que le ofrece la comunicación virtual, se entrega de lleno a un diálogo entusiasta y totalmente franco con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Llevamos, ya, más de medio año de pandemia en el mundo entero. ¿Qué balance puede hacer, como periodista y escritora?

- Es terrible. Una situación muy triste. Un trauma mundial muy grande porque, además, nos queda bastante recorrido hasta que podamos salir más o menos de él. Y no vamos a salir indemnes.

-¿Cómo saldremos?

-Con muchas cicatrices, con muchas mutilaciones y con una situación económica bestial. Quizá nos queden un año y medio o dos años para superar la pandemia y luego cinco de crisis económica. En España ha sido y está siendo muy duro. Como sabéis, tenemos unos datos malísimos. Ha habido muchas muertes, esas muertes terribles de los ancianos en las residencias sin que se pudieran despedir las familias. Eso es un dolor social de tal calibre que tarda mucho tiempo curarse. Y realmente lo llevas en los hombros. Este dolor del mundo lo estamos llevando todos en los hombros.

-¿Ha servido para algo, al menos, este dolor?

-Bueno, ya se sabe, en los momentos tan extremos como este que estamos viviendo, se dan los mejores actos, las mejores voluntades y se dan las peores también. Digamos que hace que surja lo mejor y lo peor de la gente. Y verdaderamente hay una situación muy crispada en el mundo; en España, crispadísima.

-¿En qué se convierte esa crispación?

-Todo este dolor, mucha gente no lo sabe manejar y lo convierte en ira; y necesita encontrar, además, unas razones para que el caos no sea tan caótico. Entonces se inventa historias absurdas, conspiroparanoicas, como, por ejemplo, que quieren ponernos la vacuna para meternos un chip… En fin, cosas que parecen de risa, pero son de pena porque muchos se las creen.

-Hay personas influyentes, en España, como Miguel Bossé, que alimentan esas teorías conspirativas planetarias.

-Sí, bueno, es que la gente está muy mal; está atravesando graves crisis psíquicas. El otro día leí un reportaje interesantísimo en Financial Times sobre los efectos de la soledad y del aislamiento. Te puede alterar la percepción de la realidad severamente. Así que es un tiempo muy malo.

-¿Y cómo lo afrontamos, ya que no nos queda otra?

-Tenemos que hacer un esfuerzo todos para intentar sacar lo mejor de nosotros mismos, para no rendirnos a esa ira. Y es que la ira parece que te alivia. La ira y el odio. Encontrar a alguien a quien odiar para hacerle culpable de lo que está pasando. Claro, como no podemos odiar al bicho, eso no nos sirve. Entonces se crea esta bola de nieve terrorífica. Por eso hay que intentar poner racionalidad, poner empatía a toda esta travesía que nos queda. Si no lo hacemos, mal saldrá, desde luego.

-Usted tiene una ponderada trilogía de ciencia ficción, con su tecnohumana Bruna Husky como protagonista. ¿No siente que la realidad, este mundo distópico de la pandemia, con manipulación genética y tendencias robóticas, se le está acercando?

- Es que mis libros, siempre lo he dicho, son lo más realista que he escrito. A mí no me interesa escribir sobre el futuro. Escribo sobre el presente. La ciencia ficción lo que te da es una herramienta metafórica muy poderosa para hablar del presente. Además, a mí me encanta la ciencia y mis libros de Bruna, cuya acción sucede dentro de 90 años, son un desarrollo no solo posible sino absolutamente probable de la tecnología y de las posibilidades que tenemos hoy. Incluso te diría que su mundo es mejor que este mundo.

-Hablando de metáforas, ¿no le parece que el Gran Hermano imaginado por Orwell en 1984 hoy son Google, Facebook, Amazon, Youtube?

- Lo que pasa es que el ser humano no consigue tener esa cabeza. Lo que más imposibilita esas grandes teorías conspiroparanoicas es la falta de fiabilidad del ser humano. Por fortuna tenemos miles de fallos y no somos capaces de mantener una de esas construcciones de Gran Hermano perfectas. Lo más cercano a esos grandes hermanos nos son aquellos desarrollos tecnológicos, que tienen sus imperfecciones y sus agujeros, sino lo que inspiró a Orwell, o sea, los sistemas totalitarios que, además, se basan en el espionaje del vecino, la delación y ese tipo de cosas.

-En sus Instrucciones para salvar el mundo, usted anticipaba, hace más de diez años, estos problemas actuales a través de algunos de sus personajes.

- Curiosamente, dentro de mi obra, La buena suerte tiene más que ver con Instrucciones para salvar el mundo que con otros libros míos. Este último tiene un título ridículo, pues la novela trata de temas muy importantes, muy graves, pero con cierto sentido del humor porque, claro, no hay manera de dar instrucciones para salvar el mundo. Si llegase un salvador de mundos diciendo que tiene esas instrucciones, ¡pues habría que salir corriendo! Las únicas instrucciones que se podrían extraer de ese libro es intentar ser empáticos, intentar no hacer el mal. Si todos lo intentáramos, pues el mundo no sé si se salvaría, pero seguro que mejoraría.

-En La buena suerte, Pablo, uno de sus personajes principales, está convencido de que hace falta amar en la infancia. ¿Cómo le afecta a un niño tener un padre -o madre- ausente, borracho, golpeador?

- Pablo tiene mucha razón en el sentido de que hay niños radicalmente carentes de amor, que tienen un fallo de construcción emocional, problemas gravísimos para el desarrollo del comportamiento. Se han hecho, además, experimentos psicológicos espantosos con monos, por ejemplo. Cosas aterradoras y horribles: monitos carentes de absoluto contacto con la madre que terminan siendo inválidos para la vida. O sea que, si lo llevamos a un nivel verdaderamente radical, pues ese tipo de persona está destruida. Pero eso es en un nivel muy patológico.

-Pero usted coloca a la infancia en un lugar fundamental.

-Es verdad que la infancia es la base de lo que somos. Whitman tiene un verso precioso donde dice que el niño es el padre del hombre. Pero no me lo creo al ciento por ciento. Soy muy voluntarista y pienso que uno, con los palos y las armas que le han tocado, tiene siempre una elección y la posibilidad de hacer de la vida algo mejor. Hay, también, la posibilidad de aprender a amar. Y, de hecho, en esta novela le pasa.

-Le pasa a Pablo.

-Claro. Pablo tiene una infancia terrible, que le ha hecho ser una persona muy amurallada, que tiene miedo de sus propias emociones. A pesar de eso aprende a vivir, a dar el paso; aprende a aceptar la vulnerabilidad en la que te coloca querer.

-¿Querer nos hace vulnerables?

-Querer pasional o sentimentalmente, eso ya te hace muy vulnerable. Pero querer a cualquiera, tener amigos, también nos hace más vulnerables.

-¿Entonces?

-¡Es que no hay elección! Porque, si no aceptas esa vulnerabilidad, te estás muriendo en vida. Es como lo de envejecer. Envejecer no tiene ninguna gracia. ¡Pero la otra opción es morirse! De hecho, Pablo pierde el miedo gracias a Raluca, que es el gran personaje de esta novela. Es una luz maravillosa, con una gran capacidad para la alegría. Posee esa virtud animal que hace que todas tus células se regocijen de estar vivas.

-Volvamos al tema del abuso y el maltrato infantiles. Se rescatan casos muy terribles, que han sido reales.

- Es que uno de los temas esenciales de La buena suerte es el bien y el mal, la buena y la mala gente. Pero se trata del mal absoluto, sin sentido, ese mal que escribimos con mayúscula. En la novela se dice: las religiones se inventaron para darle al mal un sentido, para que no nos destruya. Porque ese mal sin sentido nos vuelve locos, no lo podemos soportar. De repente sabemos que un ladrón ha robado a alguien y en el forcejeo lo ha matado. Nos parece una barbaridad, nos asusta, nos angustia, pero hasta logramos entender lo que ha pasado; de una manera brutal y perversa, pero lo entendemos. Pero el mal del sadismo, del ISIS metiendo a gente en una jaula y cazándola con lanzallamas… esas cosas te vuelven local.

-Eso explica la colección de relatos macabros que efectúa Pablo.

-Para ejemplificar ese mal absoluto, Pablo va coleccionando historias, que han salido en la prensa y son algunas muy conocidas, como las de familias que torturan, matan y violan a sus propios hijos. Creo que no hay mal mayor que ese. El de esas madres y esos padres que deberían ser el nido, el refugio y la protección de niños completamente indefensos. Además, les hacen eso en el silencio, en la clandestinidad y en la oscuridad secreta de los domicilios, de las casas; a lo mejor en la pared de al lado de tu casa.

-De la casa de cualquier vecino común y corriente…

-Y a lo mejor un vecino oye algo pero no quiere enterarse. Porque esa es otra de las cosas que se dice en la novela: que hay que enterarse, que hay que comprometerse, que no puedes permitirlo. Hay que aceptar esa responsabilidad, mancharse las manos y ayudar, aunque a veces no lo tengas claro.

-Por eso, en la novela, el bien y el mal no figuran en blanco y negro. Hay matices. Hay responsabilidad. Se instala el tema de la culpa.

-Claro, no es maniqueo. Salvo ese mal absoluto, que es incomprensible, pero que existe, en la novela sale gente de todo tipo. Hay un personaje al que le tengo mucho cariño, Felipe, un octogenario, antiguo minero, que le dice en un momento determinado a Pablo: "A mi edad he llegado al convencimiento de que la gente no se divide entre ricos y pobres, negros y blancos, derechas e izquierdas, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, moros y cristianos. En lo que se divide de verdad la humanidad es entre buena y mala gente".

-¿Cuál es la cantidad de “gente mala” que anda por el mundo? ¿Es mucha?

-Dicen los expertos que hay, como mínimo, un uno por ciento de psicópatas que son, verdaderamente, gente malísima, terrible y muy peligrosa. Luego, hay entre un 4% y un 8% de narcisos y psicopatoides que también son malísimos. Por lo tanto, casi la otra gente tiende a estar en la parte del bien, de un bien nebuloso, pues todos hemos cometido cosas malas, hemos sido miserables en algún momento.

-¿Cómo describimos a las personas malas?

-Está clarísimo que hay una frontera a partir de la cual hay quienes son de verdad mala gente, incapaces de sentir empatía y de ponerse en el lugar del otro, por lo que lo usan en su provecho. Representan un 10% de la sociedad. Lo malo es que muchos que están de este lado de esa línea, son cobardes éticos, acomodaticios; son avariciosos y prefieren vender su propio malestar ético por sacar algún provecho. Son muchos. Y eso hace que, en algunos momentos, algunas sociedades se hayan lanzado a la negrura, porque apoyan a los malvados, como ocurrió en la Alemania de Hitler o en la Camboya de los Jemeres Rojos. Pero, en definitiva, creo que la mayoría de los seres humanos estás más dispuestos para el bien que para el mal.

-Usted, en su dilatada producción, ha cultivado casi todos los géneros: el periodismo, la ciencia ficción, la novela histórica o costumbrista, el ensayo… ¿Cómo hace para sentir el llamado de uno u otro a la hora de enfrentar la página en lanco?

- Es que no creo en los géneros. En el siglo XXI ya no existen. El género, como molde estrecho, como jaulita donde tienes que meter tu historia, me parece una cosa totalmente artificial y ortopédica. Mis novelas son multigénero, como, por ejemplo, las de Bruna (Husky), que son de ciencia ficción, pero también de misterio, son thrillers; también novelas políticas y sociales; son novelas psicológicas, de amor, de aventuras; también de intrigas, existencialistas… son todo.

-¿Sobre que se basa un escritor, entonces?

-Los escritores escribimos siempre sobre las mismas obsesiones, que son nuestras obsesiones, nuestras preocupaciones. Y yo intento encontrar, cada vez, una nueva manera de contarme y explicarme, de la manera más exacta, profunda y bella, esas obsesiones porque, además, tú no escribes para enseñar nada; escribes para aprender, ¿no? Decía Isaiah Berlin que hay dos tipos de escritores: unos, los escritores erizos, que se enroscan sobre sí mismos y siempre escriben el mismo tipo de libros; y otros, los escritores zorros, que van caminando por la estepa buscando nuevos horizontes. Yo soy un zorro absoluto, lo diré en masculino (risas). ¡Un zorro total, desde la punta de la cola a la trufa! Yo voy buscando. Intento escribir desde la frontera donde ya no sé escribir.

-Usted mantiene un contacto permanente con sus lectores. ¿Qué tipo de libros o de géneros generan más cariño entre ellos?

-Depende... ya que llevo publicando 41 años. Afortunadamente hay miles de gustos distintos. Por ejemplo, la saga de Bruna (Lágrimas en la lluvia, El peso del corazón y Los tiempos del odio) tiene montones de seguidores acérrimos, porque a cada rato me preguntan para cuándo la próxima entrega. Historia del rey transparente, mi novela más ambiciosa, tiene fans apasionadísimos. Temblor, también. La ridícula idea de no volver a verte es otra. O La loca de la casa, La carne… De este último, La buena suerte, me están diciendo cosas maravillosas, estoy muy contenta. Me parecen un regalo el entusiasmo y el afecto de la gente.

-Otro tema que aborda en La buena suerte es la aporofobia, que es la fobia a las personas pobres. También aparecen manifestaciones neonazis. ¿Ve un avance de estos grupos, sobre todo en Europa?

-Pero no solo en Europa. Son una deriva de unas ideologías basadas en el odio. Llevamos unos diez años o más en los que el sistema democrático está atravesando una crisis de credibilidad muy grande, por lo que hay una tendencia de añoranza hacia ciertos autoritarismos o totalitarismos de todo tipo, de derechas o de izquierdas. Y tienen sus manifestaciones en los partidos neonazis pequeños y súper fanáticos, que son quizá los menos peligrosos, por ser tan extremos. Mucho más peligrosos son los partidos ultraderechistas, que se han difundido por Europa, como Vox en España. Igual se puede decir de Bolsonaro o de Trump.

-Usted se mete no solo con los aparatos políticos. ¡También se atreve con los barrabravas del Real Madrid y del Barcelona!

- ¡Es que son muy tremendos! Ha habido grandísimos problemas, con muertos, incluso, varios años atrás. Los hooligans son temibles, en general, en todos los países.

-¿De qué equipo es hincha en España?

- Yo detesto el fútbol.

-¡¿Por qué?! ¿Qué le ha hecho el fútbol?

-A mí me encanta el deporte. Pero es que no se ve más que fútbol. Se ha comido a todos los otros deportes. Luego, es un negocio multimillonario, con unas marcas extraordinarias detrás. También hay una especie de fobia porque en la época franquista era como el circo romano: pan y fútbol. Admito, aparte de esas dos razones, que suele ser una fobia injusta de mi parte.

-Se le viene de otorgar el Nobel de Literatura a una poeta desconocida, Louis Glück…

- Yo tampoco la conocía.

-¿Usted se ilusionó, dada su trayectoria, con el Nobel, alguna vez?

- ¡No, hombre, no, no, pa’ nada! Ni se me ocurre, vamos. No lo he pensado en mi vida, de verdad.