La pandemia de coronavirus se vive como una guerra y los centros sanitarios de Mendoza y sus alrededores, como en el resto del país, son como un campo minado. Por eso, personal sanitario, pacientes y acompañantes andan con extrema cautela, tomando precauciones de todo tipo. Por dentro y por fuera. Pase y lea.
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. Por fuera. Hospitales y clínicas llevan décadas ahí, funcionando, socorriendo, pasando desapercibidos para la mayoría. Ahora son como un imán. Todos miran hacia esos edificios: son el epicentro del combate contra el virus. La restricción para circular de personas y vehículos los ponen más en evidencia. Sirenas y balizas de ambulancias que entran y salen a cada rato le imprimen más dramatismo al momento. Cada vehículo fúnebre en el lugar significa una batalla perdida.
. Por fuera II. Parientes siempre hubo y habrá en las inmediaciones de los centros médicos, pero ahora es diferente. Casi nadie habla de "parte médico", de "operación" ni de "problemas de circulación"; tampoco de "traumatismos" ni de "apéndices inflamados". Un puñado de palabras retumban cada vez con más potencia: "positivo", "negativo", "COVID" e "hisopado". Cada tanto, el grito desgarrado por la pérdida se impone a esta nueva normalidad en la zona, y el silencio los traga a todos. Al menos por un rato.
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. Como en la NASA. Detienen la ambulancia para bajar a un paciente en camilla. Se los ve pero no. Sus rasgos humanos han desaparecido debajo de los guantes de látex, las botas que se colocan sobre el calzado de siempre, las cofias reforzadas y los barbijos; las lentes para proteger los ojos de posibles salpicaduras. Se entienden por señas. Parecen salidos de una crónica marciana de Bradbury. Pero son hombres de carne y hueso, claves para esta hora difícil, pero también personas que tienen familia, que temen enfermar en ejercicio de la vocación. Peor aun: tienen terror de llevar el COVID a sus casas.
. Como en la NASA II. Estas ambulancias llegan con pacientes positivos de COVID 19 en serios problemas. Derechito a la terapia intensiva y al respirador artificial. Los bajan rápido. Los traen adentro de una burbuja de nailon, aislados, para no dispersar el virus, para tenerlo a raya.
. Por acá, sí; poc acá, no. La nueva normalidad nos trae hospitales y clínicas divididos en dos grandes áreas, bien definidas: 1) para atender enfermos de coronavirus y 2) para los pacientes con otros tipos de problemas de salud. Así, al ingreso, se ven, además de los dispensers con alcohol en gel, gigantografías y carteles bien visibles para avisar de sectores COVID por donde nadie debe circular ni por error. Zona restringida. Esto se repite en salas y por pisos. Algunos centros médicos destinan pisos completos con habitaciones para pacientes COVID 19.
. No pasarán. Familiares y allegados de internados por patologías distintas del COVID 19 tienen prohibido salir de las habitaciones y deambular por los pasillos y las escaleras para no pisar los sectores donde hay pacientes con COVID, que están aislados. Para los primeros también se restringió la cantidad de ciudadores: 1 o 2 por día.
. Un ritual. Cada enfermera inicia el turno de trabajo colocándose la ropa de trabajo que impone la nueva normalidad: doble par de guantes, doble bota, doble camisolín, lentes protectoras, cofias y barbijos. Al final de la faena, todo se descarta.
. Altas y bajas. El personal sanitario sufre las consecuencias del COVID en carne propia: un médico enfermo o un enfermero que da positivo significa un equipo de trabajo disminuido, razonamiento que se multiplica en Mendoza, el país y el mundo en pandemia. Puertas adentro, la súbita ausencia de tal o cual personal sanitario desata la sospecha en los equipos de trabajo. Si se confirma el positivo, serán dos semanas de aislamiento y ausencia laboral hasta que un futuro testeo dé negativo y habilite el retorno.
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